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jueves, 7 de diciembre de 2017

Cine: Hombres tristes que se quedan solos (crónica)

                                                 MATHEUS KAR | 7 de noviembre, 2017

Fotograma de Donnie Darko.



No tenerlo es miseria
y tenerlo es herida.
Emily Dickinson

La literatura crea imágenes; las artes escénicas, diálogos. Y las artes visuales, interpolaciones, discursos y traducciones físicas de la realidad que nos envuelve.
No todo el cine envuelve, está el que atrapa y vende, pero está el que envuelve, el que abraza y entorpece el ánimo con imágenes en alta definición, con colores tristes y personalidades tonificadas por la lente de una cámara, que tamiza la experiencia en nosotros y la moldea en planetas exteriores que todos, en la sala de cine o sobre el sofá, segmentamos.
Al ver testimonios estéticos (cintas) como Donnie Darko (2001) –que a primera vista nos puede parecer mala−, The Secret Window (2004) o Zodiac (2007), uno no vuelve a cimentar su ánimo sobre la misma piedra, el carácter se desdobla y se instala en el nuevo planeta que estas cintas abren en nosotros.
Este artículo bien lo podría estar escribiendo sobre la barra de un bar universitario, entre la penumbra de un vaso alcohólico y tres hielos. Pero no, lo hago bebiendo una taza de atole y acompañado de una niña de 12 años: a la cual mi libro de Ciencias Sociales de la primaria definine como mi prima, sobrina de mi padre y nieta de mi abuelo. Cuento esto porque hoy en la tarde vimos Zodiac, de David Fincher. Introducir a una niña dentro del mundo del arte, tarea titánica, no me pareció del todo descabellado, ni tampoco desestimaba el gusto de una niña. La película le gustó, si hasta pareció concentrar todas sus fuerzas para soltar ese ¡wuaw! que tuvo atorado durante toda la película. Le encantó. ¿Que cómo sé en términos cuantitativos que eso es cierto? Tenía los ojos escrutando la pantalla, su obesidad estética la obligaba a cerrar los puños y pegarlos al pecho como un tigre en guardia… Y sobre todo, jamás volteó a ver su teléfono celular. Fincher sorprende a grandes y pequeños.
            Pero la magia está en Jake Gyllenhaal, la encarnación idónea para cualquier descompensación psíquica o excentricidad psicológica: Brokeback Mountain, Nightcrawler, Donnie Darko, Zodiac, Nocturnal Animals. La atmosfera de Zodiac es la atmosfera de la obsesión, la de las causas perdidas (las únicas que despiertan la esperanza en el hombre) y eternas, la de un caso policial que jamás ve término y siempre está en curso. Zodiac es el motivo pero la obsesión es el argumento: seguir cuando a nadie parece importarle. Envolverse. Desdoblarse. Perder la cabeza, carreras, cargos, parejas, matrimonios, quizá el sosiego. Y esto se replica en el espectador casi como el proyector de un cine sobre la pared blanca y virgen del cinema. Cuando la cinta acaba y el espectador se enfrenta a los créditos finales, la obra de arte continúa en la cabeza del receptor, allí se despliegan imágenes que reelaboran esa atmosfera obsesiva inacabada, la de los hombres tristes que acaban solos pero esperanzados.
            En The Secret Window, basada en el relato de Stephen King  Secret Window, Secret Garden y protagonizada por Johnny Depp (otro camaleón de las excentricidades psicológicas), la obsesión encubre al delirio, y el delirio a la paranoia. La ansiedad por ver el filme concluido y conocer el desenlace queda desplazada y la sustituye un estado de permanencia, un aquí y un ahora dentro del filme, como si la cinta se detuviera y tuviéramos permiso de darnos una vuelta por el panorama fílmico y su mundo integro en movimiento, incluso teniendo la oportunidad de probarnos el sombrero sureño frente al espejo y verbalizar las palabras de Mort Rainey: «Soy un granjero de Mississippi».
            La soledad no es tan dolorosa cuando se persigue la venganza o la justicia. Pero castigar al culpable no nos hace necesariamente inocentes. Allí tenemos a Mort, el hombre que termina solo por perseguir al fantasma sedentario de la literatura.
