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viernes, 21 de julio de 2017

Literatura: Granos de arena (cuento)

Este cuento aparece en la antología guatemalteca Soledad de todos modos, de Editorial Los Zopilotes.

Foto: Jose Girl

La vida está en otra parte, dijo alguien en algún fragmento de algún texto que ya olvidé.

Abandoné la lucidez del sueño y la cambié por la abstracción de la realidad. Esa vieja enemiga con la que me topo todas las mañanas. Comúnmente peleo con la ropa, con lo trivial de vestirse y lo trascendente de hacerlo bien y con todo el tiempo que perdemos al hacerlo. Igual, no sé por qué lo hago, si siempre me pongo la bata.
Tomé la ducha habitual de las mañanas, salí de casa, evité a los vecinos que regaban y segaban su jardín y saludé a la ciudad, que me respondía con su lenguaje de ladridos y bocinas en el tráfico.
Salí corriendo. Siempre salgo corriendo. Y casi siempre tengo que regresar para revisar si cerré bien la puerta. Conduje mi Chevy hasta el Hospital Nacional De Enfermos Mentales. Hoy era uno de esos días en que mi labor mesiánica me rebotaba en todo el cuerpo. Hoy iba a ser un día importante.

− ¿A que no adivinas qué dijo el presidente de Bolivia cuando le preguntaron por qué construía más estadios que hospitales? −me preguntó el Doctor Anselmo, un hombre que vivía en los límites de su juventud y se dedicaba por las noches a recorrer prostíbulos y bares.
−No, no adivino −le dije. La verdad, su pregunta me interesaba tanto como los créditos al final de un documental sobre abejas.
Y el doctorcito se agarraba la barriga y los huesos como si se le fueran a despegar del cuerpo, se reía y pretendía que me contagiara de sus arcadas aparatosas. Al final dijo alguna estupidez como que la gente feliz no suele enfermarse. Qué bueno que es presidente y no médico, si no ya tuviera a medio país muriéndose de risa.

Al hospital siempre llego tarde, no es que haya mucho para hacer. Saludo a las enfermeras y ellas siempre me tiran un beso. Pobrecitas. Tan feas y huelen a guardado, a libros viejos. No te las cojas, me dice la entrepierna. Con un par de tragos pasan, me dice el hígado. Hoy es un día importante, me dice la voz en mi cabeza.

Hoy es otro de esos días importantes.
Fui a las clínicas, como todas las mañanas. Le administré a cada uno de los pacientes oxicodona, hidrocodona, diazepam, temazepam, alprazolam y doxilamina en dosis lo suficientemente elevadas para no extrañar tener los pies sujetos a la tierra. Ese es mi trabajo: remplazar ceguera con más ceguera. Otros colegas los violan, los golpean cuando se escapan, los insultan si se quejan. En cambio yo, aunque no memorizo sus nombres ni sus rostros (ni mucho menos los atiendo), los trato.  Muchos de ellos vienen con notas que dicen «desvalido, demente, confuso o desorientado». Parece casi un auténtico epitafio, y muchas veces no sé si hablan de una rata, de un perro o de una persona. No importa. A nadie le importan. Sin embargo, yo los veo, como Prometeo vio al hombre y los compadezco y me digo estos son los nuevos mitos, los héroes modernos, que mueren en un rincón del olvido. Suficiente tienen con el Mahler, Schubert o Schumann que suelo ponerles desde las bocinas del pabellón a la hora de receso después del almuerzo.  No los atiendo; igual, no parecen dar problemas. Si mueren nadie lo notará. Se han ido quitando la vida poco a poco, tanto así que la diferencia es mínima. La sociedad abandona a tipos como estos todo el tiempo, en realidad no los necesitan, ya no son útiles, han dejado de formar parte del engranaje que mueve a la sombra de este basurero que llaman país (aunque en realidad no sospechan lo útiles que resultan para nosotros los médicos, sin ellos no tendríamos trabajo). Poco importa su recuperación. Su existencia se limita, desde ya, a un oscuro recuerdo, a una silla empolvada en el comedor, al domingo familiar deficiente e incómodo, a una ausencia que para un niño pesa más que la compañía de los presentes.

