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lunes, 3 de junio de 2019

Artes Plásticas: Aquella desconocida llamada Remedios Varo

Por:   Arisbeth y Uriel Delac




Cuando se encontraba gozando de una gran fuerza creadora, Remedios Varo muere en octubre de 1963 en brazos de su última pareja sentimental, Walter Gruen, aquejada de un infarto casi fulminante. Así concluyó una carrera artística de las más singulares de nuestra época y que hoy en día tiene reconocimiento mundial.

La familia Varo Uranga
Catalana de nacimiento, vio la luz en un pueblo de esa región llamada Angles, en el año de 1913. Su aprendizaje artístico lo realiza en la Academia de San Fernando y poco después, durante la Guerra Civil Española, conoce al poeta Benjamín Peret quien, junto con André Bretón, fuera el gran animador del movimiento surrealista; corriente artística que marcará la vida y obra de Varo desde los primeros instantes de su carrera y que poco después de la debacle española, en París, profundizará en su conocimiento entrando en contacto con pintores como Max Ernest y Miró. Posteriormente, cuando Francia es invadida por las tropas de Adolfo Hitler, junto con Peret, decide emigrar a México,  lugar en donde se estableció desde 1942 y hasta su muerte.

Walter Gruen en 1952
Su obra es relativamente pequeña en número (un poco más de una centena de cuadros). No obstante, tiene una compensación en su intensidad y significado, difícil de lograr por cualquier otro artista plástico. Así, al contrario de pintores tan prolíficos como Picasso o Chagall, Remedios parecía experimentar un cierto esfuerzo en expresar su mundo ante todo onírico, en donde lo imposible convive sin contradicciones y en completa armonía con el mundo de lo real. Y es que viviendo con Gruen (toda una autoridad dentro de la llamada música académica) no podía ser de otra manera, puesto que sus sueños seguramente estaban imbuidos de walquirias y faunos; sinfonías fantásticas, patéticas y corales; misas, requiems y oratorios que seguramente escuchaba junto con él y del diario en viejos discos de pasta de los gloriosos días de grandes intérpretes como Otto Klemperer y Ferenc Fricsay, Sviatoslav Richter y Emil Gilels, Elizabeth Schwarzkopf y María Stader, por mencionar solo a algunos de los muchos artistas que recomendaba el entonces dueño de la prestigiada (y hoy tristemente extinta) Sala Margolín.

Remedios Varo junto a uno de sus gatos
Otra gran pintora contemporánea suya, aunque de más edad, Leonora Carrington, había logrado ya expresar, con un lenguaje muy peculiar proveniente de un estado espiritual también tocado por los conflictos europeos, un mundo semejante al de la Varo. Sin embargo, la diferencia entre ellas consistió en que Carrington, endurecida y de regreso de un estado de locura del cual hizo un estremecedor relato en su libro En Bas, precisa los aspectos más siniestros y terroríficos del sueño; mientras que Remedios pulsa la tónica lírica, mágica y ensoñadora, proveniente de su afición por la lectura de Pedro de Ouspensky y George Gurdjieff; de Helena Blavatsky y los promulgadores de la Teosofía; de la música plagada de simbolismo de Gustav Mahler, Modesto Músorgski, Claude Debussy y Thomas de Hartmann; y de la pintura mística de Nicholas Roerich. Pero sobre todo, de un Sigmund Freud releído por aquel Carl Jung preocupado por establecer una nueva metodología para la interpretación de los sueños y el estudio de los arquetipos inconscientes, con nociones procedentes de la antropología, la alquimia, el arte, la mitología, la religión y la filosofía.
'Pituso y Zorrillo', Remedios Varo,  1958
De esta manera, el sueño en su obra parece advertirnos que fuera de él solo existe una realidad demasíado pobre como para tomarla en cuenta, por lo que es preferible jamás despertar. Por otra parte, si fuésemos a buscar raíces en su obra, tendríamos que remontarnos al fantástico mundo que la Edad Media conjetura en medio de sus terrores teológicos, pues todo en sus lienzos parece ser producto de un prodigio habitado por alquimistas, castillos, escribanos, aves nocturnas, gatos (Pituso y Zorrillo se hacían presentes en su trabajo) y magos de ferias que conforman un inmenso tinglado de apariciones.