            Finalmente, nos quedamos con Donnie Darko –que con cada vista parece tener menos errores, la película del humano en ese estúpido traje de conejo (o al revés: un conejo en un estúpido traje de humano) y que despliega frente al espectador la tesis de que la búsqueda de Dios es absurda si todos, al final, terminamos solos. Sin embargo, jamás se menciona en el largometraje la antípoda o el antídoto de la soledad, algo así como, por ejemplo, la libertad, el amor, la familia o el sexo. Aunque quizá este último se menciona olímpicamente durante todo el filme, pero queda relegado a ese agradable cómodo de la ambigüedad. Tal parece que la visión de Richard Kelly, el director de DD, es otra. Richard Kelly no plantea una vida larga sino intensa: una donde se redimen culpas, donde se salvan amores que nunca se cruzaron y se castigue a hombres antes de condenarlos. Estoy seguro que Borges, el amante de los tigres y los laberintos, habría sido un gran fan de Donnie Darko y en un perfecto inglés, del que estaría orgulloso Wordsworth o De Quincey, habría recitado estas hermosas palabras: «Confío en que cuando el mundo se acabe, pueda dar un suspiro de alivio, porque habrá muchas otras cosas con las cuales ilusionarse». Y es que la longitud del filme es un paraje inabarcable, una textura indefinida que se impregna en el ánimo. ¿A quién no le gustaría saber su fecha de muerte (o la del fin del mundo) y antes de eso alcanzar el amor, el castigo, lo heroico, el otro lado del acobardamiento, y dejar de decepcionar a quienes se ama?
            Yo creo que todos, en algún momento, nos ha pervertido la idea de acabar ahí, más cuando se está en lo alto, en la panacea de nuestro derecho, porque después de eso todo se hace en pendiente. Donnie Darko es la realización de ese deseo, la pérdida sin dolor, el amor sin pausas y el heroísmo sin la atrofia del aplauso.
Zodiac, la obsesión. Secret Window, la paranoia. Donnie Darko, la esquizofrenia. Y todas rayan la soledad y el abandono.
            Así, en Zodiac, la tristeza parece entumecer cualquier forma de felicidad o esclarecimiento sexual; hay matrimonios, hay noviazgos y hay parejas, pero jamás hay besos, grandes flujos de sangre entre las piernas, no, solamente un costal de tensión (que podría ser sexual, pero no lo sabemos) que contagia al espectador y oscila en un periodo indeterminado después de acabada la película.
            De hombres abandonados hay mucho arte, tenemos a Goyo Yic, de Miguel Ángel Asturias, al Amalfitano de 2666, de Bolaño, al taxista insomne de Taxi Driver y, entre tantos otros, a Michael Corleone, de Francis Ford Coppola. Historias de hombres abandonados, hombres tristes que terminan solos, solos con sus obsesiones, con sus ambiciones, o las causas que, tal parece, solo ellos defienden o enaltecen. La tristeza se sugiere a sí misma como otra forma de violencia. Una forma de violencia para el entorno, violencia no amigable para el ecosistema fílmico de los personajes. Sin embargo, para el espectador es soportable, porque la entiende como ficción aunque intente ser una traducción fiel de la existencia, como algo placenteramente desagradable: mientras los personajes abandonan a nuestros hombres tristes, el espectador se mantiene impermeable al dolor de los que abandonan. ¿Por qué? Porque la garantía del espectador es el botón de apagado. La zona segura es el botón de apagado, la zona de confort. Ojala pudiéramos disponer de este mecanismo en la vida real. Pero no, en la vida real nuestro botón de apagado es la huida, el abandono. Regresar a la zona segura es la garantía de nuestra felicidad. Únicamente los cobardes pueden disfrutar del no-dolor de la vida.
 ¿Pero hasta qué punto este abandono empieza a ser prosperidad artificial? ¿Hasta qué punto la retirada pasa a ser inmolación?
Pero qué más da, a Marcel Duchamp también lo abandonaron. En Buenos Aires, sin producir ninguna obra, se dedicó enteramente a jugar ajedrez. Ivonne, su esposa en ese tiempo, terminó harta de tanto ajedrez, de tanta ciencia cuadricular, y se marchó sola a Francia. No obstante, creo que debe empezar a considerarse el abandono como algo místico necesario para la santidad: la santidad laica del arte. Si la tristeza es una forma de violencia, la soledad puede ser leída como un albergue donde el hombre descansa, indefinidamente, sin dejar de inquietarse. A veces esa soledad es un buen filme, una buena secuencia, una buena imagen.
En fin, en algún momento a todos nos ha tocado encarnar estos personajes tristes y abandonados. Y pueda que todos seamos como Donnie Darko, riendo en los momentos finales o de mayor agravio, solitarios, ensimismados en algo que creemos, sin advertir que hemos sido abandonados, embutidos en estúpidos trajes de humano: de hombres tristes que terminan solos. 





