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martes, 27 de marzo de 2018

Literatura: El viejo y la hojarasca

Por: Anibal Rodolfo Pfaffendorf


Para Tomás L. esa noche no había sido de las mejores. Conciliar el sueño con tantas dudas y miedos dando vueltas por su habitación, le resultó casi imposible.
La lluvia constante tampoco lo ayudó demasiado esa vez aunque, en otras ocasiones, le había servido de gran inspiración.
La vida en soledad permitió forjar en él a un prolífico y respetable pintor dentro de un círculo de artistas que sirvió casi de único vínculo con la sociedad.
– Contáme Tomás.
– Pasaron veinticinco años, Sonia. Veinticinco años desde que escapé de ese infierno y todavía no encuentro consuelo de mi cobardía, de abandonar a mi madre y dejarla sola con ese hombre que es mi padre. La abandoné, Sonia, y eso, para mí, no tiene perdón. Todos los días sigo escuchando los gritos y llantos, los insultos, siguen doliéndome los golpes hacia mí y hacía ella y ese desagradable olor a alcohol. Recuerdo el bosquecito que rodeaba la casa que nos sirvió de refugio, de escape, aunque lloviera e incluso de noche nos dormíamos abrazados sobre la hojarasca. Mi madre me hablaba de ella, de sus colores que se tornaban cada vez más amarillentos a medida que se acercaba el invierno, de la importancia que tenía la muerte lenta de esas hojas, sacrificándose para enriquecer la tierra. Aprendí a querer ese suelo, tal vez el único recuerdo agradable que guardo de mi infancia. Mis pequeños pies descalzos sentían su humedad o su crujiente sequedad. Escondía debajo de ella mis pequeños tesoros, pero también mis lágrimas y el dolor. Pero una noche pisé esa hojarasca por última vez, corriendo; huí. No volví ni un instante la vista atrás y llegué a la carretera. Tenía quince años, Sonia, y no sé si sabía lo que estaba haciendo…
 
Finalmente, Tomás L. se levantó de la cama, cansado, dolorido. Era muy temprano todavía pero no podía esperar más. La inquietud de regresar a esa casa era muy fuerte. Sentía que se trataba de una cuenta por saldar.
Años atrás había recibido la noticia de la muerte de su madre y la lloró escondido, sin que nadie lo viera, en silencio, rodeado de sus pinceles y de lienzos. Precisamente en uno de ellos estaba bosquejando en tonos verdes, rojos y amarillos: las hojas de su niñez.
Pero de su padre no tuvo nunca noticias. Quizá volviéndolo a ver, hablando con él, podrían perdonarse.
Se lavó el rostro, se vistió rápidamente y salió esa mañana fresca de otoño. Encendió el motor del viejo automóvil y encaró hacia la carretera. Todo estaba en silencio, nadie había decidido conducir tan temprano. Seguía estando solo.
Al cabo de dos horas estacionó a pocos metros de la casa y decidió hacer un tramo a pie. Una pequeña verja que no recordaba le cerró el paso y no dudó en traspasarla. Estaba nuevamente en el bosquecito. Notó que era más pequeño que aquel que su mirada de niño le devolvía y fue acercándose despacio. La vivienda ya no era tan blanca, el abandono se mostraba en toda su fachada.
Se quedó allí, parado sobre las hojas otra vez, inmóvil, aturdido de recuerdos y esperando. Las dudas sobre su accionar iban y venían y sus ojos humedecieron.
Ladró un perro e inmediatamente se abrió sonoramente la vieja puerta. Un anciano salió, era su padre a pesar de la mísera vejez que mostraba su imagen. Renqueando, desaliñado, con el rostro oscuro de odio y de demencia. Profirió un grito hacia el animal y con dificultad observó a ese desconocido que había invadido su casa. Avanzó unos pasos, tosió y escupió hacia un costado. Levantó el rifle y sin más, disparó.
La fuerte emoción de Tomás lo distrajo de ver el arma. Escuchó el ruido sordo, como lejano, y sintió el dolor en su cuerpo. Cayó, su puño se cerró aprisionando un montón de hojas como si otra vez fueran su refugio. Murió sobre la hojarasca y su sangre compartió con ella la misión de enriquecer la tierra.


viernes, 23 de marzo de 2018

Literatura: La Revelación (microrrelato)

LA REVELACIÓN

Por: Carlos Benavides

Cuando el arcángel Miguel derrotó a Lucifer —teniendo a este en sus brazos— preguntó:  
—¿Por qué Lucifer? ¿Por qué tú, el que era considerado la mano derecha de Dios, el que estaba en la posición más alta entre todos los ángeles, lo has traicionado?—.

A lo que Lucifer respondió:
 —Dios creó el todo, dios nos creó a nosotros. No hay nada que no haya sido tocado por sus manos y eso es el problema querido amigo. El multiverso fue creado por Dios y será destruido por él mismo ¿Obedecerás su voluntad o lo desafiarás?... He tomado esta decisión para frenarlo, para evitar que todo termine; debes detener a Dios antes de que intente destruirlo todo. Resistir ser destruido no es un pecado, es un derecho—.

