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lunes, 30 de diciembre de 2019

Literatura: Ensayo sobre el aguacate


Por: Sti Guerrero
 





Padre pasó de largo un día que teníamos prisa. Yo me quedé parada frente a él, pensando que era muy, pero muy desafortunado el hecho de que no me gustara el aguacate. El señor, con su letrero de 3 por 2, me miraba suplicante y pedía sin hablar que llevara una, sólo una bolsita a casa. Recordé que al otro día salíamos de viaje, y di las gracias, no sé por qué. Los aguacates ya estaban maduros, listos para comer. Y yo no.


Entonces me pregunté si era justo que alguien tan insignificante como esta melancólicabuenaparanada prefiriera el mango, la carambola o la granada. Por qué siendo tan delicioso, tan sutil y combinable, habría alguien en este planeta que le rechazara. Me identifico, y tampoco puedo aborrecerlo. Entonces, sí, con todo . ¿Se entiende la ironía? ¿Qué otro sentimiento tan grato hay en el mundo, además del amor, el odio, la tristeza, la compasión, la empatía, el optimismo, la admiración, la gratitud, el enojo, la venganza y el éxito, que la libertad misma?


Sin embargo, el poder de decidir sobre otros el destino, es en su totalidad, una falacia. Bien lo decía mi amor, Pessoa: [1] “El Destino es una especie de persona, y deja de atormentarnos si mostramos que no nos importa lo que nos haga.” Que si el aguacate me odia porque no lo he elegido, que si yo hago puchero porque me vi en la necesidad de rechazarlo, eso en realidad no importa. Hay una excusa real y aceptada (porque se encuentra entre comillas) que nos exime a ambos de culpa, como en todo.


A veces resulta extenuante tener que guardar compostura ante las tentaciones del mundo, por ejemplo. Aunque comprometerse a la ética personal es más fácil de lo que se cree…claro, si uno se encuentra configurado con base en gustos también personales. ¿No te agrada ceder el asiento en un autobús a personas que probablemente lo necesitan más que tú? No hay problema, hoy en día algunos Millennials y todas las feminazis te ceden un pase rápido de salida. Puedes tomarlo, con total consciencia o sin ella (qué más da quitarse con premura el chaleco de responsabilidad), configurar tu actuar acorde y viajar – literal y figurativamente – por la vida sin un gramo de culpa. Qué bello. Es que tienen razón (yo se las doy, y ya supimos que por mi importancia en el universo, tengo el derecho): ¿por qué ceder tu asiento a aquella mujer embarazada? Quién la manda a coger con un hombre que 1) no tiene para el condón y 2) ese mismo día que no tenía para el condón, dejó su Ferrari en casa. No es como si el niño en el vientre pudiera llegar a ser un excelente médico cirujano que podría salvarte la vida algún día; o bien ¿por qué habrías de abandonar ese cómodo asiento que el abuelito desea ocupar? No es TU abuelito. Sus ojos cansados, sus piernas temblorinas, sus movimientos lentos no han sido causados por ti. Ni siquiera habías nacido cuando él optó con todas las de perder, y rechazar sus estudios. Por suerte (aunque no sepamos si es mala o si es buena o si es tuya o de él), naciste en una familia que piensa que debes estudiar y superarte. Y porque has actuado correctamente durante toda tu vida (olvida juzgar a las personas, eso no cuenta, tenemos el derecho de hacerlo, dulce cómplice cruza-líneas), te has ganado ¡NO!, te mereces, ese cómodo y para nada mal armado (cómo crees) asiento del autobús.


Pero dejaré de alabarte a ti, de justificarte a ti. Hablaré de lo que más me gusta hablar en el mundo: del Yo. Aunque con cada binomio de palabras me acuerde de Frida y de Freud.