Los veo retozar, reír sin motivos, gritar a las paredes y degradar a otros enfermos confundiéndolos con familiares. Sus jaulas son mentales, puertas abiertas que los retienen y que también retienen a nosotros los normales.
De cierta manera me siento atrapado e inconforme. Para mí ya no hay salvación. Y cuando uno ya no encuentra salvación para sí es porque uno ya está salvado. Y la tarea será salvar a los demás. Y por eso hoy es un día importante. Hoy, esta noche, le doy vuelo a mi oficio de hombre, al hombre que llevo guardado en mi espíritu. La psiquiatría, en cambio, es para la carne y la carne es triste.

Hoy es una noche importante.
Salí del hospital, envolví en bolsas plásticas mi bata y mi ropa y la dejé en la parte trasera de mi Chevy. Me puse una camisa, unos vaqueros y unos zapatos negros, a fin de fundirme con la noche. Tomé mi camino, mi rumbo. Crecí como debí haber crecido hace mucho tiempo. Hoy es el día, me repito. No era la primera vez que lo hacía. Suelo parquearme casi siempre a dos cuadras de mi objetivo, siempre al sur. Hoy no es la excepción. Me bajo de prisa, sin tiempo para sentirme nervioso.

Las luces estaban apagadas. Una casa normal como cualquier otra.
Rocié el picaporte de la puerta con freón y luego lo golpeé con un cincel frío para romper el cilindro. Coloqué el nuevo picaporte y listo. Entre a la casa a mis anchas, en el refrigerador no había mucho, tomé un poco de leche. Apagué las luces, me cercioré que estaba solo y me senté a esperar en el sillón que daba justo a la puerta de entrada. Era cerca de la medianoche.

A la una y media de la madrugada, según vi en el reloj, un auto aparcó en la calle. Yo seguía esperando sin interrupción cuando se abrió la puerta.

En esta casa vive un chico, un chico sin nombre. Bueno, sí lo tiene, pero pareciera que no. Ya saben, te ponen el nombre del tío, del abuelo, del papá, de algún pariente muerto. Te dan ese nombre con la condición de que lo sigas honrando. Y así es, pero terminas siendo más miserable que todos ellos juntos. Así es, has hecho lo que ellos querían, pero nunca te preguntaron lo que querías. No es nada raro. El chico es médico, tiene un trabajo a doble turno por lo que trabaja todo el día, no se ha casado ni ha tenido hijos y no hay un solo gato o perro en la casa.
Hoy yo le iba a dar la oportunidad de su vida.

La habitación se iluminó cuando el chico colocó el dedo sobre el interruptor de la sala.
¡Quién diablos es usted! dijo asustado, pegando la espalda a la puerta.
Le pedí que se arrodillara y se calmara, esto solo durará unos segundos, ya mañana te sentirás más vivo que nunca, pensé mientras apretaba fuerte la punta del revólver contra su frente (revólver que reportaron extraviado hace mucho en el hospital).
Ya sabía su vida, de qué trataba. Lo había estado vigilando, aun así, le pedí que me la contara. No me dio algún dato nuevo, nada interesante, nada lo diferencia de los otros. Temblaba y lloraba, sabía hacerlo, como los otros.
Bajé la pistola un poco, la arrastré hasta su mejilla, de modo que él no tenía otra alternativa que ver mis zapatos pisando su alfombra blanca. Él tenía cara de que no lo creía.  Quizá pensaba que estaba cansado, que los nervios u otra cosa le jugaban una mala pasada. Asuntos de médico, ya saben. Pero no, la pistola era real, pesaba como todas. Hasta entonces, no me había visto en la necesidad de usarla. Posiblemente, el guardia del hospital fue el último y el único. Por seguridad, le había quitado las balas.
 Mis zapatos se humedecieron con sus lágrimas.