'Amibiasis', Remedios Varo, 1947
No es cosa menor el que en los albores de su obra encontremos a la Remedios hipondriaca (condición que jamás la abandonaría), aprovechada en Venezuela por Bayer para elaborar carteles farmacéuticos comerciales, que impronta significados a sus síntomas y nos muestra que bacterias y virus están presentes en sus ensueños, aunque rodeados de un hálito de inofensivo misterio que hacen mucho más llevadera esa histeria en donde mucho tuvo que ver el pánico que en su juventud le repesentó la posibilidad de epidemias en un planeta ideológica y políticamente enfrentado en un conflicto formal y devastador, como lo fue la II Guerra Mundial. De esta manera, la artista nos reitera que la realidad sobrepasa toda ficción, por lo que resulta más conveniente eternizarse en ese mundo del otro lado del espejo, en donde habita todo lo que es válido en el poético mundo de Ravel y Carl Orff  (con los cantos benedictinos del Carmina Burana incluidos), ya que, como Alicia, también se aventura en mundos fascinantes de combinatorias de seres y colores cargados de una tensión que asimismo nos remite a la obra pictórica de Hieronymus Bosch, que a la de dos de sus equivalentes contemporáneos: Max Ernest y Víctor Brauner.

Remedios Varo junto a Benjamín Peret
El secreto de esta pintora está en que sin duda vibraba más de la cuenta ante la miseria del mundo que la rodeaba. De hecho, su compañero de exilio (y esposo) Benjamían Peret también lo hacía y con resultados que en cierto sentido eran semejantes, pues su poesía fue una gran explosión de la imaginación que nunca otorgó concesiones. Sin embargo, la de la Varo fue más bien una especie de advertencia lírica de que ante el mundo que a André Breton gustaba llamar de la poca realidad sí hay escapatoria, y esta consiste en reafirmar cada día los grandes temas que siempre han movido a la humanidad para permanecer: el amor, la poesía, la libertad y la búsqueda mística.

Es verdad que muchos no logran penetrar en su mundo tan fácilmente. No todo es Matisse o Dufy en nuestro tiempo. Ambos pintores, por ejemplo, no ofrecen mayores dificultades al observador, aunque esto no tenga nada que ver con la calidad intrínseca de sus obras. Remedios Varo, con sus decorados enigmáticos, no puede exaltar en nosotros la misma alegría que nos produce Matisse en su capilla de Saint Paul de Vence. Tampoco puede ofrecernos con sus barcas llenas de personajes alucinados la misma invitación de viajar en ellos, como lo hace Dufy en sus vistas de los embarcaderos del sur de Francia. Pero esto poco importa, ya que la belleza de sus lienzos supera la dificultad para comprenderlas cabalmente. En uno de sus tratados, Spinoza concluye con la siguiente frase: Todo lo hermoso es tan difícil como raro. Difíciles y raras son las obras de Remedios, porque están tratadas con un sentido especial de la plástica y, además, porque alude a un tiempo cargado de sueños y alucinaciones que no nos dejan tranquilos.

