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lunes, 13 de enero de 2020

Literatura: Amelia Martín (Cuento)

Por: Regina García
Rosie Taylor "Suicidio"



Amelia Martín tenía 24 años cuando decidió irse de este mundo. Era tan joven y bonita, alegre; ni siquiera se podía notar la tristeza con la que cargaba su ser. Quizá fue la presión de ser mejor, quizá un viejo amor que le hizo daño, quizá tanto y poco. Algo que lentamente fue apagando su aura.
Era la chica que todos querían tener en su vida, pero ella se sentía miserable. Lloraba todas las noches al llegar a casa: la soledad fue su mejor amiga por varios años, ella era quien recogía cada lágrima derramada. Pobre niña, empezó a tener la idea de dejar este mundo, y esa idea se estancó como una espina o flecha rota en su corazón.
El último día de su vida, los demonios que daban vueltas en su cabeza, le dieron muchas ideas.
Después del trabajo, se despidió de todos, habló con cada amigo que tenía, le llamó incluso a los familiares con los que años antes había discutido y se disculpó por todo y nada. Pobre, tan bonita, tan llena de vida, pero nadie entendía su tristeza; sus padres le reclamaban errores del pasado, ella quiso olvidarlos, pero cada día eran un infierno nuevo. Caminó demasiado, siempre con un par de audífonos, mientras escuchaba la música que tanto le gustaba. Caminó, hasta que le dolieron los pies.
No quiso morir en su ciudad, llegó a la estación que conocía, compró un boleto con destino a una ciudad a dos horas de casa. Ese lugar se había convertido en su favorito cuando se sentía sola.
Mientras esperaba la hora de partida, continuó pensando en la manera en cómo terminaría con su tormento. Cargaba consigo pastillas para dormir y para la ansiedad, quizá si las tomaba todas obtendría un resultado favorable. Pensó en comprar heroína, beber alcohol y tomar las pastillas, así tendría una sobredosis y todo terminaría. Pensó en comprar una pistola y cercenarse, sólo que no se sentía lo suficientemente valiente para jalar del gatillo.
Existen tantas formas de buscar la muerte, incluso en situaciones extremas, se idean nuevas maneras.
Cuando más ideas encontraba, más triste se sentía. Arribó el transporte, buscó su asiento, puso la canción que tanto le gustaba escuchar, y se durmió. El viaje la haría cambiar de parecer. 
Quisiera haber podido hablar con ella y decirle que todo iba a mejorar, que era una etapa y que la vida no es tan difícil como parecía.
Pero ella no me ve, soy el ángel que la cuida, si ella sufre yo también lo hago. No tengo aureola y alas, soy solo una sombra. Toco su mejilla y es tibia. Tiene un futuro prometedor. Lloro en silencio, junto con ella.
Permaneció dormida dos horas, las mismas que duró aquel viaje; se perdió del paisaje o quizás no quería verlo porque lo conocía de memoria. Tuvo un sueño. Ella había leído, que cuando alguien presiente que la muerte se acerca, ve la vida pasar tan rápido como un sueño. Pero ella no vio nada de eso, más bien tuvo sueños, los más bonitos: viajó a un lugar que siempre quiso conocer: a una playa inmensa, tan azul como el cielo.
Durante su sueño la vi ser feliz, y me sentí bien, quizá eso la ayudaría a cambiar de opinión. No lograba entender por qué la gente contempla el suicidio como la puerta que los va a salvar. En este caso ella se va, pero su familia... no está pensando en su familia, no tiene su apoyo, es claro que la razón por la cual se va, es por ellos.
Llegó a su destino, caminó un par de calles hacia un hotel, rentó una habitación, la más cara, y reservó dos noches como si fuese a durar tanto.
Se instaló: la habitación era enorme para ella, pero se sentía tranquila, y eso era lo importante. Pidió comida en el restaurante del hotel y un par de cervezas. Ella dijo que estaba esperando a alguien más, detalló a un novio que ni siquiera existía, pero la mentira fue creíble. Comió hasta decir basta, bebió aquel par de cervezas, luego se recostó con la televisión encendida, puso música. Un canal de música quedaba perfecto.
Le escribió a una amiga. “Si me llamas y no contesto, llama al 6237919, es el número del hotel y pregunta por la habitación 28, que vengan a tocar, ya sabes, mi celular falla. Te quiero mucho” De su bolso sacó una jeringa, contenía un líquido parecido al agua. Ella no pensó en eso, quizá los demonios notaron mi presencia y de alguna forma lograron bloquear ese pensamiento. Lloró por última vez, sacó una fotografía, su viejo e inmortal amor.
Usó la inyección en su brazo, ahora entiendo su afán por aprender a aplicar inyecciones. Arrugó la frente, supongo eso dolía, al levantarse arrojó aquella arma asesina por el caño. De su bolso sacó un par de pastillas para dormir, con un suspiro procedió a ingerir una por una.
Se acostó, junto a su pecho estaba aquella foto. El efecto de todo aquello fue rápido, una hora, para ser precisos. Tuvo una convulsión, pero no pudo despertar, no había nadie más en aquella habitación que la ayudara.
Yo solo era una sombra, la sombra de aquel viejo amor que una vez tuvo.
Yo fui aquel amor que ella tuvo, pero hace un par de años, seis para ser precisos, tuve un accidente y morí, le pedí tanto a aquello que ella creía inexistente me ayudara a que ella siguiera con su vida, pero no lo hizo, ahora solo veo pedazos de ella y me siento mal.
Quise despertarla, quise ayudarla. Yo no pude hacer nada, tan solo ver cómo lentamente moría. Vi cómo con cada convulsión se iba acercando cada vez más en muerte, en despedida. La toqué y no conseguí despertarla. Solo me quedé entre las sombras, viéndola morir. Después, un momento después. Alguien tocó a la puerta, pero nadie fue a abrir. Pasado un rato la habitación se llenó de gente. Más tarde policías, todos recabaron información.
          La noticia en los periódicos fue: “muere joven por convulsión”.
Sus padres llegaron y lloraron tanto, se lamentaron, pero ninguno hizo nada por salvarla de aquel infierno, ya era demasiado tarde. Amelia Martín, murió una tarde de jueves, la fecha 28 de julio de 2015, la causa de muerte: convulsión por pastillas para dormir mezcladas con alcohol. Tenía 24 años con un futuro prometedor como una escritora exitosa
La sombra que la acompañaba en su tormento era yo, y ahí me quedé contemplando aquello sin poder hacer o decir nada.
Pobre niña. Ella no merecía aquello, mucho menos yo, pero ella decidió, y se quedó ahí, siendo nada.