Supón −dije−, mejor dicho, hazte la idea que te quedan sesenta segundos de vida y de mi bolsillo saqué un reloj de arena, lo puse con cuidado sobre una mesa a modo que él, aunque en una posición incómoda, pudiera verlo−. ¿Qué te gustaría hacer?

Desde chico, recuerdo, me han gustado los relojes de arena. Se asemejan, y no lo digo por decir, mucho a las mujeres y sí son, y en esto sí me puedo equivocar, tan perniciosos como éstas. Muchos granos cristalinos cayendo a una velocidad de setenta y tres granos por segundo, lo que haría un total de cuatro mil trescientos ochenta granos por minuto. Eso era lo que este chico tenía para responder a mi pregunta.

Pero solo lloraba y se apartaba de la punta fría del cañón que él humedecía con sus lágrimas. El cañón le parecía demasiado frío o le causaba miedo, así que pregunté de nuevo y él respondió:
No lo sé…entre sollozos−, no lo sé…
¡Vamos! Es fácil. No lo eches a perder dije sereno mientras apretaba los dientes. Los granos seguían cayendo con indiferencia.

Sujetos como éste siempre lloran, ruegan por su vida como comadrejas en una jaula en el patio trasero de algún restaurante chino. Con el revólver pegado a sus sienes siempre eligen hacer algo muy diferente a lo que se dedican o hacen. La mayoría elige viajar, ser pintor, vivir en el campo, o, simplemente, irse de la casa de su madre y casarse; pero este chico no hablaba. El veinticinco por ciento responden en los primeros treinta segundos, el cincuenta por ciento en los siguientes quince y el resto en los quince segundos restantes.
Quedaban quince segundos. Pregunté de nuevo:
No lo sé, no lo sé. Llévese el dinero, no lo quiero repetía y repetía como lo había hecho sus últimos treinta y tres años.
El tiempo se acercaba y empezaba a sentirme nervioso. Que no respondiera, no era una posibilidad, tenía que hacer algo. Era tan sencillo, después lo dejaría ir.
Todos respondían. Sería vergonzoso que no lo hiciera.
Vi el reloj de arena, él también lo vio con agonía, y el último segundo cayó por aquella cintura de mujer.

Tenía que asustarlo.
Jalé del gatillo, como era mi obligación, con toda confianza.

Sin presentirlo siquiera sus sienes se esparcieron en mi pantalón, en la alfombra, en mi frente y en el cañón. Apenas creí lo que había sucedido.

Salí de la casa como un autómata, y hasta poco después pensé que mis huellas podrían estar en la bala. Pero yo no puse esa bala en ese revólver ni en ningún otro, me dije. Hui por unos vericuetos entre las casas, con dificultad me deslicé hasta mi coche.
Arranqué confundiendo las llaves, vi por el retrovisor, estaba sudando, nadie me seguía.
Aparqué frente a mi casa.
No podía dejar de ver por el retrovisor.
El cincuenta y tres por ciento de estos crímenes no se resuelven, me dije. El padre de este chico murió muy joven. Su madre se casó. El padrastro lo maltrataba y la madre le obligó a cursar la carrera de Medicina porque ella nunca la pudo cursar; conseguido esto, ella y su nuevo marido se marcharon a otro país creyendo terminada su labor. Él no tenía esposa ni novia ni amigos; tenía un nombre y era su profesión. Nadie lo reclamará, me dije.
Me recosté unos minutos en el sillón de mi coche. Me cambié de ropa y guardé la pistola en la guantera.
Todavía podía escuchar mi respiración, se iba tranquilizando, incluso mis pasos hacia la puerta adquirían más peso de lo debido. Pensaba tomar una siesta profunda, mañana sería sábado, no tenía que ir al hospital. Caminé hasta la entrada de mi casa.
Abrí la puerta y prendí la luz.
Arrodíllate dijeron detrás de mí.
Mi cuerpo se vio empujado hacia abajo por la presión que ejercía la punta helada de un revólver, según deduje. Ni siquiera podía verle el rostro. Me empujaba hacia el suelo. Era mi casa, no había duda, mi sillón, mi alfombra, mi lámpara, todo parecía mío y a la vez se me hacía tan lejano.

