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lunes, 23 de septiembre de 2019

Entremeses Culturales V: Albert Camus y la carretera de la muerte

Por: Arisbeth




En Francia, en el kilómetro 88.4 entre Pont-sur-Yonne y París, sufriría su último accidente el excepcional escritor Albert Camus.

Lo curioso del caso es que no solamente estamos hablando de un percance aislado, sino de uno de muchos ocurridos en una carretera de primer mundo, impecablemente construida, ancha, rectilínea y bordeada de árboles a ambos lados; por lo que nadie se explicaba cómo era que precisamente en ese tramo los autos se salían de la calzada para finalmente estrellarse contra un árbol o contra los acotamientos, como sucedió con el autor de El Extranjero.

Con tan escaso peligro aparente, la gente atribuyó a dicha autopista un misterioso maleficio: demonios adversos se recreaban repitiendo una y otra vez aquellas desgracias, porque al parecer buscaban almas para conducirlas hacia el infierno.

Y así parecía hasta que la justificación vino dada por el doctor Marcel Lapipe, de la Academia de Medicina Francesa, formulada así: Todo sujeto que recibe en los ojos diez destellos de luz por segundo, entra en crisis si esta predispuesto a la epilepsia o a alguna enfermedad semejante.

Así las cosas, cuando el sol se oculta tras la hilera de árboles de esta carretera, un automovilista que ruede a 120 kilómetros por hora, dado el juego de luz y sombra entre los troncos y los ojos, recibe, efectivamente, diez destellos de luz por segundo; siendo entonces esta la causa del supuestamente inexplicable (y absurdo) accidente de Camus
—que en efecto, estaba predispuesto a la epilepsia y circulaba a una velocidad semejante— y de muchos otros individuos más que sufrieron percances fatales en ese lugar y que popularmente fueron atribuidos a terribles fuerzas del mal.



martes, 19 de febrero de 2019

Artes Plásticas: Dora Maar, la artista que Picasso destruyó

Por: Helena Zirot






Les années vous guettent, Dora Maar (por:
Chulipachuli - Trabajo propio)
Nacida en Francia un 22 de noviembre de 1907, la excepcional fotógrafa Henriette Theodora Markovitch (mejor conocida como Dora Maar), fue hija única del matrimonio formado entre Joseph Markovitch un arquitecto croata y la violinista francesa Julie Voisin. Por razones de trabajo su padre decide llevarlos a vivir a la Argentina, lugar en que Dora pasa su infancia y adolescencia. Posteriormente, teniendo doce años, regresa a Francia y en 1926 empieza a tomar clases en la Escuela de Fotografía de París, una de las más liberales de la época, donde a las jovencitas se les permitía estudiar el cuerpo desnudo de los modelos, y en la Unión Central de las Artes Decorativas. Era tal su talento, que a sus veinte años frecuentaba la Academia Jullian y el taller de André Lhote, consiguiendo así que se la reconociera entre los Surrealistas

Hand-shell por Dora Maar
Al poco tiempo empieza a destacar dentro de esta corriente plástica francesa, pasando a formar parte de los círculos artísticos más famosos de la época. Amiga personal del poeta Paul Eluard, gustaba de visitar como su acompañante los sitios más selectos y emblemáticos de París. Fue precisamente en uno de estos sitios (el café Les Deux Magots), que en 1936 tiene oportunidad de conocer al pintor malagués Pablo Picasso. Los presentó el mismo Eluard, y desde el principio Picasso se mostró encantado por la singular belleza de esa chica de rostro serio y modales finos que jugaba con una navaja entre las manos. Cuando tal vez por el nerviosismo se pinchaba, las gotas de sangre no se hacían esperar manchando sus elegantes guantes blancos. Mismos que el malagués le solicitó, al tiempo que con toda galantería le proponía un encuentro a solas. Dora Maar no lo sabía, pero haber aceptado aquella cita le significaría el inicio de su propia destrucción.

Retrato de Ubú por Dora Maar
Su familia se opuso fervientemente a su relación con Picasso, mas a pesar de todo decide entablar una relación amorosa con él. Durante los primeros meses fueron la pareja perfecta: Pablo perfeccionando su técnica (su época cubista estaba próxima), y Dora experimentando y creando grandes obras en el campo de la fotografía, con imágenes tan conocidas como el Retrato de Ubú, que acabaría por convertirse en un icono del surrealismo. Al año siguiente (1937) Picasso pinta el Guernica, y Maar sirve de modelo única para las cuatro mujeres que aparecen en el cuadro. Además, realiza un detallado reportaje fotográfico recogiendo las distintas fases de la producción del famoso mural. Y es precisamente en esta etapa que el carácter narcisista, machista y definitivamente problemático del pintor sale a la luz, terminando con los nervios de la artista y minando su producción artistica. Los desprecios hacia su persona iban en aumento, al grado que no dejaba que Dora lo visitara a menos que él la invitara. Por otra parte las humillaciones eran frecuentes. Paul Eluard incluso fue testigo de una ocasión en que Dora no quería enseñar unos dibujos de su órgano sexual y Picasso le ordenó que los dejara ver. Ante la segunda negativa la golpeó tan fuerte, que perdió el sentido y tuvo que ser trasladada de urgencia a una clínica.