lunes, 30 de diciembre de 2019

Literatura: Ensayo sobre el aguacate


Por: Sti Guerrero
 





Padre pasó de largo un día que teníamos prisa. Yo me quedé parada frente a él, pensando que era muy, pero muy desafortunado el hecho de que no me gustara el aguacate. El señor, con su letrero de 3 por 2, me miraba suplicante y pedía sin hablar que llevara una, sólo una bolsita a casa. Recordé que al otro día salíamos de viaje, y di las gracias, no sé por qué. Los aguacates ya estaban maduros, listos para comer. Y yo no.


Entonces me pregunté si era justo que alguien tan insignificante como esta melancólicabuenaparanada prefiriera el mango, la carambola o la granada. Por qué siendo tan delicioso, tan sutil y combinable, habría alguien en este planeta que le rechazara. Me identifico, y tampoco puedo aborrecerlo. Entonces, sí, con todo . ¿Se entiende la ironía? ¿Qué otro sentimiento tan grato hay en el mundo, además del amor, el odio, la tristeza, la compasión, la empatía, el optimismo, la admiración, la gratitud, el enojo, la venganza y el éxito, que la libertad misma?


Sin embargo, el poder de decidir sobre otros el destino, es en su totalidad, una falacia. Bien lo decía mi amor, Pessoa: [1] “El Destino es una especie de persona, y deja de atormentarnos si mostramos que no nos importa lo que nos haga.” Que si el aguacate me odia porque no lo he elegido, que si yo hago puchero porque me vi en la necesidad de rechazarlo, eso en realidad no importa. Hay una excusa real y aceptada (porque se encuentra entre comillas) que nos exime a ambos de culpa, como en todo.