De alguna forma, que me asustaba, sabía lo que iba a decir; sabía la rutina, incluso podía sentir el pequeño reloj de arena que él cargaba en su bolsillo. Era uno rojo, de unos doce centímetros, lo había conseguido en un juego de mesa cuando niño.
            Luego, habló (era un hombre):
Supón que tienes sesenta segundos de vida temí que no continuara, luego me resigné. ¿Qué te gustaría hacer? primero fue una ocurrencia; luego, una inquietud, con horror, ahora, es una confirmación: su voz, firme y gruesa, era la mía.
Él vestía mi ropa y con un rigor inexplicable era una copia mía, o yo de él; dudé de mi autenticidad. No me costó pensarlo demasiado. Le dije, respondiendo a su pregunta que yo tantas veces ya había hecho, convencido y con nostalgia, que quería pintar mi retrato. Él bajó su pistola, se sentó en el sillón y se ofreció de modelo.
No objeté la propuesta.

De pequeño, en la escuela, fui muy inquieto, terminaba mis ejercicios muy pronto, yo no sabía mi injuria, y se me daba por molestar a mis compañeros. Los maestros, para evitar que interrumpiera a los demás, optaron por darme hojas en blanco y, desde entonces, me hice hábil en la pintura y el trazo libre. Así que pinté mi retrato, sin técnicas u otros barrocos. En tres horas con treinta minutos terminé mi pintura. Sin embargo, por azares que desconozco, el reloj de arena marcaba unos cincuenta segundos. Cada grano caía con la misma fuerza con la que caen los hombres: sin distinción y tan parecidos.
Me hinqué y él volvió a colocar el revólver en mi frente.


 Cuando el plazo concluyó y el último grano de arena se deslizó por aquella cintura que parecía de mujer, él disparó.



Sobre el autor:
Reacio a las multitudes e inquilino de bibliotecas, Matheus Kar nació en Guatemala en  1994; aunque su muerte sigue sin definirse, podría ocurrir cualquier día. Ha sido nombrado mención honorifica en el certamen Mi ciudad en 100 palabras, que organizó la municipalidad de Guatemala en 2014. Colabora en el evento literario Poetry Slam Guatemala. Formó parte del evento multidisciplinario Off Virtual Test.  Ganó el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015. Mención honorifica en el certamen Cantos de Trova (2015)Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala. Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016). Su trabajo aparece en antologías, revistas y blogs. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016). 

viernes, 13 de enero de 2017

Literatura: Destazando a "Otra vuelta de tuerca" de Henry James (reseña)

AUTOR: Henry James (1843-1916)
PAÍS: Estados Unidos
PUBLICACIÓN: 1898
EDITORIAL: Bibliotex

COLLECCIÓN: Las 100 joyas del milenio. Vol. #95
ISBN:
 978-84-8130-218-9
PÁGINAS: 118



 Del mismo escritor de Retrato de una dama (1881), Daisy Miller (1878), Los embajadores (1903); tenemos una aparentemente típica novela gótica que procederemos a destazar.

El argumento no es original, ni siquiera para la época. Una joven institutriz es contratada para cuidar de dos huérfanos altamente suspicaces, Flora de seis años y Miles de diez. La trama toma lugar en la mansión de Bly en Essex, Inglaterra; donde la protagonista entabla amistad con la señora Grose, la ama de llaves a cargo de dicha mansión. El dueño de la mansión y tío de los niños, por motivos desconocidos, vive en otro lugar y procura mantenerse ajeno a todo lo que pudiese ocurrir allá. Y como no podía faltar, las ánimas de dos ex empleados parecen acechar o tratar de interactuar con los niños.

