miércoles, 3 de febrero de 2016

Literatura: Las coordenadas (cuento)

Por: Alan Crispo




Por la mañana temprano despertó a su huésped y logró persuadirlo, esta vez no sin alguna dificultad, para que lo acompañase a su estudio llegado el mediodía, y así poder verificar juntos algunas anotaciones y papeles en los cuales se veía absorto hace algunos meses. La realidad es que existía cierta benevolencia que respondía a un compromiso mutuo pero tácito. De igual manera, algo análogo al tedio había en esa voluntad; quizá ninguno de los dos sentía el alivio de ser lo suficientemente hospitalario. Quizá la trama de las grises llanuras y los grises horizontes de aquellas latitudes, infundían en los ateridos comportamientos, algo de temor en parecer ingrato.
El pedido no resultaba extraño, si no exagerado. Instantes después, con lentos movimientos y ya solo, el huésped dejó la cama para llegar a la bohardilla de la habitación y así retomar y notar la cíclica historia de cómo es que la sangre da vida. La pesada mirada, como siempre, obedeció al mismo punto, quizá a los mismos árboles, o incluso a las mismas ramas.
Esta vez resolvió no desayunar para poder concluir la tarea de redactar las últimas páginas del primer capítulo de un ensayo sobre la física de Planck, ligado a vagos comentarios. Acaso no sospechó que desayunar, horas más tarde, sería en vano.
Poco pudo escribir al no poder pensar, nuevamente, en otra cosa que no fuera su hermano. Su desventura lo amortajaba. Lamentaba con carne y huesos el no haber corrido él mismo aquella suerte. La indulgencia aún les permitía unirse, eventualmente, en el inextricable recuerdo; llevaba con vanidad o recelo la sensación de que nadie pudiese modificar lo que él recordaba de su hermano. Precariamente, estaba resignado al exhausto don de pensar y a la exhausta realidad. El olvido le confería, por qué no, algún descanso.
Luego de unas horas de merodear en la habitación y de haber ensayado no más que unas cuantas pobres líneas, dejó la pluma y se volvió nuevamente hacia los inmutables árboles. Puede haber sido que aquella insistencia resultara ser una forma de la nostalgia.
Al fin decidió dirigirse al estudio del hombre que lo alojaba, aunque todavía no era la hora pactada, quizá estaría disponible y podrían agilizar la tarea. Sin más, poco importaba la puntualidad.
Recorrió los amplios pasillos de la casa hasta llegar, luego de ver repetirse una y otra vez las idénticas puertas a sus dos lados. Golpeó suave la antigua madera; insistió y llamó a su compañero, pero tampoco hubo respuesta. Golpeó una vez más y escuchó una voz, algo difusa pero estentórea, que se reverberó por los pasillos. No hubo razón para que aquello lo inquietara, pero lo hizo. Por un momento lo creyó un pedido de auxilio y pronto estaría bajando las interminables escaleras. Nuevamente sonó la voz que parecía conducirlo hacia el sótano, al cual nunca había entrado. El trayecto quizá excitó su imaginación y se preparó para ver sangre derramada. Vio y recordó la puerta del sótano al llamar algo agitado:

Señor McGraw, ¿Está ahí? ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo de ayuda?
Sí, aquí estoy. Entre por favor.
El huésped giró el mellado picaporte y entró con cautela bajando casi a tientas las escaleras del sótano. La débil luz y las sillas alrededor de la mesa le hicieron creer que el señor McGraw llevaba, allí sentado, horas sin mover los ojos.
Antes de que el huésped terminara las escaleras, McGraw se reincorporó levantándose:

Lamento haberlo angustiado, el ruido de las escaleras se escuchó en toda la casa. al fin lo miró y sonrió. Si no gritaba nunca iba a oírme. Distinguí que llamó a mi estudio, ese sonido puedo descifrarlo hace años.
Sí, pensé que quizá había ocurrido algo grave.
Para nada respondió. En fin, como tenía la mayoría de los escritos aquí, creí conveniente trabajar en este lugar para no cometer errores al mezclar papeles.

McGraw comenzó a ordenar carpetas y amarillos manuscritos con desdeñosa caligrafía. Algunos pocos se encontraban algo ajados en un escritorio que las distracciones cotidianas olvidan. Al lado, unos muebles astillados. Observó unas hojas, una por una y dio con la que buscaba.
Señor Bradley, disculpe mi incorregible incumbencia, pero al despertarlo no pude evitar ver, al menos un poco, unos escritos sobre Planck, ¿Cierto?
Así es, hace días que no logro avanzar.
Ya veo. Pues, recordé que tenía unos ensayos de un viejo amigo, ya no importa quien, que quizá sean de su interés. A mi gusto, no me desagradan, pero los considero un tanto…Débiles, si puede decirse.

