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Zdzislaw Beksinski - Dos - 1986 |
Entre insoportables dolores musculares y los profundos rayos del mediodía desperté; sentía la mandíbula entumecida, los brazos cansados, los muslos decaídos; si no hubiese despertado a tiempo la bestial temperatura me hubiera apuñalado.
Los
ojos me dolían, inferí que el origen del daño se debía a un cumulo de sádicos
golpes, lo cual no recordaba muy bien, pues me había desvanecido lentamente hasta
quedar completamente inconsciente; cuidadosamente comencé a parpadear, respiré
y tragué saliva, mi garganta estaba dañada. Aún estaba aletargado, era el
momento más lóbrego de mi vida.
Me
puse de pie entre diminutos y constantes tambaleos, mientras que dentro de mi
cabeza dos pensamientos revoloteaban como un par de moscas: ¿Qué carajo me había pasado?, ¿Cómo había
llegado hasta aquí?
Me
costaba trabajo recordar en qué momento había llegado a este lugar; la enérgica
luz del sol me provocaba malestar, dolor de cabeza y algo de migraña.
La
luz solar despedazaba cruelmente mis pupilas, mi cerebro asimilaba imágenes
borrosas, esto me desesperaba. Había estado inconsciente por varias horas,
quizá varios días o sólo unos cuantos minutos. Eso ya no importaba, el
aletargado coma onírico había concluido, sin embargo, aún tenía frescas las
imágenes que mí inconsciente construyó mientras dormía.
Sentía
un constante hormigueo en mis brazos, comencé a moverlos para que la sangre
fluyera y se normalizarán mis milimétricas cavidades venosas, sentía mis
piernas endebles, frágiles, inútiles. Sería difícil emprender el camino de
regreso a casa. Mi lengua anhelaba menear un par de cubos de hielo sumergidos
en un violento vaso de whisky. Tenía que volver.
El
cielo destellaba una radiante furia albina, me entretuve unos cuantos minutos
observando aquellos bríos luminiscentes, todo el cielo lucía un blanco
perfecto, muy pulcro. Llegué a pensar que nada de esto era real, todo
había sido creado artificialmente por manos humanas, el cielo no era más que
papel, un papel muy fino, ligero, suave. Toda esta blancura era una
mentira.
Un
fuerte crujido captó mi atención, miré hacia el suelo y había miles de hojas
secas esparcidas uniformemente, miré hacia el frente y había incontables dunas
de hojas secas color marrón, enormes dunas de diversos tamaños y tonalidades.
En algunos lugares las hojas estaban apiladas, formaban enormes montañas de
casi diez metros o más. Me encontraba sumergido dentro de un paisaje muy
inusual, tragué saliva, mi estómago se contrajo varias veces, mi corazón latió
aceleradamente, tenía los labios secos.
Quise
darle un sentido lógico a todo esto; pensé que estaba dentro alguna granja, una
propiedad privada que pertenecía a una familia de granjeros. Busqué
cautelosamente la casa de madera en forma de triángulo equilátero pintada de
color blanco, la clásica puerta de madera con su respectivo mosquitero, las
ventanas cuadradas y abiertas, la ropa tendida moviéndose a causa del fuerte
viento, el gran tractor anaranjado que labraba la tierra, el sistema de riego
que esparcía el agua uniformemente, la pequeña valla de madera que rodeaba la
casa.
Esperaba,
impaciente, al dueño de la propiedad: un granjero con sombrero de paja, camisa
de cuadros, pantalones ajustados, botas sucias, barba desaliñada y mascando una
rama de trigo mientras se acercaba precavidamente hacía mí con un viejo rifle
oxidado entre sus manos. En seguida, con una voz grave e imponente, y mientras apuntaba hacia mi cabeza con
su arcaica arma, me
preguntó ferozmente:
-¿Qué rayos estás haciendo aquí?-
Sin
embargo, nada de esto sucedió, los nervios y el fulminante calor me hacían
divagar.
Tras
esta absurda hipótesis, me di cuenta que estaba solo. No había nada, nada en
kilómetros, nada que no fuese el bestial calor del mediodía y el vasto desierto
de hojas secas y quebradizas. A donde miraba sólo veía ubicuos montículos de
hojas secas apiladas a cada cierta distancia, miles de dunas crujientes de
color marrón, el suelo seco y quebradizo.
El
calor aumentaba, extrañaba la fresca y fría noche cayendo en picada derramando
su glacial líquido noctámbulo por las grietas del crujiente suelo, salpicando
mis sucias y desgastadas botas de piel de víbora.
Comencé
a caminar, cada paso que daba era acompañado por el detestable crujir de las
frágiles hojas, sin embargo, mataba el denso silencio.