Matheus Kar (Guatemala, 1994). Fundador y miembro único del Colectivo Bartleby. Entre los reconocimientos destacan el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015, el Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala, el Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016), el Premio Nacional de Poesía “Luz Méndez de la Vega” y Accésit del Premio Ipso Facto 2017. Su trabajo se dispersa en  antologías, revistas, fanzines y blogs de todo el radio. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016).




lunes, 20 de noviembre de 2017

Literatura: Tiempo dormido (cuento corto)

Por: José L. Avendaño


La persistencia de la memoria, Salvador Dalí.


El muchacho seguía los pasos de su abuelo. Se esforzaba con minuciosidad por embonar cada parte del reloj de bolsillo que tenía enfrente. El procedimiento era cauteloso. Entendía su valor: era más que un objeto, pues había escuchado el latir de su vida. El tiempo estaba encerrado en ese espacio tan pequeño, entre los espirales y los engranes que lo componían.  

Amanecía. Junto a su mesa de trabajo relucía un libro de Spinoza. El muchacho pensó entonces que Dios habitaba en su reloj, pues el tiempo era uno de sus atributos. Con este pensamiento fijó su vista por la ventana. El vendedor de periódicos anunciaba entonces que el siglo daba fin. Un arco iris se posaba en el cielo. Miró hacia su libro... era el Cálculo algebraico del arco iris.

martes, 7 de marzo de 2017

Ensayo: Siete ventajas del islam (según Michel Houellebecq)*

Por: Matheus Kar



Michel Houellebecq, novelista, poeta y ensayista.



1. La poligamia.

2. El precio que el hombre debe pagar para que tres o cuatro mujeres se le sometan es relativamente bajo y casi mínimo: someterse a Dios. 

3. La economía hogareña se basa en el trabajo exclusivo de los hombres; empleos abundantes y bien remunerados.

4. Como las mujeres se quedan en casa, los hombres ya no tienen que lidiar con la clásica mujer trabajadora carente de deseos sexuales; mientras que todo el día la mujer clásica se pasea en tacones y falda por la oficina, la mujer musulmana usa el hiyab (velo) en público y se desviste sólo ante su señor esposo, utilizando los encajes franceses que éste le compra.

5. A la mujer musulmana se le puede convencer incluso de que los hombres gordos tamaño elefante son el último grito en esposos. Es en serio.

6. Los musulmanes son darwinianos y creen que la especie es mejorable; sin embargo, no creen en la carne tanto como en el intelecto. Así que es normal que prefieran darle la mejor mujer a un profesor universitario que a un fisicoculturista. Adiós, gimnasios; bienvenidas, bibliotecas. 

