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miércoles, 30 de octubre de 2019

Poesía: Histrión

Por: Henry Castellanos

Stańczyk - Jan Matejko


En desasosiego he de vivir
Burlado por la teatralidad de un escenario
Con deslumbrantes luces que me cegan
Y me convierte en servidor y esclavo suyo

Recorro las relinchantes tablas
De lado a lado con tentativas de tropezar y caer
Pero me mantengo sobre la superficie
Aquí se teje la trama y el espectáculo comienza

Las risas aquí son compradas
Y esa vesania me pide a golpes que dibuje mi rostro
Y el que dirige grita que es un acto de jarana
Donde yo protagonizo este sainete

Escupo entonces una risa
Y el público se encandila en aplausos
No queda de otra que mantener la bufonada
Y hacer del corazón herido una hoja de papel estrujado

Mudo en pantomimas el llanto y la congoja
Y convierto en una mofa los sollozos del dolor
Hago una masa amorfa
Que surge de la risa fingida de mi amor capolado

Se convierte entonces todo en icónica farsa
Donde río del dolor
Donde separo el sentir y el expresar
Donde no soy mío sino de otros

Luego que el acto termina
Expongo mi rostro ante el espejo
Y a solas exploto en desconsuelo
De la vetusta mancha de dolor en mi imagen

El maquillaje cae
Deslizándose con la secreción de mis ojos
Dejando ver al verdadero imitador
Escondiendo la emulación

Entre sollozos y risas vivo el delirio
Sumido en el álgido estupor
Que nace de ser alguien más
Y que no muere mientras el telón no cierre

Tizno una vez más el rostro
Y río del dolor que envenena el corazón
Río porque cada mueca es comprada
El espectáculo sigue...



viernes, 30 de agosto de 2019

Literatura: Abono de tierra (Poema)

Por: Henry Castellanos 


                                           Alfredo Greñas, El escudo de la regeneración (1800)


Caen las rosas sobre la tierra y sobre la tierra misma nace el odio,
que se vulgariza como venganza generacional.
Mientras tanto entre tus apaleados cueros,
que cuelgan viejos y mustios,
se expanden las fístulas y las úlceras se hacen visibles al ciego,
y es el ciego intransigente que legitima la putrefacción.

Mientras las rosas siguen regándose sobre el suelo,
sobre el suelo mismo se abre una hendedura
y sobre la hendedura un concepto se perpetua.
Y la muerte sonríe y con su mueca de hoz ensancha la fisura,
que es espectáculo y que es indiferente para las rosas
que a su scapus aún corresponden.

Entonces un golpe impacta la tierra y estremece el día, la tarde y la noche
Pero la tierra solloza de dolor
Y el sufrimiento y el impacto pasaran para el día, la tarde y la noche de mañana.
El concepto seguirá latente, pero pasivo
cual noticia que es increíble,
pero para mañana algo más absurdo tomará su lugar.

La grieta que se hará más grande y hundirá el suelo,
se tragará la animadversión y los conceptos imperecederos.
Y de las rosas derramadas nacerá un invernadero
o sucumbirá la historia que muchos niegan.

Aquí ya no hay patria,
no hay consuelo ni dignidad que se sostenga
sobre la vil y desesperante magma indiferente
                                                                                       [Que nos cubre.]
Si me preguntan algún día por el sentido
de ser de este pueblo,
regurgitaré con el máximo desprecio.


martes, 19 de marzo de 2019

Poesía: La mañana de un 15 de marzo

Por: Henry Castellanos



'Doña Juana la Loca', obra de Francisco Padilla y Ortiz (1877).


Decirse adiós es negar la separación, es decir: Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros.

Jorge Luis Borges


A Mercedes 


Las brisas extrañas de este resonante marzo
Arrastra las briznas de nuestro jardín  y consigo 
Los pellejos colgantes de una longevidad perenne 
Lleva a lo lejos el alma pura llena de historia 
Y trae a su vez una dulce pero triste melancolía 

Al igual de extraña que son los vientos en este marzo
Es también la inocua sorpresa del manto obscuro 
Que se adueña de un amor filial y nos niega su arrullo 
A quienes por gracia del tiempo nos mantiene como arena mojada
Y a quienes por obra de la tinta que inscribió nuestro dolor
Nos contenta levemente con el descanso del otro 