La narrativa es muy lenta. De no ser por los guiones que indican el comienzo de un dialogo, se podría desfasar entre los soliloquios de la narradora a su interacción con otros personajes. En realidad puede resultar tediosa en sus primeros tres capítulos. Incluso Cormac McCarthy, célebre autor de La carretera, Meridiano de Sangre, No es país para los viejos, etc. no considera como literatura la obra de James.  

Pero si el lector tiene paciencia y gusta probar algo poco convencional, seguirá leyendo y sabrá por qué este no es un relato gótico ordinario y tiene bien merecido su lugar como una de las mejores obras de horror de todos los tiempos.

Hay que destacar la ambigüedad con la que intencionalmente está redactada. Henry James obliga al lector a utilizar todo su intelecto, o en su defecto el morbo, para ensamblar todas las situaciones que se nos presentan en la obra. Un ejemplo bastante simple de lo que a menudo se verá en esta lectura: Sin duda los difuntos Jessel y Quint llevaron una relación turbia, que de alguna forma involucró a los menores, pero jamás se aclara de qué forma o hasta qué grado pudieron corromperlos.Por igual, las conversaciones de todos los personajes están siempre pausadas, rara vez son abiertas o concisas, dando a entender que entre ellos mismos saben de lo que están hablando, lo que incita a estimular aún más a tratar de interpretar lo que se lee. Rindiendo homenaje, ahora al título de la novela, es cuestión de perspectiva sobre la estabilidad mental de la institutriz; como pueda que los fantasmas sean reales, pueda que no. 

Hay algo que el lector debe de saber, ya que puede ayudar a comprender mejor el comportamiento de todos los personajes principales, y el por qué de la narrativa tan sinuosa. El autor tenía un hermano, William James, quien fue un famoso psicólogo por fundar la psicología funcionalista. La psicología funcionalista estudia la conciencia como una herramienta que ayuda al humano a adaptarse al entorno en que se encuentre. En este caso, cómo la institutriz enfrentaba sus conflictos personales y las actitudes que adoptaba ante los niños y/o la señora Grose; ídem la perspicacia de los menores; o la actitud huidiza, y a veces condescendiente, del ama de llaves.

En menos pocas palabras, quien no logre penetrar en la mente de los personajes, encontrará este libro altamente aburrido. Por otra parte, aunque se logre “encarnar en ellos”, es inevitable que la interpretación del mismo varié entre los lectores.

Sin importar si Henry James predicaba las teorías de su hermano; o sólo quisiera darle libertad al lector de armar su propia historia; por más vueltas de tuercas que le demos al asunto, siempre quedarán las ganas de volver a leerlo. 

lunes, 11 de julio de 2016

Literatura: ¿Por qué tuvo que decirlo...? (cuento)

Por: Claudia Lizbeth Rueda

Psicoanálisis del vejigante - Rafael Tufiño (1971)

Esto que cuento es lo que ha sucedido en horas no hábiles para mis ojos. Donde han llegado los quehaceres de esos personajes que empiezan a tragar mi cuerpo. Duermo y luego despierto con la sensación de que algún miembro de mi cuerpo me hace falta. Al otro día, sin embargo, continúo igual. Se han de estar tragando mi otro yo.

            No hubo necesidad de estudiar sus ojos ni que hablase. Él dijo lo que le sucedía sin decir palabra alguna. Lo fue desgranando, dejando caer punto por punto. Vi toda su vida en retazos, en cántigas de palabras semisordas para él mismo. El mundo se hacía pequeño y rodaba frente a mis ojos. Las blasfemias del mundo se hicieron en hombres como él, que entraba en mi cuarto de consultas.

            El hombre dio unos pasos inseguros. No sabía que todas las noches son fiestas para los trabajadores del espíritu, los que aún no logran encontrarse en los parajes de la iluminación. Escuché sin oír su relato su vida atacada por las noches y cómo él, con su vejez prematura, se interna en las profundidades de su desesperación y llora sin lágrimas. Pude ver que su cuerpo se hacía de todas formas: como lagarto, como estatua mutilada y cubierta de algas de pestes y piedras de los caminos espirituales, con esa dureza que hace que los incautos se alejen, se oculten o vomiten: esos que aún temen a la realidad.