Hincado en un charco rojo, tras la revelación de estas palabras, resonó en la mente del arcángel Miguel: 
—La puerta al día final ha estado sonando por todo el multiverso, los humanos se han empezado a dar cuenta que todo acabará algún día. El peso del castigo que dios nos ha dado, el dolor causado por nuestros pecados; el día del juicio—.

Entonces, irguiendo su rostro, se dispuso a elevar su voz:
—¡Lucifer permanece, he decido llevar su voluntad. Aún si soy acusado de haberme corrompido, no me arrepiento! —exclamó el arcángel Miguel, con el cuerpo de Lucifer entre sus brazos.


jueves, 22 de marzo de 2018

Literatura: Fuego sagrado

Por: Damayantli Zepeda



«–Si pudiera…
–Puedes.
–Pero no quiero.
–No nos queda de otra.»
Llegó a Santa Rosa en septiembre, no se me olvida, aquí nadie olvida, apenas habían pasado las fiestas patrias, el otoño ya se asomaba de vez en cuando con su mortal tranquilidad y en el pueblo reinaba el silencio, todos tenían resaca, o estaban roncos de tanto gritar: “¡Viva México, cabrones!”.
Guadalupe, ese era su nombre, parecía una criada, pensamos que venía por el puesto de cocinera, pero no, resulta que todas nos equivocamos y, al final, hasta nos sorprendimos; ella era, sin duda, muy joven, pero la pobreza es tremenda y más con los niños, apenas los destetan y ya los están lanzando a la calle a pedir limosna.
–Piensa en los pobres, pero solo en los pobres que son niños –me dijo mi madre un día cuando, saliendo de la Misa de Pentecostés, aún no entraba al convento e iba con ella a todos lados, nos encontramos con esos muertitos de hambre alzando su manita esquelética hacia el cielo, yo los miraba desde arriba y me imaginaba que era Dios, quería ignorarlos como él, escuchar sus súplicas y burlarme oculta entre las nubes, pero mi madre me insistía y terminaba por darles unos centavos, tomando precauciones suficientes para que mis dedos no tocaran su mugre.
–¿Y los grandes? –pregunté.
–¿Qué con ellos? –me respondió exasperada.
–¿Quién piensa en ellos? –dije.
–Nadie, esos ya están podridos, pero los otros…, esos apenas empiezan a echarse a perder.
Guadis, así le pusimos después, cuando le agarramos cariño, venía como vinimos nosotras, asustadas y nerviosas, a postularse como aspirante. La Madre Superiora, que Dios la tenga en su Santa Gloria, le agarro mala fe desde que la vio, con sus pies descalzos y callosos, sus trenzas negras y su cara llena de angustia y  de tierra.
–¡Es una india! –nos dijo, mientras arrugaba su cara de chayote–. Esa nomás quiere que la saquen de pobre.
Siempre era así con las morenas, peor con las negras, estaba acostumbrada a verlas como sirvientas, pero los ricos tienen tanta culpa de ser ricos, como los pobres de ser pobres. Se llamaba Raquel, la Madre Superiora, que en paz descanse, y era descendiente de españoles, nieta e hija consentida de una familia adinerada y poderosa, llegó a Santa Rosa en medio de chismes, unos decían que ya no era tan casta y pura como aparentaba, otros que el Espíritu Santo se le apareció en sueños y le dijo que se postulara, que ella no quería, pero temía desatar la furia divina; eso se comentaba afuera, en el pueblo, en el convento no se contaba nada, pero todas sabíamos algo. Como era de esperarse, terminó por volverse Superiora, gracias a su carácter firme, aunado a la influencia social su familia; Raquelito bonita, Raquelito preciosa, siempre vestida con sus hábitos de telas finas y apestando a jabones europeos… Señor Jesús aléjame de la codicia, enséñame y ayúdame a reparar los males y daños que le causé a mi prójimo, te imploro y suplico: ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión…
Terminó por aceptarla, estuvo de malas como un mes, todo porque no se le puede negar el ingreso a ninguna aspirante, sin tener una buena justificación, comprobable además, y menos en ese entonces, que no teníamos ni una novicia, la última fui yo y hacía tres años y medio que había hecho mis votos perpetuos, fue una ceremonia bonita, como los funerales, tan llenos de flores y de personas resignadas…, el punto es que ya nos andaban cerrando el convento en el pueblo, nos iban a reubicar y nadie quería eso, ni la Madre Superiora, quien desde las Alturas nos guíe, aunque eso la obligara a convivir, sin más, con la india esa.
La verdad es que le hicimos la vida bien difícil a la Guadis. Siendo postulante, nunca tuvo una cama, dormía en el piso de la cocina, ahorita que lo pienso, se parecía a la Cenicienta, porque amanecía toda polvosa, más en diciembre, cuando el frío la obligaba a dormir bien cerquita del anafre y, aparte de eso, todavía en la mañana le revisábamos las bolsas del delantal, para ver que no se robara nada, los cubiertos de plata, por ejemplo, y después la mandábamos solita al mercado. Tenía que regresar antes de las once, porque si no la Madre Superiora, que la Santa Virgen Purísima la acoja en su Santo Seno, la mandaba a azotar, veinte veces por cada minuto de retraso, una vez me tocó a mí hacer de verdugo, no chistó nada, ni lloró, nunca lloró. Después tenía que hacer la comida, para nosotras y para los demás criados, digo, para los criados, para nosotras y los criados. También lavaba y planchaba nuestros hábitos, lustraba nuestros zapatos, barría y trapeaba las habitaciones, alimentaba a los cerdos y a los pollos, y además ayudaba a bañar, alimentar y cambiar a la hermana Herminia, que estaba muy enfermita y apenas si se podía mover, después se recuperó, pero no se acuerda de la Guadis.
Aguantó muchos meses, la niña no sabía ni leer, aprendió aquí, nadie sabe cómo, nadie le enseñó; de un día para otro, así nomás, leía mejor que todas y rezaba el rosario de las seis con una devoción de beata. Para cuando se volvió novicia, ya le guardábamos mucho cariño, y es que ella era tan dócil, obediente, amable e inocente que la adorábamos… ¡blasfemia!, solo se puede adorar a Nuestro Señor en las Alturas, bueno, la queríamos, tanto que la Madre Superiora, a quien Dios en su inmensa sabiduría llamó para que estuviera a su lado, lloró hasta que se le acabaron las lágrimas, hasta que le salió sangre de los ojos, y aun así siguió llorando hasta que se desangró, cuando la Guadis se fue.