Doble autorretrato por Dora Maar
Como era previsible los problemas de Dora con sus padres estando de por medio el pintor iban en aumento. No pocas veces intervino su padre, pero con escaso éxito debido al enamoramiento casi religioso que Dora profesaba por Picasso. Hasta que un día en que discutía acaloradamente con su madre por teléfono, de pronto la voz se cortó: Julie, su madre, había muerto. Fue durante la ocupación de Francia por los nazis y era de noche, después del toque de queda. A la mañana siguiente que pudo salir, la halló muerta con el teléfono en una mano. Este episodio nunca lo olvidaría, siendo una de las poderosas razones por las que entre 1944 y 1945 decide separarse definitivamente de Pablo, el que por cierto ya había encontrado una amante más jóven: la pintora François Gillot, nacida en 1921.

Fotocollage por Dora Maar
Tras el final de la relación, Dora Maar empezó a exhibir un comportamiento extraño y paranoico. Artísticamente fue un periodo fructífero porque se inicia en el mundo del arte pictórico, lo que le permitió experimentar con collages fuera de serie que combinaban fotografía y pintura. Pero en cuanto a su vida personal las cosas no le fueron del todo bien, pues prácticamente se desapareció del mundo y no eran raros sus ataques de histeria. Esperanzada, recurre al psicoanalista Jaques Lacan, con quien inicia su tratamiento. Picasso interviene y sin más la ingresa en un hospital psiquiátrico. De nuevo Eluard toma cartas en el asunto y lo obliga a que la saque de ahí. Ya instalada definitivamente en su apartamento parisino de la rue de Savoie, poco a poco retornó discretamente a la pintura y a la fotografía, además que abrazó el catolicismo con la misma pasión con la que un día amó a Picasso. Un misticismo que, a diferencia del pintor, nunca la abandonaría. 

Silence por Dora Maar
Años más tarde, al pasar por la casa donde vivía la artista y que él mismo le había regalado, Picasso comentó cínicamente: En esa casa, Dora Maar murió de aburrimiento a pesar de estar viva.   

Henriette Theodora Markovitch falleció sola en un hospital de París el 16 de julio de 1997. Sus bienes se componían de 130 cuadros que Picasso le había regalado (obras que se conocieron hasta su muerte) y la mayoría de sus fotografías; herencia que legó a un monje católico. Al respecto, en un artículo sobre la vida de la artista, el periodista Alan Riding escribió: Dora no era más que un pie de página en la vida de un gran artista. De hecho, había muerto veinticuatro años antes.


  
Dora en la arena blanca, 
con la mano mutilada, nívea, 
que brota de la caracola 
con la lluvia de la tormenta. 
Dora es el tacto que se posa, 
que reposa, que detiene.
Maar de sempiternos paisajes, 
de insólitos encuadres. 
Maar arquitectónica, desenfocada, quimérica, 
vaporosa, ecuestre, difuminada, 
atrevida, fantasmagórica, de huella y de pisada.
Laberintos interminables y silenciosos; 
boca arriba y boca abajo. 
Corredores, ajedrezados, 
cañones, dinteles, fajones. 
Dora es la nebulosa, la perspectiva metafísica, 
el armadillo, la fantasía antojadiza, 
la gelatina de plata.

 (Fragmento del poema



jueves, 7 de diciembre de 2017

Cine: Hombres tristes que se quedan solos (crónica)

                                                 MATHEUS KAR | 7 de noviembre, 2017

Fotograma de Donnie Darko.