            —“Usted deberá decirme de las otras vidas, de las desperdiciadas y vueltas a nacer en días aún no claros. Tal vez allí pueda encontrar la pierna que ahora no muevo y mis dedos duros de la mano. Le digo que me robaron en las noches. No sé qué pueda continuar, pero los veo llegar con sus dientes llenos de caries y después quedo con un sentimiento de soledad y la falta de alguna parte de mi cuerpo. Aunque despierte y todo esté tendido en la cama, yo he creído que esos no son sueños”.

            Él lo había dicho, pero no sabía que los robos desde la tierra se juntan con la voz y la ayuda de quien aún no sabe que puede cultivar su materia entre los cuatro elementos de la tierra. Ahora logro entender el porqué los robos de todos los días venideros implican las muertes desconocidas. Es también alimento para la búsqueda de la verdad, esa que no sale de las bocas terrestres llenas de placer por la muerte de los cuerpos.

            —“Fíjese que un día logré ganar y en mi cama amaneció un objeto color rosa, con una figura que no supe descifrar. La lucha fue frontal y pude darle con un palo de escoba que encontré en el lugar que peleamos. Creo es un lugar que habitan los niños en el día, una casa como escuela, ahí nos encontramos”.

            Él traía una bolsa, al parecer llena de partes de otros cuerpos, por eso fue que no pudo moverse con ligereza, como acostumbra. Le di un golpe en la parte que podía corresponder a la garganta y cayó para adelante. Frente a mis pies se desparramaron las partes que traía en la bolsa y fue cuando busqué mi pierna y mis dedos. Creo que no eran las mías porque los dedos de mi mano se me hicieron más grandes y mi pierna más chica, por eso llevo zapato con triple suela. Esa vez no tuve miedo, pero el lugar era aquí mismo en la tierra. Las otras ocasiones eran en el aire o en casas flotantes y caminos sin piso.

            Sus ojos continuaban hablando y aún no decía palabra alguna con su boca. Estaba allí por sus pesadillas y el anhelo de saber si era él o era otra persona actuando con su vida y nombre prestado. Él no sabía que existiera un ladrón de los espíritus y que por hacerlo le pagaban lo que pedía. Era tan solo una víctima que apenas si podía adentrarse en sus viajes y las luchas a muerte.

            —“Figúrese usted: un día no alcancé a llegar a mi cuerpo, me agarraron, me tuvieron preso en el espacio, como si fuese una campana de cristal donde no puede uno salir y continúa para arriba sin encontrar la salida. Recuerdo que hasta me exhibieron no sé cuánto tiempo, hasta que logré escapar y llegando a casa, me estaban haciendo pruebas para que volviera a vivir. Como si uno muriera”.

            Él era otra persona que había subido a niveles de conocimiento que poca gente entendía. Y aún no hablaba con su lengua. Creo que así es como se construyen las blasfemias del mundo contra algunos hombres. Agregó sin abrir la boca:

            —“Quizá nada pueda salvarme o digan que estoy perdido. Pero eso no es cierto. Esa es la historia de los que desean el reino material. Saben que esto es subversión, cambios en el otro yo. Pobres de quienes lo duden y se mofen de la incredulidad, pues les llegará su vara, su medida… Le digo que esto es hasta prohibido. ¿Se imagina la luz que habría en la tierra si se comprendiera? Pero no se permite y allí están los hospitales. Yo sé que usted lo entiende; nomás deje que le diga: los hospitales se han llenado todas las gentes y allí en los fondos grises han llegado otros seres y se entienden con ellos. Así lo viví cuando me quedó en la cabeza el residuo de una golpiza que me dieron en uno de 'esos sueños', que creo, no han de ser. Todo pasó cuando en otra ocasión, en el hospital, me curaron en otro viaje. Entonces, salí a la calle y aquí estoy: ante usted para poderle contar.”

