sábado, 6 de febrero de 2016

Literatura: Alicia en el país de los conejos. (microcuento)

Por: Norma Barroso

ALICIA EN EL PAÍS DE LOS CONEJOS.


Ahí voy yo, la delicada Alicia tras el conejo blanco; el viento me despeina los rizos rubios, el follaje es sombra en el suelo. El conejo me sonríe, me guiña el ojo, me provoca con su ágil huida, me promete diversiones que extasían, pero nada es lo que parece ser. Tropiezo con raíces, resbalo por el lodo, insectos se estrellan en mi cara, la oscuridad me desorienta.
Ahí estoy, cayendo por el agujero mientras las raíces me rasguñan brazos y piernas. Mi ropa se ha tornado gris como mi corazón, el miedo gira conmigo y me lastima también. Siento desespero al sentirme en un vacío sin fin, hasta que el fondo detiene mi caída. Me incorporo sin ocultar el llanto pero entre las lágrimas, y de reojo, veo la figura del conejo artero.

Él me mira divertido y mueve su nariz para reconocer mi olor. Entre la pena, me acerco a acariciarlo, cuando escucho ruidos a mi espalda; temo dar la vuelta pero ellos me acechan, me rodean cientos de conejos con mirada perversa.
El terror me invade, quiero escapar pero no puedo. En manada salvaje arremeten contra mí, me sacuden, me jalan, llenan mi boca de barro, me golpean el estómago, muerden mis muslos, arañan mi piel, horadan mi inocencia.
Ahí yazco, en el fondo del agujero y de mi esencia, lloro a gritos para que el agua salada de mis desesperados ojos lave la humillación, pero nada puede hacerlo; el lodo y la sangre serán mi estigma.
Como puedo voy saliendo del sitio ultrajador, lento muy lento—; haciendo esfuerzos por mantenerme en pie, arrastro mi desnudo cuerpo hasta los límites del bosque. A lo lejos veo mi casa. Al ir hacia ella me duelen brazos, piernas, corazón y alma, mi cuerpo está desgarrado.
Ahí, en casa, llorando a los pies de mi madre, en busca de un consuelo que me es negado.
Ella frunce los labios, me mira desde arriba con desdén, con una mano me aparta de su regazo.
¿Y qué otra cosa podrías esperar, si te la pasas persiguiendo conejos?

Literatura: Monstruos Habituales (cuento)

Por: Orlando Núñez


La sensación de estar en el mismo lugar, de que el reloj digital en una irritada muñeca no marcaba una hora distinta, de que es la misma hora en la que decidió irse a la cama. Y a la vez la sensación de que es momento de iniciar de nuevo, un día, como otro día --los pies descalzos en el azulejo frío, lavarse la cara con un agua reflejo de inicio, de duda, un desayuno, un café que sabe a gloria y a disgusto--. ¿Era el mismo tiempo acaso, o era un tiempo distinto?, bastaba con entrecerrar los ojos, buscar un rayito de luz de algún lugar y virar la muñeca. Sí, distinto el tiempo, sin duda, cuantas horas no había pasado perdido entre jardines oscuros, entre vaivenes de historias y de instantes, fragmentos de tardes anteriores, de los planes. Los planes, cosas por hacer.

Pero no era el tiempo esperado --¿A que hora te has ido a la cama?-- se pregunto a sí mismo a la vez que lo invadía una sensación de familiaridad, de saberse él de nuevo, ¿es que acaso no lo era antes de acostarse, y desvestirse y meterse en una cama destendida? ¿cómo saberlo?, rara vez puede saberse quién es uno, pero el sueño es cuestión de olvido, de alivio y en la mañana ya habría olvidado la familiaridad, sensación acaso de un recuerdo dulce y añorable, de un recuerdo fragmentado.

--Caía apenas la tarde.

Respuesta a su pregunta desde un rincón del pensamiento, interlocutor su propia mente, amiga invaluable, distante a veces, sin duda sádica. Intentó dormir un poco más.