No tenerlo es miseria
y tenerlo es herida.
Emily Dickinson

La literatura crea imágenes; las artes escénicas, diálogos. Y las artes visuales, interpolaciones, discursos y traducciones físicas de la realidad que nos envuelve.
No todo el cine envuelve, está el que atrapa y vende, pero está el que envuelve, el que abraza y entorpece el ánimo con imágenes en alta definición, con colores tristes y personalidades tonificadas por la lente de una cámara, que tamiza la experiencia en nosotros y la moldea en planetas exteriores que todos, en la sala de cine o sobre el sofá, segmentamos.
Al ver testimonios estéticos (cintas) como Donnie Darko (2001) –que a primera vista nos puede parecer mala−, The Secret Window (2004) o Zodiac (2007), uno no vuelve a cimentar su ánimo sobre la misma piedra, el carácter se desdobla y se instala en el nuevo planeta que estas cintas abren en nosotros.
Este artículo bien lo podría estar escribiendo sobre la barra de un bar universitario, entre la penumbra de un vaso alcohólico y tres hielos. Pero no, lo hago bebiendo una taza de atole y acompañado de una niña de 12 años: a la cual mi libro de Ciencias Sociales de la primaria definine como mi prima, sobrina de mi padre y nieta de mi abuelo. Cuento esto porque hoy en la tarde vimos Zodiac, de David Fincher. Introducir a una niña dentro del mundo del arte, tarea titánica, no me pareció del todo descabellado, ni tampoco desestimaba el gusto de una niña. La película le gustó, si hasta pareció concentrar todas sus fuerzas para soltar ese ¡wuaw! que tuvo atorado durante toda la película. Le encantó. ¿Que cómo sé en términos cuantitativos que eso es cierto? Tenía los ojos escrutando la pantalla, su obesidad estética la obligaba a cerrar los puños y pegarlos al pecho como un tigre en guardia… Y sobre todo, jamás volteó a ver su teléfono celular. Fincher sorprende a grandes y pequeños.
            Pero la magia está en Jake Gyllenhaal, la encarnación idónea para cualquier descompensación psíquica o excentricidad psicológica: Brokeback Mountain, Nightcrawler, Donnie Darko, Zodiac, Nocturnal Animals. La atmosfera de Zodiac es la atmosfera de la obsesión, la de las causas perdidas (las únicas que despiertan la esperanza en el hombre) y eternas, la de un caso policial que jamás ve término y siempre está en curso. Zodiac es el motivo pero la obsesión es el argumento: seguir cuando a nadie parece importarle. Envolverse. Desdoblarse. Perder la cabeza, carreras, cargos, parejas, matrimonios, quizá el sosiego. Y esto se replica en el espectador casi como el proyector de un cine sobre la pared blanca y virgen del cinema. Cuando la cinta acaba y el espectador se enfrenta a los créditos finales, la obra de arte continúa en la cabeza del receptor, allí se despliegan imágenes que reelaboran esa atmosfera obsesiva inacabada, la de los hombres tristes que acaban solos pero esperanzados.
            En The Secret Window, basada en el relato de Stephen King  Secret Window, Secret Garden y protagonizada por Johnny Depp (otro camaleón de las excentricidades psicológicas), la obsesión encubre al delirio, y el delirio a la paranoia. La ansiedad por ver el filme concluido y conocer el desenlace queda desplazada y la sustituye un estado de permanencia, un aquí y un ahora dentro del filme, como si la cinta se detuviera y tuviéramos permiso de darnos una vuelta por el panorama fílmico y su mundo integro en movimiento, incluso teniendo la oportunidad de probarnos el sombrero sureño frente al espejo y verbalizar las palabras de Mort Rainey: «Soy un granjero de Mississippi».
            La soledad no es tan dolorosa cuando se persigue la venganza o la justicia. Pero castigar al culpable no nos hace necesariamente inocentes. Allí tenemos a Mort, el hombre que termina solo por perseguir al fantasma sedentario de la literatura.