Vestuario de Leon Bakst para 'Scheherezade'
Por cierto. Muchos reduccionistas suponen que lo medular en la obra de Remedios deriva del cuarto camino planteado por Gurdjieff. Por supuesto que sostener semejante hipótesis es prácticamente absurdo, pues al hacerlo se olvida (o a la mejor se ignora) la influecia que los Kindertotenlieder mahlerianos, el Waldtaube de Schönberg y los inflamados amores del Rey Mark del Tristán wagneriano tuvieron en su obra de maduréz. Asimismo, la marca que en ella dejaron la poesía de Peret y Octavio Paz; igualmente, las escenografías de Diaghilev para los más importantes ballets rusos de inicios del siglo XX, como los paganos (con música de Igor Stravinsky y decorados de Nicolás Roerich) y, muy en especial, el Scheherezade, que incluyó los fragmentos más destacados del conocido poema sinfónico de Rimsky-Korsakov, cuyos vestuarios (obra de Leon Bakst)  la impactaron al grado de hacer que posteriormente aceptara colaborar con Marc Chagall en los diseños de los trajes para el trabajo de Leónid Massine Aleko, ballet inspirado en un texto de Pushkin, con música de Tchaikovsky, que se presentó en el Palacio de Bellas Artes en septiembre de 1942. Pero sobre todo, de la adopción en su obra de ciertos símbolos sexuales (falos y vulvas estilizados en función de sus representaciones significantes en cuanto fuerzas creadoras universales) derivados del primitivismo totémico humano, la práctica alquímica medieval y el psicoanálisis de Fromm,
Vestuario para 'Aleko', de Marc Chagall y Remedios Varo, 1942
aunado a ese misticismo que los retablos cristianos ortodoxos, plagados de ángeles y demonios, le inspiraron en las primeras etapas de su carrera, pero que finalmente persistirían durante toda su obra posterior. Y todo esto comentado en más de una vez por el propio Walter Gruen, en charlas amistosas dentro de su recinto de la calle de Córdoba 100 en la colonia Roma, además de heredero de muchos de los dibujos y cuadros más importantes de la artista.


'Retrato de Wlter Gruen', Remedios Varo, 1954
Y es que sin lugar a dudas dos personas fueron fundamentales en la preservación de la memoria de su obra después de su inesperada muerte, ocurrida el 8 de octubre de 1963. El primero, el ya mencionado Walter Gruen, quien se empeñó en que ella se dedicara de tiempo completo a la elaboración de sus obras y tuviera las facilidades y circunstancias adecuadas para realizarlas.

Gruen, de origen austriaco, llegó a México junto con Kari Willner (su primera esposa) como refugiados políticos del régimen nazi. Después de un trágico accidente en Tuxpan que llevó a la muerte a Kari, aceptó un empleo en una tienda de llantas, propiedad de un hombre de apellido Margolín. Lo convenció de empezar a vender ahí mismo material discográfico selecto (idea que resultó exitosa) y, a la muerte del dueño, tuvo a bien enfocarlo totalmente a la comercialización de música muy difícil de encontrar en el México de entonces. Aunque eso sí, conservando el nombre 'Margolín' como homenaje discreto al empresario que le abrió las puertas de su establecimiento. El encuentro con Remedios nos lo narra el propio Walter en su libro 'Reflejos de Europa en México', publicado por la Unión Europea y el CNCA: 'en esta época regresó Remedios Varo de Venezuela y descubrió la ausencia de Klari. Nos hicimos amigos y la amistad se convirtió en amor.
'Música del bosque', Remedios Varo, 1963
Tuve la suerte de conseguir que Remedios aceptara vivir conmigo y se dedicara únicamente a la pintura'. Así, con esa sencillez, Walter dedicó 11 años a velar por Remedios, siendo su labor algo decisivo para rescatar, difundir y gestionar el progresivo ingreso en el mercado del arte de la obra de la pintora. Música del bosque, el último y único dibujo de Varo (existen dos, el previo y el definitivo) que no alcanzó a converitrse en un óleo y que representaría el alma musical de Walter, sentada en un tocón y escuchando un disco puesto a girar en un tocadiscos de viento', es en muchos sentidos un agradecimiento a su labor, ya que la mejor etapa creadora de la artista tuvo lugar precisamente bajo su amoroso protectorado. Por tanto, ése universo que hoy en día conocemos como Remedios Varo muy probablemente no existiría sin su devoción.


Anna Alexandra Varsoviano
Posteriormente, a la muerte de Remedios de un fulminante infarto en sus brazos, Walter tendría oportunidad de encontrarse nuevamente con Alexandra Varsoviano, quien también se convertiría a la causa de la Varo.