7. Se puede ser religioso sin dejar de ser inteligente.



Fabula o no, mentira o verdad, Michel Houellebecq se ha sumado a la no corta fila de novelistas creadores de distopías –o utopías, según la religión−, de agitadores y pesimistas. Sumisión es una novela que nos habla de cómo sería la no tan lejana Francia si fuera tomada democráticamente por los musulmanes. Al mismo tiempo, Houellebecq nos va trazando el desenvolvimiento moral y posmoderno de François, un hombre que al final de su soltería no encuentra sosiego ni placer en la sexualidad del siglo XXI y que sólo encuentra una mediana satisfacción en el pesimismo de Huysmans.
Caricatura de Michel Houellebecq, autor de Sumisión.

«El golpe genial del líder musulmán –escribe Houllebecq− había sido comprender que las elecciones no se jugarían en el terreno de la economía sino en el de los valores», y de eso el autor de Las partículas elementales tiene mucha razón. Pero nosotros no somos Europa, ni estamos próximos a formar Eurabia. Y eso de la xenofobia tampoco se nos da muy bien. 

Como americanos, nuestro problema es más antiguo (quizá tanto como el europeo). No sé si alguna vez alguno se ha preguntado ¿qué habría sucedido si los árabes no hubieran desalojado España y, de ser así, hayan sido  ellos quienes conquistaran América y, en lugar de iglesias, hubieran construido mezquitas?


Por suerte, no la nuestra sino la europea, Carlos Martel y los Reyes Católicos se encargaron de echar a los musulmanes de Europa, con todo y tecnologías –porque, a diferencia de los cristianos, los chicos del turbante son muy devotos a la ciencia−.  Sin embargo, el libro de Houllebecq no es en vano en América; él propone que en los últimos años se ha creado una cierta amalgama de tolerancia hacia el islam en Europa, incluso −y esto, según él, es lo más grave− un deseo de sumisión efusivo  hacia dichosa religión. 

Como americanos, o latinoamericanos, el tema nos interesa como fábula moral. Defendemos al cristianismo sin saber por qué. Ya lo dijo Sartre en una entrevista: «la sociedad ha construido al hombre como a un monstruo. Es decir, como alguien producto de ciertas contradicciones… De las que difícilmente llegará a ser consciente…».

Jugamos sobre el terreno de lo moral. Los jóvenes no saben lo que quieren cuando ondean su bandera libertaria. Y los viejos, los adultos, las personas como Houellebecq (por ejemplo) están hartas de tanto panfletarismo juvenil y libertario. El catolicismo está perdiendo sus vigas con cada día que pasa. Su representante el sumo pontífice, el papa Francisco, cada día se aleja más de la ideología del catolicismo, que si hoy acepta a los homosexuales, que si mañana se declara fan acérrimo de Darwin. En fin, los conservadores no aceptan las métricas morales por buscar a Dios: todo lo contrario, buscan a Dios por sus métricas morales.

El autor de El mapa y el territorio rebana con este libro algunas conciencias. Incluso, puedo llegar a vitorear, como lector, de haber encontrado una idea paralela al islam y el machismo de Houellebecq: nuestros cambios no son producto de una madurez concebida a lo largo de los años, sino, más que todo, la búsqueda del yo efervescente en el otro, una manera de sobrevivir, de vivir a expensas de los sistemas, de perdurar a lo largo de la historia. En pocas palabras, vemos en el Sistema el mecanismo adaptativo con el cual eludimos nuestros problemas. Mantener la tensión es nuestra ganancia secundaria; postergar su resolución, nuestra sobrevivencia.


Houellebecq, la última star literaria desde Sartre.

Hay un deseo de sumisión, una porción de enojo acumulado. La efervescente ola feminista (ya sea el serio feminismo intelectual o el folclórico feminismo analfabeto) ha enojado a no muy pocos. Estoy seguro que hay muchos –religiosos incluidos− a los que les gustaría ver a las mujeres fuera de los escritorios y el mando, y les complacería demasiado verlas atrapadas entre un delantal y una estufa. Y para estos tímidos rencorosos el dios que les ofrezca este paraíso será reconocido como el Dios legítimo. 