Yo, estaba hablando de lo sencillo que es apegarse a la ética personal: lechuguina, flojita, inocente e ignorante. O sea, la ética que alimenta a nada menos que a un [2] 90% de los 127.5 millones de mexicanos que existimos en MI territorio lleno de aguacates. Eso es, 2 personas de 3, que se guían por la configuración lógica personal y convenientemente bien aplicada en días de lluvia (los cuales, como recordamos, aquí en la ciudad, sólo toman lugar en dos temporadas).  Eso es yo, y probablemente tú que estás leyendo esto, o bien, yo otra vez, o bien tú siendo yo, porque todos somos Yos aquí y y allá y en Nowhere Land.


Pero a lo que iba, es que, sin una configuración deliberada de una ética personal, es más sencillo ser tibio. A quién podría dañarle esto, podríamos preguntarnos. Como todo tiene una consecuencia, qué mejor que disminuir las probabilidades de daño. Siendo grises, no blancos o negros, sino grises totalmente (yo, un tono más bien plateado), nos desligamos ya del compromiso de ser excelentes, de ser bondadosos, de ser humanos, siempre.


Cuando me preguntan mi opinión sobre algo, poquísimas veces opino tajante y vehementemente. Cuando me piden una posición respecto a un tema controversial, pienso que lo único en controversia es mi capacidad de ver de ambas partes, algo correcto y algo mal. [3] “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Pienso que Dios también rechazaba al aguacate. ¿Acaso no me creo mi propia ironía? Esta fruta que parece verdura, o esta verdura que parece fruta, no es totalmente dura, ni blanda en demasía; ésta, que no es dulce o agria o salada, apenas puede tener cabida en mi comprensión. Dejando gustos de lado, me entrego al mundo cuando digo que con todo está bien. Aunque por obviedad en mi gesto transparente, no lo esté. Lo más desesperante de todo esto (a Bernard Salt le daría un infarto) es que [4] soy Millennial, no tengo casa ¡y ni siquiera me gusta el aguacate! Porque (ajá, a veces) me dejo llevar por los impulsos, porque soy tibia, escribo mientras sueño y mientras bailo y mientras (la) cago.









[1] Fernando Pessoa (2012). Cartas de amor <a Ophelia Queiroz>. España: Editorial Funambulista. 
[2] Georgina Guevara (2017). Manual para agregar pies de página inventados, como lo hacía Borges y como lo hacía Cortázar. 
[3] Apocalipsis, 3:10. 
[4] Bernard Salt. (2016). Moralisers, we need you!. 16 de octubre de 2016, de The Australian. Sitio web: http://www.theaustralian.com.au/life/weekend-australian-magazine/moralisers-we-need-you/news-story/6bdb24f77572be68330bd306c14ee8a3#itm=taus%7Cnews%7Caus_authors_index%7C1%7Cauthors_storyBlock_headline%7CBernard_Salt%7Cindex%7Cauthor&itmt=1476657066628




domingo, 7 de julio de 2019

Literatura: El secreto de Alicia (relato breve)

Por: Damayanti Zepeda    




Alicia se sentó en la mecedora de su jardín, tenía los ojos humedecidos y la nariz roja, los labios le temblaban ligeramente e incluso desde donde estaba era capaz de distinguir ese nudo en la garganta, que yo jamás podría desenredar, y que terminaría por matarla. 

Allí estaba ella, presentándose a nuestra cita diaria, en el jardín más espléndido del mundo, a la hora en la que el sol es omnipresente. No nos escondíamos de nadie, a pesar de que su esposo era un troglodita celoso nunca la molestaba en el jardín, estaba seguro de que las enredaderas frondosas y los rosales espinosos eran suficientes para que nadie pudiera ver a su hermosa y triste esposa. 

Ver a Alicia era lo que más me gustaba del día, porque verla era como contemplar una tormenta a través de una ventana, era como sentirse seguro ante lo más terrible, ante lo más monstruoso. Ni diciendo esto creo que puedan imaginarse la impotencia que sentía cada que la veía llorar, mientras aguantaba las ganas de gritarle al mundo su desdicha, con la cara magullada a golpes y las uñas mordisqueadas hasta el exterminio. 