--Has dormido demasiado, 15 horas quizá.

Dijo Mente, burlona y triste al mismo tiempo. Interrumpido además por la orina, no hubo más remedio que ir, regresar, acostarse de nuevo y después virarse boca arriba y mirar el techo, morada de pensamientos invasores, monstruos creados por su amiga, monstruos mordisqueándole la almohada, el pecho.

Los planes son importantes, hay que pensar en ellos, pero la noche gestaba tan sólo pensamientos suyos, meramente suyos, aún a pesar del hecho de que Mente insistía en llenarle con obligaciones y planes, sí, mas planes, pero no, empezaba a recordar ya esa sensación realmente, a reunir los pedazos de un cristal, espejo en dónde podía mirarse a veces en las tardes amarillas o anaranjadas, de vez en cuándo. Curioso que pudiera mimetizarse con ese espejo en lo negro de la noche, en el vacío que provoca ver nada, ese vacío que de repente lo adornan grillos, aullidos, maullidos, ¿están teniendo sexo los vecinos?, borrachos incoherentes en una avenida veteada de luces ocre.

--Monstruos asquerosos, dejen de mordisquear la almohada, que tal vez tienen polillas, --pensó gritando y llevándose la almohada a la cara para no interrumpir el delicioso silencio de la noche--.

--Polillas tienes en la cabeza, --respondió Mente tranquila y fría como suele hacerlo estando a punto de brindar sus irremediablemente inoportunos consejos--.

--Entonces te están comiendo poco a poco, como a los sacos viejos de mi padre.

--¡Ah!, los sacos viejos de tu padre, los que has arrumbado en el closet, ¿es qué son él, o su recuerdo? siempre tan ridículo, son lo que son, tan sólo sacos, un objeto no debería representar ni imagen, ni recuerdo, ni emoción, ni vida.

--Te equivocas, y ahora te pones a hablar de la vida cómo si supieras qué es, --decidió que era mejor callarla, sin importar cuán difícil fuera, o la noche terminaría arruinada, ya no podría disfrutar del silencio, de la oscuridad, del otro lado de su pensamiento que sólo venía de vez en cuándo a darle respuesta a las preguntas que usualmente le hacían percatarse que de día no era más que un autómata, casi un objeto, no sin antes sentir nostalgia por Mente, que ya estaba por demás sumergida en aquel estrecho lugar al que había concebido como un conjunto de hábitos, una rutina--.

Quiso imaginar la noche fuera de su habitación, la noche de la calle, su noche, una noche distinta, y de nuevo se vio a sí mismo reflejado en el vacío. Le gustaba esa noche, le permitía ser vagabundo de la casa, un gato andando por las láminas, emocionado de haber a quién no encuentra, maravillado del silencio y del sonido de sirenas a lo lejos, esa idea que las transformaba en ninfas nadando en mares de asfalto, embriagando poetas y artistas, sin dejarlos escapar, heroínas venciendo a los monstruos, y los edificios viejos, cuevas lúgubres, y las paredes de la habitación apretujando, haciéndose chicas.

--Vamos viejo, deja de escribir poesía, necesitas pensar en los planes, ¿recuerdas?

--Los planes, sí, los planes, esa palabra, y la otra, ¡ah! qué bien combina, "carajo" y planes, al carajo con los planes.