Entonces es aquí donde llueve en la patria 
Y es la patria misma la que se desvanece en el hogar
Se doblan las rodillas y se entonan graves sollozos en cada habitación 
El indiferente alarga los gritos y vislumbra entre llantos anécdotas 
Y sobre la madera olorosa que atrapa cual cuerpo el alma
Se desparraman los vivos queriendo morir

Aquel que acepta los vientos de marzo yace a metros con mayor dolor
Y se oculta dentro de su lúgubre mente vacía y en pausa
Camina la fantasía y ve posibilidades que ya no son posibles
Y logra ver mientras limpia sus ojos al viejo barquero 
Que con suaves movimientos de sus remos aleja el retrato de Mercedes

Aquí quedan sus bellos ojos y su cálido humor 
Plasmados en cuerpos que desentrañó el suyo y que ocupar su lugar quieren
Aquí queda la frágil imagen que poco recuerda quien con mirada fría
Observa a metros de la cárcel de madera
Aquí no queda más que el nombre poético de Mercedes 
Quien fue a veces Andrea 
                                               [Quien fue a veces los ojos del viejo Castellanos 


sábado, 27 de octubre de 2018

Literatura: El otro (relato breve)

Por: Henry Castellanos

Cabeza de san Juan Bautista. José de Ribera. 1644. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.