«–¿Y si me cachan?
–No te cachan.
–¿Pero y si sí?»
Había ya pasado un año desde su llegada, fue un 24 de septiembre, que bien me acuerdo porque es el día de Nuestra Señora de la Merced, me levanté en la madrugada y fui a la cocina por un poco de agua, allí estaba la Guadis, enfrente del anafre bien prendido, hablando con el fuego, quién sabe que le decía, yo en cuanto la vi, cerré los ojos y me arrodillé a rezar: Magnificat anima mea Dominum, et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo, quia respexit humilitatem ancillae suae… para cuando terminé, ya había amanecido, el anafre estaba completamente limpio, no había ni una pizca de ceniza en el suelo y la Guadis no estaba. Me levanté con las piernas entumidas, pero aun así salí corriendo derechito a la oficina de la Madre Superiora, su alma sea glorificada por el Señor, a contarle lo que había pasado. Esa escena, que al principio parecía ser obra del mismísimo Satanás, Dios nos guarde, terminó por diagnosticarse, por el médico de confianza de la orden, como sonambulismo, y es que ella presentaba los síntomas característicos, además de que eso es lo que más nos convenía pensar. Pero yo, aunque la quería mucho, y justo por eso, no me dejé engañar por las explicaciones científicas, que siempre tienen algo de siniestro en ellas, y le pedí a la Madre Superiora, en mis oraciones siempre presente, que me dejara dormir con la Guadis, para vigilarla de cerca y supervisar su tratamiento.
Me hice traer una mecedora a su cuartito, qué humilde niña, su único tesoro era un cepillo viejo de madera, que le había regalado la hermana Teresita.
–Péiname –me dijo.
–Sí te peino –le contesté.
Nos acostumbramos a ello. Todas las noches, después de que se bañaba a cubetadas, como todas en el convento, le desenredaba el cabello, negro como el carbón, con los dedos, después se lo cepillaba hasta sacarle brillo y se lo trenzaba con habilidad. Eso nos relajaba a ambas y en lugar de vigilarla por las noches, siempre terminaba por dormirme, si por algún motivo me despertaba, salía disparada hacia la cocina, donde encontraba a la Guadis hablando con el fuego, rojo como el pecado, en voz baja, con frases incomprensibles, sin parpadear apenas, sin notar mi presencia, y yo, yo no podía hacer nada más, cerraba los ojos, me arrodillaba y oraba por su alma y por la mía: Ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes, quia fecit mihi magna qui potens est, et sanctum nomen eius…
Un día amaneció oliendo a chamusca, con las manos llenas de ampollas, ni se había dado cuenta, creo que aún seguía dormida porque me respondía sin mirarme.
–¿Qué te hiciste? –le pregunté, mientras buscaba un trapo limpio y ungüento de caléndula, mis manos me temblaban.
–Lo que el fuego sagrado dijo.
–¿Qué te dijo?
–¿Quién?
–¡El fuego sagrado!
–Que me quemara las manos.
–Pero, ¿por qué?
–Porque me lo merezco.
Qué fuego sagrado ni que ocho cuartos, era su conciencia sucia de india traidora, todos los indios son así, mugrosos y traicioneros. Pero en ese momento no lo noté, le curé sus manitas y la llevé con ternura hasta su cama, me senté en la mecedora y la miré preocupada hasta que se despertó. Tuve que tranquilizarla, claro que le dolía, estaba confundida y algo desesperada, pero ni así lloró. Fui a donde la Madre Superiora, para contarle lo que le había pasado a su Guadis.
–¿Será que es el Espíritu Santo? –me dijo.
–¿Cómo dice, Madre? –le pregunté.
–Sí, sí, el Espíritu Santo en forma de fuego –me respondió con los ojos bien abiertos.
Ella misma empezó con el rumor que le concedió muchos privilegios a la Guadis, más de los que merecía, diría yo. Guadis aquí, Guadis allá, Guadis qué opinas, Guadis, Guadis, Guadis... Yo la quería, se los juro por esta, pero estaba segura de que todo era obra del mismísimo demonio, Dios nos libre, y presentía que iba a terminar mal, muy mal.
La vida en el convento cambió de golpe, la niña que al principio era repudiada por todas las hermanas, ahora era vista casi como una Santa, era la elegida por Nuestro Señor desde lo alto de los Cielos para algo especial, algo más allá de nuestra comprensión, algo tan importante que solo el Espíritu Santo en forma de fuego podía transmitírselo. Se ganó, con su astucia, todos los méritos ofrecidos.
«–Ahora sí, Pita, ahora o nunca.
–No puedo, ¿y si me voy al infierno?
–¿Cómo crees, Pita?, ¡si eres la elegida por el mismísimo Espíritu Santo!
–No te burles, Ponchito, que no ves que son monjas…»
Se fue de noche, el 15 de octubre, esa mañana le habíamos celebrado su santo a la hermana Teresita, no supimos a dónde, ni cómo. Todos estábamos muy tristes, por esos días no nos dábamos cuenta de nada, solo teníamos cabeza para la Guadis, que seguro salió del convento sonámbula y se nos perdió, o peor, y para la Madre Superiora, que deliraba entre sollozos.
–Mi Guadis, mi Guadis preciosa… –murmuraba medio consciente, medio loca. Falleció con esas palabras incesantes en su boca.
El 28 de octubre, día de San Judas Tadeo, patrono de los casos difíciles, aquí nadie olvida, menos yo, llegó el Padre Rigoberto para efectuar la misa de difuntos, después de ésta, claro está, teníamos que invitarlo a comer. Fue entonces cuando nos dimos cuenta. La desgraciada se robó los cubiertos y las servilletas bordadas, también se llevó el Custodia, con todo y Santísimo, el Acetre, el Cáliz, la Patena, las Vinajeras y el Corporal, todos de metales preciosos o telas europeas, ya no encontramos el recetario que todas las hermanas de la orden habían nutrido desde hacía más de cien años, ¡ah!, y además se fue con el corazón de la Madre Raquelito, la Superiora, que bien merecido se lo tenía por estúpida.