Anna Alexandra Varsoviano, una bella cantante de ópera, nacida en Alemania e igualmente exiliada en México, había conocido a Gruen y a Remedios debido al gran amor que ambos profesaban por la ópera y la música en general. La relación siempre fue sincera y cordial, al grado que cuando Alexandra decide sacar su licencia de manejo, la Varo la representa en el cuadro As del volante, el cual tiene atrás la dedicatoria. Tras el fallecimiento de la pintora, Gruen corteja a Alexandra y se casa con ella, procreando una hermosa hija de nombre Isabel, fallecida en un trágico accidente carretero el mismo día de su boda.  Mas a pesar del dolor que representó la pérdida, sabiendo Alexandra lo importante que resultaba para Walter la obra de Remedios Varo, decidió apoyarlo en forma ejemplar ayudando y continuando la tarea de clasificar documentos
'As del volante', Remedios Varo, 1962
, transcribirlos, estudiarlos y convertir esa miscelánea de efectos personales y papeles en un archivo que hoy es fuente de investigación obligada para todos aquellos que desean adentrarse al onírico mundo de la pintora. De esta manera, donarían en el año 2000 al pueblo mexicano la Colección Isabel Gruen Varsoviano - In memorian, integrada por 39 obras de la pintora surrealista que hoy se alojan en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, tras que Beatriz Varo Jiménez, sobrina de Remedios, perdiera un litigio emprendido por los derechos hereditarios de las obras.


Colección 'Isabel Gruen Varsoviano - In memoriam'
Walter Gruen fallecería en el 2008, a los 94 años, y Alexandra en el 2015. Que sobre decir que no obstante el empeño de ambos por reunir el legado de la Varo en un solo lugar y conformar un catálogo razonado de su obra, sin duda existen en algún rincón dibujos que jamás fueron catalogados, que no conocemos y que tal vez anunciaban futuros cuadros que tampoco fueron pintados. Y algo semejante debe suceder con algunos óleos como fue el caso de La lucha por la vida, un desconocido cuadro hasta cierto punto cubista, que casualmente se encontró tardíamente en la colección de André Breton, y que por lo mismo no alcanzó ingresar en el catálogo definitivo elaborado por Gruen.
'Música del bosque' , dibujo previo

En resumidas cuentas podría decirse que, sumada a la riqueza de sus pinturas, Remedios Varo manifestó durante su carrera una profunda voluntad de creación. La riqueza y profundidad simbólica de su obra resiste todas las comparaciones con el pensamiento antiguo de Oriente y Occidente, por lo que no resulta descabellado hacer el símil de su legado plástico con la visión iniciática griega en la que el arte en su conjunto formaba parte del rito. En su trabajo, el dibujo era una herramienta de preparación y nunca una obra terminada, por lo que muchos que no la convencieron del todo jamás se convirtieron en óleos y terminaron en el cesto de la basura, a pesar de los esfuerzos de rescate por parte de Walter. No obstante, lo cierto es que fue precisamente gracias a esta minuciosidad que su obra no conoció de concesiones, ni de altas y bajas, sino solo el afán de conseguir, a través de los medios a su disposición, una obra original y tan íntima como lo fueron sus sueños. Por supuesto, a la manera de Freud y Jung, en ellos hay claves y llaves secretas sin las cuales resulta imposible entenderlas a cabalidad. Para estudiar su arte habrá que adentrarse en ese imperio del amor más allá del cuerpo terrenal descrito por igual en El lago de los cisnes, que en el Tristan de Wagner, que en La canción de la Tierra mahleriana. Esto es, entendiéndolo 'como las más grande fuerza mágica de la naturaleza que esconde el misterio del Uno' según palabras del filósofo Amador Vega, y remar decididamente por ese cauce y sus afluentes esotéricos. Porque si algo es evidente, es que a más de cincuenta años de la desaparición física de la artista, aún nos falta desentrañar la influencia de ciertas músicas en los significados de sus lienzos y trazar un mapa iconológico que permita entender la geografía hermenéutica inscrita en su arte.
Artículos personales de Remedios Varo expuestos en el MAM
Más a pesar de esto, si hay algo que otorga universalidad a su obra, es que aún el lego puede simplemente disfrutar su arte más allá de cualquier significación. Porque finalmente el legado de Remedios Varo es la de una obra mágica, llena de color y fantasía, que deleita los sentidos de quien la mira mientras se abre camino hacia el inconsciente prototípico, aquel que alguna vez nos refirió Jung.





lunes, 15 de abril de 2019

Entremeses Culturales IV: Londres 1938, Freud y Dalí: el encuentro.

