lunes, 11 de diciembre de 2017

Poesía: Cuando descanses

Por: Jonathan Hiligan


Rubén de Luis - Amanecer en el Mediterráneo - Óleo sobre tela (2015)

Yo sé que lo vas a encontrar
lo encontrarás en la ciénaga
o caminando a la primavera

Si he de sufrir es por la espera
sé que lo vas a encontrar dentro de una carta
o dentro de tu cofre de madera

Si he de sentir sentiré tu mirada
y los ríos de tu nostalgia en la mañana
y el alba deslumbrará mi torpeza

Sé que lo vas a encontrar
tejido entre tus dedos
sobre el agua que refrescará tus recuerdos

Su palpitar te llamará
tus oídos aun menguados lo escucharán
lo necesario discernirás

Cuando la hoja caiga durante el alba
mi torpeza se deslumbrará
y moriré al callar el mar

Sé que lo encontrarás
lo encontrarás aín latiendo y me recordarás
aunque sea en las últimas gotas de lluvia que escucharás


 


jueves, 7 de diciembre de 2017

Cine: Hombres tristes que se quedan solos (crónica)

                                                 MATHEUS KAR | 7 de noviembre, 2017

Fotograma de Donnie Darko.



No tenerlo es miseria
y tenerlo es herida.
Emily Dickinson

La literatura crea imágenes; las artes escénicas, diálogos. Y las artes visuales, interpolaciones, discursos y traducciones físicas de la realidad que nos envuelve.
No todo el cine envuelve, está el que atrapa y vende, pero está el que envuelve, el que abraza y entorpece el ánimo con imágenes en alta definición, con colores tristes y personalidades tonificadas por la lente de una cámara, que tamiza la experiencia en nosotros y la moldea en planetas exteriores que todos, en la sala de cine o sobre el sofá, segmentamos.
Al ver testimonios estéticos (cintas) como Donnie Darko (2001) –que a primera vista nos puede parecer mala−, The Secret Window (2004) o Zodiac (2007), uno no vuelve a cimentar su ánimo sobre la misma piedra, el carácter se desdobla y se instala en el nuevo planeta que estas cintas abren en nosotros.
Este artículo bien lo podría estar escribiendo sobre la barra de un bar universitario, entre la penumbra de un vaso alcohólico y tres hielos. Pero no, lo hago bebiendo una taza de atole y acompañado de una niña de 12 años: a la cual mi libro de Ciencias Sociales de la primaria definine como mi prima, sobrina de mi padre y nieta de mi abuelo. Cuento esto porque hoy en la tarde vimos Zodiac, de David Fincher. Introducir a una niña dentro del mundo del arte, tarea titánica, no me pareció del todo descabellado, ni tampoco desestimaba el gusto de una niña. La película le gustó, si hasta pareció concentrar todas sus fuerzas para soltar ese ¡wuaw! que tuvo atorado durante toda la película. Le encantó. ¿Que cómo sé en términos cuantitativos que eso es cierto? Tenía los ojos escrutando la pantalla, su obesidad estética la obligaba a cerrar los puños y pegarlos al pecho como un tigre en guardia… Y sobre todo, jamás volteó a ver su teléfono celular. Fincher sorprende a grandes y pequeños.
            Pero la magia está en Jake Gyllenhaal, la encarnación idónea para cualquier descompensación psíquica o excentricidad psicológica: Brokeback Mountain, Nightcrawler, Donnie Darko, Zodiac, Nocturnal Animals. La atmosfera de Zodiac es la atmosfera de la obsesión, la de las causas perdidas (las únicas que despiertan la esperanza en el hombre) y eternas, la de un caso policial que jamás ve término y siempre está en curso. Zodiac es el motivo pero la obsesión es el argumento: seguir cuando a nadie parece importarle. Envolverse. Desdoblarse. Perder la cabeza, carreras, cargos, parejas, matrimonios, quizá el sosiego. Y esto se replica en el espectador casi como el proyector de un cine sobre la pared blanca y virgen del cinema. Cuando la cinta acaba y el espectador se enfrenta a los créditos finales, la obra de arte continúa en la cabeza del receptor, allí se despliegan imágenes que reelaboran esa atmosfera obsesiva inacabada, la de los hombres tristes que acaban solos pero esperanzados.
            En The Secret Window, basada en el relato de Stephen King  Secret Window, Secret Garden y protagonizada por Johnny Depp (otro camaleón de las excentricidades psicológicas), la obsesión encubre al delirio, y el delirio a la paranoia. La ansiedad por ver el filme concluido y conocer el desenlace queda desplazada y la sustituye un estado de permanencia, un aquí y un ahora dentro del filme, como si la cinta se detuviera y tuviéramos permiso de darnos una vuelta por el panorama fílmico y su mundo integro en movimiento, incluso teniendo la oportunidad de probarnos el sombrero sureño frente al espejo y verbalizar las palabras de Mort Rainey: «Soy un granjero de Mississippi».
            La soledad no es tan dolorosa cuando se persigue la venganza o la justicia. Pero castigar al culpable no nos hace necesariamente inocentes. Allí tenemos a Mort, el hombre que termina solo por perseguir al fantasma sedentario de la literatura.