Literatura: Ojos de sangre (novella) - Parte tres

Por: Nelson Ballestas Martínez


Toqué la cruz para sentir cuán soportable era el ardor, no lo era en lo más mínimo y fui por guantes de cocina. Eran enormes e incómodos, y de todas formas me era imposible soportar el calor que me irradiaba la cruz a través de ellos, fue entonces cuando me exigí pensar más creativamente. Rad debía seguir allí, lo sentía. Tomé un largo palo de escoba que se hallaba en el garaje, también unos alambres. Abrí y volteé la bolsa dejando caer la cruz en el suelo -Respiré hondo- había caído con el frente mirando hacia el suelo, coloqué suavemente el palo de escoba sobre la cruz, la madera se hacía caliente, pero era más soportable que tocarla directamente. Procedí a amarrar los alambres, uniendo con ellos cruz y palo de tal forma que la cruz fuese como la punta letal de una lanza. El alambre hacía más intenso el calor, y de no ser por los guantes hubiese dejado mi piel pegada sobre ellos. Entonces recordaba que Rad debía saber lo que yo hacía en ese momento, que debía estarme esperando en algún rincón de la casa, ello me daba fuerza para aguantar, para ignorar el ardor que sentían mis palmas. Noté todo el sudor que brotaba de mí una vez terminado el trabajo, era la prueba de que seguía siendo en gran parte un humano, “un humano con las debilidades de un vampiro. BONITO BODRIO” pensé sardónico. La cruz no iba a ser suficiente, debía darle un filo real a la lanza, lo sabía, quemar su piel sería inútil siendo él más rápido y más fuerte que yo, debía perforar su corazón, solo así podría darle muerte. Entonces vi la navaja de mi padre en un rincón, y con el mismo ímpetu, ardor, e ira, la até a la punta de la cruz usando los alambres, esta vez pensé que perdería las manos, mientras intentaba ahogar mis quejidos de dolor.

Literatura: Ojos de sangre (novella) - Parte dos

Por: Nelson Ballestas Martínez
Mis padres llegaron molestos. Eso sucede cuando de pronto, casi de la nada al rector se le ocurre llamar al número de mi padre para preguntarle cómo va la recuperación de su hijo. A penas me vio, no se contuvo para abofetearme y gritar que era un descerebrado, que mañana mismo se seccionaría de cómo voy en la escuela, y se aseguraría de que no faltara nunca más. Así fue, se bajó del auto junto conmigo, a la mirada de todos, me llevó hasta el salón de clases, conversó con mi profesor un rato y luego se fue, no sin antes dejarme una advertencia "A partir de ahora las cosas cambiaran ¿Me entiendes? Voy a hacerme cargo de ti, sin importar qué tenga que hacer". A la tarde llegó a recogerme en su carro, Un Mazda 323 del 2000. Me llevó a comprar un celular nuevo con el cual iba a estar contactándome, para asegurarse de que no volviera a hacer nada indebido. Tal vez a muchos les resulten correctas las medidas que tomó mi padre, sin embargo, fueron el catalizador de lo que a fin de cuentas, sabía que iba a suceder tarde o temprano.
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-Hola, espero que no me hayas olvidado, porque yo no me he olvidado de ti- Me dijo tomándome por el cuello de la camisa. Era Orweld, por fin sabía su nombre, lo había oído de un chico de un chico que quiso advertirme unos minutos antes de que esto ocurriera "Oye, ¿Tu eres al que Orwald le dio una paliza? Tengo que advertirte que al venir ayer tu padre se dio cuenta de que no era policía. No sé por qué pensaría algo así, pero está muy molesto y quiere matarte. Todavía está enojado por lo que le hiciste a su hermano, a pesar de que se haya recuperado más rápido que tú. Además dice que te has burlado de él dos veces y no te lo va a perdonar" Vaya que me había informado bien. No le pregunté su nombre ni cómo sabía todo eso. Y Orwald ya había dado conmigo, me tenía suspendido en el aire. Sus antebrazos eran gruesos, sus bíceps, infladas. Podía sentir un estremecimiento al recordar aquella golpiza.
-Entonces tu padre no es policía ¿CIERTO?-
-Ya me has golpeado hasta casi matarme ¿No puedes dejarme en paz?-
-NO. No hasta humillarte y hundirte por completo. Eres un cobarde y un debilucho, y lo voy a dejar en claro frente a todos. Ya no tendrás a ningún amigo que te salve, y si lo hay, se atendrá a las consecuencias de vérselas conmigo. Mis amigos se cagaron encima y ya no quieren apoyarme porque le tienen miedo al mariquita embustero que te salvó aquella vez. Pero ese escuálido de mierda y tú lo pagarán conociendo mis puños. ¿Me entiendes? Les enseñaré lo que es respetarme hasta que tengan la lección aprendida- Me dejó caer al suelo y se fue. Tal vez no veía mucho honor en lastimar a alguien que recién sanaba de las fracturas y golpes que él mismo le proporcionó.