Le sopla al oído y le comenta lo mal que está, le dice que lo arregle o que no hay solución alguna, pero sólo él le escucha y sólo él le comprende, así es la vida de los entes reales y su relación con los otros.
Esta es parte de la historia de Aurelio, una parte corta y que sólo yo sé, porque fui el único que supo de su aparente esquizofrenia y de su relación con quien quise llamar el otro
Aurelio, un tipo de 21 años y cursante de una carrera en artes y filosofía, era un hombre apuesto y bastante raudo dentro de sus propios gustos y de lo que él denominaba las actividades, las que de alguna forma dieron sentido a una vida centrada en captar y comprender todo tipo de arte, pero sobre todo en saber criticarlo.
Pero no es su vida lo que pretendo contarles, sino su estrecha relación con aquel: el otro.
Allá afuera hacía un día gris. Lo recuerdo porque Aurelio me llama por la mañana y logra espantarme el sueño que tenía con aquella chica de idiomas extranjeros, a la cual no decido acercarme por pura timidez. Ya una vez despierto y emberracado con Aurelio por llamar tan temprano, decido contestarle y en mi mente le digo que espero que sea importante. Antes de hablar logra gritarme que no sabe qué hacer, que por tanto lo vaya a ver para tomarnos un café y fumarnos un cigarrillo. Que lo que tiene por decirme es serio.
Comprendí que era algo importante, pues Aurelio es una persona que no fuma a menos que la ocasión lo amerite; y ameritar quiere decir suponer una tragedia en mente de ambos, y fumar comprende que lo que se tiene que hablar es serio. 
Me dirigí entonces adonde el tipo que vende café y cigarrillos en la calle Tumbacuatro que a propósito recibió dicho nombre desde 1862, cuando ocurrió el suceso del caballo árabe del ciudadano alemán de apellido Sundheim, y que según el padre Pedro Revollo en sus Memorias, se llamó así por un chalán que apostó que su caballo no se dejaba montar por ninguna persona que no fuera él. Y en efecto, cuatro hombres fueron derribados por el caballo. Una vez ahí, Aurelio apareció con una cara de tranquilidad muy extraña, pidió su café sin azúcar como de costumbre y además una jovencita de falda marrón, que es como le llamaba al cigarrillo. Le ofrecí fuego y, acercando su cara a mis manos y su cigarrillo a mi encendedor, dijo entonces muy sonriente, con la jovencita de falda marrón entre sus labios: tengo esquizofrenia, amigo.
Yo no supe cómo reaccionar. La verdad, fue como si jamás hubiese escuchado palabra alguna salir de su boca, así que opté por retirar el fuego y acercarlo a mi cigarrillo sin más.
— ¡Que no me escuchaste! —dijo parpadeando lentamente, como pensando a la velocidad con que el humo bailaba con el viento justo en frente de su rostro. 
— ¡Que no me escuchaste! —repitió, mientras yo tranquilamente respondía negativamente a lo que me decía. 
— ¡Que padezco esquizofrenia, dice un papel que me entregaron en la clínica!  —gritó algo desesperado.
No tuve de otra que desenfundar una carcajada, aunque a decir verdad no entiendo el porqué, pues Aurelio jamás bromeaba —al menos no que yo recuerde y su rostro seguía mostrándose apaciguo. 
— ¡No jodas, Aurelio! —exclamé con la sonrisa que aún iba quedando en mi rostro por la carcajada. 
— ¡Aprendiste a hacer bromas de mal gusto! —seguí diciéndole mientras sostenía el pequeño vaso desechable entre mis dedos. 
Entonces lo observé al rostro y me di cuenta que en él no había rastros de que fuese una broma; y si lo era, ¡por Dios, que era muy buen actor!
A medida que se enfriaba el café y el viento se fumaba el cigarrillo por mí, fui convenciéndome poco a poco de que Aurelio hablaba en serio y, una vez llegado al punto en que lo que creía una broma se tornaba del color del cielo en esta mañana de sábado, no quedó de otra que volver a sonreír y preguntarle qué pensaba de ello. Con su rostro aún fresco por la fría mañana que tanto nos gustaba, me contestó que como le había dicho el médico: que era posible que escuchara voces en su cabeza alguna vez, pero que finalmente no era tan malo en tanto que por fin iba a dejar de sentirse tan solo como el chico de los espaguetis de uno de los varios cuentos japoneses que había leído en mañanas anteriores.
Su tranquilidad hizo que yo no diera tanta trascendencia a lo que me contaba, por lo que lo único que hice fue invitarle otro cigarrillo para disfrutar de la lluvia que se avecinaba y que sería recibida agradablemente por nuestras cabezas. Porque en una ciudad tan calurosa, una mañana así es un enorme placer para el cuerpo y los ánimos.
¡Ahhh, mi amigo Aurelio! Un hombre tan brillante como noble. Como no recordar esta conversación, si fue la última que tuve con él. Tan corta como esta historia y la única que merece la pena destacar, porque representa una síntesis de lo que era él: un tipo serio y divertido a la vez. Descomplicado pero  también bastante lógico, creía que la vida era un juego perdido, así que la jugaba torpemente y sin querer salir victorioso.
Lo último que supe de él fue gracias a la llamada de Paula, una amiga que teníamos en común. Me comentó que un día Aurelio la llamó riendo porque el otro le pidió recrear el castigo para los suicidas del cual habla Dante en su Divina Comedia, pero en la versión que a él le hubiese gustado que fuese; porque supe que reescribió ese y otros castigos muy a su gusto y parecer. Supongo entonces que la viga que sostenía el techo de su casa representaba el árbol en el cual se convertía el alma del suicida; y su tormento, ver que su propio cuerpo pendía de las ramas. Sin duda, está posible interpretación se convirtió en una de las razones que me llevaron más adelante a releer una y otra vez el citado texto de Dante
Semanas después solo yo me enteré que Aurelio no sufría de esquizofrenia alguna; que jamás existió un papel en donde algún especialista lo declarara con alguna enfermedad mental; que había acabado con su vida por tristeza, y que el otro era la voz de aquel a quien extrañaba. El otro, un recuerdo que nos persiguió a todos y que escribió el final de Aurelio. ¿Final? No, tal vez debería decir inicio, pues Aurelio fue el precursor, testigo y confesor por excelencia del patíbulo que se avecinaba para cada uno de nosotros. 
Con la duda a bordo supuse dos cosas. La primera: que Aurelio sólo necesitaba una razón para no sentirse mal, así que creyó su propia mentira y por consecuencia necesitaba hacérsela creer a otros. A por ejemplo, pues con toda calma y sin afán de que me preocupara me transmitió a su otro, el que a partir de entonces también me habla al oído; y la segunda, que Aurelio en efecto se sentía como el chico de los espaguetis de aquel cuento japonés que me mencionó alguna vez...