            Finalmente, nos quedamos con Donnie Darko –que con cada vista parece tener menos errores, la película del humano en ese estúpido traje de conejo (o al revés: un conejo en un estúpido traje de humano) y que despliega frente al espectador la tesis de que la búsqueda de Dios es absurda si todos, al final, terminamos solos. Sin embargo, jamás se menciona en el largometraje la antípoda o el antídoto de la soledad, algo así como, por ejemplo, la libertad, el amor, la familia o el sexo. Aunque quizá este último se menciona olímpicamente durante todo el filme, pero queda relegado a ese agradable cómodo de la ambigüedad. Tal parece que la visión de Richard Kelly, el director de DD, es otra. Richard Kelly no plantea una vida larga sino intensa: una donde se redimen culpas, donde se salvan amores que nunca se cruzaron y se castigue a hombres antes de condenarlos. Estoy seguro que Borges, el amante de los tigres y los laberintos, habría sido un gran fan de Donnie Darko y en un perfecto inglés, del que estaría orgulloso Wordsworth o De Quincey, habría recitado estas hermosas palabras: «Confío en que cuando el mundo se acabe, pueda dar un suspiro de alivio, porque habrá muchas otras cosas con las cuales ilusionarse». Y es que la longitud del filme es un paraje inabarcable, una textura indefinida que se impregna en el ánimo. ¿A quién no le gustaría saber su fecha de muerte (o la del fin del mundo) y antes de eso alcanzar el amor, el castigo, lo heroico, el otro lado del acobardamiento, y dejar de decepcionar a quienes se ama?
            Yo creo que todos, en algún momento, nos ha pervertido la idea de acabar ahí, más cuando se está en lo alto, en la panacea de nuestro derecho, porque después de eso todo se hace en pendiente. Donnie Darko es la realización de ese deseo, la pérdida sin dolor, el amor sin pausas y el heroísmo sin la atrofia del aplauso.
Zodiac, la obsesión. Secret Window, la paranoia. Donnie Darko, la esquizofrenia. Y todas rayan la soledad y el abandono.
            Así, en Zodiac, la tristeza parece entumecer cualquier forma de felicidad o esclarecimiento sexual; hay matrimonios, hay noviazgos y hay parejas, pero jamás hay besos, grandes flujos de sangre entre las piernas, no, solamente un costal de tensión (que podría ser sexual, pero no lo sabemos) que contagia al espectador y oscila en un periodo indeterminado después de acabada la película.
            De hombres abandonados hay mucho arte, tenemos a Goyo Yic, de Miguel Ángel Asturias, al Amalfitano de 2666, de Bolaño, al taxista insomne de Taxi Driver y, entre tantos otros, a Michael Corleone, de Francis Ford Coppola. Historias de hombres abandonados, hombres tristes que terminan solos, solos con sus obsesiones, con sus ambiciones, o las causas que, tal parece, solo ellos defienden o enaltecen. La tristeza se sugiere a sí misma como otra forma de violencia. Una forma de violencia para el entorno, violencia no amigable para el ecosistema fílmico de los personajes. Sin embargo, para el espectador es soportable, porque la entiende como ficción aunque intente ser una traducción fiel de la existencia, como algo placenteramente desagradable: mientras los personajes abandonan a nuestros hombres tristes, el espectador se mantiene impermeable al dolor de los que abandonan. ¿Por qué? Porque la garantía del espectador es el botón de apagado. La zona segura es el botón de apagado, la zona de confort. Ojala pudiéramos disponer de este mecanismo en la vida real. Pero no, en la vida real nuestro botón de apagado es la huida, el abandono. Regresar a la zona segura es la garantía de nuestra felicidad. Únicamente los cobardes pueden disfrutar del no-dolor de la vida.
 ¿Pero hasta qué punto este abandono empieza a ser prosperidad artificial? ¿Hasta qué punto la retirada pasa a ser inmolación?
Pero qué más da, a Marcel Duchamp también lo abandonaron. En Buenos Aires, sin producir ninguna obra, se dedicó enteramente a jugar ajedrez. Ivonne, su esposa en ese tiempo, terminó harta de tanto ajedrez, de tanta ciencia cuadricular, y se marchó sola a Francia. No obstante, creo que debe empezar a considerarse el abandono como algo místico necesario para la santidad: la santidad laica del arte. Si la tristeza es una forma de violencia, la soledad puede ser leída como un albergue donde el hombre descansa, indefinidamente, sin dejar de inquietarse. A veces esa soledad es un buen filme, una buena secuencia, una buena imagen.
En fin, en algún momento a todos nos ha tocado encarnar estos personajes tristes y abandonados. Y pueda que todos seamos como Donnie Darko, riendo en los momentos finales o de mayor agravio, solitarios, ensimismados en algo que creemos, sin advertir que hemos sido abandonados, embutidos en estúpidos trajes de humano: de hombres tristes que terminan solos. 