Bradley no se interesó o fingió no interesarle, pero asintió sin decir nada. Miró a su alrededor las paredes teñidas de humedad, las esquinas llenas de penumbra. Creyó estar en un lugar que ya no era esa casa. Recordó los sótanos cerca de West Lancashire, ya lejanos en su memoria, con sus frías herramientas de campo. Lentamente se sentó en una de las sillas. McGraw seleccionaba y descartaba hojas sin mirarlo a la cara. Había lapsos en los que probablemente ninguno de los dos lo hacía. El segundo quizá no lo hacía por timidez. De tanto en tanto le concedía, con su pesado acento, algunos pasajes poco significativos en voz alta, y los acomodaba meticulosamente a un lado de la mesa. Bradley de a poco comenzó a notar que el encuentro no tenía objeto; comenzó a notar que el otro estaba inquieto, pero continuaba:

“He entendido que las percepciones, sensaciones térmicas, sensaciones musculares, sensaciones auditivas, tienen un valor sideral. Todas las palabras que pronunciemos, todas las aguas que toquemos, junto a los más ínfimos sonidos o detalles, implican segundo a segundo a los astros” hizo una pausa y prosiguió líneas más abajo. “Las paredes no son menos desconcertantes que el universo”.

Al escuchar lo último, Bradley lo miró. Sintió una suerte de terror y milagro. Hace instantes reparaba en las viejas paredes de un sótano. Ahora, sin saberlo, el otro condujo a las paredes. Las sintió como se puede sentir la muerte: una revelación. La coincidencia casi lo abrumó, pero la supo descartar. Quizá McGraw pudo intuir la mirada dirigida a las paredes o quizá el azar o el destino ocurrió así. Sin embargo seguía:

“Las discordias se volverán de un modo imperceptible, por instantes nada más, en exactas armonías”. Este renglón tiene una linda cadencia sonora. agregó.
Puede ser replicó sin entusiasmo.

Bradley no tardó en percatarse, también, de la última frase. Parecía oprimido por las confluencias y el universo. La asoció a las últimas escasas gotas que, luego de las lluvias, penden de los árboles y se escuchan sobre los silenciosos tejados. Pensó nuevamente en las paredes. Pensó quizá en cómo es que las circunstancias pueden entrecruzarse con la interacción de los hombres. McGraw continuó leyendo:
“¿Qué nos quieren mostrar los sueños? ¿La similitud con la realidad?
¿Hacernos entender que esto también podría ser un sueño?”. Un buen intento para apoderarse uno de algunas cuestiones que no podemos entender sugirió en un modo airoso.
Hubo un silencio y Bradley contestó:
Puede ser considerado, es cierto.
Ésta última no le llamó la atención, pero las cavilaciones al respecto lo atemorizaban. Ciertamente había alguna íntima relación con las demás líneas. Sin embargo, nada seguía teniendo objeto. Algunas cosas suceden como si otras distintas no hubiesen podido suceder nunca. Súbitamente, McGraw dejó las hojas y lo miró fijo. Le infundó que las lecturas eran un mero pretexto y un adorno oculto con otro propósito. El otro no le entendió pero pensó que había tenido razón. McGraw, sin pormenores, aventuró su tema; le mencionó la muerte de su padre, que en 1937, era empleado en un banco en un pueblo de Rutland. Con severidad le dijo que al cabo de años creía saber quien lo había asesinado. Dijo, además, que él mismo había dado muerte a uno de los asaltantes de ese día. Un tal Hubert o Haubert. Para ese momento ya no había más que decir. Bradley estaba pálido y ya no lo miraba. McGraw probablemente quiso hacer sentir miserable al otro; hacerlo sentir que hayan posibilidades de que todo su entorno, próximo y remoto, fuera un sueño. Nunca supo si tuvo éxito de ocasionarle tal vértigo, pero anhelaba que ese fuera su último pensamiento.
Bradley, ya roto, no ofreció resistencia y admitió con un honor que falseó:
Yo lo hice. Fui yo. Ahora espero lo que debo.

Para entonces McGraw ya había sacado el revólver de un abrigo. Se apartó unos pasos y disparó tres veces. Sintió, tal vez, lo que sienten las personas que no frecuentan ver un muerto. Pero eso no le importó. 



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