Por:  Helena Zirót





Un 19 de julio de 1938, en Elsworthy Road, Londres, Salvador Dalí tuvo un encuentro único con Sigmund Freud, quien tres días antes había concluido el último capítulo de su ensayo antropológico-social Moisés y el Monoteísmo

Según nos narra Dalí en sus Memorias (1952/1964), fue el escritor Stefan Zweig quien posibilitó el encuentro con el psicoanalista vienés. Durante el mismo, el pintor se esforzó enormemente por impresionarlo, hablándole con pasión sobre sus propios escritos e invitándolo a leerlos. Por su parte, Freud, sin pronunciar palabra ni inmutarse en lo absoluto por tanta verborrea, lo observó atentamente todo el tiempo que duró la entrevista, escudriñándolo fijamente bajo la férrea mirada de su lupa analítica. Finalmente, mientras transcurría el despido, pronunció una sola frase que quedaría grabada por siempre en la mente del artista catalán: ¡Nunca había conocido a tan perfecto prototipo de español... Vaya fanático!. Y en cuanto a Dalí, la experiencia tuvo como producto un dibujo hecho al carbón que pretendía hacerle llegar a través de Zweig: El retrato de Freud, en el cual su cabeza evoca la forma de un caracol de Borgoña.

Casi dieciocho años después (11 de mayo de 1956, según fecha indicada en su diario íntimo), Dalí se sintió muy ansioso por saber cuál había sido la reacción de Freud y su opinión sobre el dibujo, por lo que vía epistolar insistió mucho a Zweig para que le transmitiera (si es que había existido) algún comentario al respecto. La respuesta nunca llegó. Sin embargo, cuatro meses después, por fin pudo encontrarse con él en Nueva York, y tras ser tercamemente cuestionado sobre el tema apenas dijo un esquivo le gustó mucho. Sin abundar en mayores detalles, desvió la conversación y pasó a otro tema para perplejidad del surrealista, que acaso esperaba otra cosa.

Luego del suicidio de Stephan Zweig en Brasil y leer el final de su obra póstuma El mundo del mañana, el pintor pudo comprender lo que en realidad había ocurrido con el retrato. Esto es que Zweig nunca se atrevió a mostrerlo al inventor del psicoanálisis por temor a sobresaltarlo, ya  que de alguna manera presagiaba su inminente muerte. Y así fue, pues un año después del mítico encuentro (el 23 de septiembre de 1939, para ser más exactos) fallecería en su casa de Londres víctima de un cáncer muy avanzado asistido por su médico de cabecera Max Schur, quien finalmente cumplía una promesa contraída tiempo atrás. Por otra parte, Stefan Zweig y Ernst Jones serían los únicos oradores durante los funerales, lo cual atestiguaría la entrañable amistad entre Freud y el escritor haciendo aún mas entendible el porqué del ocultamiento del dibujo de Dalí.

Parece ser —diría posteriormente el pintor en su diario intimo—, que sin darme cuenta dibujé la muerte terrestre de Freud en ese retrato al carbón que hice un año antes de que muriera.

Como dato curioso, finalmente diremos que, tal vez a manera de tributo involuntario, el pintor catalán realizaría a través de su vida otros dibujos más con la imagen de Sigmund Freud. No obstante, jamás volvió a esbozarle la cabeza con ese aire acaracolado que tuvo la representación primaria.



martes, 19 de febrero de 2019

Artes Plásticas: Dora Maar, la artista que Picasso destruyó

Por: Helena Zirot






Les années vous guettent, Dora Maar (por:
Chulipachuli - Trabajo propio)
Nacida en Francia un 22 de noviembre de 1907, la excepcional fotógrafa Henriette Theodora Markovitch (mejor conocida como Dora Maar), fue hija única del matrimonio formado entre Joseph Markovitch un arquitecto croata y la violinista francesa Julie Voisin. Por razones de trabajo su padre decide llevarlos a vivir a la Argentina, lugar en que Dora pasa su infancia y adolescencia. Posteriormente, teniendo doce años, regresa a Francia y en 1926 empieza a tomar clases en la Escuela de Fotografía de París, una de las más liberales de la época, donde a las jovencitas se les permitía estudiar el cuerpo desnudo de los modelos, y en la Unión Central de las Artes Decorativas. Era tal su talento, que a sus veinte años frecuentaba la Academia Jullian y el taller de André Lhote, consiguiendo así que se la reconociera entre los Surrealistas