Matheus Kar (Guatemala, 1994). Fundador y miembro único del Colectivo Bartleby. Entre los reconocimientos destacan el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015, el Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala, el Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016), el Premio Nacional de Poesía “Luz Méndez de la Vega” y Accésit del Premio Ipso Facto 2017. Su trabajo se dispersa en  antologías, revistas, fanzines y blogs de todo el radio. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016).




miércoles, 19 de julio de 2017

Literatura: En este otro viaje (relato)

Por: Antonio G.


Saint-Georges majeur au crépuscule (1908-1912) - Claude Monet


El problema, ahora que lo pienso, debe de ser que nadie te avisa. Además, existe esto otro: la muerte no depende de ella misma, sino también de la locura de aquellos que nos rodean. ¿Y de qué depende la locura?

Es difícil saber el color exacto del que se pintará esta tarde el cielo. Es difícil porque no creo que alcance a verlo. Estoy muriendo. O moriré. No hay otra cosa que describa esto que siento; esto que se cierne sobre mí debe de ser la muerte. No es otra cosa que un frío funesto al que no pensé enfrentarme en este día. Porque nunca hay día en que uno esté preparado para morir. Nadie nos entrena y heme aquí. Ha pasado. Un sonido, dos sonidos. Luego la tierra que beso. 
La primera vez que estuve así, lamiendo el piso, fue cuando otro niño me golpeó en la primaria. En ese entonces yo también era un niño y no este individuo alto que soy ahora. O que era. Y a pesar de lo alto esta caída no me ha dolido como me dolió aquella vez que ahora recuerdo. Y por eso sé que estoy muriendo, porque no me duele, porque no siento. Los vivos qué dieran por no sentir algunas cosas y los muertos daríamos todo por sentir siquiera una sola. A pesar de eso a quien veo en este momento no es al que produjo los dos sonidos, sino al niño que me tiró hace tantos años. Antes le dije que me dejara en paz, pero ahora, más grande y más audaz, aún con más ganas de vivir, le digo que vuelva a golpearme, y no para que deje en claro su valentía o su coraje, sino para que me haga sentir. Porque sólo quiero eso. Só
lo
  quiero eso.
Volver a la vida que se me escapa tan rápido por aquí, y por acá también. La primera vez que besé la tierra estaba lleno de vida y ahora se me va para quedarse ahí. Polvo al polvo. 
Diría que la mañana me trajo a este momento, pero no fue la mañana, ni la decisión de cambiar de trabajo; ni tan siquiera la necesidad de más dinero, o la vida misma. Tampoco la muerte y quizá esto sea lo peor: morir y no poder echarle la culpa a ella. Porque ella estaba en otro lado, quién sabe dónde, pero seguro que no estaba planeando tocarme. En estos días hasta la muerte está estresada de tanto trabajo. Gotas muertas sobre más muertos. Y me pregunto si también cobrará urgencias, si tendrá horarios normales y otros en los que trabaja a un mayor costo. También por eso sé que muero; aunque quizá ya esté del otro lado: sólo a los muertos nos interesa la vida de la parca, mientras que para los vivos es un tema olvidado. Y yo vivo ya en el olvido, o al menos para eso tengo que prepararme. Como en un recuerdo maldito, marchito.
Así que a nada ni a nadie puedo echarle la culpa en estos segundos que se me esfuman como este polvo que vuela con el viento. Porque uno, hasta este momento, es cuando capta los pequeños detalles: las partículas meciéndose en el aire. La culpa… es externa, es de aquellos que planearon, de esos los titiriteros, de esos de los que yo no sé nada y de los que quizá nunca nadie sepa. Antes era número de vida y por ellos ahora voy a los números de muerte. Viaje directo, sin escalas. Involuntario. Muy importante lo último y esto otro: es un viaje que nadie agradece.
Y l                  a c
u
lpa es de eso que ni a
                                  hora puedo ver. 
Soy fruto de una mala planeación, de un mal movimiento, de una respuesta natural a algo antinatural. Y luego este golpe y este otro y un dolor agudo que sofoca.
Después la nada y qué recuerdos. La familia que aparece, las sonrisas que van y vienen. Luego estos gritos que no son ni míos pero que quisiera alguno lo fuera. Y sé que tengo que decir adiós, sé que me voy, pero me da miedo cerrar los ojos y no volver a mirar ese rojo ese blanco este polvo ese negro esa luz de
   de
cielo.
Uno. Dos. Sé que va a pasar. Y hago como que cierro los ojos aunque no lo haga de verdad pero sí digo adiós y dejo que el amor se me salga por las hemorragias. Y espero que mi familia lo sienta. Y trato. No. No trato.
Puedo.
Voy. Voy a morir feliz porque de no hacerlo, me negaría a eso último que puedo cometer, a eso último que nadie
         va
                  a
        quitarme
Le
  doy mi última felicidad al mundo y me despido del viento, de los sonidos, de los brillos, del baile, de las risas que di ayer, de las de hace un momento, de mi primer beso, de mi último llanto, de la primera vez que te tomé la mano, de cuando hice el amor, de cuando lo hice sin que hubiera amor de por medio, de la vez que lloré por una traición, de ese momento en el que pensé en traicionar, de los minutos que no quise hablar, de los minutos en que hablé de más, del silencio que hice sólo para enfadar, de los enfados mismos, de cuando me privé de ver el vuelo de los pájaros, de no haber visto los más rojos atardeceres ni de haber disfrutado algunas gotas de lluvia, de no siempre haber gozado un día soleado y de no querer caminar por las mañanas, de cuando vi a mis hijos entrando a la escuela, de cuando tuve que dejarlos en ella por vez primera, de mis enojos, de mis angustias, de mis preocupaciones sin sentido, de las que sí tenían sentido, de mi arrepentimiento, de mis remordimientos, de no haberte dicho una última buena palabra, aunque la hubo, sí que la hubo, pero nunca hay una última buena palabra ni un último buen gesto para despedirse y entrar en este otro viaje, porque el problema es que nada sabe a último y a veces uno da los besos sin muchas ganas y dice cosas como por costumbre y de eso me despido también y de eso me arrepiento otra vez. Y el rugido del mar se levanta, las olas rompen contra mi abdomen, después contra mis pulmones. El ruido de la tormenta llena mis oídos, las gotas de lluvia entran por todas partes de mi cuerpo sin mi permiso y tapan mis arterias y pobre de mi sangre que no fluye. Y el corazón salta, salta, salta, pero ya no hay remedio aunque siga luchando. El polvo se levanta, se lleva partecitas mías hacia arriba, hacia abajo también. Me hundo y me elevo en este mundo lleno de ruidos y de movimientos. Porque es el último momento, la sonrisa definitiva. 
La muerte
      la
    acerca
Y aquí
Estoy
Aquí
Te
     a
                m
           o
ADios.