 25/09/2017


martes, 6 de febrero de 2018

Literatura: Escape en la lluvia (relato)

Por: Edgar Ricardo Camacho Hernández




Era un día de lluvia, todo caía al tiempo de las gotas y sus caricias. Cansado del trabajo me quedaba varado en medio de una calle, medio iluminada con calles angostas, asfalto con cráteres, basura por todos lados, los agujeros eran lagos, mi piel un trapo recién lavado.
La humedad del mundo se centraba en todo mi ser, la esencia de la vida rodaba por los poros agobiados de mi piel, no importaba nada, ni las luces que se apagaban, ni los autos que lloraban, los árboles en el estruendo del relámpago aullaban como el lobo arcaico frente a la Luna que no estaba.
El corazón era música que no se escucha, mis parpados se abrían levemente ante la penumbra de la lluvia, chocaban nubes y mis tímpanos sentían el amor de la naturaleza, la banca de la esquina hablaba las palabras que dijeron aquellos novios en su promesa de no olvidar nunca sus vidas, besos tronaban alrededor de los recovecos de las casas, donde alguna vez se besaron esos novios y otros labios con historia olvidada.
Quería llorar de felicidad ante tal tempestad, escurrían mis penas, se purificaba mi esencia ante la mirada de la luz del relámpago milenario que aparece efímero en los momentos que lo necesita el humano, aprovechaba cada milisegundo de blancura en mi cuerpo, para tratar de eliminar los demonios que llevo siempre dentro.
Alguna anciana me gritaba, decía que guardara mi alma, que no era bueno purificar tanto la vida, pero yo era adicto al tacto de la luz divina, del río que llenaba el ánfora de mis entrañas, el torrente recorría la energía que se acaudalaba directamente sobre mi cerebro, sentía en la voz de la anciana el peso de mis ancestros que me recordaban lo majestuoso de sentir aquel ser supremo.