            Finalmente, nos quedamos con Donnie Darko –que con cada vista parece tener menos errores, la película del humano en ese estúpido traje de conejo (o al revés: un conejo en un estúpido traje de humano) y que despliega frente al espectador la tesis de que la búsqueda de Dios es absurda si todos, al final, terminamos solos. Sin embargo, jamás se menciona en el largometraje la antípoda o el antídoto de la soledad, algo así como, por ejemplo, la libertad, el amor, la familia o el sexo. Aunque quizá este último se menciona olímpicamente durante todo el filme, pero queda relegado a ese agradable cómodo de la ambigüedad. Tal parece que la visión de Richard Kelly, el director de DD, es otra. Richard Kelly no plantea una vida larga sino intensa: una donde se redimen culpas, donde se salvan amores que nunca se cruzaron y se castigue a hombres antes de condenarlos. Estoy seguro que Borges, el amante de los tigres y los laberintos, habría sido un gran fan de Donnie Darko y en un perfecto inglés, del que estaría orgulloso Wordsworth o De Quincey, habría recitado estas hermosas palabras: «Confío en que cuando el mundo se acabe, pueda dar un suspiro de alivio, porque habrá muchas otras cosas con las cuales ilusionarse». Y es que la longitud del filme es un paraje inabarcable, una textura indefinida que se impregna en el ánimo. ¿A quién no le gustaría saber su fecha de muerte (o la del fin del mundo) y antes de eso alcanzar el amor, el castigo, lo heroico, el otro lado del acobardamiento, y dejar de decepcionar a quienes se ama?
            Yo creo que todos, en algún momento, nos ha pervertido la idea de acabar ahí, más cuando se está en lo alto, en la panacea de nuestro derecho, porque después de eso todo se hace en pendiente. Donnie Darko es la realización de ese deseo, la pérdida sin dolor, el amor sin pausas y el heroísmo sin la atrofia del aplauso.
Zodiac, la obsesión. Secret Window, la paranoia. Donnie Darko, la esquizofrenia. Y todas rayan la soledad y el abandono.
            Así, en Zodiac, la tristeza parece entumecer cualquier forma de felicidad o esclarecimiento sexual; hay matrimonios, hay noviazgos y hay parejas, pero jamás hay besos, grandes flujos de sangre entre las piernas, no, solamente un costal de tensión (que podría ser sexual, pero no lo sabemos) que contagia al espectador y oscila en un periodo indeterminado después de acabada la película.
            De hombres abandonados hay mucho arte, tenemos a Goyo Yic, de Miguel Ángel Asturias, al Amalfitano de 2666, de Bolaño, al taxista insomne de Taxi Driver y, entre tantos otros, a Michael Corleone, de Francis Ford Coppola. Historias de hombres abandonados, hombres tristes que terminan solos, solos con sus obsesiones, con sus ambiciones, o las causas que, tal parece, solo ellos defienden o enaltecen. La tristeza se sugiere a sí misma como otra forma de violencia. Una forma de violencia para el entorno, violencia no amigable para el ecosistema fílmico de los personajes. Sin embargo, para el espectador es soportable, porque la entiende como ficción aunque intente ser una traducción fiel de la existencia, como algo placenteramente desagradable: mientras los personajes abandonan a nuestros hombres tristes, el espectador se mantiene impermeable al dolor de los que abandonan. ¿Por qué? Porque la garantía del espectador es el botón de apagado. La zona segura es el botón de apagado, la zona de confort. Ojala pudiéramos disponer de este mecanismo en la vida real. Pero no, en la vida real nuestro botón de apagado es la huida, el abandono. Regresar a la zona segura es la garantía de nuestra felicidad. Únicamente los cobardes pueden disfrutar del no-dolor de la vida.
 ¿Pero hasta qué punto este abandono empieza a ser prosperidad artificial? ¿Hasta qué punto la retirada pasa a ser inmolación?
Pero qué más da, a Marcel Duchamp también lo abandonaron. En Buenos Aires, sin producir ninguna obra, se dedicó enteramente a jugar ajedrez. Ivonne, su esposa en ese tiempo, terminó harta de tanto ajedrez, de tanta ciencia cuadricular, y se marchó sola a Francia. No obstante, creo que debe empezar a considerarse el abandono como algo místico necesario para la santidad: la santidad laica del arte. Si la tristeza es una forma de violencia, la soledad puede ser leída como un albergue donde el hombre descansa, indefinidamente, sin dejar de inquietarse. A veces esa soledad es un buen filme, una buena secuencia, una buena imagen.
En fin, en algún momento a todos nos ha tocado encarnar estos personajes tristes y abandonados. Y pueda que todos seamos como Donnie Darko, riendo en los momentos finales o de mayor agravio, solitarios, ensimismados en algo que creemos, sin advertir que hemos sido abandonados, embutidos en estúpidos trajes de humano: de hombres tristes que terminan solos. 