martes, 2 de octubre de 2018

Literatura: La misma calle donde nadie espera

Por: Henry Castellanos

La noche cae por su propio peso sobre la ciudad, una que quizá no importa ya por lo trágico y extraño que se ha vuelto el que quizá nadie espere. Yo te comprendo, mi fuerte y delicado pétalo de sal. Pero te imagino, recorriendo de un labio a otro las edificaciones de un espacio que se derrumba, besándolos, convirtiéndote en carmesí; te invento pensando cada grieta y que las ves como una obra de arte entre tanto perfeccionismo improvisado que trae unas calles anómicas con personas que dejan su esencia sobre el asfalto caliente de mediodía. Te imagino reflejada bajo el color rojo oscurizo de
Automat, 1927 | Edward Hopper
una cerveza que observas mientras piensas fuera del presente que vive vacío para ti, que no existe, porque cuando lo piensas ya no es más que un recuerdo inaprensible. Yo te entiendo bien, furioso sobre las hojas del cuadernillo que me observa triste con traje rojo de bufón. Te desnudo y te imagino sin parar regalando sonrisas que yo desearía toparme por coincidencia o por el preparamiento lógico de nuestros pasos. Y me pregunto, ¿acaso te importa por donde caminas?, ¿los días pasan y te percatas de ellos si quiera?, ¿la vivacidad de tus dibujos, que jamás vi, sigue siendo igual de íntimo o se te hace trágico por la profundidad que le das ahora?
Te imagino soñando las noches por el día, esperando a que todo suceda lo más rápido posible para poder llegar a casa y morir de ti y de lo que piensas en medio de cada resoplar del viento que te ajusta el pelo detrás de tus orejas y las gotas del rocío que te planta un beso en la frente y allí se guarda como en toque de queda. Me parece confuso, porque te imagino ahora fuera de cada idea que encajo de costado sobre los emocionales textos que contiene esta ciudad que ha sido un diario para ti. Te hago sentada cada domingo en la mesa de tu sala, con algún texto de historia como carretera angosta que recorren tus ojos velozmente y un poco más despacio en la curva que conduce de un renglón a otro, pero distraída porque algún vano poema se te cruza en la vía y suspende el andar de tus esferas oculares. Te conviertes enseguida, implacable ante el llanto y vuelves a la carretera en la que piensas que deberías permanecer sin problemas, ¿qué eres? Que no te permites sufrir lo resbaladizo de cada curva cerrada que trae el camino, entonces levanto la vista y te mueves de tu mesa y como por arte de magia apareces en un autobús grande articulado convulsionado de personas, sentada en la parte de adelante con la mirada perdida, como fuera de ti y más allá de la transparente ventana que no te muestra una ciudad de ahora, sino de un tiempo que ya transcurrió, pero que en tu mente se recrea, quizá, con partes ficticias bien acomodadas por lo que crees que debió ser, y un escandaloso resonar en tus oídos que viene de afuera te espanta la idea y te incorpora a una realidad que no tendría que estar pasando, o eso crees muy profundamente.
Edward Hopper Excursion into philosophy 1959

Te imagino frecuentando sitios distintos para escapar de lo que sea de lo que huyas, en cuerpo y sobretodo en lo que más te mata que es tu mente, pero sigue siendo trágica una ciudad donde nadie espera ya y eso, implacablemente, la llena de aquello de lo cual huyes, del sueño y del sol que ayer era distinto al que alumbra hoy. Supongo que sigues curvando los hombros, como queriendo juntarlos de frente a ti haciéndote resaltar esos huesos de la parte superior del pecho, y en esa posición te imagino cautiva de ti misma, con delicadas obsesiones por aquel que camina del otro lado de la calle. Te imagino, a decir verdad, diferente, más pausada con cada movimiento, pero sin perder ese guiño que aglomera a todos a tu alrededor y los embelesa como viendo a la mismísima Atenas o Isis de Gustav Klimt hacerse carne.
Te sostengo tibia por el sol que reposa sobre tu piel blanca, sobre los bellos de tus brazos que peinas hacia tu izquierda cada vez que miras a ellos, sosteniendo algún bote ridículo de agua sobre tus labios que nada temen y saboreando lo húmedo del agua sobre ellos, pensando que alguien los besa, o aún mejor, que alguien aparecerá y correrá a reclamarlos.
Pero esta es solamente una manera de decirte que te extraño. Te imagino de infinidad de formas posibles, pero te imagino opaca, pero eso es porque no es a ti en quien pienso cuando pasas por mi mente, me vivo a mí sufriendo los estragos, es a mí a quien doy tu nombre. A decir verdad, me imagino suspirando y dejando un golpe en tu ventana para que de tu piel no se borre la muerte de la mía, para que no viva en mi tu ausencia; a decir verdad… te imagino feliz.  Y la noche no se levanta, porque su peso la sostiene sobre la misma calle donde nadie espera. 

domingo, 20 de mayo de 2018

Poesía: Lo que he visto de tu soledad

Por: Henry Castellanos


Cine de Nueva York - Edward Hopper


He visto nacer tu sol,
lo he visto ocultarse tras tus ojos
y encandilarse de nuevo como en amanecer.
He sido quemado por sus rayos incandescentes,
dejando marcas de su presencia que no se ven.