Pero como nada es bueno en exceso, la lluvia reducía su alegría, poco a poco el ruido y la furia disminuía, los pies empapados se encarnaban en las raíces de la tierra, mi alma sentía lastima por aquel Dios que se alejaba, al final solo un simple goteo acariciaba el rostro de mi alma.



viernes, 17 de noviembre de 2017

Literatura: Loop Town (cuento)

Por: Edgar Vázquez

 
El 25 de febrero regresé a mi casa después de un exhaustivo viaje por el pueblo. Abrí la puerta y caminé hacia el sofá que está a unos cuantos metros de la entrada, me saqué los zapatos, los dejé regados sobre la alfombra de lana y a paso muerto llegué a tumbarme sobre el sillón. De la yema de mi dedo escurría una fina gota de sangre a la cual no le tomé la mínima importancia. En ese momento mi único deseo era tomar un chocolate caliente y espumoso, descansar sobre mi amplio sofá y ver la televisión hasta quedarme dormido. Sentí como mis pies agradecían el descanso. De entre los cojines saqué el control remoto, prendí el televisor y me di cuenta que mi programa favorito recién comenzaba, -¡qué suerte!-. Estiré mi brazo para alcanzar mi taza de chocolate que descansaba sobre la mesa, sin embargo, esta se encontraba ligeramente más lejos de lo normal. Habrá sido un error de cálculo –me dije- y me estiré un poco más.
En ese momento, y de una forma inverosímil que sé que usted me tachará de loco, vi como mi pequeña taza roja, mi favorita de entre todas mis tazas, la que tenía una fotografía de mi hermoso Zeus sublimada en sus paredes, se alejaba gradualmente de mis manos. No estaba dispuesto a pelear con mi taza después de tan cansado viaje así que le pedí a mi esposa que me prepara otra taza de chocolate caliente.
    -Cariño, ¿podrías servirme una taza de chocolate, por favor?
La casa estaba muda.
    -Cielito, ¿podrías prepararme una taza de chocolate, por favor?
Y esta vez quien respondió fue mi pequeño Zeus con un ladrido desde los cuartos de arriba.
Desahuciado, giré mi cabeza y al hacerlo me di cuenta que mi taza ya no estaba sobre la mesa. En un esfuerzo sobrehumano, me levanté del sofá y emprendí la búsqueda de mi taza.
Miré bajo la mesa, levanté la alfombra, detrás de los cuadros y relojes, dentro de la lámpara, arriba de los focos, entre los cojines, camuflada en la alacena. Nada.
Tomé la escalera y decidí ver en los cuartos, a la mitad, reflexioné. Me quedé callado para poder escuchar sus pasos que en definitiva serían muy sigilosos.
¡Qué idiota! –Grité después de un tiempo en silencio-
Es obvio que mi taza no puede caminar, de ser así, tendría que balancearse de un lado a otro para poder dar un paso, esto haría que el chocolate en su interior se derramase y la llevaría a una muerte inevitable.
Con el uso de este razonamiento que era por mucho más lógico que el anterior, deduje que mi taza no caminaba sino que se deslizaba a conveniencia.
Como un milagro, mis astigmáticos ojos lograron percibir un tenue movimiento, era un pequeño punto rojo que se deslizaba a gran velocidad por el pasillo que conduce a la salida, al llegar a la puerta se recargó sobre la entrada de mi pequeño Zeus y la empujó con toda la fuerza que una taza de doscientos cincuenta mililitros de chocolate espumoso puede tener.
En el éxtasis del encuentro, mis pies cansados tropezaron, me golpeé espinillas, brazos y codos a lo largo de los siete escalones por los que rodé. Al levantarme, mi taza había escapado y mi sangre hervía tanto que bien pude haberla tomado como té.
Me calcé los zapatos y salí de mi casa con el coraje de mil leones hambrientos, como una bestia que ve la luz del sol después de cien años enjaulada. El clima era bueno aunque unas nubes se pronunciaban a lo lejos.
Analicé el perímetro con astucia depredadora, vi frente a mí a una anciana monja que pedaleaba su bicicleta con sublime lentitud. A su lado, un pequeño caracol le llevaba la delantera.
Caminé por la acera y al poco tiempo me encontré con otra monja, quien sin detener su pacífico andar, me preguntó
    -¿Está usted buscando su taza de café? Don Joaquín
    -En realidad es de chocolate, ¿la ha visto?
    -Me pareció haber visto una pequeña taza roja irse en esa dirección
Y señaló un camino que era el único camino que podía tomar y a su vez era también el único que existía.
Más adelante me encontré con otra hermana.
Don Joaquín –me dijo- me pareció ver su taza de té correr a gran velocidad por este mismo sendero.
Querrá decir deslizarse, las tazas no corren –le corregí con galantería-.
Sí que es un demonio esa pequeña, aunque comparada con nosotras, todo aquí es vertiginoso. Nuestro pedalear es tan lento que parecemos intactas aun con el paso del tiempo. Avanzamos sin prisa alguna por esta senda de infinita espiral, adormecida con la vista al frente, petrificada. De vez en cuando el viento nos acompaña y besa nuestros rostros con suma gracia. Otras veces se porta travieso y con gran picardía levanta nuestras faldas, se cuela frío y suave entre nuestras piernas, entonces una brisa tersa que recorre aquellos lugares que el clero no menciona, nos hace cosquillas en los muslos y sale de entre las ropas danzando con nuestros cabellos. Al viento le gusta seducirnos pero somos fieles, fieles a nuestra torre, vamos enamoradas, hipnotizadas por la música que solo el celibato nos permite escuchar, tan adiestradas, con la mente llena de la imagen de nuestra gran torre, la hermosa, la siempre imponente, aquel paraíso vertical que se yergue sobre todos nosotros, adonde todas queremos llegar y hacia donde un paso al frente significa estar más cerca de volver a empezar…
Le agradecí, yo continúe mi camino y ella continuó su delirio. En el transcurso las monjas aparecían a borbotones como si de una fuente andante que riega la tierra se tratara.
Señor Joaquín, su taza de leche se fue por allá.
Señor Joaquín, la taza con la imagen de su perro se fue justo por este camino.
Señor Joaquín, su perro se ha echado a correr libre por aquí
Señor Joaquín, su perro se ha llevado mi zapato y ahora pedalear es un martirio.
Señor Joaquín, por favor, limpie lo que ha dejado su perro.
Don Joaquín… Don Joaquín… ¡Señor Joaquín!
Cuando llegué al final del sendero, la torre se erguía imponente tal cual la monja lo había descrito, era una torre inmensa construida de hormigón con la cúpula de ónix, la apertura por la que entré era no mayor al metro con ochenta. Frente a mí, había una escalera de mano hecha de madera ya bastante engrosada por los percances del clima  y roída por las termitas. Sin importarme nada la subí, peldaño a peldaño, con la fuerza de mis manos y mi voluntad. La torre era enorme en lo grotesco. Después de varios minutos trepando giré mi cabeza a la derecha y por una ventana pintada con acrílico logré ver como el sol quedaba por debajo de mis pies.
Por fin llegué a algo similar a un piso, delante de mí, a no más de tres metros de distancia, un enorme portón de madera me bloqueaba el paso. Recargué en él mi espalda, mi cabeza, mis hombros, empujé con toda la fuerza que un hombre de setenta kilogramos puede empujar. El portón cedió ante mi tenacidad. Del otro lado vi una casa color azul rey escondida entre abedules y rosales. Caminé sobre el pasto haciendo a un lado los helechos, sin querer me pinche un dedo con la espina de una rosa. El sendero era recto y yo seguí caminando hasta que mi cabeza chocó con la puerta. La abrí sin mucho ánimo, estaba fatigado, entré y dejé mis zapatos tirados sobre la alfombra de lana, me tumbé en mi sillón, El control remoto estaba junto a mi cara. Encendí el televisor. Estiré mi brazo para tomar la taza de chocolate sobre la mesa. Fallé. Debió ser un error de cálculo…