Varias veces le planteé la posibilidad de fugarnos, de dejarlo todo para ir en busca de algo más; yo estoy acostumbrado a eso, a ser libre, y era libertad lo único que tenía por ofrecerle, sin embargo, por más que alegué, que supliqué, Alicia siempre hizo oídos sordos a lo que le decía. Al principio su actitud negligente me irritaba, me daba asco, pensé en dejarla muchas veces, pero la forma en que me miraba, como los niños se maravillan con los leones la primera vez que van al zoo, me inspiraba una ternura inefable, de esa que solo inspiran los desamparados, que me hacía volver todos los días para acompañarla en sus pocos minutos de tranquila y dulce felicidad. 

Alicia me quería, a pesar de ser ansioso, torpe, frágil y pequeño, me quería, podía notarlo en sus silencios. A veces era mejor no acercarme demasiado a ella, su tristeza era contagiosa y la volvía irritable, así que me conformaba con mirarla de reojo desde el granado, mientras fingía juguetear con las flores de un naranja precioso. Otras veces, a pesar de estar exhausta, se la veía tan serena que me acercaba tanto a ella que se paralizaba de los nervios y aguantaba la respiración para no romper esa delicada burbuja mágica que nos envolvía. 

Una vez, de las muchas que no podré olvidar, un mal golpe la puso muy enferma, tanto que no podía ni salir de la cama, así que lo único que me quedaba era acercarme a esa violenta madriguera que tenía por casa. Escondido entre la vegetación del jardín, observé la rutina de su esposo, un hombre quisquilloso, con un horario estricto; en tres días pude determinar perfectamente a qué hora salía a y llegaba de trabajar, a qué hora espiaba a Alicia con desasosiego y cierto rencor y a qué hora se sentaba a ver la tv, seguro de que ella estaba tan adolorida que no podría ni pensar en dejarlo sin quejarse. Eran esos ratos, en lo que él bajaba la guardia, los que aprovechaba para visitarla, no podía entrar a su cuarto, por supuesto, pero la saludaba desde la ventana que daba a su habitación y que siempre tenía la cortina ligeramente descorrida. 

Seguí esta rutina por algunas semanas, conformándome con la sonrisita que ella me dedicaba cuando me veía, hasta que un día lo único que encontré fue una cama minuciosamente tendida. «Se ha escapado, se ha ido… no importa, ya nos reencontraremos después», me decía a mí mismo con esperanza, pero algo en su forma deliberada de irse, incongruente con su mansedumbre, me inquietó. « ¿Dónde está?, ¿dónde está mi querida Alicia? », me preguntaba. 

Visité otros dos días el jardín, espiando a través de las ventadas de la casa, sin preocuparme por pasar inadvertido, pero no tuve éxito. El tercer día deseé no haber vuelto, podría haber vivido eternamente con el recuerdo del amor de Alicia, creyéndola libre y contenta, aun sin verla; pero ese día me supe muerto cuando, después de muchos “ruega por ella y por nosotros”, cargaron el ataúd en la carroza fúnebre y llevaron a Alicia hasta el panteón viejo, donde la enterraron junto a sus padres. 

Observé todo desde lejos, oculto entre los árboles, nadie podía verme, nadie debía saber que Alicia me amó, no quería manchar su reputación, además, esas personas ojerosas y grises, que no se preocuparon por ayudar a Alicia y que le daban la mano y el pésame al ahora viudo, no merecían saber nuestro secreto. 

Después de un tiempo, cuando todos se marcharon, pude acercarme al sepulcro que guardaba el cuerpo corrompido de la mujer que amé; tenía apenas 28 años, pero su falta de decisión le había merecido una muerte vergonzosa. Habríamos sido felices, muy felices, estoy seguro. Me desmoroné sobre la tumba, intentando escuchar el latido de su corazón inerte, y allí me quedé hasta que empezó a llover, no me importó mojarme, no quería levantarme y no pude; nadie volvería a separarme de Alicia nunca más. 

Al día siguiente la hermana de Alicia, acompañada de su pequeña hija, me encontraron allí tendido y sintieron lástima. 

¡Oh, un colibrí! exclamó la niña, mientras se cubría la boca con sus manitas regordetas. 