Pude escribir sobre él,
logré transfigurarlo, 
convertirlo en símbolos y, 
por primera vez en mi vida,
me ha hecho sentir grande;
como las hojas más altas del árbol,
que recibe directamente el arrullo del sol.

Pero entonces llega el día,
y mis ojos ven la puesta de sol.
Se hunde entre las montañas,
dulces montañas de tu mirada
y a la expectativa espero el amanecer.

Pero llega la lluvia,
las nubes grises tapan tu cielo,
divinas centellas alumbran tus ojos,
y me pregunto ¿qué sucede?
y muero marchito por ser la hoja culpable
que creció a las alturas del árbol.

Espero que del otro lado de tus ojos también llueva, 
porque si ha de brillar el sol,
no quiero más primavera.


miércoles, 7 de marzo de 2018

Literatura: Un poema (Cuento)

Por: Henry Castellanos

"El guitarrista ciego" (1903) – Pablo Picasso

Le gustaba asistir a recitales de poesía. Por alguna razón fue a uno y escuchó que un muchacho de la ciudad entonaba a viva voz un poema que decía haber escrito en el autobús camino al recital, —¿Cómo es que algo tan improvisado crearía toda una historia en la vida de uno de sus receptores?. A Mauricio Lozano le fascinó porque hablaba sobre una mujer y la elección de qué vestido iba colocarse esa noche para simplemente dormir elegante por si la muerte la visitaba en su lecho. Veía atentamente cómo el público ignoraba el poema, pues entre conversaciones de amigos y risas escandalosas, se perdía la voz de quien lo recitaba.
Años más tarde decidió volver a frecuentar los parques y avenidas que se cerraban en ciertos tramos para dar paso a estas tertulias tan amenas para cierto público de la ciudad. Entre conversaciones de las personas que asistían a uno de estos pequeños eventos, se enteró que un tal Ricardo se había suicidado días después de recitar el poema «Un vestido para mi amiga la muerte». Entre risas y burlas decían que la fama del suicidio había llevado a los participantes a tomarlo como una especie de emblema para iniciar diariamente los encuentros poéticos que tendrían lugar en el parque del Sagrado Corazón. Quedó frío de la impresión por la noticia, así que decidió acudir de nuevo tan solo para escuchar nuevamente aquel poema que tanto le había gustado. Lo escuchó con total encantamiento, como si viniese de Borges, Pavese o de García Lorca, y cayó en cuenta que justo en ese momento ocurría lo mismo que el primer día en que fue recitado en voz de su autor: parecía ser que el poema se movía entre el humo de los cigarrillos y los costados de los asistentes; que tocaba los hombros de la gente; pero que, asimismo, lo desdeñaban tal y como es ignorado el ruido de los automóviles en una calle muy transitada.
Mauricio Lozano no lo entendía, pues para él era una joya contemporánea. A su pensar, se trataba de un poema que expresaba tanto, tan lleno de colores y descripciones, que podía dejar a cualquier audiencia anonadada a condición de dedicarle el debido tiempo y trabajo para atenderlo. Pero extrañamente no sucedía así, pues la audiencia permanecía indiferente durante su lectura. A partir de entonces, día tras día, llegaba puntual al parque del Sagrado Corazón, lo escuchaba y se iba pensando en que al día siguiente volvería para purificarse por dentro al oírlo de nuevo.
Mauricio llegó a los extremos de la desesperación, pues quería hablar con cualquier persona de su parte favorita del texto escrito por el difunto Ricardo: aquella en donde se describía a una mujer seleccionando algún vestido acorde para recibir a la muerte en caso de que se presentara esa noche. Mientras escuchaba, se imaginaba a sí mismo conversando con aquel tipo blanco, de pecas, sobre el primer vestido descartado por la protagonista del poema: uno lleno de flores que, en su opinión, hizo bien en no elegir en tanto que un ropaje impreso con brotes amarillos, azules, rojos, violetas y púrpuras no caían bien para una ocasión tan importante. No obstante era un hecho que la realidad era otra, pues al observar a los asistentes lo único que podía notar era que estaban de espaldas a tan maravilloso relato e incluso había quienes balbuceaban sobre lo agobiante que era iniciar el recital siempre con ese horrible poema que debía ser olvidado de una vez por todas.
Era un hecho que Mauricio Lozano se fijaba en cada uno de los asistentes al evento. Observaba en especial a dos personas que siempre frecuentaban el parque: una chica de ojos cafés muy lindos, con el pelo a la altura de los hombros, y al que parecía ser su pareja: un tipo alto, joven y apuesto, de anchas espaldas y barbilla pronunciada. Sin saber porqué se les acercaba lo más que podía, pero sólo notaba a la chica mirar con total dedicación al tipo, que no hacía otra cosa que hablar sobre cómo ese espacio poético era capaz de quitarle el estrés después de todo un día entre la universidad y el trabajo en la frutería de sus padres. Y así le transcurría el tiempo: sentado siempre en la misma parte del césped y mirando de lado a lado como sintiéndose capaz de reconocer muchos de los rostros que se presentaban con frecuencia en el lugar. Tal vez, sabiendo en escala quiénes prestaban de mayor a menor atención a «Un vestido para mi amiga la muerte» y extasiándose al escuchar palabra por palabra cada estrofa incluida por Ricardo en su poema.