 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Literatura: Donde los libros son más viejos (cuento)

Por: Karim Yaver


Dibujo en grafito por Ethan Murrow

Encuentro en ocasiones en el sueño diurno una curiosa satisfacción que no me sería posible hallar por las noches, pues resultaría en ellas del todo extraña. ¿En qué consiste? No sabría decirlo, pues me temo que hablo ahora desde la nostalgia. Podría ser quizás en la ligera incursión que lleva a cabo la luz grisácea de la tarde a través de las ventanas y de los agujeros de las viejas cortinas que las recubren; por debajo del borde de las puertas; entre las diminutas aberturas de mis párpados ridículamente sometidos. O, en lo que es lo mismo: en la ausencia total de una total oscuridad. Podría ser también que este poco típico placer se deba a un constante retorno a cierto día de hace veintitantos años, en que mis padres, un poco cansados, un poco llenos de ilusiones que no verían jamás realizadas, me llevaron en brazos a una casa que ya no recuerdo, desde un hospital que hoy no sabría reconocer, para ajustarme a los rígidos estatutos de una rutina en que la noche es y ha sido siempre el tiempo de los ojos abiertos y las manos extendidas y las bocas sedientas, de sangre y de carne sedientas, mientras que en el día recae la responsabilidad del adormecimiento, de la fragilidad, del silencio; del arrullo que acarrea consigo una singular paz cada vez un tanto más echada de menos.
Considero, pues, que sí, que satisfacción es la palabra. La satisfacción que conlleva cada siesta vespertina ―matutina también, aunque en especial la de la tarde―, en la que no hay ni personas, ni monstruos, ni la turbia necesidad de alguna hierba-somnífero; en la que casi no hay sueños, mucho menos pesadillas, sino apenas escasos esbozos suyos. Satisfacción que engorda cuando el acuciante y blanquecino revuelo de alguna lluvia intempestiva escolta sus ecos desde el otro lado de la puerta. Pero esos ecos por la noche resultan un estímulo grosero, tanto que de pronto me siento en la carne de un yonqui en sobredosis de aspirinas…