La madurez no es ninguna garantía. Incluso los ateos «políticamente correctos» son conservadores. Cuando España invadió América, los nativos se resistieron. Fue cuestión de sustracciones, rebajas y perezas que el imperio americano decayera y, finalmente, cediera la voluntad a las costumbres extranjeras. ¿Pero acaso no hubo un deseo de sumisión, de someterse al otro?

La lógica musulmana es esta: La mujer se somete al hombre, el hombre se somete a dios (Alá). Es algo que no sería difícil para nosotros. Hay un deseo inherente en el hombre hacia la sumisión. Nos sometemos a los deseos sexuales, al fetichismo de acumular mercadería en los estantes, a nuestras raciones de dios diarias, al trabajo, a la seguridad económica a costa de nuestros valores. ¿Qué pasará el día que un nuevo salvador o un nuevo dogma o una nueva religión venga y nos ofrezca eso en la palma de la mano?






*Los beneficios son exclusivamente para aquellos que el islam reconoce como hombres.



Sobre el autor:


Reacio a las multitudes e inquilino de bibliotecas, Matheus Kar nació en Guatemala en  1994; aunque su muerte sigue sin definirse, podría ocurrir cualquier día. Ha sido nombrado mención honorifica en el certamen Mi ciudad en 100 palabras, que organizó la municipalidad de Guatemala en 2014. Colabora en el evento literario Poetry Slam Guatemala. Formó parte del evento multidisciplinario Off Virtual Test.  Ganó el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015. Mención honorifica en el certamen Cantos de Trova (2015). Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala. Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016). Su trabajo aparece en antologías, revistas y blogs. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016). 


lunes, 27 de junio de 2016

Literatura: Una curiosidad sobre 'Las Montañas de la Locura' de H.P. Lovecraft

Por: Arisbeth




En 1931 aparece la novela Las montañas de la locura, de H.P. Lovecraft, en dónde el autor narra cómo un geólogo de la Universidad de Miskatonic realiza una expedición a la Antártida, encontrando vestigios de una antiquísima ciudad habitada otrora por una extraña raza, venida de los confines del espacio. y que guardan ningún parecido con la progenie humana.

Es necesario señalar que el relato, si bien es cierto, implica una trama al género de terror en donde una especie de 'monstruos' siderales amenazan con aniquilar al hombre, tiene a final de cuentas una base científica o pseudocientífica que llevaría a incluirlo dentro del género de la ciencia-ficción de tintes incluso religiosos. En efecto, las criaturas que habitan las ciudades antárticas lovecraftianas y que pueden equipararse a los dioses y demonios de las mitologías y religiones conocidas, son en realidad seres extraterrestres provenientes de ámbitos tan lejanos y extraños que incluso no pertenecen a nuestro espacio-tiempo; la materia con que están formados es ajena a cualquier elemento que conozcamos y, además, no se corresponden con ninguna conceptualización filosófica humana conocida, ya que simplemente están más allá del bien y del mal.

sábado, 23 de abril de 2016

Música: Ludwig van Beethoven y Johann Wolfgang von Goethe, admiración e incomprensión

Por:  Silvia Villarespe


Ludwig van Beethoven y Johann Wolfgang Goethe (grabados del siglo XIX)

Era el verano del año de 1812, en la ciudad de Teplitz, una sonriente población de aguas termales que hoy se encuentra en el territorio de Bohemia. En aquellos lares, muchos visitantes caminaban durante las tardes soleadas y diversos bañistas disfrutaban de los ríos, que les aportaban serenidad. Solía pasear por ahí un personaje extraño, con las manos siempre hacia atrás, que meditaba, que a veces hablaba, y otras se detenía presuroso y preocupado por la idea que se le iba de la cabeza. De su bolsillo, dos grandes lápices sobresalían. Su levita café, su cabello enmarañado. Era un hombre misterioso, llamativo, y pocos sabían de quién se trataba: el genio incomprendido.
 