Uno de tantos días y en medio del acostumbrado inicio del evento, gritó: «y al final decide elige el vestido de flores», lo que provocó que las personas le lanzaran miradas de rareza como si estuvieran en presencia de algún tipo de loco haciendo cosas fuera de lo normal entre la carrera veintiuna y la calle treinta al mediodía en plena hora pico; pero Mauricio pasó por alto esas miradas desaprobadoras y, con una sonrisa que no concordaba con su mirada, volvió a gritar: «sin duda, es el mejor poema del mundo», causando ahora que la gente a su alrededor diera varios pasos lejos de él. Aun así, Mauricio Lozano siguió frecuentando el parque tarde a tarde amando en especial los sábados que era cuando acudía la mayor cantidad de gente; odiando los domingos, día en que la jornada no despertaba el mínimo interés de los asistentes debido tal vez a la idea de que al día siguiente había que reanudar la rutina diaria; y detestando los lunes debido a que muy poca gente visitaba el parque.
Al siguiente sábado y tras un infrecuente retraso en la hora de inicio del recital, en medio de la impaciencia decidió buscar otro lugar en dónde sentarse esperando que el ansiado poema llegase como lo hace la luz a una habitación en penumbras. Hallado el sitio, se percató de que llevaba varías semanas sin ver a la chica de ojos cafés y pelo a la altura de los hombros.
Quizá se mudó de ciudad o tal vez a causa de sus estudios... A la mejor fue a visitar a algunos tíos que probablemente viven fuera del país. ¿Quién puede saberlo? dijo para sus adentros.
Sin embargo, cayó también en cuenta de que el muchacho apuesto con el que solía acudir seguía asistiendo, pero ahora con otra mujer un tanto más baja que la otra, pelo largo y quizá con mayor interés en lo que pasaba alrededor y menos al rostro de su acompañante. Por fin, el evento dió inicio y se siguió con la rutina de todos los días: el poema fue leído; como de costumbre fue ignorado; y, cuando culminó este acostumbrado ejercicio, alcanzó a escuchar una voz que decía que el trabajo de Ricardo le había parecido encantador y que era toda una obra de arte. Asombrado y apretando los dientes, volvió la cabeza y notó que aquellas palabras habían sido pronunciadas por un mozalbete de camisa amarilla, bolsillos a la altura del estómago y lentes redondos. Emocionado, se dedicó a escuchar todos los poemas que se recitaron durante la tarde pensando en que por fin había encontrado una persona con la cual hablar del poema que había marcado una pausa en el recorrido de su vida.
Cuando todo hubo acabado y las personas comenzaron a emprender sus caminos, Mauricio Lozano decidió ir detrás de aquel joven. Mientras caminaba, pensó en lo conveniente de decirle que lo había visto entre la gente y que era un placer encontrarse con alguien que le gustara ese poema. Que de acuerdo al argumento, el vestido negro parecía muy obvio para la ocasión y que la protagonista perdía el tiempo descartando vestidos como ese. Incluso, que llegó a pensar en alguna ocasión que los vestidos eran sólo metáforas que el escritor creaba para referirse al tiempo que elegía la mujer para entregarse a la muerte, o que probablemente la mujer era la misma muerte eligiendo una persona a la cual llevarse y que el auténtico protagonista del poema era el colorido vestido flores... Pensó en tantas cosas que tenía que decirle a ese muchacho de lentes redondos, que caminó cuadras y cuadras sin decidirse en cómo iba a abordar a su nuevo amigo.

