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domingo, 17 de septiembre de 2017

Literatura: Donde los libros son más viejos (cuento)

Por: Karim Yaver


Dibujo en grafito por Ethan Murrow

Encuentro en ocasiones en el sueño diurno una curiosa satisfacción que no me sería posible hallar por las noches, pues resultaría en ellas del todo extraña. ¿En qué consiste? No sabría decirlo, pues me temo que hablo ahora desde la nostalgia. Podría ser quizás en la ligera incursión que lleva a cabo la luz grisácea de la tarde a través de las ventanas y de los agujeros de las viejas cortinas que las recubren; por debajo del borde de las puertas; entre las diminutas aberturas de mis párpados ridículamente sometidos. O, en lo que es lo mismo: en la ausencia total de una total oscuridad. Podría ser también que este poco típico placer se deba a un constante retorno a cierto día de hace veintitantos años, en que mis padres, un poco cansados, un poco llenos de ilusiones que no verían jamás realizadas, me llevaron en brazos a una casa que ya no recuerdo, desde un hospital que hoy no sabría reconocer, para ajustarme a los rígidos estatutos de una rutina en que la noche es y ha sido siempre el tiempo de los ojos abiertos y las manos extendidas y las bocas sedientas, de sangre y de carne sedientas, mientras que en el día recae la responsabilidad del adormecimiento, de la fragilidad, del silencio; del arrullo que acarrea consigo una singular paz cada vez un tanto más echada de menos.
Considero, pues, que sí, que satisfacción es la palabra. La satisfacción que conlleva cada siesta vespertina ―matutina también, aunque en especial la de la tarde―, en la que no hay ni personas, ni monstruos, ni la turbia necesidad de alguna hierba-somnífero; en la que casi no hay sueños, mucho menos pesadillas, sino apenas escasos esbozos suyos. Satisfacción que engorda cuando el acuciante y blanquecino revuelo de alguna lluvia intempestiva escolta sus ecos desde el otro lado de la puerta. Pero esos ecos por la noche resultan un estímulo grosero, tanto que de pronto me siento en la carne de un yonqui en sobredosis de aspirinas…

El aroma de la negra tierra mojada es luego el mismo del papel avejentado de esa Madame Bovary de 1978, o el de aquel tomo segundo de las Obras completas de Dostoievsky, Madrid, 1954, que en reposo vibran, acunados en el tercer nivel de abajo para arriba de mi librero, al otro lado de la habitación. Porque allá, donde los libros son más viejos, se inventó la lluvia. Y aquí, bajo las cobijas, lo que resta de nosotros es tan sólo el residuo refractado del resplandor de una linterna de aceite sobre la paradoja de dos espejos que se contemplan de frente: uno contra el otro. Una lúgubre caricia de ancianidad me rosa entonces las mejillas y la frente, lúgubre igual que los espesos flujos, blanquecinos, del estrechamente cómodo vientre en que no amanezco, del que de golpe me arrebata la historia que ayer, tal vez, comenzó a leer un tal Raskolnikov, joven asesino de usureras que no sólo ha sido capaz de callar y echar por fuera toda inútil culpa, sino también de largarse y no dejarse jamás descubrir. Esta historia habrá sido escrita por un campesino llamado Flaubert, un regordete y poco amigable hombre de bigote ensortijado que se cansó de diseccionar la realidad que halló cada día, desde que cumplió los dieciocho años, grabada sobre la superficie de sus tierras aradas, y que en su lugar se propuso adelantarse a toda vanguardia de los veintes del siglo pasado, siglo que seguiría al suyo. Hablamos de un visionario alcohólico que desde el anonimato fue capaz de describir un sueño en el que los relojes ya no fueron de cuerda, sino digitales, y las lámparas de luz eléctrica o halógeno. De este extraordinario autor nada supieron los mil doscientos cincuenta y cuatro comentaristas que, desde el realismo francés hasta nuestros días, se atrevieron a publicar un libro. Menos supieron aún, ni siquiera quienes apenas alcanzaron a leerlo, que era de mí de quien se trataba, que fui yo su protagonista, desconocido y desesperado, condenado a no saber de sí mismo nada, a despertar cubierto de sudor y a mirar el reloj y notar que faltan tres horas todavía para que la noche termine, para que las polillas atontadas por el brillo de la lámpara, o por el humo de la mariguana, o por el calor abstracto de la cama, me permitan finalmente descansar.

sábado, 1 de julio de 2017

Literatura: ¿Dónde la libertad? (Cuento)

Por: Karim Yaver


"La ronda de los presos", Van Gogh (1890)