Hand-shell por Dora Maar
Al poco tiempo empieza a destacar dentro de esta corriente plástica francesa, pasando a formar parte de los círculos artísticos más famosos de la época. Amiga personal del poeta Paul Eluard, gustaba de visitar como su acompañante los sitios más selectos y emblemáticos de París. Fue precisamente en uno de estos sitios (el café Les Deux Magots), que en 1936 tiene oportunidad de conocer al pintor malagués Pablo Picasso. Los presentó el mismo Eluard, y desde el principio Picasso se mostró encantado por la singular belleza de esa chica de rostro serio y modales finos que jugaba con una navaja entre las manos. Cuando tal vez por el nerviosismo se pinchaba, las gotas de sangre no se hacían esperar manchando sus elegantes guantes blancos. Mismos que el malagués le solicitó, al tiempo que con toda galantería le proponía un encuentro a solas. Dora Maar no lo sabía, pero haber aceptado aquella cita le significaría el inicio de su propia destrucción.

Retrato de Ubú por Dora Maar
Su familia se opuso fervientemente a su relación con Picasso, mas a pesar de todo decide entablar una relación amorosa con él. Durante los primeros meses fueron la pareja perfecta: Pablo perfeccionando su técnica (su época cubista estaba próxima), y Dora experimentando y creando grandes obras en el campo de la fotografía, con imágenes tan conocidas como el Retrato de Ubú, que acabaría por convertirse en un icono del surrealismo. Al año siguiente (1937) Picasso pinta el Guernica, y Maar sirve de modelo única para las cuatro mujeres que aparecen en el cuadro. Además, realiza un detallado reportaje fotográfico recogiendo las distintas fases de la producción del famoso mural. Y es precisamente en esta etapa que el carácter narcisista, machista y definitivamente problemático del pintor sale a la luz, terminando con los nervios de la artista y minando su producción artistica. Los desprecios hacia su persona iban en aumento, al grado que no dejaba que Dora lo visitara a menos que él la invitara. Por otra parte las humillaciones eran frecuentes. Paul Eluard incluso fue testigo de una ocasión en que Dora no quería enseñar unos dibujos de su órgano sexual y Picasso le ordenó que los dejara ver. Ante la segunda negativa la golpeó tan fuerte, que perdió el sentido y tuvo que ser trasladada de urgencia a una clínica.

Doble autorretrato por Dora Maar
Como era previsible los problemas de Dora con sus padres estando de por medio el pintor iban en aumento. No pocas veces intervino su padre, pero con escaso éxito debido al enamoramiento casi religioso que Dora profesaba por Picasso. Hasta que un día en que discutía acaloradamente con su madre por teléfono, de pronto la voz se cortó: Julie, su madre, había muerto. Fue durante la ocupación de Francia por los nazis y era de noche, después del toque de queda. A la mañana siguiente que pudo salir, la halló muerta con el teléfono en una mano. Este episodio nunca lo olvidaría, siendo una de las poderosas razones por las que entre 1944 y 1945 decide separarse definitivamente de Pablo, el que por cierto ya había encontrado una amante más jóven: la pintora François Gillot, nacida en 1921.

Fotocollage por Dora Maar
Tras el final de la relación, Dora Maar empezó a exhibir un comportamiento extraño y paranoico. Artísticamente fue un periodo fructífero porque se inicia en el mundo del arte pictórico, lo que le permitió experimentar con collages fuera de serie que combinaban fotografía y pintura. Pero en cuanto a su vida personal las cosas no le fueron del todo bien, pues prácticamente se desapareció del mundo y no eran raros sus ataques de histeria. Esperanzada, recurre al psicoanalista Jaques Lacan, con quien inicia su tratamiento. Picasso interviene y sin más la ingresa en un hospital psiquiátrico. De nuevo Eluard toma cartas en el asunto y lo obliga a que la saque de ahí. Ya instalada definitivamente en su apartamento parisino de la rue de Savoie, poco a poco retornó discretamente a la pintura y a la fotografía, además que abrazó el catolicismo con la misma pasión con la que un día amó a Picasso. Un misticismo que, a diferencia del pintor, nunca la abandonaría. 