viernes, 30 de diciembre de 2016

Música: Seis álbumes que nos dejó (para siempre) el 2016

Por: Matheus Kar

Hablo de álbumes porque hablo de música. Hoy ya no se escuchan álbumes, hoy ya solo se escuchan sencillos o descargas o grandes éxitos. Es difícil que alguien le dedique una o dos horas a un álbum, a una recopilación con un sentido o tema único. Hoy trato de rescatar seis grandes álbumes que el 2016 nos ha dejado. Álbumes completos, unificados, con un tema que enlaza cada una de las canciones que los compone. Álbumes que, espero, le ganen el pulso al olvido.



Blackstark, de David Bowie


    Después de cuatro años de silencio discográfico (eso sí, sin contar los recopilatorios), Bowie lanza el ocho de enero Blackstar. Un álbum ambiguo, incluso sencillo. El hecho de que la portada fuera una estrella negra sobre un fondo blanco impresionó a muchos y decepcionó a bastantes otros. Pero en dos días todo puede cambiar. El diez de enero fallecería David Bowie, a menos de cuarentaiocho horas de que lanzará, sin que lo supiéramos, su última colección de canciones. Ahora todo parecía tener sentido: la estrella negra, las canciones Lazarus y Blackstar con ritmos de jazz. Ahora ya nadie ponía en duda la estética de Bowie. Hizo lo que siempre había hecho, visualizar el futuro, las posibilidades, poner un pie en la sombra, en lo inexplorado. Tal parece que Bowie rompió el silencio solo para adentrarse en uno más profundo. Menos mal tenemos sus álbumes, que ya rebasan los cincuenta. Bowie nos entregó una obra maestra, como el resto de sus piezas. Bowie, genio. Bowie, visionario. No nos alcanzará la vida para comprenderlo; cada vez que lograba ser bueno en algo, rápido lo abandonaba para aventurarse en otra cosa. Creo, después de tantos años de escucharlo, que a Bowie no hay que entenderlo: hay que disfrutarlo.



A Pool Shaped Moon, de Radiohead



    Si hay una banda a la que hay que darle el premio a la mejor música para ambientar ascensores, esa es Radiohead. Y estoy seguro que sería un premio serio y limpio en comparación con los Grammy o los Sony. Y es que muchas cosas buenas y sensatas suceden en estas pequeñas cajas que tienden a elevarse, los ascensores. En un ascensor podes dar tu primer beso, podes conocer al amor de tu vida (si es que lo hay), podes idear un modelo filosófico o rediseñar la tabla periódica de elementos. Dudo que estas cosas puedan darse con otros géneros. A veces no entiendo a los fans que piden más álbumes como el Pablo Honey o  el Ok Computer. Si alguien quiere escuchar otro álbum como esos, en lugar de haberse comprado una copia se hubiera comprado dos. Thom Yorke y compañía vuelven con un repertorio magnifico. Tal parece que la madurez les ha abordado en buen momento. El tempo de las canciones es lento como los años. La voz de Tom Yorke emerge entre la sinfonía de guitarras eléctricas y bajos para hacernos unas cuantas preguntas y después regresar a su oscuridad intermedia; luego nos queda esa melodía sinfónica, pensada para la introspección y la clarividencia. Porque qué es un álbum de Radiohead sino la superficie donde la consciencia se sumerge. Radiohead, de nuevo, nos regala un momento con nosotros mismos, alejados del ruido, del mundo que bien puede vivir sin nosotros por unas horas.



Skeleton tree, de Nick Cave & The Bad Seeds


   Grandes obras de arte han sido resultado del dolor y de la sublimación de este. Ahí tenemos el Blood on the Tracks, de Bob Dylan, y el Honestidad Brutal, de Andrés Calamaro. Cuando hace poco leí que el hijo de Nick Cave había muerto, lo primero que pensé, en mi morbosidad humana, es que de seguro se venía un gran álbum. Pero no fue así, y tampoco me decepciona. Nick hizo del dolor, si es que se le puede rastrear, un arquetipo y lo plasmó en ese bello y obscuro álbum que es Skeleton Tree. Según parece, los artistas más inteligentes se están dedicando, sin siquiera ponerse de acuerdo, a fabricar, como el artesano, álbumes intimistas y cantados al oído, contrario a todo ese ruido que se produce, como en las maquilas, en grandes compañías multinacionales. El ideal de todo artista es arrastrar a su público hasta su consciencia, por muy obscura que esta esté. Nick Cave lo ha logrado y no pide reconocimientos. Es un insulto y una obviedad darle un aplauso por algo que siempre se propuso. Igual, yo lo hago.