A veces resulta extenuante tener que guardar compostura ante las tentaciones del mundo, por ejemplo. Aunque comprometerse a la ética personal es más fácil de lo que se cree…claro, si uno se encuentra configurado con base en gustos también personales. ¿No te agrada ceder el asiento en un autobús a personas que probablemente lo necesitan más que tú? No hay problema, hoy en día algunos Millennials y todas las feminazis te ceden un pase rápido de salida. Puedes tomarlo, con total consciencia o sin ella (qué más da quitarse con premura el chaleco de responsabilidad), configurar tu actuar acorde y viajar – literal y figurativamente – por la vida sin un gramo de culpa. Qué bello. Es que tienen razón (yo se las doy, y ya supimos que por mi importancia en el universo, tengo el derecho): ¿por qué ceder tu asiento a aquella mujer embarazada? Quién la manda a coger con un hombre que 1) no tiene para el condón y 2) ese mismo día que no tenía para el condón, dejó su Ferrari en casa. No es como si el niño en el vientre pudiera llegar a ser un excelente médico cirujano que podría salvarte la vida algún día; o bien ¿por qué habrías de abandonar ese cómodo asiento que el abuelito desea ocupar? No es TU abuelito. Sus ojos cansados, sus piernas temblorinas, sus movimientos lentos no han sido causados por ti. Ni siquiera habías nacido cuando él optó con todas las de perder, y rechazar sus estudios. Por suerte (aunque no sepamos si es mala o si es buena o si es tuya o de él), naciste en una familia que piensa que debes estudiar y superarte. Y porque has actuado correctamente durante toda tu vida (olvida juzgar a las personas, eso no cuenta, tenemos el derecho de hacerlo, dulce cómplice cruza-líneas), te has ganado ¡NO!, te mereces, ese cómodo y para nada mal armado (cómo crees) asiento del autobús.


Pero dejaré de alabarte a ti, de justificarte a ti. Hablaré de lo que más me gusta hablar en el mundo: del Yo. Aunque con cada binomio de palabras me acuerde de Frida y de Freud.


Yo, estaba hablando de lo sencillo que es apegarse a la ética personal: lechuguina, flojita, inocente e ignorante. O sea, la ética que alimenta a nada menos que a un [2] 90% de los 127.5 millones de mexicanos que existimos en MI territorio lleno de aguacates. Eso es, 2 personas de 3, que se guían por la configuración lógica personal y convenientemente bien aplicada en días de lluvia (los cuales, como recordamos, aquí en la ciudad, sólo toman lugar en dos temporadas).  Eso es yo, y probablemente tú que estás leyendo esto, o bien, yo otra vez, o bien tú siendo yo, porque todos somos Yos aquí y y allá y en Nowhere Land.


Pero a lo que iba, es que, sin una configuración deliberada de una ética personal, es más sencillo ser tibio. A quién podría dañarle esto, podríamos preguntarnos. Como todo tiene una consecuencia, qué mejor que disminuir las probabilidades de daño. Siendo grises, no blancos o negros, sino grises totalmente (yo, un tono más bien plateado), nos desligamos ya del compromiso de ser excelentes, de ser bondadosos, de ser humanos, siempre.


Cuando me preguntan mi opinión sobre algo, poquísimas veces opino tajante y vehementemente. Cuando me piden una posición respecto a un tema controversial, pienso que lo único en controversia es mi capacidad de ver de ambas partes, algo correcto y algo mal. [3] “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Pienso que Dios también rechazaba al aguacate. ¿Acaso no me creo mi propia ironía? Esta fruta que parece verdura, o esta verdura que parece fruta, no es totalmente dura, ni blanda en demasía; ésta, que no es dulce o agria o salada, apenas puede tener cabida en mi comprensión. Dejando gustos de lado, me entrego al mundo cuando digo que con todo está bien. Aunque por obviedad en mi gesto transparente, no lo esté. Lo más desesperante de todo esto (a Bernard Salt le daría un infarto) es que [4] soy Millennial, no tengo casa ¡y ni siquiera me gusta el aguacate! Porque (ajá, a veces) me dejo llevar por los impulsos, porque soy tibia, escribo mientras sueño y mientras bailo y mientras (la) cago.