―Ya lo saben, tienen veinte minutos ―dice el guardia, en un tono áspero, al tiempo que arroja contra los cinco rostros soñolientos y agotados las cinco toallas blancas, una para cada quien―. Veinte minutos y no más.
Abandona la estación 14 y camina unos pocos metros sobre el mismo pasillo, seguido del carrito de Don Jacinto, rumbo a la número 15. Selecciona de entre el manojo de llaves, sujeto a su cinturón por una correa plástica, la que corresponde en cifras a la última estación; la inserta en la cerradura y hace girar la perilla. Puerta abierta hacia adentro. Veinte minutos, ya lo saben. Cinco toallas más (tomadas del carrito); cinco rostros más, soñolientos y agotados también.
Don Jacinto y su carrito marchan ahora hacia el fondo del pasillo y franquean la puerta que da paso a la parte trasera del almacén. El primer empleado del 15 sale, un poco siempre temeroso, y mira cómo se van fundiendo las espaldas del viejo en las tinieblas dominantes bajo el letrero que corona la puerta. Ese letrero dice SALIDA, y ahora que es de día luce un tanto opaco y bastante inofensivo, así, apagado, sobre todo si se lo compara consigo mismo por las noches, cuando lo colma una sórdida, amenazadora y rojiza luminosidad como de burdel. Es posible observar el destello entonces despedido fluyendo a través del aire y, a manera de tortuoso recordatorio, deslizándose sobre la baldosa del pasillo para internarse por el borde bajo de la puerta de cada una de las quince estaciones, hasta la última: la primera. De la espesa oscuridad que ha quedado allá atrás, ahora oculta a los ojos, 151 (estación 15, número 1), alias «Rodrigo» (porque los clientes no desean dirigirse a un número, sino a un nombre), desplaza la vista hacia el letrero y lo contempla con una sutil melancolía. Lo contempla, sí, y piensa que sería tan fácil escapar, si tan sólo, si tan sólo esa fantasmática luz roja no les recordara a todos el color de la sangre que habrá de brotar del pecho o la pierna o el hombro o la cabeza del que lo intente, porque los guardias no nada más abren puertas y arrojan toallas, porque no nada más portan llaves en sus cinturones, porque ya fue testigo de ello una vez, cuando la antigua 132 (estación 13, número 2), alias «Isabel», trató, y su cuerpo terminó tendido, inerte, a escasos cinco pasos del marco de esa puerta, esa puerta, y su letrero de SALIDA. Si tan sólo… Y, claro, lo que ello implica: superar al guardia de turno, cual centinela: piernas ligeramente abiertas, pies alineados con los hombros, brazos cruzados, fija la vista dura hacia ellos, todos ellos, de espaldas a esa maldita, maldita puerta.
Veinte minutos las perillas sin seguro. Veinte minutos en las regaderas, los uniformes en los casilleros. Veinte minutos para lucir presentables y estar listos para comenzar a trabajar. Setenta y cinco trabajadores (cuarenta y dos hombres, treinta y tres mujeres), aptos todos para realizar cualquier labor de piso que una tienda departamental requiera: perfumería; ropa para dama, caballero, infantil y juvenil; juguetería; librería, etcétera. Una hora para que las puertas se abran y empiecen a llegar los clientes. Una hora para preparar sus estaciones de trabajo. Una hora para que los cuarenta y cinco guardias armados se sitúen en las entradas y salidas, baños, esquinas y sitios estratégicos con el fin de evitar cualquier acto atrevido. Ciento treinta y dos cámaras bien posicionadas a todo lo largo y ancho del inmueble (desde las estaciones y el pasillo, hasta el propio almacén y la tienda), activadas y a la expectativa. Un equipo de discretos trabajadores sanitarios (ocho), liderados por Don Jacinto, para mantener limpia la tienda durante el primer turno; y otro equipo (de otros seis), liderados éstos por Ernestina, para dejar bien aseadas las instalaciones antes de retirarse. Un turno único de catorce horas para los trabajadores de piso (con dos medias horas intermedias para desayunar y comer), de lunes a domingo. Una hora, después, para cenar, vestirse y desvestirse o lo que sea. Una noche más a sus estaciones, muévanse, y quince llaves para cerrar quince puertas, y un letrero que corona aquella otra, al final del pasillo, que, en vivo rojo iluminado, amenazante, dice SALIDA. Un guardia bien armado y bien despierto, centinela. Y una sola rutina que no tiene final y cuyo principio hace ya buen rato se olvidó.
―Veinte minutos.
Toalla arrojada al rostro soñoliento. Puerta abierta. Don Jacinto. Sombras. SALIDA. Centinela. Regaderas. Uniformes. Tienda. Y el día comienza, de nuevo, y a las nueve en punto las entradas, bien vigiladas, se abren, y ni uno de los setenta y cinco empleados se atreve a hacer nada que no tenga que ver con su labor, con su deber como permanente trabajador de piso. Y los clientes arriban como moscas a la mierda, porque qué tienda te ofrece mejores precios. Qué importa si hay que llegar temprano: las cosas buenas se van pronto, vuelan. Quién te iba a dejar un vestido como éste tan barato, eh. Nadie, nadie. Sólo aquí. Sí, ya sé por qué es así, pero dicen que ellos lo quisieron, que nadie los obligó. Entonces, ¡no me digas nada, que no es mi culpa! Si a ellos les gusta así, quién es una para juzgarlos. ¡Además!, ni modo de no aprovechar. Si no soy yo será alguien más. Pero mira ese otro vestido. Ven. Ven.