Un
paso -¡Crack!- dos
pasos -¡Crack, Crack, Crack!- cinco pasos -¡Crack,
Crack, Crack, Crack- seis pasos, un descanso. Caminé, busqué,
respiré y sudé sobre las hojas secas, había recorrido kilómetros y kilómetros
de maleza seca, estaba caminando sobre un vasto desierto de hojas muertas.
El
tiempo se diluía y se escapaba por las grietas del suelo; el sol estaba
llegando a su habitual ocaso, cada vez más débil y estéril, cada vez más frío y
fugaz. Su imponente figura se desvanecía, estaba en fase menguante pero con los
picos apuntando hacia abajo, era un medio círculo, el horizonte lo había
divido; las diáfanas nubes oscilaban en el cielo, los suaves y frescos vientos
veraniegos las empujaban con vehemencia haciéndolas chocar entre sí, unas iban
con pequeñas pausas y otras a una gran velocidad, también se generaban pequeños
remolinos de hojas y polvo que se desvanecían rápidamente.
El
viento embestía brutalmente a las pequeñas hojas sueltas, gozaban de una bella
insubordinación natural, que no se alineaban a las ubicuas dunas. Estaba
disfrutando de un bello y raro espectáculo, a pesar de ello, el lugar era
desolador.
Caminaba
y caminaba con pocas fuerzas, ya no podía más, estaba a punto de recostarme en
el suelo cuando me percate de algo. A lo lejos, vi unos pequeños puntos negros
que estaban en constante movimiento como si fuesen simples moléculas de agua en
su punto de ebullición. Caminé hacia ellos, me acerque sigilosamente al
inevitable encuentro, tal vez no era el único dentro de esta confusa situación.
Mientras
me acercaba, los puntos se hacían más grandes pero parecían evaporarse, quizá
era el efecto del bestial calor. Cuando estaba cada vez más cerca, los puntos
tomaron una distorsionada forma humana, me di cuenta que los puntos no eran
puntos sino un grupo de personas que corrían agitadas, denotaban angustia, dolor,
preocupación, parecía que estaban huyendo de algo.
Eran
dos hombres y tres mujeres de no más de veintisiete años de edad, llevaban
puestas ropas raídas, sucias, casi inservibles. Los cinco estaban desaliñados,
sus caras y cuerpos estaban zarrapastrosos, quizá llevaban varios días perdidos
en este lugar tan menesteroso.
Los
cinco se aproximaban hacia mí con una furia indeterminable, pude advertir que
brotaban lágrimas de sus rojizos ojos, se desprendían con el viento, flotaban
en la nada por unos instantes y caían al crujiente suelo, el ciclo se
repetía. Algo los había perturbado brutalmente, y, posiblemente ese algo los
estaba siguiendo.
Cuando
por fin convergimos, una de las chicas me miró y se detuvo, su rostro estaba arruinado
por el arduo calor, su mirada advertía angustia; ella se moría por contarme lo
que estaba sucediendo, lo que les había perturbado, deseaba compartir su miedo
conmigo.
Los
demás se dieron cuenta de mi presencia pero no se detuvieron, continuaron
corriendo frenéticamente. No obstante, uno de ellos se regresó y jaloneo a la
chica mientras se encontraba estática frente a mí como una planta, como no se
movía, entonces, con una voz ronca casi muerta, le gritó:
-¡Por favor, no te detengas, no te detengas, debemos
llegar a tiempo al filtro, no te detengas!
Realmente
estaban huyendo de algo o alguien, esto me llenó de miedo, diminutos
escalofríos comenzaron a helar mi sangre, aunque aún no sabía lo que estaba
ocurriendo ya asumía la necesidad de salir corriendo.
La
chica forcejeo unos instantes con aquel tipo, éste le soltó el brazo
bruscamente y se marchó; con lágrimas en los ojos la dejó y continúo corriendo.
La
extraña chica me tomó de las manos como si fuese un pequeño niño, las tenía muy
suaves y frías, muy álgidas. Me tomó del cuello y con sus yemas acarició
mi nuca, tocó mis orejas, con ternura acercó su decaído rostro junto al mío
como si me fuese a besar, me miró a los ojos y colocó sus carnosos labios junto
a mis pequeñas orejas, sentí su agitada respiración, exhalaba aire caliente.
Empezó
a balbuceaba palabras incompletas, frases inconexas con tanta parsimonia que me
desespero. Después de varios intentos logró construir una oración
coherente, y, con una voz quebrada y ácida me dijo lo siguiente:
-Quizá dos sean suficientes, pero seguramente serán tres
y...nuestr..cuer..ard....
No
completó la última palabra; me desconcertó, la miré a los ojos y sus pupilas
estaban dilatadas, su rostro lleno de cicatrices comenzó a deformarse como si
fuese un pedazo de arcilla fresca dentro de un fogoso horno. Su piel se
estaba derritiendo, cachos de carne con olor a muerte caían al suelo en forma
de gotas, aquello parecía una vela en sus últimas consecuencias. Ella no
apartó su mirada de mí, sonrió perversamente, un escalofrío recorrió mi cuerpo,
me quedé petrificado.