[1] Fernando Pessoa (2012). Cartas de amor <a Ophelia Queiroz>. España: Editorial Funambulista. 
[2] Georgina Guevara (2017). Manual para agregar pies de página inventados, como lo hacía Borges y como lo hacía Cortázar. 
[3] Apocalipsis, 3:10. 
[4] Bernard Salt. (2016). Moralisers, we need you!. 16 de octubre de 2016, de The Australian. Sitio web: http://www.theaustralian.com.au/life/weekend-australian-magazine/moralisers-we-need-you/news-story/6bdb24f77572be68330bd306c14ee8a3#itm=taus%7Cnews%7Caus_authors_index%7C1%7Cauthors_storyBlock_headline%7CBernard_Salt%7Cindex%7Cauthor&itmt=1476657066628




domingo, 7 de julio de 2019

Literatura: El secreto de Alicia (relato breve)

Por: Damayanti Zepeda    




Alicia se sentó en la mecedora de su jardín, tenía los ojos humedecidos y la nariz roja, los labios le temblaban ligeramente e incluso desde donde estaba era capaz de distinguir ese nudo en la garganta, que yo jamás podría desenredar, y que terminaría por matarla. 

Allí estaba ella, presentándose a nuestra cita diaria, en el jardín más espléndido del mundo, a la hora en la que el sol es omnipresente. No nos escondíamos de nadie, a pesar de que su esposo era un troglodita celoso nunca la molestaba en el jardín, estaba seguro de que las enredaderas frondosas y los rosales espinosos eran suficientes para que nadie pudiera ver a su hermosa y triste esposa. 

Ver a Alicia era lo que más me gustaba del día, porque verla era como contemplar una tormenta a través de una ventana, era como sentirse seguro ante lo más terrible, ante lo más monstruoso. Ni diciendo esto creo que puedan imaginarse la impotencia que sentía cada que la veía llorar, mientras aguantaba las ganas de gritarle al mundo su desdicha, con la cara magullada a golpes y las uñas mordisqueadas hasta el exterminio. 

Varias veces le planteé la posibilidad de fugarnos, de dejarlo todo para ir en busca de algo más; yo estoy acostumbrado a eso, a ser libre, y era libertad lo único que tenía por ofrecerle, sin embargo, por más que alegué, que supliqué, Alicia siempre hizo oídos sordos a lo que le decía. Al principio su actitud negligente me irritaba, me daba asco, pensé en dejarla muchas veces, pero la forma en que me miraba, como los niños se maravillan con los leones la primera vez que van al zoo, me inspiraba una ternura inefable, de esa que solo inspiran los desamparados, que me hacía volver todos los días para acompañarla en sus pocos minutos de tranquila y dulce felicidad. 

Alicia me quería, a pesar de ser ansioso, torpe, frágil y pequeño, me quería, podía notarlo en sus silencios. A veces era mejor no acercarme demasiado a ella, su tristeza era contagiosa y la volvía irritable, así que me conformaba con mirarla de reojo desde el granado, mientras fingía juguetear con las flores de un naranja precioso. Otras veces, a pesar de estar exhausta, se la veía tan serena que me acercaba tanto a ella que se paralizaba de los nervios y aguantaba la respiración para no romper esa delicada burbuja mágica que nos envolvía. 

Una vez, de las muchas que no podré olvidar, un mal golpe la puso muy enferma, tanto que no podía ni salir de la cama, así que lo único que me quedaba era acercarme a esa violenta madriguera que tenía por casa. Escondido entre la vegetación del jardín, observé la rutina de su esposo, un hombre quisquilloso, con un horario estricto; en tres días pude determinar perfectamente a qué hora salía a y llegaba de trabajar, a qué hora espiaba a Alicia con desasosiego y cierto rencor y a qué hora se sentaba a ver la tv, seguro de que ella estaba tan adolorida que no podría ni pensar en dejarlo sin quejarse. Eran esos ratos, en lo que él bajaba la guardia, los que aprovechaba para visitarla, no podía entrar a su cuarto, por supuesto, pero la saludaba desde la ventana que daba a su habitación y que siempre tenía la cortina ligeramente descorrida. 