―Rodrigo, señorita. ¿En qué puedo ayudarle? ―pregunta, con rostro afable y voz tranquila, 151, a esa joven de facciones cálidas, cabello castaño suelto al hombro y ojos tiernos de tierno color miel.
―¿La tiene en rosa? ―pregunta ella, a la vez que señala una blusa azul primavera-verano, con cierto temor en los ojos tiernos que no le quita de encima a ese muchacho que le resulta, sorpresivamente, feliz.
―Permítame un momento ―responde, y se lanza en su búsqueda.
Por supuesto, le permite. Un momento. Ojalá sea más. Ojalá encuentre, a donde sea que vaya, un espacio libre en el que pueda detenerse a descansar un poco, sí. Un espacio libre. Porque se lo ve cansado. Feliz. No, ése no puede ser un rostro feliz. Pero sí es un rostro feliz. Aquí viene. ¿Feliz? La encontró. Feliz. Vaya.
―Aquí la tiene, señorita. ¿Le puedo ayudar en algo más?
―No ―dice―, gracias. Ha sido usted muy amable…
―Rodrigo…
―Sí… Rodrigo…
―Ha sido un placer ―dice finalmente, y da la vuelta, dispuesto a auxiliar a otra clienta: allá adelante, una señora de talla grande riñe a su esposo y parece tener dificultades para hallar un vestido de su medida.
―Espere… Rodrigo…
―¿Sí? ―responde y gira rápidamente, y se posiciona una vez más frente a ella.
―Bueno, no quisiera ser una entrometida, sabe, pero… una escucha cosas, sí. Y, bueno. En fin. Entre esas cosas, que los llaman a ustedes con un número; adentro, quiero decir. ¿Es, es cierto? ¿Qué número es usted?
154 (estación 15, número 4), alias «Ismael», el más antiguo de su estación, les había advertido muchas veces sobre esto. Que a veces sucedía. Que, en el momento menos esperado, aparecía alguien curioso, un cliente, casi siempre amable y muchas veces tímido, para preguntar, para mostrarse, de alguna forma, interesado en uno. ¿Por qué sigue usted aquí, Ismael? ¿Lo tratan bien, Ismael? ¿Le gusta estar aquí, Ismael? ¿Duerme bien? ¿Come bien, Ismael? La cosa era sencilla: responder, con una amplia y sincera sonrisa ―en la medida de lo posible―, y decir que sí, que sí a todo lo que se le pudiera decir sí. Y, cuando no, expresarse siempre con gratitud hacia la Empresa, con gratitud y entusiasmo. Porque eso también lo vigilan. Y él, 154, lo vio una vez con un viejo 91: el hombre se rompió frente a la clienta curiosa, se derrumbó. La pobre mujer salió huyendo. Dejó los productos que había elegido ahí mismo y salió huyendo despavorida. 91, arrodillado frente al espectro del cuerpo de la clienta que ya no estaba, gemía con pesar, arrepentido (por la decisión que lo había llevado hasta ahí y por su reciente reacción por igual). Nadie hizo nada: ni los guardias ni los superiores que miran detrás de los monitores donde se proyectan las cámaras. A los pocos minutos, 91 continuó su trabajo con normalidad. No obstante, esa noche, nadie lo vio llegar a su estación. Dos días después había alguien nuevo ocupando su lugar.
Responder con un sí, con gratitud y entusiasmo. Pero ¿qué responder si preguntan por su número? ¿Le está permitido decirlo? ¿Debería mentir? ¿Debería negarlo ―al fin y al cabo ella «lo escuchó», nada más? Nada le dijeron nunca, y entre eso que le queda de las historias de 154 nada halla tampoco.
151 ―dice―, pero usted puede llamarme Rodrigo.
Ci-en-to-cin-cu-en-ta-y-u-no. Estúpido, estúpido. Pero las normas lo dejan bien claro: cumplir las exigencias de los clientes. Y nada le dijeron nunca, nada: que debiera mentir, negar, cambiar las cosas, ¡algo! Entonces, ¿por qué se atormenta? Porque sabe que ellos lo saben ya, que además de las cámaras están los micrófonos ocultos. Claro que lo saben. Y lo que sigue: terminar igual que 91. Mira a aquel guardia, algo sospecha. Cinco minutos más y ha tocado apenas la comida. Pero qué sentido, seguro no alcanza a defecarla. Pero qué sentido. Aquí viene la cuchara, algo quizá, la sopa fría, algo quizá pueda lograr, como siempre desabrida, escapar antes de que se lo lleven, intentarlo siquiera. Terminar igual que 132. Pero qué sentido, nadie lo logra, nadie lo ha logrado nunca. Por otro lado, ¿y si no pasa nada? ¿Y si no hizo nada malo? Maldita sea, sus ojos; por eso respondió, porque sus ojos tiernos, tierno color miel.