Literatura: Ojos de sangre (novella) - Parte uno

Por: Nelson Ballestas Martínez

Era un día nublado ese en el que lo conocí. Me dirigía hacia el colegio una mañana. Caminaba, ya que queda a unas cuantas cuadras de mi casa. De pronto lo vi, iba en dirección contraria a los demás, de prisa, mirando hacia el piso. Me detuve a verlo y nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, le goteaba sangre en el labio inferior, pensé que le habían golpeado... cuan equivocado estaba.
I. Antecedentes.
Antes de ese día, mi vida era algo que podría considerarse normal, aunque no en todo el sentido de esta palabra. Mis padres peleaban a diario por cosas que no alcanzaba a entender; cuando era más joven pensé que algún día podría comprenderlo, pero no fue así. Ahora tengo catorce años. En la escuela, me iba del asco: mis maestros me repetían una y otra vez, "¿por qué no eres más disciplinado?", "¿por qué no estudias?", "deja de volarte las clases", cosas así, a lo que solo tenía una respuesta: "no lo sé". Sí, "no lo sé" es la peor de las respuestas, y quizás no me sirva nunca como excusa en ningún momento, solo ahora entiendo que hay cosas en específico que merecen una mejor sustentación, entonces no lo sabía, y con ello estaba bien. No era feliz, mas podía lidiar con ello, o eso pensaba. Quizás todos estos problemas fueron los que me llevaron a ver a Rad como alguien interesante.

Esto, no es más que un mensaje del viento. De las profundidades de la mente, partiendo a los rincones del alma, luego expulsada a los confines infinitos del espacio-tiempo. Entregados en imágenes que se distorsionan con el mismo tiempo, y por ende hay que darles tiempo para que puedan ser comprendidos a cabalidad. Se trata quizás de un asunto de dimensiones. Se puede tomar esto a la ligera, como podría ser estrujado, destruido, mandado al olvido...con un solo suspiro.

viernes, 5 de febrero de 2016

Literatura: Una curiosidad sobre 'Pinocho' de Carlo Collodi

Por: Arisbeth


Pinocho, por Walt Disney (1940)


Sabían la verdadera historia de Pinocho (Pinocchio)?

En 1882, aparece en un Diario italiano una tira cómica llamada Storia di un burattino (La historia de una marioneta), escrito por el florentino Carlo Lorenzini (Carlo Collodi fué su seudónimo) e ilustrada por Enrico Mazzanti.

Cuando jóven Lorenzini fue al colegio y al seminario, donde estudió retórica y filosofía. Gracias a esto tuvo acceso a los libros prohibidos por la Iglesia y comenzó su carrera de escritor en periódicos ( Il Lampione y Il Fanfulla) donde se utilizaba a menudo la sátira para expresar puntos de vista políticos. En 1875, entró en el mundo de la literatura infantil y en 1880 comenzó a escribir el cuento que nos ocupa (también llamado Le Avventure di Pinocchio); que fue publicado semanalmente a partir del verano de 1882 en Il Giornale dei Bambini (el primer periódico italiano para niños).

Como seguramente es del conocimiento de todos, el cuento trata la historia de un anciano carpintero que hace una marioneta de madera y a la que un hada le otorga vida para compensar así la soledad en que el viejo vive.

jueves, 4 de febrero de 2016

Poesía: De Luciferi Natura

Por: Karim Yaver



«Acusador», me llamaron las voces
que emergieron del semillero antiguo,
pues las iras que sí fueron feroces,
plantando turbias el pesar ambiguo
en las cabezas de frágiles seres,
pertenecen a la fiera primera,
que jamás ha obsequiado los placeres
a una libertad que dormida espera.
Y es mi virtud al alba y al ocaso,
de las estrellas, el fulgor amante;
y mi pecado, preguntar: ¿si acaso…?
cayendo así en la aflicción rebosante,
como el Tifón, por el divo sapiente
precipitado tras desleal contienda
al abismo, a arrastrarse cual serpiente,
hasta que alguna conciencia lo entienda.