Seguí esta rutina por algunas semanas, conformándome con la sonrisita que ella me dedicaba cuando me veía, hasta que un día lo único que encontré fue una cama minuciosamente tendida. «Se ha escapado, se ha ido… no importa, ya nos reencontraremos después», me decía a mí mismo con esperanza, pero algo en su forma deliberada de irse, incongruente con su mansedumbre, me inquietó. « ¿Dónde está?, ¿dónde está mi querida Alicia? », me preguntaba. 

Visité otros dos días el jardín, espiando a través de las ventadas de la casa, sin preocuparme por pasar inadvertido, pero no tuve éxito. El tercer día deseé no haber vuelto, podría haber vivido eternamente con el recuerdo del amor de Alicia, creyéndola libre y contenta, aun sin verla; pero ese día me supe muerto cuando, después de muchos “ruega por ella y por nosotros”, cargaron el ataúd en la carroza fúnebre y llevaron a Alicia hasta el panteón viejo, donde la enterraron junto a sus padres. 

Observé todo desde lejos, oculto entre los árboles, nadie podía verme, nadie debía saber que Alicia me amó, no quería manchar su reputación, además, esas personas ojerosas y grises, que no se preocuparon por ayudar a Alicia y que le daban la mano y el pésame al ahora viudo, no merecían saber nuestro secreto. 

Después de un tiempo, cuando todos se marcharon, pude acercarme al sepulcro que guardaba el cuerpo corrompido de la mujer que amé; tenía apenas 28 años, pero su falta de decisión le había merecido una muerte vergonzosa. Habríamos sido felices, muy felices, estoy seguro. Me desmoroné sobre la tumba, intentando escuchar el latido de su corazón inerte, y allí me quedé hasta que empezó a llover, no me importó mojarme, no quería levantarme y no pude; nadie volvería a separarme de Alicia nunca más. 

Al día siguiente la hermana de Alicia, acompañada de su pequeña hija, me encontraron allí tendido y sintieron lástima. 

¡Oh, un colibrí! exclamó la niña, mientras se cubría la boca con sus manitas regordetas. 

Pobrecito…, creo que está muerto, seguro fue por el frío de anoche. dijo la hermana de Alicia; tenía razón, esa fue la noche más fría de mi vida.




miércoles, 10 de abril de 2019

Literatura: Recuerdo difuso (relato)

Por: Víctor Hernández

La ronda de los presos - Vincent Van Gogh

Vamos a repasar cada momento, a analizar cada detalle y meditarlo como es debido; recuerda que eso es muy importante... ¡Carajo! ¿Cómo pude olvidarlo? Tú debías mantenerme al tanto ¿No recuerdas que estabas frente a la reja? Cuidabas que no viniera nadie, cuidabas que nadie nos encontrara a mí y a nuestro camarada haciendo lo que hacíamos. Además se suponía que vigilabas que no nos saliéramos de control ¿Ahora te das cuenta de lo importante que es la memoria?...


Veamos: ¿Sí recuerdas que Heriberto se encontraba en frente mío? Muy bien, vamos bien, yo también recuerdo eso. ¿También recuerdas cuando te pregunté si había alguien cerca? Excelente, ¡excelente, camarada! Vamos muy bien. Ahora bien, ¿recuerdas a esa anciana que se nos quedó viendo? Esa que pasó frente a la reja unos minutos después de que vinieras con Heriberto y conmigo. Heriberto enloqueció de repente al verla y nosotros lo calmábamos con palabras tranquilizadoras, ¿lo recuerdas? ¡Claro que lo recuerdas! tú aún no estabas tan mal, Heriberto sí que lo estaba. Ahora, lo último que recuerdo es cómo Heriberto enloquecía más y más, y sabíamos que había algo en aquella anciana, algo que alborotó tanto a Heriberto, hasta el punto de lograr soltarse de nosotros y correr tras ella, sin que nosotros pudiéramos hacer algo. ¿También recuerdas eso? Perfecto. La anciana ya había pasado, pero unos segundos después de que Heriberto saliera por aquella reja tras la anciana, vimos cómo volvía con ella, la había tomado de las greñas y la traía a rastras hasta nosotros. ¿Lo recuerdas? Qué bien, porque eso es lo último que recuerdo y me temo que no soy capaz de explicar qué sucedió, estaba muy mal ya en ese momento y dudo que Heriberto en su estado pueda decirnos algo, además de que él también estaba muy mal, peor que nosotros. ¿Ya te refresqué la memoria? Genial. ¡Excelente, camarada! ¿Ahora lo recuerdas todo? ¿No? Bueno, lo poco que recuerdes servirá, quizá con lo que tú me digas logremos sacar algo de mi cabeza confundida, y con lo que yo logre sacar tú logres sacar algo también de la tuya, e iremos uniendo los puntos con cada cosa que digamos, todo sacado de nuestras cabezas. Bien, dime.