Caía ya la noche en Barraquilla y el joven se detuvo ante un semáforo en verde mientras que Mauricio se acercaba pacientemente situándose justo detrás de él. El muchacho alcanzó a observarlo por el borde de sus lentes y sin mayor preocupación continuó con su camino. Una calle más adelante giró a su izquierda, lo que hizo que Mauricio Lozano lo perdiera de vista. Un poco sorprendido, colocó sus manos en la coronilla para observar si aquella persona a lo lejos era la persona que buscaba, pero no lo era. Dándose por vencido y viendo que la noche había caído sobre la ciudad se dispuso a partir, cuando de una casa con puerta verde lo vio salir con las manos dentro de los bolsillos de la camisa. Presuroso, lo alcanzó para tratar de comenzar un debate en torno al poema que tanto lo cautivaba, se situó frente a él y lo saludo:
—¡Quiúbo hermano, lo vi en el parque del Sagrado Corazón en el recital de poemas! —dijo mientras extendía su mano y observando que detrás de aquel chico salían otros tres más. 
Mauricio insistió:
—A mí también me gustó mucho el poema y quería hablar con usted sobre lo que más me ha llamado la atención de él. 
—¿Qué quiere, maricón? respondió el joven con una mirada de total enojo.
Los tres tipos que salían detrás acompañaron las fuertes palabras con una propuesta que se comprendía en violencia: proponían «joderlo», a lo que Mauricio Lozano contesto:
—¡Es que ustedes no entienden, yo vengo a hablar con él sobre un poema! ¿O acaso no es cierto que estuvo allá y que le gustó el poema? 
 —Ni se me acerque, maricón —gritó el joven mientras golpeaba la mano de Mauricio
y que aún seguía extendida. 
Inmediatamente, sintió como un puño se estrellaba contra su rostro y otro, y otro más.  
—Es que… ¡Esperen, yo sólo quiero hablar con él! trataba de decir mientras sentía cómo su rostro era estampado sobre el gris y frío asfalto.
Por unos instantes perdió el conocimiento.
Pasados unos días, Mauricio recuerda lo pasado y piensa: 
—Llevo mucho tiempo acudiendo al parque del Sagrado Corazón a escuchar poemas. Hace poco escuché uno sobre todo el proceso que tenía una hoja al desprenderse de su rama, hasta que tocaba el suelo y la brisa la revolcaba por todo el lugar. ¡Me gustó mucho! Casi pude visualizar como fotograma cada escena narrada en el poema. Se escuchan también muchos poemas de amor dedicados a quienes ya no están o a personas que apenas llegan y son todos muy hermosos. En mi imaginación, casi puedo ver los colores de cada escena de «Un vestido para mi amiga la muerte», converso con la protagonista y le hago muchas preguntas. Otras veces hablo con la muerte y la interrogo acerca del destino de la mujer: que si finalmente  llegó por ella o si simplemente la dejó dormir plácidamente con su vestido de flores amarillas, rojas, azules y purpuras. También me acuesto sobre el césped del parque fantaseando en que voy en el mismo autobús con Ricardo y le sugiero algunas cosas para que su poema no sea ignorado en las jornadas; quizás porqué no hasta consejos que le permitan seguir con vida recitando el poema en voz propia al inicio de cada uno de los encuentros.

A Mauricio Lozano le encantaría tener alguien con quien hablar de aquel poema que ha escuchado una y otra vez sobre una mujer que, sin esperar algo en especial,  abre su armario y se le ocurre la maravillosa idea de elegir un vestido muy lindo, el más bello de todos, por si llega su muerte mientras duerme. Desconoce si la fatídica cita finalmente se llevará a cabo, o si al siguiente día tan solo se levantará con el mismo vestido con el que se fue a dormir. Pero Mauricio Lozano no lo hace. A cambio, baja la cabeza y sale a la calle a hablar consigo mismo recordando las bancas de ayer, las grietas en el asfalto que siempre mira, o lo suave del pasto donde suele recostar su cabeza. 
Porque Mauricio Lozano sigue frecuentando el parque del Sagrado Corazón y viendo en aquel poema una gran obra... Destacable, pero ignorada.