Pobrecito…, creo que está muerto, seguro fue por el frío de anoche. dijo la hermana de Alicia; tenía razón, esa fue la noche más fría de mi vida.




miércoles, 10 de abril de 2019

Literatura: Recuerdo difuso (relato)

Por: Víctor Hernández

La ronda de los presos - Vincent Van Gogh

Vamos a repasar cada momento, a analizar cada detalle y meditarlo como es debido; recuerda que eso es muy importante... ¡Carajo! ¿Cómo pude olvidarlo? Tú debías mantenerme al tanto ¿No recuerdas que estabas frente a la reja? Cuidabas que no viniera nadie, cuidabas que nadie nos encontrara a mí y a nuestro camarada haciendo lo que hacíamos. Además se suponía que vigilabas que no nos saliéramos de control ¿Ahora te das cuenta de lo importante que es la memoria?...


Veamos: ¿Sí recuerdas que Heriberto se encontraba en frente mío? Muy bien, vamos bien, yo también recuerdo eso. ¿También recuerdas cuando te pregunté si había alguien cerca? Excelente, ¡excelente, camarada! Vamos muy bien. Ahora bien, ¿recuerdas a esa anciana que se nos quedó viendo? Esa que pasó frente a la reja unos minutos después de que vinieras con Heriberto y conmigo. Heriberto enloqueció de repente al verla y nosotros lo calmábamos con palabras tranquilizadoras, ¿lo recuerdas? ¡Claro que lo recuerdas! tú aún no estabas tan mal, Heriberto sí que lo estaba. Ahora, lo último que recuerdo es cómo Heriberto enloquecía más y más, y sabíamos que había algo en aquella anciana, algo que alborotó tanto a Heriberto, hasta el punto de lograr soltarse de nosotros y correr tras ella, sin que nosotros pudiéramos hacer algo. ¿También recuerdas eso? Perfecto. La anciana ya había pasado, pero unos segundos después de que Heriberto saliera por aquella reja tras la anciana, vimos cómo volvía con ella, la había tomado de las greñas y la traía a rastras hasta nosotros. ¿Lo recuerdas? Qué bien, porque eso es lo último que recuerdo y me temo que no soy capaz de explicar qué sucedió, estaba muy mal ya en ese momento y dudo que Heriberto en su estado pueda decirnos algo, además de que él también estaba muy mal, peor que nosotros. ¿Ya te refresqué la memoria? Genial. ¡Excelente, camarada! ¿Ahora lo recuerdas todo? ¿No? Bueno, lo poco que recuerdes servirá, quizá con lo que tú me digas logremos sacar algo de mi cabeza confundida, y con lo que yo logre sacar tú logres sacar algo también de la tuya, e iremos uniendo los puntos con cada cosa que digamos, todo sacado de nuestras cabezas. Bien, dime.