Goethe y Beethoven en Teplitz (por A. Karpellus)
Ludwig van Beethoven admiraba a Johann Wolfgang von Goethe desde su juventud en Bonn. Fue en los círculos de lecturas que sostenía con logias masonas y familias de abolengo de su ciudad natal donde se adentró en la obra de Goethe: sin duda con Werther, o Goetz von Berlichingen, y tal vez la primera parte de Fausto, pero fue su poesía la que ocasionaba en él un torbellino de sentimientos. Sólo por amor a esas poesías, la indiscreción, la insinuación, la musicalidad de las palabras, la profundidad de éstas, la armonía de los sentimientos que nos hablan de lo lejano y a la vez de lo que yace en el fondo del ser. Desde 1810 y hasta 1811, Beethoven compuso algunos lieder (canciones) con versos del poeta: Erlköning, Mar en calma y un feliz viaje, La bella zapatera, A la esperanza, Anhelo, entre otras.

Caminando el genio, recibe una carta que le anima, le sobresalta. En su rostro se dibuja un gesto de indescriptible alegría y emoción. Era de quien había de concertar la cita, una joven chica llamada Bettina Brentano, aquella hija adoptiva de Goethe, quien estaba logrando lo que a muchos les parecería uno de los días más sublimes para la música y la literatura alemana.
 
El incidente en Teplitz (Tully Potter Collection)
Pero Beethoven era un espíritu apasionado, libre e impetuoso. Goethe había dejado de ser Werther, adoptando empleos burócratas, convirtiéndose en un celoso y riguroso investigador de las ciencias botánicas, experimentando un profundo cambio en su vida sentimental y profesional después del viaje a Italia 15 años atrás. La idea de lo sublime le parecía ahora poco menos que enfermedad; lo nuevo dentro del arte no era más para él que una locura, por lo que sus convicciones se construían de una idea de armonía y belleza equilibrada; simplemente, el refinamiento de un diplomático. Eran caracteres demasiado opuestos para que pudiera nacer entre ellos una verdadera amistad. Beethoven tenía 42, Goethe 62.

El día del encuentro, Beethoven y Goethe caminaban juntos por la calle. La gente los saludaba continuamente, haciéndoles igualmente inclinaciones. Goethe manifestó su fastidio ante el saludo de tanta gente, pero Beethoven, con una risa inocente en los labios, dijo: “no os preocupéis, excelencia, quizá esas reverencias sean únicamente para mí”. Goethe lo miró de forma inusual, nunca acostumbrado a palabras como ésas, quedándose callado. De repente, sintió el fuerte brazo de Beethoven tomando el suyo. Se acercaba la carroza imperial; la familia también estaba de paseo por aquellos lugares. El compositor le dijo al poeta: “continúe asido a mi brazo, son ellos los que nos deben dejar pasar, no nosotros”. Goethe se apartó de Beethoven, se descubrió e hizo la inclinación acostumbrada. En cambio Beethoven caminó en la forma habitual, se hundió el sombrero hasta las orejas, y miró enfurruñado al suelo. No obstante esta actitud, la emperatriz lo saludó primero y el archiduque se llevó la mano al sombrero. Cuando hubieron pasado, Beethoven se volvió hacia Goethe y le dijo con cierta complacencia: “os he esperado, porque os honro y os estimo como merecéis, pero creo que les habéis hecho demasiados honores, esa gente me conoce, el archiduque es mi pupilo, es constante pero le falta talento, es simple como esos individuos entablando una discusión sobre los emperadores”.

Monumento a Goethe en Berlín (Fritz Schaper, 1880)
Más tarde Beethoven, con la voz en alto, le afirmaba: “cuando alguien como yo y usted se encuentran juntos, esos señores deben sentir nuestra grandeza”. Goethe, un hombre de mundo, lo miró sorprendido, con la boca abierta y los ojos desorbitados. No pronunció palabra. Beethoven continuó caminando con una sonrisa en los labios. 