You Want It Darker, de Leonard Cohen



   Más cerca del spoken word que de los escenarios, Leonard Cohen alcanza el canto del pájaro y el sol abrasador de la mañana. Leonard Cohen se alza sobre la música y su figura, ya inminente, es cálida incluso cuando es fría. Su voz añejada es un vino destilado con sabiduría en los oídos de su público. Lo escucho y lo siento. Lo oigo y lo veo.  Leonard no es de los que graba álbumes para ambientarlos en escenarios o en bocinas. No, Leonard se encierra en tu habitación, saca su guitarra y te suelta su mejor repertorio, que no es poco. Lástima que se fue y que ya no hará más canciones, que ya son muchas pero no suficientes. Leonard, profeta y amigo, bohemio de lo ignoto en temas que ya conocemos pero que no nos atrevemos a ver desde otro punto de vista. Cohen revisita la oscuridad, ese tema que tejió y destejió tantas veces y en el que ahora se ha perdido, no sin un mapa, no sin una luz; espero, como esperan muchos, que todo eso que nos muestra en sus canciones también le sirva en el más allá, que tan cercano tenemos en sus letras.



Post Pop Depression, de Iggy Pop



    Para empezar, ¿qué es Iggy Pop? Iggy Pop es lo que David Bowie rescató un día setentero entre la basura de las drogas para después llevárselo a Berlín y grabar dos de los más grandes álbumes que se pudieron producir el siglo pasado (Lust for Life y The Idiot). De ahí Pop hizo, o está haciendo, una carrera magnifica. Post Pop Depression es el resultado de la unión entre el batería de la banda británica Arctic Monkeys, Matt Helders, el bajista y teclista Dean Fertita, el fundador del grupo de rock Queen of the Stone Age, Josh Homme, y esa leyenda que es Iggy Pop. El álbum roza los mejores años de influencia que Bowie pudo tener sobre Pop, desentrañando temas como el sexo y la muerte, con letras llenas de rabia y elegancia. ¿Punk, rock de garaje, música alternativa? Qué importa: es Iggy Pop y nada más. El mensaje es claro: el rock está vivo y no está viejo, está naciendo alto y fuerte entre un montón de florecitas millennials de talento arrugado.



Volumen 11, de Andrés Calamaro



    El Volumen 11 trae 19 cortes. Y digo cortes porque cuando hablamos de Calamaro,  nuestro Salmón, hablamos de heridas. Esta vez Calamaro deja de cantarle a su tristeza y decide cantarle a una tristeza más grande: la nuestra. Más social, más extrovertido (que estoy seguro le resulta un gran esfuerzo), el Salmón regresa con una nueva colección de canciones, reciclando los géneros a los que ya ha dedicado tantos álbumes (blues, tango, soul, rock), rehaciendo los esquemas que ya muchas veces ha deshecho. Si hay algo de Calamaro que me gusta, es que nunca se repite. Bien pudo volver a hacer Alta Suciedad una y mil veces. Honestidad Brutal otras dos mil. Pero no, Calamaro piensa en su público y en la música y les da diversidad. Cualquiera que escuchara el Volumen 11 pensaría que son unas maquetas o un recopilatorio de material inédito que no pasó de la primera toma. Todo lo contrario, Calamaro, al igual que Picasso, va reduciendo la forma y acrecentando el estilo, para, de forma sencilla, entregarnos las semillas del árbol que puede llegar a crecer en nosotros. Recuerden que una obra de arte jamás nos llegará a decir lo que el artista piensa sino lo que realmente la obra dice.



Sobre el autor:


Matheus Kar (Guatemala, 1994), ha sido nombrado mención honorifica en el certamen Mi ciudad en 100 palabras, que organizó la municipalidad de Guatemala en 2014. Colabora en el evento literario Poetry Slam Guatemala. Formó parte del evento multidisciplinario Off Virtual Test.  Ganó el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015. Mención honorifica en el certamen Cantos de Trova (2015). Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala. Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016). Ha formado parte de las antologías Frente al Silencio (Palo de Hormigo, 2014), Si la sangre fuera Ambrosía (Los Zopilotes, 2016), Cuentos Bien Trulis (Chuleta de Cerdo, 2016). Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016). 

martes, 27 de diciembre de 2016

Literatura: ¡Oh inmortalidad! eres toda mía (Breve relato acerca de la muerte de Heinrich von Kleist)

Por: Silvia Villarespe


Heinrich von Kleist (1777-1811)
¡Qué demonios! Hoy moriré. Me siento asfixiado de este aire pútrido.  No esperaré  a que el destino me tome.  No concibo ni siquiera morir, para recibir un poco de la miseria de la sociedad.  La muerte, gozosa sea, mientras la encuentre yo. Esto dijo Heinrich von Kleist cuando tomó la pistola y se la guardó en el bolsillo. Caminó a la casa de su musa agonizante,  Adolfine Vogel, su querida Henriette, y en la puerta lo esperaba sólo una sirvienta. Con la mirada, le indicó que lo llevara a los desdichados aposentos de la moribunda.  Cuando entró, sabía que Henriette estaba decidida también. El amante se acercó al lecho y le susurró: ¿Sientes dolor? Lo veo en tu mirada. Ya no más. Así amor, la vida finalmente nos tenía un plan: morir juntos. Ella contestó con una sonrisa: Hoy será, Heinrich.  Ahí está la eternidad; es toda nuestra.