Matheus Kar (Guatemala, 1994). Fundador y miembro único del Colectivo Bartleby. Entre los reconocimientos destacan el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015, el Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala, el Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016), el Premio Nacional de Poesía “Luz Méndez de la Vega” y Accésit del Premio Ipso Facto 2017. Su trabajo se dispersa en  antologías, revistas, fanzines y blogs de todo el radio. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016).




miércoles, 6 de diciembre de 2017

Poesía: Antología

Por: Jaime Jordán Chávez


Leonid Afremov - Dirty dancing
 

Nada

Nunca podrás ser libre,
no volarás, ni trascenderás,
aunque los astros más brillantes
dibujen tu nombre en el vacío.
La vida así lo ordena.
Solo naciste para morir en el suspiro cósmico
de este infinito absurdo.
Por más lúcidas y sensatas que sean tus ideas
nunca serán eternas.

Nada... Nada te pertenece en esta vida
que no es más que una perpetua agonía
No eres dueño ni de tu cuerpo
¡Nada! ¡Nada te pertenece!
de todo haces nada, y esa nada
es lo que eres.
 


¿Por que sera? 

Que las noches me recuerdan a las mañanas
y las mañanas a las noches y todo se me va
pero todo se me regresa
y me caigo pero en donde caigo
siempre me acomodo
y me atoro pero donde me atoro
es justo donde cabía
y me siento tan confortable
como el elefante agonizante
regresando a casa.


E-a-o-e-a

No temas de la muerte,
mejor teme de la vida,
del inexistente destino
de los segundos inertes
y de la absurda monotonía.

Si te arrastrase el olvido
y no vivieses eternamente,
si tu aspiración cumplida
no fuese, y tus libros
no durmiesen en anaqueles,
la verdad es que no importaría.

No importa ser reconocido
cuando la eternidad te ofrece sus laureles
y la época te espera con melancolía.
 


Incorpóreo
 
I
Esta mañana me desperté
y no he sido capaz de reconocerme
me mire al espejo -¿Este soy yo?
Este pellejo, estos huesos, esta carne
estos ojos, estos dientes, esta nariz
este cuerpo..... )
¿Es que acaso, es todo lo que soy?
No. Yo no soy.
Yo hace tiempo que me fui.

II

Las estrellas estaban ocultas
Detrás de nubes que presagiaban la tormenta

Los arboles por fin cantaban
El pájaro ya no lloraba
pero había tanta sangre, tanta miseria
que yo no podia mirar otra cosa.

Yo morí ese día,
Decidí no vivir más
¿Pero entonces, quien es el que está vivo?

 

Los muertos no amamos

Sin importarte cuanto nos amamos
Sin preocuparte por el tiempo y la distancia
Sin pensar en todos los segundos compartidos
me abandonaste.

Ahora es inútil tu presencia
y efímero tu recuerdo,
aunque seas la esencia de mi vida
y te lleve en mis adentros,
aunque miles de lágrimas
rueden desde tus ojos,
ya no te amo.

Por que nosotros somos el muerto
ese muerto por el que estás llorando,
y los muertos no amamos



Esas madrugadas…

Hay madrugadas en las que no duermo
Y siento un fuego en el corazón,
Una llama interminable que me incinera el espíritu.

Hay madrugadas en las que me siento solo
Como un polo en medio del ártico
Y las horas me parecen días.

Hay madrugadas donde no importa nada, y caigo
Como yunque precipitado al fondo del abismo

Esas madrugadas....
En vísperas del amanecer
Las palabras llegan y me piden ser escritas
Como las fotografías piden ser tomadas en los atardeceres.