Después, el músico tocó para Goethe, éste parecía profundamente emocionado, y Beethoven, con júbilo, le gritó: “maestro, no esperaba esto de usted, hace muchos años di un concierto en Berlín, lo hice lo mejor que pude y creí haber conseguido algo bueno, aunque sea un poco de éxito, era algo demasiado fuerte para mí, no comprendía nada, el misterio se aclaró: todo el público berlinés era delicadamente cultivado, estaban emocionados hasta las lágrimas y habían empapado sus pañuelos para demostrarme su agradecimiento. Pero esto le resultó indiferente a un grosero entusiasta como yo; vi que había tenido un auditorio romántico, pero en absoluto artístico. Pero de usted Goethe, no podría soportar esto, cuando vuestros poemas han penetrado en mi cerebro han producido música y me he sentido tan orgulloso de elevarme tan alto como vos, si vos no me reconocéis, entonces ¿quién lo hará? ¿De qué montón de miserables, tendré que hacerme comprender?”. El poeta, tiempo después, pronunció estas palabras: “Su talento me sorprende, es un rebelde indomable, y nada tiene de raro que el mundo le parezca detestable. Su carácter no le hace agradable para sí mismo ni para los demás. Pero todo esto tiene una razón que le hace digno de algo de compasión, ya que el oído le abandona, tal vez el mal sea menos dañino para su ser musical que para sus relaciones con la sociedad. Él, taciturno, por naturaleza, lo es más ahora por su enfermedad”.

Monumento a Beethoven en Bonn, Alemania
Nunca mencionó Goethe a Beethoven en sus obras. Temía que la impetuosa música de Beethoven perturbara la serenidad de su espíritu, que había conquistado después de tantas renuncias. Mendelsohn, que visitó a Goethe en Weimar en 1830, contaba que el poeta no toleraba que le hablaran de Beethoven. Sin embargo, una vez aceptó escuchar la primera parte de la 5a sinfonía. El dramático comienzo lo sacudió visiblemente, pero no dejó traslucir su perturbación y comentó: “con esa música grandiosa e insensata, la sala parece derrumbarse". Tras escuchar el comienzo de la 5a regresó a casa pálido y tembloroso. Nunca volvió a escuchar la música de Beethoven.

Beethoven dejó al mundo el más grande de los homenajes a Goethe: la música incidental del drama Egmont y diversos lieder u obras musicales, donde el profundo entendimiento de las palabras del poeta se expresaban en una conversión musical majestuosa; el maestro podía oír y ver mucho más allá de las cosas y de la esencia misma. Beethoven contaba el incidente en Teplitz, tan divertido como un niño, hablando a la vez de su decepción del comportamiento de Goethe, pero divertido por haberlo hecho rabiar.

Sin embargo, al final, Beethoven seguirá elogiando a Goethe; con el tiempo logrará reconciliarse con el genio de las letras. Al final de sus días, lo seguirá venerando como al más grande representante de la literatura alemana.
 

Goethe y Beethoven, en aquel famoso encuentro en la ciudad de Teplitz en el año de 1812.
 
Estampilla postal que recuerda el 150 aniversario del "Encuentro en Teplitz"


BIBLIOGRAFÍA:
Rolland, Romain, Goethe-Beethoven, Barcelona, Ediciones Orbis, s.a.

sábado, 9 de abril de 2016

Literatura: Una curiosidad sobre 'Drácula' de Bram Stoker

Por: Arisbeth




Como casi todos sabemos, "Drácula" es el nombre de una novela de corte gótico-romántico, escrita de manera epistolar y publicada por el irlandés Bram Stoker hacia 1897.