De vuelta a la tienda. De vuelta a los clientes que, o se tragan su curiosidad, o no la sienten en absoluto. De vuelta al trabajo de esclavo que todos aquí eligieron, primero, y que luego aceptaron. De vuelta con una carga extra. Carga no de culpa, y no precisamente de arrepentimiento, ni siquiera de miedo. Carga de puro y legítimo conflicto. De temeraria indecisión. De si debe seguir todo con naturalidad, como si nada hubiese pasado, o si debe intentarse algo más. Los clientes entran y los clientes salen. Los guardias y los de limpieza también. ¿Y ellos? No, ellos no, ya lo saben: veinte minutos todas las mañanas, primer estricto y superficial contacto con el exterior, que en realidad no lo es. Afuera. Donde el sol y la lluvia. Donde las decisiones. Donde la libertad. ¿La libertad? Esa «libertad» por la que él, y muchos más, terminaron aquí. La libertad de los bancos, las tarjetas de crédito, la familia, el amor, las decisiones, las cosas, el dinero. Buena libertad. Mala libertad. ¿Dónde la libertad? Añorada supuesta libertad. Y los clientes salen. Correr un poco y escapar. Morir en el acto, probablemente. Cuarenta y cinco guardias. Más posibilidades debe haber por la noche; atravesar la SALIDA. Un solo guardia.
La última hora del día, para muchos de ellos, es la mejor. Esto porque incluye una cena sin muchas prisas, breves momentos de soledad o de cierta privacidad en la sala común o en las estaciones, y algunas puertas abiertas, si bien ninguna que permita escapar. Y, sobre todo, porque antecede a la noche, cuando están sólo ellos; encerrados, sí, pero lejos de los ojos y los oídos de los guardias (aunque no de las cámaras ni de los micrófonos, nunca de las cámaras ni de los micrófonos). Pero, además, porque es la hora hacia la que las fantasías desembocan: las fantasías de escape, claro está. Y es que no hay quien no lo haya imaginado, en el tránsito de la sala común a las estaciones, cuando ya sólo resta el guardia que cuida la puerta de SALIDA ―bien armado, no lo olvidan jamás: momento de mayor fragilidad. Las estadísticas lo respaldan: la gran mayoría de los intentos se han dado durante esa hora; sin embargo, siempre hay algo que falla. Tal vez sea que, en el último instante, más allá del miedo a las armas, es el temor a la libertad el que les hace temblar las piernas y no actuar con suficiente decisión; no el miedo a la muerte, sino el miedo a la vida. Tal vez sea que recuerdan que si están ahí es porque ellos así lo quisieron, porque nadie los obligó. Y quién es uno para juzgarlos.
Para 151, por tanto, bastaría con eso: olvidarse del miedo a lo que resta allá afuera, olvidarse de que fue él quien solicitó su confinamiento, y asegurarse de mantener las piernas firmes, de actuar con eso suficiente de decisión. Bastaría, sí.
Cinco minutos para que se cierren las puertas. Ya todos en sus estaciones, listos para dormir, descansar, fornicar un rato, puede ser… soñar. Pero esas puertas siguen abiertas y nadie le impide salir. Y nadie le impide comenzar a caminar y mirarlo a los ojos. Sentinella. Unos pocos pasos más. El guardia empuña el rifle. Inicia el correr de las voces y los trabajadores salen como orugas curiosas de sus hoyos, y observan también, expectantes ―porque nadie se los impide. Las piernas, aún en movimiento, parecen firmes, ya que el pensamiento parece ajeno a toda otra imagen que no sea la de ese letrero de SALIDA. El pensamiento, ay, fácil como una ramera, que empieza a abrirle el vientre tanto al recuerdo como al porvenir. ¿Qué puede hacer alguien como él allá afuera? ¿Para qué quiere esa libertad? ¿Por qué estás aquí? ¿No lo decidiste tú? Ay, el pensamiento, unido a las piernas, las piernas que tiemblan pero que no se detienen ―aunque tampoco aceleran. No. No como las de 154, que aquí vienen, recias, inesperadas, porque nadie se lo impide; que cargan, como 151 con su conflicto, el cuerpo que va y se estrella contra la ráfaga ratatatatán, que hasta aquí llega: se derrumba, se detiene; callan todos. Todos, que miran el cuerpo allí tendido.
Ingresan a sus estaciones ―151 incluido, sin aliento, decepcionado. Cierran las puertas. El guardia pasa por encima del cadáver y le mete llave a cada una. La noche.