El aroma de la negra tierra mojada es luego el mismo del papel avejentado de esa Madame Bovary de 1978, o el de aquel tomo segundo de las Obras completas de Dostoievsky, Madrid, 1954, que en reposo vibran, acunados en el tercer nivel de abajo para arriba de mi librero, al otro lado de la habitación. Porque allá, donde los libros son más viejos, se inventó la lluvia. Y aquí, bajo las cobijas, lo que resta de nosotros es tan sólo el residuo refractado del resplandor de una linterna de aceite sobre la paradoja de dos espejos que se contemplan de frente: uno contra el otro. Una lúgubre caricia de ancianidad me rosa entonces las mejillas y la frente, lúgubre igual que los espesos flujos, blanquecinos, del estrechamente cómodo vientre en que no amanezco, del que de golpe me arrebata la historia que ayer, tal vez, comenzó a leer un tal Raskolnikov, joven asesino de usureras que no sólo ha sido capaz de callar y echar por fuera toda inútil culpa, sino también de largarse y no dejarse jamás descubrir. Esta historia habrá sido escrita por un campesino llamado Flaubert, un regordete y poco amigable hombre de bigote ensortijado que se cansó de diseccionar la realidad que halló cada día, desde que cumplió los dieciocho años, grabada sobre la superficie de sus tierras aradas, y que en su lugar se propuso adelantarse a toda vanguardia de los veintes del siglo pasado, siglo que seguiría al suyo. Hablamos de un visionario alcohólico que desde el anonimato fue capaz de describir un sueño en el que los relojes ya no fueron de cuerda, sino digitales, y las lámparas de luz eléctrica o halógeno. De este extraordinario autor nada supieron los mil doscientos cincuenta y cuatro comentaristas que, desde el realismo francés hasta nuestros días, se atrevieron a publicar un libro. Menos supieron aún, ni siquiera quienes apenas alcanzaron a leerlo, que era de mí de quien se trataba, que fui yo su protagonista, desconocido y desesperado, condenado a no saber de sí mismo nada, a despertar cubierto de sudor y a mirar el reloj y notar que faltan tres horas todavía para que la noche termine, para que las polillas atontadas por el brillo de la lámpara, o por el humo de la mariguana, o por el calor abstracto de la cama, me permitan finalmente descansar.

miércoles, 19 de julio de 2017

Literatura: En este otro viaje (relato)

Por: Antonio G.


Saint-Georges majeur au crépuscule (1908-1912) - Claude Monet


El problema, ahora que lo pienso, debe de ser que nadie te avisa. Además, existe esto otro: la muerte no depende de ella misma, sino también de la locura de aquellos que nos rodean. ¿Y de qué depende la locura?

Es difícil saber el color exacto del que se pintará esta tarde el cielo. Es difícil porque no creo que alcance a verlo. Estoy muriendo. O moriré. No hay otra cosa que describa esto que siento; esto que se cierne sobre mí debe de ser la muerte. No es otra cosa que un frío funesto al que no pensé enfrentarme en este día. Porque nunca hay día en que uno esté preparado para morir. Nadie nos entrena y heme aquí. Ha pasado. Un sonido, dos sonidos. Luego la tierra que beso. 
La primera vez que estuve así, lamiendo el piso, fue cuando otro niño me golpeó en la primaria. En ese entonces yo también era un niño y no este individuo alto que soy ahora. O que era. Y a pesar de lo alto esta caída no me ha dolido como me dolió aquella vez que ahora recuerdo. Y por eso sé que estoy muriendo, porque no me duele, porque no siento. Los vivos qué dieran por no sentir algunas cosas y los muertos daríamos todo por sentir siquiera una sola. A pesar de eso a quien veo en este momento no es al que produjo los dos sonidos, sino al niño que me tiró hace tantos años. Antes le dije que me dejara en paz, pero ahora, más grande y más audaz, aún con más ganas de vivir, le digo que vuelva a golpearme, y no para que deje en claro su valentía o su coraje, sino para que me haga sentir. Porque sólo quiero eso. Só
lo
  quiero eso.
Volver a la vida que se me escapa tan rápido por aquí, y por acá también. La primera vez que besé la tierra estaba lleno de vida y ahora se me va para quedarse ahí. Polvo al polvo. 
Diría que la mañana me trajo a este momento, pero no fue la mañana, ni la decisión de cambiar de trabajo; ni tan siquiera la necesidad de más dinero, o la vida misma. Tampoco la muerte y quizá esto sea lo peor: morir y no poder echarle la culpa a ella. Porque ella estaba en otro lado, quién sabe dónde, pero seguro que no estaba planeando tocarme. En estos días hasta la muerte está estresada de tanto trabajo. Gotas muertas sobre más muertos. Y me pregunto si también cobrará urgencias, si tendrá horarios normales y otros en los que trabaja a un mayor costo. También por eso sé que muero; aunque quizá ya esté del otro lado: sólo a los muertos nos interesa la vida de la parca, mientras que para los vivos es un tema olvidado. Y yo vivo ya en el olvido, o al menos para eso tengo que prepararme. Como en un recuerdo maldito, marchito.
Así que a nada ni a nadie puedo echarle la culpa en estos segundos que se me esfuman como este polvo que vuela con el viento. Porque uno, hasta este momento, es cuando capta los pequeños detalles: las partículas meciéndose en el aire. La culpa… es externa, es de aquellos que planearon, de esos los titiriteros, de esos de los que yo no sé nada y de los que quizá nunca nadie sepa. Antes era número de vida y por ellos ahora voy a los números de muerte. Viaje directo, sin escalas. Involuntario. Muy importante lo último y esto otro: es un viaje que nadie agradece.
Y l                  a c
u
lpa es de eso que ni a
                                  hora puedo ver. 
Soy fruto de una mala planeación, de un mal movimiento, de una respuesta natural a algo antinatural. Y luego este golpe y este otro y un dolor agudo que sofoca.
Después la nada y qué recuerdos. La familia que aparece, las sonrisas que van y vienen. Luego estos gritos que no son ni míos pero que quisiera alguno lo fuera. Y sé que tengo que decir adiós, sé que me voy, pero me da miedo cerrar los ojos y no volver a mirar ese rojo ese blanco este polvo ese negro esa luz de
   de
cielo.
Uno. Dos. Sé que va a pasar. Y hago como que cierro los ojos aunque no lo haga de verdad pero sí digo adiós y dejo que el amor se me salga por las hemorragias. Y espero que mi familia lo sienta. Y trato. No. No trato.
Puedo.
Voy. Voy a morir feliz porque de no hacerlo, me negaría a eso último que puedo cometer, a eso último que nadie
         va
                  a
        quitarme
Le
  doy mi última felicidad al mundo y me despido del viento, de los sonidos, de los brillos, del baile, de las risas que di ayer, de las de hace un momento, de mi primer beso, de mi último llanto, de la primera vez que te tomé la mano, de cuando hice el amor, de cuando lo hice sin que hubiera amor de por medio, de la vez que lloré por una traición, de ese momento en el que pensé en traicionar, de los minutos que no quise hablar, de los minutos en que hablé de más, del silencio que hice sólo para enfadar, de los enfados mismos, de cuando me privé de ver el vuelo de los pájaros, de no haber visto los más rojos atardeceres ni de haber disfrutado algunas gotas de lluvia, de no siempre haber gozado un día soleado y de no querer caminar por las mañanas, de cuando vi a mis hijos entrando a la escuela, de cuando tuve que dejarlos en ella por vez primera, de mis enojos, de mis angustias, de mis preocupaciones sin sentido, de las que sí tenían sentido, de mi arrepentimiento, de mis remordimientos, de no haberte dicho una última buena palabra, aunque la hubo, sí que la hubo, pero nunca hay una última buena palabra ni un último buen gesto para despedirse y entrar en este otro viaje, porque el problema es que nada sabe a último y a veces uno da los besos sin muchas ganas y dice cosas como por costumbre y de eso me despido también y de eso me arrepiento otra vez. Y el rugido del mar se levanta, las olas rompen contra mi abdomen, después contra mis pulmones. El ruido de la tormenta llena mis oídos, las gotas de lluvia entran por todas partes de mi cuerpo sin mi permiso y tapan mis arterias y pobre de mi sangre que no fluye. Y el corazón salta, salta, salta, pero ya no hay remedio aunque siga luchando. El polvo se levanta, se lleva partecitas mías hacia arriba, hacia abajo también. Me hundo y me elevo en este mundo lleno de ruidos y de movimientos. Porque es el último momento, la sonrisa definitiva. 
La muerte
      la
    acerca
Y aquí
Estoy
Aquí
Te
     a
                m
           o
ADios.