En la literatura, el personaje de Drácula tiene algunos antecedentes que pasan por algunos textos de Teophile Gautier, Samuel Coleridge y John William Polidori; siendo tal vez los mas importantes los publicados por James Malcolm Rymer y Thomas Preskett Prest, quienes entre 1845 y 1847 escribieron una serie de entregas periodísticas bajo el título de "Varney el vampiro" y en donde podemos leer la historia de un Sir inglés movido por su sed de sangre humana.

Según cuentan algunas crónicas -citadas por Barbara Belford (2002) en su libro "Bram Stoker and the Man Who Was Dracula"- Stoker bién pudo haberse basado para confeccionar su novela en las conversaciones que mantuvo con un erudito húngaro llamado Arminius Vámbéry, quien sería el primero quien le hablara de Vlad Drăculea III Tepes "El Empalador", príncipe de la Transilvania, personaje histórico rumano y bastante popular allá por el siglo XV. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Música: Mahler y Freud - Historia (fallida) de un encuentro

Por. Uriel Delac


Fotografías de Alma Schindler y Gustav Mahler
Desde siempre, la presencia cercana de la muerte marcó profundamente a Gustav Mahler y actuó como catalizadora de gran parte de sus vivencias y sentimientos ya que mucho antes de que llegara a la adolescencia fue testigo presencial de la muerte de seis de sus hermanos y el suicidio de otro de ellos. No es para nada aventurado afirmar que Mahler vivió sus primeros veinte años en medio de una sucesión de duelos interminables, de entre los cuales el más significativo fue el que siguió a la muerte de su hermano Ernst, el más próximo a él en edad; acontecimiento que le afectó profundamente y le inspiró en su labor de composición musical hasta el extremo de llegar a impregnar la temática de muchas de sus obras.

Pero el jóven Mahler no solamente debía lidiar con eso. El carácter violento, dictatorial y neurótico de su padre marcó también y en forma definitiva a su resignada madre y a cada uno de sus hermanos. En él, en Gustav, se tradujo en un aislamiento del mundo exterior como mecanismo de evasión de una triste realidad en donde todo tenía olor a muerte y fracaso. No satisfecho con haberle arrebatado la vida a sus seres más queridos, el destino tampoco le era benévolo como estudiante de música. En efecto, durante su estancia en el Conservatorio de Viena fueron muchas las críticas por parte de sus maestros, quienes no dudaron en considerarlo un prospecto de compisitor bastante mediocre augurándole además un destino incierto en su faceta como dierctor de orquesta. No obstante, aquellos viejos y conservadores maestros vieneses se equivocaban, y en las primeras décadas del siglo XX pasó a ser considerado como uno de los más importantes conductores y un compositor digno de tomarse en cuenta. A pesar de esto, el infortunio parecía seguirlo y durante sus diez años en la capital austriaca, Mahler -un judío converso al catolicismo- sufrió la oposición y hostilidad de la prensa antisemita.
Mahler dirigiendo la Novena Sinfonía de Beethoven
Gracias a sus innovadoras producciones y a la insistencia en los más altos niveles de representación, se granjeó el reconocimiento como uno de los más grandes directores de ópera, particularmente como intérprete de las óperas de Richard Wagner y Wolfgang Amadeus Mozart, y pudo conservar su puesto. Pero a comienzos del verano de 1907 y a punto de cumplir cuarenta y siete años, el destino lo enfrentó de nuevo con el fantasma de la muerte: como consecuencia de una difteria y tras una desesperada traqueotomía de urgencia, María (a quien cariñosamente llamaban Putzi), hija de Gustav Mahler y Alma Schindler, falleció un poco antes de cumplir cinco años. A escasas cuerenta y ocho horas de la muerte de Putzi, un médico le diagnosticaría una grave cardiopatía que pocos años después acabaría con su existencia. La muerte de los niños (primero de sus hermanos y ahora de su pequeña hija) dejaban profunda huella en su vida, a grado tal de poner música a una serie de poemas de Friedrich Rückert y que hoy conocemos como Die Kindertotenlieder (Las canciones a los niños muertos).