Amor IV  


El mundo se quiebra, pero ella es feliz. 
Un millón de primaveras se refleja en su sonrisa, 
y su mirada limpia cae en mí, como al maíz la llovizna. 

Ante su presencia. 
Las luciérnagas brillan más, los pájaros endulzan su canto 
Y el universo florece de su vientre. Toda ella es poesía. 

Su cuerpo es una odisea de dios 
Y su cabello se derrama en su espalda, 
Como una cascada en la pradera. 
Es más hermosa que la noche constelada, 
Ella es la estrella que brilla mejor que todas. 

La gente la mira y piensa que es perfecta, 
Pero hay algunos días, donde ella se oculta 
En un rincón de sí misma. 


Esos días 

El universo se apaga, el cielo se aleja 
y sus lágrimas caen encima de mí como un diluvio. 

Para que ella ya no llore, le doy todo lo que tengo 
y como yo no tengo casi nada, todos los días 
le compongo poemas y canciones con mis manos chuecas. 

Aunque ella no lea mis poemas. 
Mis versos buscan su mirada, 
para regresar como los ríos al océano. 

Aunque ella no escuche mis canciones. 
Mis canciones buscan aire, 
Para acariciar su oído. 

Yo no la tengo, nunca la he tenido 
Pero cuanto la amo aunque no esté conmigo. 

Tengo un amor por ella, que me recuerda 
A todas las cosas puras de este mundo. 

Tengo un amor por ella, que nació 
Incluso antes de que nosotros naciéramos. 

Podrá dejar de brillar el sol 
Convertirse en desiertos todos los mares 
Quebrarse el mundo en mil pedazos 
Como una esfera de cristal. 

La muerte me alcanzará 
en un tibio día sin luz, 
y me enterrarán en un fúnebre ataúd, 
Pero nunca, nada ni nadie 
Podrá extinguir la llama de este amor eterno.


El último segundo


Te abrazo
el universo se apaga
me dice adiós tu mirada que se aleja,
y tus ojos caen encima de mi como un diluvio.

Quisiera alargar este último segundo.
este segundo de nuestra última respiración compartida
este segundo entre nuestros latidos
este segundo antes de tu ausencia.
Para que el poco tiempo que aún nos queda
nunca se desvanezca.  



Ego sum, et non sum
(fragmento) 

Estoy en el mosaico del cielo 

en la voz cristalina de los ríos 
en el sollozo de las nubes grises 
en la respiración de las montañas 
y quien sabe en cuantas cosas más, 
pero no estoy en mí.

Soy y no soy, estoy y no estoy, vivo sin verme vivir 

no tengo alma, ni espíritu, ni presencia 
ni moral, ni cuerpo, ni vida, 
ya no soy un hombre 
soy poesía.

Y si no gustan mis versos desesperados 

Y si nadie entiende esta voz tormentosa 
ya no me importa. 
iré por el universo como una estrella espectral 
recorriendo el espacio, de sol en sol, de planeta en planeta y de galaxia en galaxia

hasta encontrarme.

Y no me detendré ni cuando muera.



lunes, 4 de diciembre de 2017

Literatura: El Atrapasueños (cuento)

Por: Félix E. Jiménez Pérez




(Basado en las leyendas de los nativos americanos del norte del continente, hice la siguiente narración buscando darle vida y color utilizando un estilo cuenta-cuentos como lo llamamos en español y tratando en todo momento de dejar atrás esa frialdad que encontramos detrás cuando buscamos el significado de lo que es un atrapasueños en la red. Espero entonces sea de su agrado).

**********

"Eran aquellas edades de cuando el hombre aún entendía el lenguaje de los animales y podía hablar con ellos. En una mítica mañana más allá del tiempo, Ishtáwi (Ojos de Luna) se despertó sobresaltada por un sueño que la había espantado. Angustiada y con el rostro perlado por el sudor fue a buscar consejos sobre los sueños, con los animales. Todos coincidieron en que debía visitar a Iktómi, la araña, que era muy sabia, y conocía cómo tratarlos.

Tras cruzar un frondoso bosque, Ishtáwi llegó al árbol donde Iktómi tenía su extraña morada. Al cabo de unos minutos la recibió preguntando qué era lo que le sucedía. Ishtáwi contestó que había tenido un terrible sueño, en donde innumerables demonios llegaban al pueblo, los habitantes los torturaban de la manera más salvaje que ella recordara y, al final, terminaban asesinándolos.

Has tenido una pesadilla contestó Iktómi—. Las pesadillas llegan cuando en tu ser no hay paz y, en cambio, reina en tu interior el caos. Pero no te preocupes, te haré un amuleto para que esos angustiantes sueños no regresen más. Te lo entregaré en tres días, pero por ahora trata de tranquilizar tu alma y de no dormir con preocupaciones durante este tiempo.