domingo, 7 de mayo de 2017

Literatura: Morir durmiendo (relato breve).

Por: Luis Alejandro Ortiz

 

 

(Pintura de Mike Davis)


¿Morir también es una ilusión si se sueña que se vive?

Quiero morir despierto, estando consciente de que me entregaré a la muerte. No quiero dormir en el engaño de un nuevo día, sin saber si llegará mientras mi sueño se prolonga más y más. Quiero morir y saber que muero, que mi cuerpo quedará ahí, que yo quedaré ahí, cegado y con oídos sordos. Quiero morir despierto no por miedo a la muerte, sino por respeto a la vida.
No me importa cuando vaya a morir.  A decir verdad, aunque lo pregonen, a nadie le importa. Dado que al morir, sea prematura o tardíamente, sabré que viví, y que fui afortunado por ello, y que no importa el tiempo ni lo que viví, sino que nací. Por eso quiero morir consciente.
Pero dada mi extraña suerte, debo prever lo que sucederá (que es lo más seguro) si muero dormido. Entonces, pues, estaré engañado, porque ni lo que viví habría valido la pena, pues no sabré cuándo acabó. El fin de un ciclo hace contemplar la grandeza de lo que fue, puesto que mientras en la guerra no se cuentan los muertos ni las victorias, sino hasta que termina, lo mismo ocurre con la vida. ¿Morir también es una ilusión si se sueña que se vive?
¡Muerte doble es morir dormido! La muerte –si se nació-, y la muerte de nunca haber vivido.
¿Muerte de no vivir?
 Cierto es que para morir es necesario nacer.  ¿Nací acaso, si muero dormido y no sé que muero? ¿Valió mi nacimiento, acaso, si no presencio cuando el nacer se termina?

Pero no se asusten si mueren soñando, puesto que es un eterno retorno. ¡Sí es que los sueños son reales, esperemos renacer! y aunque la vida pasada no se haya vivido, tener otra oportunidad de morir conscientes, de consolidar lo que se vivió después del nacimiento ¡Ojala que en esa otra vida no nos toque morir durmiendo, acurrucados en el seno de la ilusión!