martes, 18 de abril de 2017

Literatura: Óleo en primera persona (relato)

Por: José López Avendaño.


Valerie Gaillard: ‘El Dragón’ – Óleo sobre tela – 2014


"What inmortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?"

-William Blake

    La había visto en algunas ocasiones sentada frente a su palestra; poseía las virtudes del dibujo y el grabado. De cara grácil, su figura no representaba una sorpresa para la persona que la viera, su mejilla se teñía de cierto pudor rosáceo cuando alguien elogiaba alguno de sus cuadros: tigres, arabescos, clepsidras, tenía cierta disposición a las formas arábicas y persas. Afuera, los jazmines le servían de compañeros; eran como ella, poesía de enigmática belleza.
     Una tarde, de primavera, tal vez de otoño, fui invitado a su casa ella es mi vecina. Su morada no me decepcionó y coronaba fielmente mis expectativas, su ambición por el arte era propia de su fascinación por las figuras heterogéneas que estaban dispuestas en su casa. Había algo de dantesco, esa sensación de estar frente a lo intrigante, que asalta al espíritu y le impide la libertad al pensamiento. Tenía curiosidad sobre la forma en que un artista trabajaba, esta era mi oportunidad para averiguarlo.
     Estaba recostada en lo que supuse un sillón oriental; fumaba, hacía surcos con el humo creía entonces ver danzar pequeñas figuras a modo de féminas siluetas, todo esto era el preludio de algo insólito, o tal vez sólo mi imaginación y ansiedad obraban a inclinarme a ello. No quise tomar asiento, era mejor tener la vista ocupada contemplando el hogar.
     Ella me dijo: —Algunos piensan en algo especial al momento de crear, yo no pienso en personas o sentimientos; simplemente me pongo frente al papel en blanco y dejo que la inquietud del instante plasme lo demás. Por ejemplo si dibujo un conejo y en la esquina un reloj, pienso después en la historia que se puede crear con el resto del espacio. Algo análogo, he leído, ocurre con los sueños. Ahí vemos imágenes simultáneas, las cuales unimos para crear historias.
     —Usted tal vez siente inclinación por Platón, —repliqué pues mi disposición de ánimo convenía en ello— con aquello del recuerdo de lo que está aconteciendo y de lo que ocurra posteriormente, el acto de rememorar. ¿Ha escuchado de los arquetipos, esas formas fenoménicas que nos hacen pensar que esta realidad es sólo sombra?
     Ella parecía no hacer caso a lo que le decía, “¿tratará de ignorar la pregunta?” pensé, frunció el entrecejo, su pupila parecía dilatarse, después de un lapso contestó:
     —Sabe, no tolero esa idea, no creo que los objetos estén en algún lugar lejano, en una suerte de campo Elíseo, no quiero pensar en ello…Y sé, ufano, que lo que se crea en este mundo no es simple copia de aquel otro.
     En ese momento miró azorada el cuarto contiguo. La sensación de empatía me hizo seguir su mirada. La posó con rapidez, algo le hizo desistir. 
     Comencé a pasear por la antesala, quise articular más argumentos. No pude, su ser mismo transmitía fascinación. La tarde se deslizaba en tintes de arrebol. Ella jugaba con su pelo al igual que con pétalos de jazmín. Suspiró. 
     —Prueba de ello —continuó— es el dragón que dibujé semanas atrás, usted no me creerá pero está tan vivo y tan fiel, encerrado en ese cuarto. Lo he tenido así sólo por precaución, ya sabe que lo desconocido aterra. Siempre me han fascinado las figuras del oriente, considero son más ricas en simbolismos que las del decadente occidente.
     Tuve que sonreír por su argumento, traté de hacerle ver con mis gestos faciales que entendía su broma. No supe cómo actuar; algo me impulsaba a averiguar si lo escuchado podría ser cierto, una suerte de escepticismo me impedía tomar una resolución; sin embargo, pudo más mi curiosidad. Le dije: iré a verlo.
    Me sentí mareado, la cabeza me dolía; avancé cauteloso al cuarto que no distaba mucho. Toqué la manija: ese objeto frío y conjetural que ahora me descubriría tal vez enigmáticos saberes. De un giro cedió sin dificultad,  estaba a oscuras. Escuché sonidos que no acerté a precisar, descubrí que había alguien encerrado. Busqué el interruptor para saciar toda la curiosidad que hasta ese momento obraba de tal manera que me consumía el corazón. 
     Al encenderse, la luz me dejó ciego de forma breve. En la esquina un animal se contorsionaba para no ser visto. Oculto entre los diversos objetos del cuarto, halló refugio bajo una mesa de madera podrida. Degustaba, carcomía un hueso oblongo. Me miró, en sus ojos hallé decisión y furia. Supe que no habría escapatoria. Alcanzó una de mis piernas, horrorizado traté de desasirme. Ninguna de mis exclamaciones lo detuvo. Mi vecina dijo algo y calmó al animal. Caminé como pude hacia ella.
     —Dada su condición actual deberá sentarse, necesito que se concentre. Lo voy a pintar, así se salvará—.
     El entorno se llenó de profundo olor a Hachís. Reí como idiota. Traté de no moverme, ella se notaba segura en los trazos. Palidecí. Todo comenzó a perderse en puras formas. 
     Desde mi cuarto redacto estas líneas, confesión de alguien que quiso saber y se encontró con lo ignoto. Frente a mí se encuentra la pintura nueva. Espejo de mí mismo. Las rayas negras contrastan con el amarillo. Alusión al ya casi olvidado sol.


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