Nadie se lo espera nunca, porque nadie nunca comparte con los otros sus inquietudes. En un sitio como éste, la privacidad del pensamiento es tal vez el más valioso ―y único― bien. Por otro lado, sólo de imaginar la situación: uno confesándole a alguien de ellos que quiere largarse, que quiere escapar, que, a pesar de haber elegido estar aquí, igual que ese alguien y que todos los demás, ahora decide que quiere huir. No. No es posible. Por eso nadie se esperaba que 154, el más viejo de los trabajadores de la estación 15, fuera a intentarlo. Claro, vio su oportunidad cuando 151 se acercó, con tal audacia, aunque visiblemente aterrado, al guardia, y atrajo hacia sí su atención. Pero no bastó con ello, ni con sus piernas firmes ni con su atención bien concentrada en el letrero de SALIDA.
El día siguiente transcurrió igual que transcurrió el día siguiente a la noche en que la antigua 132 intentó escapar: con normalidad, con una leve y casi enferma normalidad. Así lo sentía 151. Y así fue, hasta que llegó la media hora del desayuno y más tarde la de la comida; disfrutó entonces de sus alimentos como nunca antes los había disfrutado. Le sabían frescos, deliciosos. Luego el trabajo fue sencillo. Decidió que al caer la noche trataría de ligarse con la 155 que, a la falta de 154, habría quedado disponible. Esperaba que no se le hubiera adelantado 152.
―¡Cinco minutos! ―gritó el guardia al fondo del pasillo, de espaldas como siempre a la puerta de SALIDA y la vista dura fija en ellos, en todos ellos. Cinco minutos para que se cierren las puertas.
Los cinco minutos pasaron y las primeras catorce puertas se cerraron, y en sus catorce cerraduras entraron las catorce llaves correspondientes. A los de la estación 15 les extrañó que la suya continuara sin llave. La sospecha y la aprensión, debidas a los actos recientes de 151 (el descubrimiento de su número a la clienta y su actitud frente al guardia la noche anterior), comenzaban a abrumarlo. Pero no terminaban, la sospecha y la aprensión, de cubrirlo del todo, cuando la puerta se abrió. El gerente, a quien no veían casi nunca, ingresaba seguido del guardia y su rostro de rígidas facciones.
―Amigos, saben que a todos nos interesa mantener a nuestra familia unida, pero, sobre todo, nos interesa mantenerla completa. Es por ello que hemos puesto manos a la obra y, haciendo uso de la eficiencia que nos caracteriza, encontramos ya un sustituto para el antiguo 154.
Desde que 151 había llegado, a ninguno de los de su estación se le había reemplazado. Era así como pasaba. Vaya que son eficientes. Veinticuatro horas bastaron. Bastaron, sí.
―Bueno, una sustituta, más bien. Pasa, querida. Sé que la harán sentir en casa y le enseñarán todo lo que debe saber. Pasa, no seas tímida.
El gerente abandonó la estación y, seguido de él, el guardia. La puerta se cerró y dentro se escuchó el clic-clac-clic de la llave que aseguraba la cerradura. 
De pie, dejando atrás una extraña sombra que nadie había notado que gobernaba en la entrada, dando la espalda a la puerta ya cerrada y vistiendo el uniforme nocturno color blanco en cuyo pecho izquierdo se podía leer bordado un bien identificable «154», con voz suave y timbre agudo, una joven de ojos tiernos de tierno color miel, saludaba y sonreía a sus nuevos compañeros, y, aunque el saludo era para todos, la sonrisa era sólo para uno. Y ¿qué decía esa sonrisa, qué le decía ese rostro a su destinatario? Pues que es así, mira, justo así, como luce un rostro feliz.

sábado, 3 de junio de 2017

Literatura: El borroso detalle de las bicicletas (cuento)