Adolfine “Henriette” Vogel  

Irónicamente, ese 21 de noviembre de 1811, amaneció más sublime que nunca y sin neblina. El resplandeciente lago Wannsee, en la isla de Pfaueninsel, cerca de la ciudad de Potsdam, se encontraba tranquilo. El cuerpo de ella, ya maltrecho, no podía responder a semejante belleza. La voz del amado, retumbo de repente: Es aquí querida. Contemplemos lo azul de nuestra próxima dicha. El lugar que albergará para siempre nuestro amor. La tomó de la mano y los dos se miraron fijamente. No había miedo, ni tristeza o lágrimas. Nada que demostrara arrepentimiento; todo lo contrario, sólo entereza. Henriette le pidió la colocara debajo de un árbol. Una vez ahí, Heinrich tomó su mano y eufórico le dijo: Sabías que un día tendría que irme, pero aquí estás. Tú eres lo mejor de mí mismo, mis virtudes, mis méritos, mi esperanza, el perdón de mis pecados, mi vida futura y mi santidad. Mientras clamaba estas palabras, sacaba lentamente la pistola del bolsillo. Continuó: Se dichosa. Es la mano de esta alma enamorada, quien te quitará la vida, pero te dará la eternidad. Sólo cierra los ojos, pequeño ángel. Apuntó el arma a la cien de Henriette y, sin pensarlo más… disparó. El cuerpo quedó recargado en el árbol. Le cerró los ojos, besó sus labios y, tiernamente, sus manos. Caminó unos cinco minutos a las orillas del Wannsee. Volteó tranquilo a ver el cadáver. Con paso firme se acercó, se pegó la pistola a la frente y se disparó. Cayó a los pies de su musa. Pasaron unas cinco horas, hasta que una familia de campesinos descubrió los cuerpos. Treinta y cuatro años de vida y, la mitad de ella, contemplando invariablemente el suicidio como consagración del amor. 

El poeta y dramaturgo alemán, Heinrich von Kleist (18 de octubre de 1777 – 21 de noviembre de 1811), nos lega una obra en donde la desilusión y la decepción son perpetuos protagonistas. A través de la misma, estamos intentando descifrar la mente de un artista que percibió la vida como un desafío y una lucha por lo absoluto. Como un romántico siempre fiel a sus principios.

En su tiempo, sus escritos no fueron bien recibidos. Sólo hasta después de su famoso suicidio, su obra Pentesilea cobró cierta importancia. Probablemente, por el morbo de leer un texto en donde el amor pasional toma un solo camino: la muerte.

Los invito a leer la obra completa de este misterioso escritor, sumamente rica y apasionante.

He ahí la frase que quedó en su epitafio, junto a la tumba de su amada, y retomada de su obra El Príncipe de Homburg.

Nun, o Unsterblichkeit, bist du ganz mein.
(Ahora, ¡oh inmortalidad!, eres toda mía)


Tumba de Heinrich von Kleist y Henriette Vogel en el cementerio de Wannsee



lunes, 4 de abril de 2016

Cine: El bello Japón y Shakespeare (reseña)

Por: Emilio Jaramillo

Escena de la película Trono de Sangre (Kumonosu-jô, 1957) de Akira Kurosawa


El bello Japón y Shakespeare

Japón ha dejado de ser una curiosidad artística y cultural:
es otra visión del mundo, distinta a la nuestra pero
no mejor ni peor.
Octavio Paz

Uno podría pensar que Japón y el mundo llamado "occidental" no tuvieron similitudes sino hasta su apertura en el período Meiji. Sin embargo, al revisar la historia nos damos cuenta de que el medioevo japonés es muy parecido al medioevo europeo. No solo por el modelo feudal que imperaba en ambos lugares, sino por la figura del guerrero que encarna unos valores nacionales: en Europa estaban los caballeros y en Japón los samuráis. 

Aunque el samurái no haya sido definido como tal hasta el período Edo, exist una casta de guerreros en la edad media que llegaron a encarnar unos valores nacionales que al día de hoy aún se conservan. El término samurái podía emplearse para hablar del Shogún, de los daimios, del Karô y de los rônin, todos guerreros, aunque diferenciados jerárquicamente. Antes del período Edo, se definió al samurái como noble; si bien el término guerrero que se usaba comúnmente en Japón es Bushido, después se establecería que el guerrero sería el samurái, no obstante, se siguió utilizando el bushido.