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viernes, 30 de agosto de 2019

Literatura: Abono de tierra (Poema)

Por: Henry Castellanos 


                                           Alfredo Greñas, El escudo de la regeneración (1800)


Caen las rosas sobre la tierra y sobre la tierra misma nace el odio,
que se vulgariza como venganza generacional.
Mientras tanto entre tus apaleados cueros,
que cuelgan viejos y mustios,
se expanden las fístulas y las úlceras se hacen visibles al ciego,
y es el ciego intransigente que legitima la putrefacción.

Mientras las rosas siguen regándose sobre el suelo,
sobre el suelo mismo se abre una hendedura
y sobre la hendedura un concepto se perpetua.
Y la muerte sonríe y con su mueca de hoz ensancha la fisura,
que es espectáculo y que es indiferente para las rosas
que a su scapus aún corresponden.

Entonces un golpe impacta la tierra y estremece el día, la tarde y la noche
Pero la tierra solloza de dolor
Y el sufrimiento y el impacto pasaran para el día, la tarde y la noche de mañana.
El concepto seguirá latente, pero pasivo
cual noticia que es increíble,
pero para mañana algo más absurdo tomará su lugar.

La grieta que se hará más grande y hundirá el suelo,
se tragará la animadversión y los conceptos imperecederos.
Y de las rosas derramadas nacerá un invernadero
o sucumbirá la historia que muchos niegan.

Aquí ya no hay patria,
no hay consuelo ni dignidad que se sostenga
sobre la vil y desesperante magma indiferente
                                                                                       [Que nos cubre.]
Si me preguntan algún día por el sentido
de ser de este pueblo,
regurgitaré con el máximo desprecio.


miércoles, 22 de febrero de 2017

Poesía: Llegará nuestro turno

Por: Antonio G.


Edvard Munch "Skrik" - 1893




Te juro que muero cuando me despierto,
cuando abro los ojos y veo esto...
Lo he entendido hoy;
tal vez fue el amanecer
o la noche, que sí tenía estrellas.

No sabría decir de dónde vino
esta confesión tan dura,
este secreto tan guardado, tan verdadero;
este sollozo del viento
este lamento del aire.

Como un quejido del mundo
de la misma tierra un murmullo
que se parte, que llora con cada pisada,
me llegó este grito
que me hizo trizas el alma,
que me volvió de arena los huesos,
que detuvo la sangre.

Llegó la voz y dijo
que no pertenecemos aquí;
en realidad, a ninguna parte.
Llegamos como acto de amor
o el error de una noche,
y sin embargo, nos creemos tantas cosas.

Llegó el murmullo así
recalando en el alma para aclararme
que no vamos a ningún lado
que nadie nos dirige
que somos un barco sin timón;
aunque quizá tampoco haya barco,
ni agua, ni mar,
y estemos en un vacío enorme
oscuro, envolvente.

Quizá sean estas palabras
el reflejo de ese lamento,
de ese quejido;
quizá no sean nada,
porque nunca hubo nada;
ahora tampoco lo hay.

Mañana será exactamente igual,
con las mismas risas de fondo
el mismo amanecer de hace un mes;
repetido, como todo, como la noche
como estas palabras tan muertas,
tan efímeras como la vida, como el parpadeo;
no hay nada.

Hoy me lo dijo:
nada justifica tu estancia en este lugar,
ni tu amor, ni tus ganas de dejar algo.
Porque el mismo mundo nos mata lentamente,
somos conejillos de indias tratando de salvarnos,
pero estamos en la caja
esperando a que nos tomen,
comiendo, disfrutando del alimento
sin embargo
un
día
llegará
nuestro
turno.



lunes, 22 de agosto de 2016

Poesía: Trastiempo abismo

 Por: Nelson Ballestas

Tomasz Alen Kopera, 1976 ~ Magical

Volver al mismo rincón 
con las mismas alas gastadas, 
esperando un nuevo día 
revolver un poco el tiempo de forma inconsciente 
y maldecir un poco al cielo, 
pero no tanto.

Mirar por un agujero las costuras del pasado 
y darse cuenta que en cada intento 
no hay valles grandes, 
no el amplio abismo,
sino el mismo cielo y el mismo lago.