Por: Karim Yaver

"Red wheels", by Linda Apple

Hay paradas de autobús en las que uno no desciende jamás, si bien no por ello resultan del todo ajenas. A veces basta tan sólo con ir a bordo de algún otro autobús ―ése sí ajeno― y, desde la ventana, observarlas: detenidas, estáticas, esperando. ¿Esperando por qué, o por quiénes? Pues por otros. Por los que llegan a esperar donde se espera a los autobuses que algunas veces esperan también. Luego todo es bastante absurdo, lo sé, y uno se va quedando dormido. Pero ya entonces la parada de autobús se volvió parte nuestra, y en la duermevela acalorada de la tarde toma la forma de un sueño. Y en este sueño de pronto se ve con más claridad. Y entre los detalles que apenas aparecían borrosos, destaca uno: las bicicletas. Sí, las bicicletas. Pero para entender esto, primero hay que entender la parada: se trata de una especie de montículo de cemento, elevado unos centímetros por sobre la superficie de la avenida, a orillas de la amplia baqueta. Luego, sobre este montículo, hay una especie de banca techada. Pocas veces se alcanza a distinguir bien, de ello que se sospeche que a las bancas las compongan cuatro sitios, incómodos y fríos, en los que es posible posar las nalgas. Algunas paradas lucen más grandes e incluyen al parecer más de una banca, dos o tres. En ocasiones, por un costado, no es raro encontrar pequeños espacios para aparcar bicicletas. Estos incluyen barras o estructuras metálicas ancladas al pavimento a los que se las puede encadenar. No es inusual, tampoco, que haya cerca algún oficial de policía.