Silence por Dora Maar
Años más tarde, al pasar por la casa donde vivía la artista y que él mismo le había regalado, Picasso comentó cínicamente: En esa casa, Dora Maar murió de aburrimiento a pesar de estar viva.   

Henriette Theodora Markovitch falleció sola en un hospital de París el 16 de julio de 1997. Sus bienes se componían de 130 cuadros que Picasso le había regalado (obras que se conocieron hasta su muerte) y la mayoría de sus fotografías; herencia que legó a un monje católico. Al respecto, en un artículo sobre la vida de la artista, el periodista Alan Riding escribió: Dora no era más que un pie de página en la vida de un gran artista. De hecho, había muerto veinticuatro años antes.


  
Dora en la arena blanca, 
con la mano mutilada, nívea, 
que brota de la caracola 
con la lluvia de la tormenta. 
Dora es el tacto que se posa, 
que reposa, que detiene.
Maar de sempiternos paisajes, 
de insólitos encuadres. 
Maar arquitectónica, desenfocada, quimérica, 
vaporosa, ecuestre, difuminada, 
atrevida, fantasmagórica, de huella y de pisada.
Laberintos interminables y silenciosos; 
boca arriba y boca abajo. 
Corredores, ajedrezados, 
cañones, dinteles, fajones. 
Dora es la nebulosa, la perspectiva metafísica, 
el armadillo, la fantasía antojadiza, 
la gelatina de plata.

 (Fragmento del poema



domingo, 20 de enero de 2019

Artes Plásticas: Sobre la exposición "Las Furias", de Germán Valles Fernández (reseña)

Por: Luis Alejandro Ortiz

DONDE NUESTROS RETRATOS CONVERGEN
(Sobre la exposición del artista duranguense Germán Valles, llevada a cabo en el museo 'Guillermo Ceniceros' de la ciudad de Durango, México)

(Megara, óleo sobre tela)

Por un ojal de nubes entre el que se cuela el último rayo de sol (y tal vez el primero de Venus), emergen Las furias. Buscan restablecer el orden perdido, traen consigo el orden mundial y vienen en son de paz a la Tierra, para castigo de los pecadores. ¿Pero es que ellas se libran de este caos? ¿Acaso no son también sangre de Urano dispersa en la Tierra, y por eso llevan serpientes por cabello y látigos en las manos? 

(Medusa)
Mientras vigilan, a lo lejos parece arreciar una lluvia de pétalos que plácidos caen en la Tierra. Pero esto es mentira, pues nunca han llovido pétalos ni aún en las más intensas historias de amor. Incluso hay quien cree que duerme bajo el influjo del perfume de jóvenes rosas, pero lo cierto es que son flores de ilusión: un engaño fulminante como los ojos infinitamente negros de Medusa.  

(Tisífone)
Sin embargo, tras el tumulto de la incertidumbre surge una furia mayor, aquella que nace de la noche y es obra de un pintor cuyo pincel refleja el pecado de las doncellas justicieras. Por eso están calladas, mientras son retratadas en el auto sacramental del silencio y capturadas al desnudo dentro de sus fosas interminables simulando bestias sangrantes. En palabras de Octavio Paz, como:
 Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
un cuerpo como día derramado
y noche devorada. 

(Mentiras)
No obstante, en el acto de la vergüenza se muestran altivas, mirando acaso piadosamente al pintor, pero sin compasión por la Tierra de la cual han nacido. ¿Cómo pintar entonces a Las furias? ¿Podrá el artista acceder hasta donde se encuentran? Tal vez, pero para lograrlo tendrá que sacrificarse primero y cual Cristo emerger hasta encontrarse cara a cara con ellas, engañarlas hasta lograr su cometido y capturarlas justo cuando a él se acerquen para reclamarle por sus pecados. ¿El pecado mayor? Retratarlas cual pintor furtivo que ha viajado hasta las nubes para cazar a las féminas y las ha encontrado acurrucadas, como hienas en su madriguera a los márgenes de la lluvia. 