Claro, claro, ya recuerdo eso, cuando traía a la anciana de las greñas nosotros nos asustamos. ¿No? muy bien, ¿en serio fui yo quien golpeó a Heriberto primero? ¿No tratarás de echarme la culpa a mí? Ya, perdona, es que no soy capaz de recordarlo con claridad, tú sabes, estaba muy drogado. Bueno, ¿y qué pasó con la anciana? ¿Era la abuela de Heriberto? Ya veo, entonces él temía que fuera a ver a su madre o a su padre y le contara sobre lo de la hierba y con quién estaba fumándola. No pensé que Heriberto se pusiera así con su abuela, en serio que estaba muy mal ¿Qué más recuerdas?... Mierda, ¿un infarto? ¡Con un demonio!, por eso enloquecimos tanto. Un momento, estoy confundido, ¿Golpeé a Heriberto después o antes del infarto de su abuela? Después, entonces el que lo golpeara fue más un reproche porque hubiera provocado su muerte. Mira, para evitar estas confusiones trata de contarme en orden cronológico, ya que aún tengo un poco del efecto de esa mierda y de por sí ya es difícil ponerte atención. Dime qué más recuerdas, antes de que lo olvides. Ah, entonces ambos nos abalanzamos sobre Heriberto. ¡Mierda!, ¿de dónde sacaste esa hierba? Hizo que tuviéramos un terrible viaje. Mira, camarada, hay que dejarla. Bien,  bien, sigue con lo que decías. Estabas con que empezamos a darle una paliza a Heriberto entre los dos, eso explica su aspecto y por qué descansa en mi sillón. Pero, ¿qué pasó con la abuela? Digo, si hubiéramos llamado a un ambulancia o algo nosotros estaríamos en la comisaría, bajo custodia o qué sé yo. Dime, ¿qué hicimos con la anciana? Bien, mira, no pretendo ser cruel pero no hay que decir nada al respecto. Igual a la anciana ya le faltaba poco. Y si decimos algo puede que Heriberto se culpe toda la vida, pero es un buen muchacho, no merece culparse, y dudo que recuerde algo de lo sucedido. Gracias a lo que me dijiste ya he recordado casi todo lo sucedido, aunque hay un par de cosas que aún traigo cosquilleando en mi memoria y pidiendo salir. Sólo que no soy capaz de sacarlo ¿Ya no recuerdas nada más que pueda ser relevante? ¿Algo que pueda incriminarnos? ¿Estás seguro? Muy bien, entonces vayamos a cenar algo, sabes que drogarse da hambre. A Heriberto déjalo dormir, debe aprovechar que no sufre por el sueño que le sirve de anestesia, al menos en el sentido físico, porque de que debe estar tendiendo pesadillas no hay duda; cuando despierte va sentir haberse puesto tan mal.


¿También te pareció extraño que camino al café esos policías estuvieran hablando con la abuela de Heriberto? ¿No habías dicho que...? ¡Camarada, ya lo tengo! ¡Ya sé qué fue lo que andaba rondando por mi mente...! ¡Hey, no, no se lleven a mi camarada! ¡Él no hizo nada malo, fue Heriberto, él fue quien tomó a la vieja por las greñas! Si quieren vayan a buscarlo, está en mi casa, aquí frente a la tienda de Don Matías ¡Mi camarada nunca ha hecho nada malo! ¿A mí también me van a llevar? ¡Carajo!