            El hombre cogió la silla, la jaló. Pero aquellos ojos eran otros ojos y se apoderaban de las respuestas. Viajaban conmigo en ese diálogo abierto y franco. Su espíritu lo decía todo, sin prisa. Había llegado el momento: ahora él necesitaba articular en palabras toda la historia que me había contado sin hablar. De su mutilado cuerpo tendrían que venir gritos ahogados que acaso solo yo escucharía…

            Mientras se acomodaba inquieto en la silla de madera, al fin se atrevió tímidamente a decir:

            —“Pues verá… No he venido a consultarlo. En realidad soy vendedor de seguros médicos”.


miércoles, 3 de febrero de 2016

Música: Mahler y Freud - Historia (fallida) de un encuentro

Por. Uriel Delac


Fotografías de Alma Schindler y Gustav Mahler
Desde siempre, la presencia cercana de la muerte marcó profundamente a Gustav Mahler y actuó como catalizadora de gran parte de sus vivencias y sentimientos ya que mucho antes de que llegara a la adolescencia fue testigo presencial de la muerte de seis de sus hermanos y el suicidio de otro de ellos. No es para nada aventurado afirmar que Mahler vivió sus primeros veinte años en medio de una sucesión de duelos interminables, de entre los cuales el más significativo fue el que siguió a la muerte de su hermano Ernst, el más próximo a él en edad; acontecimiento que le afectó profundamente y le inspiró en su labor de composición musical hasta el extremo de llegar a impregnar la temática de muchas de sus obras.

Pero el jóven Mahler no solamente debía lidiar con eso. El carácter violento, dictatorial y neurótico de su padre marcó también y en forma definitiva a su resignada madre y a cada uno de sus hermanos. En él, en Gustav, se tradujo en un aislamiento del mundo exterior como mecanismo de evasión de una triste realidad en donde todo tenía olor a muerte y fracaso. No satisfecho con haberle arrebatado la vida a sus seres más queridos, el destino tampoco le era benévolo como estudiante de música. En efecto, durante su estancia en el Conservatorio de Viena fueron muchas las críticas por parte de sus maestros, quienes no dudaron en considerarlo un prospecto de compisitor bastante mediocre augurándole además un destino incierto en su faceta como dierctor de orquesta. No obstante, aquellos viejos y conservadores maestros vieneses se equivocaban, y en las primeras décadas del siglo XX pasó a ser considerado como uno de los más importantes conductores y un compositor digno de tomarse en cuenta. A pesar de esto, el infortunio parecía seguirlo y durante sus diez años en la capital austriaca, Mahler -un judío converso al catolicismo- sufrió la oposición y hostilidad de la prensa antisemita.
Mahler dirigiendo la Novena Sinfonía de Beethoven
Gracias a sus innovadoras producciones y a la insistencia en los más altos niveles de representación, se granjeó el reconocimiento como uno de los más grandes directores de ópera, particularmente como intérprete de las óperas de Richard Wagner y Wolfgang Amadeus Mozart, y pudo conservar su puesto. Pero a comienzos del verano de 1907 y a punto de cumplir cuarenta y siete años, el destino lo enfrentó de nuevo con el fantasma de la muerte: como consecuencia de una difteria y tras una desesperada traqueotomía de urgencia, María (a quien cariñosamente llamaban Putzi), hija de Gustav Mahler y Alma Schindler, falleció un poco antes de cumplir cinco años. A escasas cuerenta y ocho horas de la muerte de Putzi, un médico le diagnosticaría una grave cardiopatía que pocos años después acabaría con su existencia. La muerte de los niños (primero de sus hermanos y ahora de su pequeña hija) dejaban profunda huella en su vida, a grado tal de poner música a una serie de poemas de Friedrich Rückert y que hoy conocemos como Die Kindertotenlieder (Las canciones a los niños muertos).