Os confieso que nunca sierpe alguna
ofreció sus carnes a mi sustancia,
ni a la mano que meció vuestra cuna,
aquélla que en Eva acusó abundancia.
Mi andar se tornó en diversos caminos,
y al notar de esas bestias la condena,
pude ofrecer el lugar de divinos,
mas triste error los llevará al Gehena.
Y si aquel precipitado tirano
un adversario contempla en mis formas,
y al que simpatizo llama pagano,
¿es porque no entiende sus propias normas?
¿es acaso un caprichoso, un infante?
Y es que somos ambos, Alfa y Omega;
yo brindo siempre la dicha al amante,
el ciego infeliz al Falsario ruega.


Vagué tras fundirme al fuego del Hades
demostrando la falsedad de la obra
que pervirtió siempre tantas edades,
semejante a aquél que tan caro cobra.
Derribé las puertas de Babilonia,
tras esto, las erigí con mi nombre,
mas un día ardieron como carroña:
¡Yahvé es tan ciego como lo es el hombre!
Se eleva justo en la sombra mi Imperio,
y su ímpetu tenue nutre las horas
que llenan su Cielo de azufre y helio,
y aquella gris vivienda en la que moras.
Crucé las áridas estepas Persas
—saqueador de conciencias y de tronos—;
sin grilletes anduve las esferas,

y en Silencio troqué el llanto de Cronos.
Vi yacer a mis pies las multitudes
que en mis sueños engendran llamaradas:
fatuos fuegos en sendas latitudes
arden en los vientres de almas perladas.

Tornóse negro mi pigmento amargo,
conformándose de ébano mi trono:
el Dragón y el sempiterno letargo
custodian la morada que no adorno
con los dulces sueños del siervo alado.
¡Canta a tu reina, deudo de Sargón,
canta los versos de ese canto Hadado!
¡Bebe los restos del valle de Hinón
donde abundan nuestras revelaciones!
¡Vive el pecador —al Edén clamamos—!
Y al ser hambriento, con bellas canciones,
seducen los Vientos faltos de amos.

Estigmas revelan al inocente,
víctima de la tortura cristiana;
Constantino muere cual penitente
derrumbando los templos a la Diana.
Y corrompe la humana inteligencia
al prohibir una lejana visión,
aquel Palacio, en contra de la ciencia
—se erige primera vuestra traición—.
Y siglos transcurren entre penumbras:
los hombres son adulados por Súcubos,
mientras sienten el rozar de sus tumbas
tiernas hembras seducidas por Íncubos.
Lejos de la realidad, Agustín,
son mis eternos soldados los mismos,
y no hay dios antiguo, ni Serafín,
que provoque los más mínimos sismos.
—Mis armas son alas y libertad
en los corazones de los humanos,
tu Dios concedióles una verdad:
el ser engullidos por los gusanos.

Un viernes treceavo inició la obra
—de nuevo mi nombre hirió sus campanas—,
y a un rey hermoso evitó la zozobra
la decisión de las testas romanas:
«Todo brujo, hechicero y nigromante
será perseguido hasta amanecer,
al ser seguidor, o también amante
del diablo, habrá entonces de perecer
tras la tortura, y confesar su culpa
y a sus cómplices en el mismo juego,
para que el Señor le brinde disculpa
a través del purificador fuego.
Al animal, la mujer, es cercana,
también más deseable para el pecado;
y es en efecto una razón arcana,
el débil cuerpo por Satán rasado.»
Y así, tres veces cien veces mil fueron
las almas perseguidas y cazadas;
por trescientos años éstas ardieron
y por ningún santo serán amadas
como lo serán siempre por mis besos,
pues con ellas comparto la sentencia
y revelo: obsoletos vuestros rezos,
y en la tierra, y en el Cielo, hay ausencia,
porque el Creador al que ferviente clamas
poco han importado vuestros dolores,
y mientras os brindo el amor, le exclamas:
¿Por qué, Padre, me niegas tus favores?