Que todo termina en dos empujones más, 
en un silbido de más y en una agitación más,
cuando las calles quedan desnudas 
al desierto de los ojos refulgentes de ansiedad. 

El panfleto dice que está bien, 
el muro se cae y dice que estuvo bien, 
las demás aves silbando dicen que está bien.
 ¿Yo puedo decir que estoy bien? 

Río como ríen jadeantes los perros 
que se muerden el tullido cuerpo
y se acercan a los extraños,
jugando con incógnitas extrañas.

Es cuando empieza la metamorfosis,
cuando el cielo cambia 
de azul y negro 
a blanco y negro.

Cuando nos olvidamos de los ocasos y amaneceres,
que hasta el tiempo se convierte en un perro,
aunque los segundos estén llenos de aves 
desfilando por su cuerpo.

sábado, 25 de junio de 2016

Poesía: El Sur (elegía)

Por: Iván Nesta Marley





Este es el sur, mis amigos, el sur donde la impunidad se come casi tan a diario como el frijol y el maíz. 
Una impunidad con un sabor amargo a la distancia, agrio y picante, que hace a los ojos llorar, que nos hace toser como locos y llorar como niños. 
Una impunidad que nos hace doler el estómago, la cabeza, el torso, las piernas, o donde tengas suerte que la salva te toque o que la desgracia de la bala te duerma.
Una impunidad que acecha a todas horas, una impunidad vigilante y fría. 
La misma que destapa los pozos de mediocridad donde se escoden las peores pestes de la comunidad que rapiñan todo lo que alcancen sus largas manos y su estúpida cabeza, adjudicándose banderas ajenas.


Este es el sur de gente encorvada por todas las jornadas de trabajo que han vivido.
El sur de las alma más fuertes y más tenaces.
El sur incomprendido, menospreciado e inconquistable. 
El sur con huevos, el sur de la gente de las nubes, el sur del pueblo de la lengua florida. 
El sur que no se rinde.

lunes, 6 de junio de 2016

Poesía: Politik

Por: Antonio G.



No es la política lo que nos hace estar así,
es tu falta de convicción, tu tristeza de ver
que las cosas no cambian,
que el negro no se quita,
que las cosas van girando y no paran.
Es la falta de lágrimas lo que nos hace estar aquí,
la ausencia de corazones que palpiten,
de brazos que se unan, de manos que se enlacen,
de cerebros que busquen soluciones para este atolladero.
Todos quieren salir del barranco; hay tantos queriendo saltar del barco
haciendo su propia balsa, de las mismas maderas
que a todos nos mantienen flotando.
No es la política lo que nos hace así,
es el perro viejo quien habla
y los cachorros quienes escuchan,
que si antes hubo negro, mañana no tiene que haber blanco
no hay colores en este charco,
donde nos estamos matando;
donde nos están asesinando.
Es la falta de fuerza, la falta de paciencia;
el deseo de no frustrarse, de llegar rápido a la meta;
de no ir por el camino escabroso, que es siempre el más honesto,
y el más solo.
No es la política lo que nos hace estar así,
sino tu miedo a las balas que rompen ideas,
al sonido de las armas que revientan el alma,
a que la sangre se esparza un día
en la pared de tu casa.
Es tu miedo a la noche, cuando ellos llegan;
porque son o quizá sean,
las ratas que no quieres que nadie vea,
de esas que se llevan los ideales por la coladera.
Los que quieren un cambio hoy, mañana mueren,
Los que van a cambiar las cosas, no están aquí,
no escriben, a veces ni tan siquiera hablan,
el río los va jalando a la corriente,
se los lleva y de vez en cuando los deja flotar,
para que tú recuerdes al joven que fuiste,
el que quiso cambiar,
el que escuchó a los perros y fue rata y todo animal;
antes que ser persona, antes que ser humano,
se convirtió en otra cosa y no dejó rastro.
Es tu negación a ver el cambio acompasado;
el ritmo cadencioso que trae parece de anciano,
que va rompiendo paradigmas, quitando estandartes;
y al esperarlo hay que mantener la frente en alto,

viernes, 20 de mayo de 2016

Poesía: Los que van a cambiar

Por: Antonio G.