Claro, claro, ya recuerdo eso, cuando traía a la anciana de las greñas nosotros nos asustamos. ¿No? muy bien, ¿en serio fui yo quien golpeó a Heriberto primero? ¿No tratarás de echarme la culpa a mí? Ya, perdona, es que no soy capaz de recordarlo con claridad, tú sabes, estaba muy drogado. Bueno, ¿y qué pasó con la anciana? ¿Era la abuela de Heriberto? Ya veo, entonces él temía que fuera a ver a su madre o a su padre y le contara sobre lo de la hierba y con quién estaba fumándola. No pensé que Heriberto se pusiera así con su abuela, en serio que estaba muy mal ¿Qué más recuerdas?... Mierda, ¿un infarto? ¡Con un demonio!, por eso enloquecimos tanto. Un momento, estoy confundido, ¿Golpeé a Heriberto después o antes del infarto de su abuela? Después, entonces el que lo golpeara fue más un reproche porque hubiera provocado su muerte. Mira, para evitar estas confusiones trata de contarme en orden cronológico, ya que aún tengo un poco del efecto de esa mierda y de por sí ya es difícil ponerte atención. Dime qué más recuerdas, antes de que lo olvides. Ah, entonces ambos nos abalanzamos sobre Heriberto. ¡Mierda!, ¿de dónde sacaste esa hierba? Hizo que tuviéramos un terrible viaje. Mira, camarada, hay que dejarla. Bien,  bien, sigue con lo que decías. Estabas con que empezamos a darle una paliza a Heriberto entre los dos, eso explica su aspecto y por qué descansa en mi sillón. Pero, ¿qué pasó con la abuela? Digo, si hubiéramos llamado a un ambulancia o algo nosotros estaríamos en la comisaría, bajo custodia o qué sé yo. Dime, ¿qué hicimos con la anciana? Bien, mira, no pretendo ser cruel pero no hay que decir nada al respecto. Igual a la anciana ya le faltaba poco. Y si decimos algo puede que Heriberto se culpe toda la vida, pero es un buen muchacho, no merece culparse, y dudo que recuerde algo de lo sucedido. Gracias a lo que me dijiste ya he recordado casi todo lo sucedido, aunque hay un par de cosas que aún traigo cosquilleando en mi memoria y pidiendo salir. Sólo que no soy capaz de sacarlo ¿Ya no recuerdas nada más que pueda ser relevante? ¿Algo que pueda incriminarnos? ¿Estás seguro? Muy bien, entonces vayamos a cenar algo, sabes que drogarse da hambre. A Heriberto déjalo dormir, debe aprovechar que no sufre por el sueño que le sirve de anestesia, al menos en el sentido físico, porque de que debe estar tendiendo pesadillas no hay duda; cuando despierte va sentir haberse puesto tan mal.


¿También te pareció extraño que camino al café esos policías estuvieran hablando con la abuela de Heriberto? ¿No habías dicho que...? ¡Camarada, ya lo tengo! ¡Ya sé qué fue lo que andaba rondando por mi mente...! ¡Hey, no, no se lleven a mi camarada! ¡Él no hizo nada malo, fue Heriberto, él fue quien tomó a la vieja por las greñas! Si quieren vayan a buscarlo, está en mi casa, aquí frente a la tienda de Don Matías ¡Mi camarada nunca ha hecho nada malo! ¿A mí también me van a llevar? ¡Carajo!




jueves, 7 de marzo de 2019

Literatura: La espera (relato)

Por: Miriam García


Naturaleza-Muerta-Resucitada (1963) - Remedios Varo

El reloj avanza lentamente, los perros me lo dicen, ¿no los oyes? No dejo de preguntarme dónde estás, hace rato que te mando mensajes al celular y no contestas. El eco de las paredes me reclama tu ausencia, el techo se burla de mí. Trato de no escucharlos, busco por el piso paciencia para seguir esperando. La televisión ayuda a que el tiempo pase más rápido, la pantalla está negra, un instante después una pareja de caricatura discute con nuestras voces: “Lo siento”, dice la princesa, “ya no te quiero”. El mar nunca antes fue tan oscuro. Él se pone furioso, quiere tomarla por el cuello y apretar hasta que ya no respire, pero no lo hace. “Yo soy un caballero, un Superman, y eso no sería heroico”. Miro mis manos, éstas escurren agua salada mezclada con sangre, no puedo sostener el control remoto, lo arrojo a un lado y cierro los ojos que se me derriten en un desastre de lágrimas negras.

Al levantar la cabeza miro el reloj, las manecillas se ríen de mí con vocecitas de hadas, “son las once”, replican y les doy las gracias. Trato de llamarte, me contesta una voz metálica, “su llamada no puede ser atendida”. Marco de nuevo, pero no logro alcanzar tu voz. Una y otra vez escucho a aquella mujer robot, “su llamada no puede ser contestada”. Yo insisto, ella se vuelve más cínica, “su mensaje será enviado al buzón de asuntos sin importancia”. Imagino la sardónica sonrisa brillante de la grabadora. Me duele tu ausencia, era agradable tener alguien con quien platicar, ¿dónde estás?