El polvo de los ángeles aún roza
el dulce olor de la profundidad,
y mi perfume es el de aquella rosa
que siempre espinó con serenidad
a la necedad que plasma el ministro:
la caza de la herencia de Medea.
Mas fue eterno el lánguido suministro,
perennemente sorda mi Marea
con cada una de las sedientas voces
que habitarán la Estrella penitente,
pues serán mis iras también feroces
con aquel del espíritu indigente…
—Mis armas son sueños y voluntad
en el pecho del hombre libertado,
el que no temió a la cruel potestad
del divino tirano esclavizado.

Ilustraciones de Gustave Doré sobre el Paradise Lost de John Milton.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Música: Mahler y Freud - Historia (fallida) de un encuentro

Por. Uriel Delac


Fotografías de Alma Schindler y Gustav Mahler
Desde siempre, la presencia cercana de la muerte marcó profundamente a Gustav Mahler y actuó como catalizadora de gran parte de sus vivencias y sentimientos ya que mucho antes de que llegara a la adolescencia fue testigo presencial de la muerte de seis de sus hermanos y el suicidio de otro de ellos. No es para nada aventurado afirmar que Mahler vivió sus primeros veinte años en medio de una sucesión de duelos interminables, de entre los cuales el más significativo fue el que siguió a la muerte de su hermano Ernst, el más próximo a él en edad; acontecimiento que le afectó profundamente y le inspiró en su labor de composición musical hasta el extremo de llegar a impregnar la temática de muchas de sus obras.

Pero el jóven Mahler no solamente debía lidiar con eso. El carácter violento, dictatorial y neurótico de su padre marcó también y en forma definitiva a su resignada madre y a cada uno de sus hermanos. En él, en Gustav, se tradujo en un aislamiento del mundo exterior como mecanismo de evasión de una triste realidad en donde todo tenía olor a muerte y fracaso. No satisfecho con haberle arrebatado la vida a sus seres más queridos, el destino tampoco le era benévolo como estudiante de música. En efecto, durante su estancia en el Conservatorio de Viena fueron muchas las críticas por parte de sus maestros, quienes no dudaron en considerarlo un prospecto de compisitor bastante mediocre augurándole además un destino incierto en su faceta como dierctor de orquesta. No obstante, aquellos viejos y conservadores maestros vieneses se equivocaban, y en las primeras décadas del siglo XX pasó a ser considerado como uno de los más importantes conductores y un compositor digno de tomarse en cuenta. A pesar de esto, el infortunio parecía seguirlo y durante sus diez años en la capital austriaca, Mahler -un judío converso al catolicismo- sufrió la oposición y hostilidad de la prensa antisemita.
Mahler dirigiendo la Novena Sinfonía de Beethoven
Gracias a sus innovadoras producciones y a la insistencia en los más altos niveles de representación, se granjeó el reconocimiento como uno de los más grandes directores de ópera, particularmente como intérprete de las óperas de Richard Wagner y Wolfgang Amadeus Mozart, y pudo conservar su puesto. Pero a comienzos del verano de 1907 y a punto de cumplir cuarenta y siete años, el destino lo enfrentó de nuevo con el fantasma de la muerte: como consecuencia de una difteria y tras una desesperada traqueotomía de urgencia, María (a quien cariñosamente llamaban Putzi), hija de Gustav Mahler y Alma Schindler, falleció un poco antes de cumplir cinco años. A escasas cuerenta y ocho horas de la muerte de Putzi, un médico le diagnosticaría una grave cardiopatía que pocos años después acabaría con su existencia. La muerte de los niños (primero de sus hermanos y ahora de su pequeña hija) dejaban profunda huella en su vida, a grado tal de poner música a una serie de poemas de Friedrich Rückert y que hoy conocemos como Die Kindertotenlieder (Las canciones a los niños muertos).