Starry night Over the Rhone - Vincent van Gogh, 1889

Los que van a cambiar las cosas no están aquí,
no escriben, a veces ni tan siquiera hablan,
no gritan desde acá, para luego ir al trabajo
y pasar por las calles como si
nada estuviera pasando.
Los que van a cambiar las cosas no se llenan de tristezas,
no se les ennegrece el corazón,
no se la pasan hablando mal del mundo;
todos saben que está mal.
Van tratando de no generar expectativas
se levantan y ayudan a alguien y se van,
no se ponen a esperar las alabanzas de la gente
a estirar la mano y fijar los ojos en la recompensa
como perro que mueve la cola
y espera la carne o la galleta.
Ni tan siquiera saben que van a cambiar las cosas,
porque a veces, su objetivo no es ese:
no persiguen los actos grandes,
sino los pequeños;
dan pasos chicos, como niño aprendiendo a caminar,
y caminan y no se detienen.
Y cuando quieren volar, no lo hacen,
porque a las personas le gusta tirar piedras a los pájaros,
verlos caer, arrastrarse y gemir;
gozan cuando desde el suelo los miran con miedo,
cuando se caen del cable causan un revuelo.
Los que van a cambiar, hacen y caminan
y tratan de no elevarse,
mantienen un paso tranquilo,
como si hubieran encontrado el tempo perfecto
para la sinfonía que están haciendo;
ajustan los redobles, dibujan el compás final para los metales.
Los que van a cambiar el rumbo,
pasan al escenario en un silencio absoluto,
y su mirada no se topa con nadie del público;
toman sorpresivamente la batuta,
miran todo lo que han hecho con expresión dura,
como de quien critica su sombra,
como de quien no reconoce los cambios en el espejo;
levantan la mano
y en ese pequeño momento
antes de que la obra comience;
en ese último silencio,
antes de que la sinfonía suene,
saben que lo han logrado, que han cambiado algo
tan diminuto, tan pequeño
que la gente nunca lo va a reconocer.

jueves, 3 de marzo de 2016

Literatura: Horas de Gracia (cuento)

Por: Antonio




Cierro la puerta, miro de reojo, te veo detrás, saliendo del pozo
De la negra noche, de la parte oscura, nos vamos al altar, y como siempre, subo a la una.
De una a tres: el eterno placer. De tres a una: eterna espera.
Trepo las escaleras, luego más arriba; sé que debajo no traigo nada y que allá arriba está la luna,
nos mira de reojo, como si no quisiera realmente vernos,
aunque al mismo tiempo no quiere perderse, la danza de los enfermos.
Me subo la sotana a la altura del pecho, el corazón brinca de placer, palpita mi sexo.
Arriba de él te montas, tú también ya te has subido el negro hábito,
entro en tu cuerpo, comienzas a moverte rápido.
Dejo mis piernas cerradas, mis brazos extendidos, miro a la nada, como si me hubiera ido.
A ratos cierro los ojos, pero procuro no moverme, te gusta ver el crucifijo, y luego voltear a verme.
Sabemos que no lo haces conmigo, se lo haces a Jesús, tus orgasmos son más grandes, cuando me lo haces viéndolo en la cruz.
Las noches anteriores me has cortado, y yo he encontrado tras eso, el final de mis enfados.
Me excita que lo hagas, que me hieras con espinas, que traigas clavos a esta cena, que entre mis piernas te queda servida.
Ahora traes algo nuevo, puedo notarlo en tu mirada; una lanza es lo que has sacado, y sé cuál será la cosecha de lo que hemos sembrado.
La encajas en mi costado, hasta lo más profundo y lo he tolerado. Y antes de que me arrepienta, antes de que me despida, percibo tu orgasmo: el más grande de todos los que he escuchado.
Antes de que me arrepienta, antes de que me despida, te entrego algo mío, dentro de tu flor que es fuente de rebeldía.
Me voy yendo, pero también estoy haciendo lo contrario.
Te mueves frenéticamente, convulsa y llena de espasmos. Yo te dejo algo dentro, pero puedes deshacerte de ello porque no es un regalo, por mí, también puedes matarlo.