Me
besó; sus labios ensalivados mojaban las marchitas ranuras de mi boca y al
mismo tiempo se iban despedazando a lo largo y ancho de todos mis labios. Pequeños trozos de carne ensangrentada caían al suelo y otros más dentro de mi boca,
eran como milimétricas migajas de pan que se adhieren a los dientes, todo esto
me produjo una sensación repugnante.
Me
introdujo su húmeda y salada lengua, la pasó por lo más profundo de mi
garganta, estuve a punto de vomitar pero terminó con una brutal mordida en mi
labio inferior. Ella se marchó, corrió sin mirar atrás, me dejó solo en
medio de aquel insólito desierto.
Mientras
se perdía entre las dunas secas el calor aumentaba de forma energúmena, miré el
cielo, el sol estaba más furioso que nunca, había dejado atrás su fase
menguante, ahora estaba completo y demasiado irascible. Fue así como empezó
a expandirse desmesuradamente, estaba muriendo, era una bola de fuego que
aumentaba de tamaño, devoraba todo a su paso, se expandía como un gran globo
amarillo que es alimentado de aire caliente con la intención de que reviente,
entre más crecía el astro más aumentaba el calor. Mi piel comenzó a
desmembrarse a causa de las sádicas olas de fotones.
De
un momento a otro, el lugar estaba siendo devorado. En segundos todo sería
reducido a cenizas, intenté correr para no morir incinerado pero el calor había
desbaratado mis piernas, ambas tenían una consistencia pegajosa y maleable,
tenía bestiales quemaduras en mis muslos, en los tobillos, en las rodillas,
brazos, mejillas; estaba acabado.
A
lo lejos se apreciaban las dunas ardiendo a causa del bestial calor, otras más
ya estaban reducidas a simples cenizas, en algunos lugares se alcanzaban a ver
destellos color carmín, el horizonte estaba cubierto por feroces llamas. Una
densa nube de humo negro empezó a sustituir la nítida blancura del cielo, todo
estaba ardiendo, colores rojizos y grisáceos resplandecían por todos lados.
A
medida que el fuego avanzaba, espontáneamente comenzaron a brotar gritos
desgarradores de las profundidades de las dunas, bramidos de dolor y muerte,
pequeños charcos de sangre pintaban las hojas secas de un intenso color
púrpura. Hasta ese momento me di cuenta que había personas ocultas en las
profundidades de las dunas, debajo había toda una compleja comunidad con una
población de cientos de personas, vivían como inmundos topos, quizá llegaron
mucho antes que yo. Se mantenían ocultos durante el día, por el brutal calor, y
por las noches salían a cazar; hoy sería su último día con vida.
Cientos
de cuerpos ardían en llamas, bailaban sobre brasas volcánicas, se retorcían,
algunos se revolcaban en el suelo mientras que otros corrían en círculos, eran
los círculos más inhumanos que había visto.
Un
centenar de personas estaban siendo incineradas al rojo vivo, sin piedad, este
lugar pasó de ser un espacio solitario a un brutal fogón, poco a poco los
olores a carne calcinada empezaron a apestar todo el sitio, sin saber cómo y
por qué, todo estaban ardiendo implacablemente, los bestiales gritos de dolor y
el aroma de la carne calcinada dominaban el lugar.
Por
un momento pensé que estaba inmerso en un campo de pruebas nucleares en lo más
profundo de Asia o quizá Nuevo México, posiblemente la causa de todo era una
detonación nuclear, sin embargo, a estas alturas ya no tenía caso
averiguar dónde estaba ni mucho menos la causa de la destrucción.
Una
luz de color rojo volcánico comenzó a cubrir el lugar, avanzaba rápidamente
mientras calcinaba todo a su paso, el sol se expandía violentamente, en ese
momento supe que todo sería devorado, era el final; sentí como mi cuerpo se
desintegró.
***
Mientras Alex fumaba su habitual
cigarrillo escuchó unos microscópicos gritos que provenían del interior de
éste, el tabaco ardía al rojo vivo. Se detuvo en la segunda fumada, miró
suspicazmente su pequeño cigarrillo (ya casi extinto), los microscópicos
lamentos continuaban tétricamente, en seguida, le dio una última y profunda
fumada, casi se quemó los labios, tiró la colilla al pavimento, con los
pequeños cuerpos calcinados dentro, y la pisó.
Sacó, de su pequeña y cuadrada bolsa derecha de su camisa de cuadros, una cajetilla de cigarrillos Lucky Strike, encendió otro y continúo caminando.
Sacó, de su pequeña y cuadrada bolsa derecha de su camisa de cuadros, una cajetilla de cigarrillos Lucky Strike, encendió otro y continúo caminando.