Literatura: Las coordenadas (cuento)

Por: Alan Crispo




Por la mañana temprano despertó a su huésped y logró persuadirlo, esta vez no sin alguna dificultad, para que lo acompañase a su estudio llegado el mediodía, y así poder verificar juntos algunas anotaciones y papeles en los cuales se veía absorto hace algunos meses. La realidad es que existía cierta benevolencia que respondía a un compromiso mutuo pero tácito. De igual manera, algo análogo al tedio había en esa voluntad; quizá ninguno de los dos sentía el alivio de ser lo suficientemente hospitalario. Quizá la trama de las grises llanuras y los grises horizontes de aquellas latitudes, infundían en los ateridos comportamientos, algo de temor en parecer ingrato.
El pedido no resultaba extraño, si no exagerado. Instantes después, con lentos movimientos y ya solo, el huésped dejó la cama para llegar a la bohardilla de la habitación y así retomar y notar la cíclica historia de cómo es que la sangre da vida. La pesada mirada, como siempre, obedeció al mismo punto, quizá a los mismos árboles, o incluso a las mismas ramas.
Esta vez resolvió no desayunar para poder concluir la tarea de redactar las últimas páginas del primer capítulo de un ensayo sobre la física de Planck, ligado a vagos comentarios. Acaso no sospechó que desayunar, horas más tarde, sería en vano.
Poco pudo escribir al no poder pensar, nuevamente, en otra cosa que no fuera su hermano. Su desventura lo amortajaba. Lamentaba con carne y huesos el no haber corrido él mismo aquella suerte. La indulgencia aún les permitía unirse, eventualmente, en el inextricable recuerdo; llevaba con vanidad o recelo la sensación de que nadie pudiese modificar lo que él recordaba de su hermano. Precariamente, estaba resignado al exhausto don de pensar y a la exhausta realidad. El olvido le confería, por qué no, algún descanso.
Luego de unas horas de merodear en la habitación y de haber ensayado no más que unas cuantas pobres líneas, dejó la pluma y se volvió nuevamente hacia los inmutables árboles. Puede haber sido que aquella insistencia resultara ser una forma de la nostalgia.

Artes Plásticas: La escultura de Bernini, el genio y su mundo

Por: Daphy

 

 

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) Autorretrato

 

El inicio


"Hombre excepcional, artífice sublime, nacido por disposición divina y para que la gloria de Roma ilumine el siglo". Así se refería el papa Urbano VIII al escultor y arquitecto italiano Gian Lorenzo Bernini. No era para menos: los pontífices del siglo XVII tenían mucho que agradecer al artista genial que, a lo largo de sesenta años de incansable actividad, forjó muchas obras emblemáticas de la Roma de la Contrarreforma.
Baldaquino de la Basílica de San Pedro.
La Basílica de San Pedro tal como hoy la contemplamos, con el célebre baldaquino de bronce, la Scala Regia y la majestuosa perspectiva de la plaza, son tan sólo una parte de su extraordinario legado para la posteridad. "Su talento es de los mejores que jamás haya formado la naturaleza, ya que, sin haber estudiado, tiene casi todas las ventajas que las ciencias dan al hombre", comentaba acerca de él el célebre mecenas y coleccionista francés Fréart Chantelou, quien tuvo la oportunidad de conocerlo durante su estancia en Francia. Y así era, Bernini no cursó ningún estudio regular y, aunque sabía leer y escribir, no conocía el latín; supuesta ignorancia que, según algunos autores, lejos de perjudicarle le sirvió para dejar de lado los prejuicios académicos y expresar ideas de gran originalidad. Su auténtica formación la adquirió junto a su padre, un escultor florentino trasladado a Roma, en cuyo taller aprendió a dibujar y a esculpir tomando como modelos obras antiguas
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