Existió hace algún tiempo un famoso director español de cine surrealista llamado Luis Buñuel. Si se intentara con una palabra caracterizar sus películas, sería con algo así como heterogenia. Pero esto no importa mucho; si es de interés, a Buñuel se le puede encontrar por todos lados. Lo que se pretende es poner en contexto, pues uno sigue trepado en el autobús, mirando a través de la ventana medio adormecido. Como sea, el caso es que ese nombre brota de pronto y que uno piensa sin querer que bien podría haberse titulado así alguna de sus películas: El borroso detalle de las bicicletas. Tal vez. La película, de historia breve, no habría contado con un argumento demasiado elaborado, sino que más bien se habría encaminado hacia una progresiva explosión de las imágenes…
Un hombre, sentado en el penúltimo asiento del autobús (ventana, hilera izquierda), en plena tarde, bajo un sol brillante, amarillento y desgarrador, va quedándose dormido al ritmo de ese trote irregular que lo lleva hacia quién-sabe-dónde-no-es-importante-en-esta-historia. Su frente choca y choca levemente contra el cristal opaco de la ventana. Tun, tun, tun, TUN… y nada lo despierta. De pronto la somnolencia es demasiada, y el hastío y la fatiga. Los ojos, abiertos todavía, cada vez menos despiertos, hurtan del exterior ciertas figuras ―pierna una alzada, pierna dos bien firme, pedalea-pedalea, reflejo de sol refulgente sobre refulgente metal enrojecido de bicicleta; cadena, cadena que hace girar, cadena que aguarda, que cuida, que aferra― y las siembran, unas sobre otras, en el pensamiento demolido…
Se trata de un joven que ha llegado caminando a la parada de autobús. No hay nadie. Lo que hay es algo. Una bicicleta de color rojo brillante, aparcada en el lugar establecido para aparcar bicicletas, encadenada a la pequeña estructura metálica dispuesta para encadenarlas. La mira. Con ojos traviesos la mira. Luego se descubre posiblemente observado. A un lado la vista; al otro. No, no hay nadie. Se quita de la espalda la mochila, la coloca en el suelo y la abre. Mete la mano, un poco más, el antebrazo, y algo extrae después. La cierra, se la vuelve a echar a la espalda. Se acerca a la bicicleta y en la cadena de seguridad coloca otro candado. Dos candados ahora. Se aleja unos pocos metros. Un policía, perfecto. Mira detenidamente, oculto tras unos arbustos, esperando con paciencia.
Poco más de una hora después desciende del autobús, en esa misma parada, otro joven.
De nuevo no hay nadie. Con la llave en la mano camina hacia la bicicleta. ¿Un segundo candado? ¡Pero qué…! Con ojos nerviosos contempla la llave en su mano. Se pregunta si podrá abrir ambos candados con ella. El primero cede, sí. El segundo no. ¡Ah! ¿Quién fue el gracioso? Se guarda en el maletín el candado abierto. Intenta de nuevo con la llave. Habrá que forzarlo. Estirar la cadena. No. Sacudirla desesperadamente. Hasta que se acerque el oficial y le pregunte, receloso, que qué está haciendo. Pero no habrá respuesta, no una que lo justifique.
―¡Mi bicicleta!, ¿qué está pasando? ―grita el primer joven, el del segundo candado, que se acerca corriendo. Gran actor.
―¿Es suya? ―le pregunta el oficial, confirmando sus sospechas. El segundo joven se queda mudo.
―Claro que es mía ―le responde―, aquí tengo la llave.
Se la muestra. El segundo joven, arrodillado, con las manos en la masa-cadena, se queda mudo.
―Venga para acá ―dice el oficial, al tiempo que lo detiene del brazo con que sujeta aún la cadena.
―No, no, ¡es mía! ―dice tembloroso.
Mientras, el primer joven, asegurándose de que el oficial lo esté observando, introduce la llave y abre el candado.
―¿Lo ha visto?
Claro que lo vio. Y este muchacho que intentaba robarla.
―Qué bueno que estaba usted aquí. Poco más y me dejan sin bicicleta.
―Pero si es mía, ¡mire!
Los movimientos bruscos no les gustan nada a los policías, dejan siempre amagados contra el piso a los malhechores, la cara contra el pavimento y un hilito de saliva.
―¿Quiere levantar una denuncia?
―No, espero que sea suficiente para él con la vergüenza. Muchas gracias, oficial, haga lo que crea conveniente.
Amable, sonríe, y se retira apresurado, pedaleando, en su nueva bicicleta.
Sí, se salió con la suya. Y la bicicleta es buena, es muy buena. Ay, ¿qué le dirá a sus padres? Algo se le va a ocurrir. Siempre se le ocurre algo. Puede decir que estuvo ahorrando para comprársela. Sí, que estuvo ahorr…
Apenas se va quedando dormido el hombre del penúltimo asiento del autobús, cuando el inesperado frenón que da el chofer logra lo que aquellos leves choques contra la ventana nunca lograron: despertarlo de golpe. TUUUUNNN. Descubre, porque es en el despertar cuando se descubre, que soñó. Un poco, pero soñó. Y si da cuenta de ello es porque siente cómo el sudor helado que le resbala por la frente le va a arrancando trazos delgados de piel. Uno y otro, como zanahoria pelada.  Luego entiende que, a pesar de estarse desgarrando, es necesario cuestionar: ¿por qué frenó así? Carajo con estos choferes.
―¿Qué pasó? ―pregunta al señor del asiento de adelante, mientras le posa con suavidad la mano derecha sobre el hombro izquierdo.
El señor gira el rostro, el puro rostro empalidecido, hacia él. Los ojos bien abiertos, que sin preguntar proceden a hurtarle el alma, lo apresan de inmediato en los cajones del recuerdo para utilizarlo como materia prima de las pesadillas de esta noche. La boca temblorosa no se atreve a soltar ni una palabra al hombre de la cara que va quedándose sin piel. Sin piel y sin presencia. Ah, qué va, no importa, y no hace falta que responda tampoco, pues lo ha visto bien claro en su mirada, más allá de su mirada.
―Un muchacho, ¿verdad?, un muchacho en bicicleta.
Sí, se alegra de que no importe, porque sabe que no habrá respuesta.

domingo, 30 de abril de 2017

Poesía: Los frutos

Por: Karim Yaver

"Deterioration of mind over matter", by Otto Rapp (1978)

Brotan entre sórdidos berridos y entre míseras endechas
brotan en suspiros y en ausencia y en silencio
las palabras-larvas en poroso cultivo bajo la piel de los niños descalzos
apilados unos sobre otros bultos de pies ennegrecidos y bosques explotados
Gólgotas en las uñas horadadas de sus cadáveres enanos
cuerpos agotados en pie de inercia.
Crecen y perviven gusanos a la orilla de una mar corroída
el asfalto corroído y las conciencias corroídas
la esperanza mitigada por el óxido de una realidad que petrifica
que asfixia la Historia del Hombre incapaz de gritar su cordura
de escupirla hacia su propio rostro desgarbado ―los ijares roñosos de nuestros Padres―
otro bulto descalzo
y desnudo
entre tantos otros bultos ―desnudos, humanos y descalzos― apilado
entre tantos otros aullidos
en las calles
disgregados
y entre desechos de hospital, de hospicio, de Iglesia, de sucio apartamento de tercer o cuarto o quinto piso
entre mendrugos de cuerpo
el Hombre del presente sin ayeres incubado.
Persisten y se elevan sobre tóxicos remansos de orina y de esperma
contemplados
vigilados
atenidos a la mirada escrutadora a la mirada ensalivada
de la avispa y el mosquito
de los cerdos y los perros y los bichos que se arrastran con la fría temeridad de las batas inmaculadas
sobre las piernas
de las corbatas
los zapatos bien lustrados
la champaña, el deportivo, el tinte rubio.