(El triunfo de la muerte)
Más a pesar de todo, hay algo en Las furias suplicando ser miradas para que después de tantos años sepamos en realidad quiénes son, pues también han nacido de la Tierra y por ello son parte de nosotros mismos como lo es Dios con el todo. Con voz lejana, nos insinúan que aún hay belleza en su incesante crueldad. Así que ¡mirémoslas pues, porque ellas están destinadas para castigar! 

¿Acaso tendremos en nuestra humanidad rasgos cual rumores que nos asemejen a ellas? Indudablemente, pues también aquí en la Tierra hay quien muere dentro de su muerte y nada le alcanza para cubrir su dolor: una muerte que nace y vive en el más absoluto de los silencios. 

(La historia)
Así, mientras quien la sufre gime y llora quedito, nos preguntamos: ¿qué pecado ha cometido, que no hallamos cometido nosotros? ¿Acaso nos tocará el mismo dolor el día en que la muerte emerja del confín en el que estan nuestros corazones, cuando no hemos cometido pecado alguno tan grave? No lo sabemos, pero por mientras las furias prefieren guardar silencio, no hablar del por qué de los pecados y mucho menos de los castigos. En consecuencia, decidimos callar debajo de una sombra infinita de indiferencia, entregados al tiempo y resignados a lo que las justicieras dispongan hacer con nosotros. 

(Alecto)
Cada quien vive con una furia interna, con una furia innata que le otorga la consciencia. Más a pesar de todo, cualquier acto está siempre siendo vigilado por nosotros mismos. Por si fuera poco, el tiempo se desvanece en nuestras manos para culparnos repetidamente por lo que hacemos, remitiéndonos una y otra vez a esa voz interior retratada por Kafka: 
¿Quién de nosotros se siente libre de decir: ¡Yo soy de mí, y de nadie más!?
¿Cuál es la garganta que no es profana, y que de cuyo interior emergen palabras tibias y claras, libres de ataduras? 

 O bien, en palabras de Sartre:  
Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.

(Ethón)
Pero no caigamos en la trampa: estas mujeres no se esconden, más por el contrario, sonríen siniestras. Y no es para menos porque en su interior llevan también su propia furia, su propio castigo. Pero ¿quiénes somos nosotros para señalarlas, si llevamos a cuestas la misma Cruz?

Aquí están Las furias de Germán Valles y así quedarán: obsequiadas al tiempo y a las luces que se dignen reflejarlas. En ese eterno ciclo en donde aquellas crueles mujeres —féminas en las que todos nosotros nos miramos, como acusadores uno del otro— han sido retratadas por uno que ha expiado todas sus culpas y pecados en un lienzo y que desde afuera se atreve a pintarlas.

Citando a André Malraux:  
La cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo vida. 

¿Y Las furias? Permanecen impávidas, eternas, pues ellas nacen cada noche, acunadas por la luna, en sus tiernos y delicados lechos de veneno.


*****


Sobre el autor: Luis Alejandro Ortiz Rodarte, nacido en 2001 en Durango, es un joven escritor que se ha dedicado principalmente a la narrativa y al cuento. En 2012 fue ganador del Concurso Estatal de Cuento en Durango “Erase que se era, mi medio ambiente”, categoría primaria.  En 2016, como parte de un proyecto interno en conjunto con la Universidad Tecmilenio, publicó una antología de 12 cuentos titulada “Los días de los quietos". En 2017 fue acreedor de una certificación por la Universidad de Edimburgo en el taller y curso en línea “Introducción a la filosofía”. En diciembre de ese mismo año, su cuento “La escalera” fue publicado por la Revista Literaria "Monolito". En 2018 escribió varias reseñas y semblanzas sobre la obra del artista duranguense Germán Valles Fernández. Actualmente es miembro de la Sociedad de Escritores de Durango, y colabora con textos en la plataforma digital “El Blog de la Tertulia Literaria”, además de fungir como redactor publicitario para la agencia "Instart Durango".