Paso los canales de la televisión como un autómata. El encantador de perros canta a un pastor alemán, “te extraño como se extrañan las noches sin estrellas...”, en el siguiente canal los abogados de La Ley y el Orden recitan, “...como se extrañan las mañanas bellas...”, en el History Chanel hablan de de contactos alienígenas con la humanidad primitiva, se muestra una imagen de un hombre junto a un alíen al que le canta, “...no estar contigo, por Dios que me hace daño...”. Cambio el canal. Jack se está helando, le dice a Rose que la ama y que pueden ser felices, ella con tristeza solo contesta, “estás enfermo y necesitas ayuda profesional. Perdóname, no puedo hacer nada por ti” y lo deja hundirse en el océano. “¡Paciencia!”, exclama la alfombra justo en el punto en el que una vez tú y yo hicimos el amor, “aún te ama, ya verás que vuelve”. Observo los mensajes del celular, he mandado tantos pero tú no te dignas a contestarme.

Todo el aire se pinta con los colores rosas y amarillos de la música del celular, son tan bonitos. Me abalanzo a contestar, pero no eres tú, suena como a alguien que se equivocó de número. Le cuelgo sin hablar. Me levanto furioso a disipar los colores que aún flotan en el aire. Maldita tonada rosamarilla. La atmósfera vuelve a recuperar la incoloridad del silencio, debe permanecer así hasta que tú marques.

En mi mente pasa nuestra película. Un chico tiene una amiga, la chica es dulce. Ellos se entienden y se enamoran. Él es un poco excéntrico, quiere arreglar el mundo. A ella al principio todo le hace gracia, luego llega a asustarse de él, no tanto de sus acciones cuando toma parte en movimientos que buscan justicia, como de su miedo a los números y a las voces que ella no escucha. Ella dice que él es demasiado radical, pero sobre todo que está enfermo. Se marcha y amenaza con llamar a otros para que vayan por él y lo controlen. No entiende lo importante de su misión.

De nuevo me pregunto dónde estás, miro el reloj, son las tres de la mañana y sigues sin contestar. Quizá se te cayó el celular al escusado y lo tienes secándose junto a la ventana. “A lo mejor se le agotó la batería”, dicen los perros. Les creo, ellos lo saben todo, siempre están juntos en las buenas y en las malas. Esto me hace pensar, tú prometiste estar conmigo siempre, ¿lo recuerdas? ¿Es que acaso fue mentira? Por Dios, dime que no es cierto, que me extrañas tanto como yo a ti y que vas a volver. “Alguien no ha acicalado a su hombre, una princesa que conozco”, dicen los números del calendario y el doce me apunta a la cara. Creo que me estoy convirtiendo en perro, porque hay pelo escurriendo de mi barbilla. ¿Y si no me gusta ser un perro? ¿Y si una vez que me convierta ya no puedes reconocerme? “¡Por favor vuelve!”, te suplico en el celular, “me haces tanta falta, no le hagas caso a los números, ya sabes que son muy criticones. Aquí te espero con el jabón y el rastrillo para que me rasures y me conviertas de nuevo en humano, como hiciste tantas veces en el pasado”. Vuelvo a marcar tu número, la voz robótica dice, “saldo insuficiente”, lo repite como un mantra, con los labios pintados de rojo, ladeando la cabeza al tiempo que esboza una mueca como de Barbie pasando recado.

Van a venir por mí, sé que hay una conspiración para atraparme. No quiero que nadie se me acerque más que tú. Tal vez deba brincar en mi Rocinante y galopar lejos, donde nadie pueda hallarme, pero ¿y si en eso tú regresas y no me encuentras? No, lo mejor será que espere aquí mismo. No puedo dormir, temo que llegue la mañana, pero el reloj ha decidido moverse tan rápido. ¿Dónde estás? “Paciencia”, repite la alfombra, “ya verás que regresa”.

El sol ha salido, alguien llama a la puerta. Ansioso, corro a abrir. No eres tú, es algún pariente, creo mi hermano, junto con hombres vestidos de blanco. Ya es tarde para huir en Rocinante. ¿Qué debo hacer? ¿Luchar acaso? Los perros no contestan. Derrotado y envejecido, me dejo guiar. Me hacen preguntas que no contesto porque yo ya no sé nada, solo sé que te extraño.