El tronco de acero atraviesa el goce estéril que ya no avasalla
tiene fija la atención en el cemento excrementado
FIJO EL OJO DE DIOS
en la arena negra cada noche aprisionada
la gruta viscosa, la última mirada, la famélica Gorgona.

Agonizan las palabras-aullidos en las calles-ruinas agrietadas de arena y de caliza
bajo los viejos ojos de las gárgolas heridas
de las gárgolas apuñaladas en lo blando del orgullo.
Mueren de tiempo apestadas cucarachas de petróleo
mueren de eternidad escarabajos de hierro
porque los nombres que nos restan son sólo cinco y la lengua viperina los ha recortado sobre ilusorios tablones de unos y ceros
palabras que sucias prohibimos a los niños
palabras que mutilan los labios
de los locos, los enfermos
de los santos
―nuestros labios, niños
también nuestros labios.

viernes, 31 de marzo de 2017

Poesía: Soul

Por: Karim Yaver


"Night city", by Zhanna Kondratenko


A Naz

Noche de voz cansada
como un trueno fosforescente
una luna que desciende y dice «jamás»
siempre
Un instante distante
un silencio diminuto
una implosión de bujías tronantes
y una luz azul
y un destello rojizo que desgarra las voces en la radio
Pero yo lo que escucho son tus palabras delgadas cortando dulcemente
tasajeando igual que filos desnudos la carne
de una imposible deserción
Exiliado de una noche rosada hacia una calle desangrada
hacia una ciudad cansada que me repite
y me repite
que me grita y que me llama
desvelado cual sus luces y sus caras
rostros carcomidos por las orugas de un alivio que me espera
Espera tú
Canciones desarmadas y municiones de violeta
enclavadas en mi espina
violentas
―son tus besos sencillos
fuegos sinceros y afligidos que se alejan porque me distraigo
Y lo que escucho de pronto es la voz de una lagartija ensoñándome un destino
de-morado de azul de tu cutis purpurino
y de negra luz el blanco de mis dientes 
destellan
y la fovea profunda de mis ojos
y el gris de mi canción que desespera
Espera
La luz enseña
que las sirenas hoy (en)cantan a las máquinas.

Espera
que de nuevo el tronido del motor se confiesa
se distrae virando hacia la imagen que despido
es el rubor tatuado sobre mi garganta
y sobre una servilleta con tu nombre sobreescrito
Es la sombra de azul blanquecino.

Espera
que luego me quedan sólo los oídos
y una canción que repito y que repito
Luego me quedan sólo mis mejillas
y una caricia que ruego que repitas
Y luego me queda mi boca
Temerosa
y una noche 
y una lengua
que desnuda 
que desarma
Y al final sólo una luz azul
y unos labios que recuerdo
que me esperan
que despierto me despiertan
me desvelan.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Poesía: Flor de muerto

Por: Karim Yaver


By Lindsey Kustusch (2016)

Flor de otoño,
flor de muerto,
flor de noche de una luna muerta de 
una lluvia cansada de 
una calle-rostro embozada ante mis ojos. 
Flor de perfume callado 
adorado por los muertos y los niños y los borrachos.
Flor de una tarde que ya es viento 
porque es fragmentos de silencio y
de tempestad es pedazos y
de despertar es comienzo.
Flor de vicio y flor de guerra.

Tu tallo es 
la ausencia de una luz que no te alimenta.
Tu suelo no es tierra, es
un fósil ennegrecido por el tiempo, 
el tiempo devenido piedra.
Y tus hojas arrebatadas son palabras de amargo sueño en el invierno que yo pronuncio con f de fuego, 
de fantasmas que no veo porque me ven a través de ellos.
Flor de espejo.
Flor reflejo de un velo horadado,
de una tela desgarrada que no cubre del polvo ni 
a las aves ni 
a los gatos ni 
a los espejos.
Flor de espejo.
Te dibujo con un dedo un rostro que sonríe
y tú dibujas con tu eco 
una mueca triste,
sosegada.
Cicatrices que son manchas blancas.
Flor de viejos…
Flor de mis días convulsivos y 
de la niebla que desvanece mis labios apretados
—niebla de gris azulado, niebla 
de llanto no eructado.
Flor de otoño.
Flor de muerto. 
Haz de vidrio
—un arco de colores en el suelo,
ennegrecidos: pavimento.
Flor que explota, que
se estrella, 
que se embarra apestada en el café de mis zapatos.