Ojos de Luna, llena de optimismo y confianza, regresó al campamento con su clan. Por su parte, Iktómi dejó su morada para empezar a confeccionar aquel prodigioso talismán que había ofrecido. Recogió ramas verdes de los árboles y con ellas formó un círculo representando el ciclo de la vida. Después, comenzó a hacer un tejido con su propia seda dentro del mismo. Tras finalizarlo, visitó  a Wanbli (el águila), a Khangí (el cuervo) y a Chetán (el halcón) para que le regalaran una de sus plumas, las cuales simbolizarían el viento que purifica el alma. Para colgarlas alrededor del círculo le hacían falta sogas, por lo que tuvo que acudir con los cazadores del clan de Ishtáwi solicitando cuerdas hechas con las vísceras de Thathanka, el búfalo, y que aquellos Lakotas utilizaban para confeccionar sus arcos. Finalmente, el guayaca quedó terminado al tercer día, tal y como lo había ofrecido. 

Terminado el tiempo de espera, Ojos de Luna atravesó de nuevo el espeso bosque para llegar a la lúgrube guarida de la araña. Iktómi, que gustosa la esperaba con el ansiado objeto, señaló:
Está lista tu guayaca.
Muéstramelo por favor contestó suplicante Ishtáwi.
La araña sacó la pieza de su envoltura hecha también de seda y le dijo:
Este es un iktómi changleshka (o atrapasueños). Los malos sueños se irán volando por los orificios que tiene mi tejido, mientras que los buenos se quedarán pegados a mi hilo y se guardaran por siempre. Cuélgalo sobre tu lecho, encima de donde posas tu cabeza, y las pesadillas nunca más te acecharán. Para asegurar que funcione como es debido, cuando vayas a descansar, tendrás que dejar los problemas y las dudas fuera de tu teepee, pues nuestro pensamiento muta lo que El Gran Misterio nos brinda cuando estamos alterados.

Y así fue como Ishtáwi al llegar a su teepee puso el iktómi changleshka sobre su cabeza. Sin embargo, lo que Iktómi omitió es que el talismán no evitaría a Ojos de Luna el tener pesadillas por completo, sino que lo que realmente haría era concederle la esperanza de que sus malos sueños iban a quedar transformados en otros buenos, los que se repetirían una y otra vez sin cesar".
 


viernes, 1 de diciembre de 2017

Poesía: Lisboa

Por: Juvenal Sartorius

 
"Lisboa" - Ima Montoya


He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará 
la lluvia 
Olga Orozco


Intro

Somos una generación dolida,
y en este gimoteo, hermano,
en medio del alarido sordo de nuestro siglo
a un paso dentellada de la muerte
ofrezco esta, mi carcajada

que se pierde en el estruendo de la tormenta

Ese es mi signo: el violento alarido
destrozado en el naufragio, contracorriente,
hecho nudo de dolencia,
árido en su inconforme modo de ofrendar el corazón


I

Un estallido resuena en la oscuridad:

es la música,
la caricia minúscula
que sube por mi entrepierna,
lengua,

hasta la culminación
de mis oídos

fuera de ella,
reinan cacofonías,
se raspa acero
contra enrojecido acero,
la madera rasga
otra madera, más débil,
sin astillarla.

Una es la música,
cristalina, húmeda y clara,

el ojo que ilumina
la oscura venda del día

a su paso
la lengua de la llama danza,
pero olvida
en el frenesí
morder el talón

de la hojarasca.

La música es una boca ansiosa:

cálida, excitada, al engullirme
se estremece


II

Cualquier palabra alcanza para tocar
la más delgada fibra del silencio,
cualquier sílaba es roca suficiente
para astillar su agua espesa

pero, ¿quién, en la maraña de aquel bosque
habría dado con el sortilegio
para ahuyentar el terror,
de pie ante la boca abierta de la vida?

De pie, ante el refectorio de la tarde,
ante la quieta culminación del fuego,
horrorizado ante el perfecto crisol
de la ausencia, uno se pregunta:

 ¿Quién, en la perfecta caída,
habría cogido tabla de salvación,
sabedor de la dentellada que lo esperaba
apenas alcanzado puerto,
apenas librándose del último grano de sal
sobre la ropa humedecida?

no había en los muelles pecho de mujer,
o lágrima que aliviara esa congoja


III

En esta oscuridad digo tu nombre
y una luz alcanza a iluminar la uña
de mi angustia:
señorial, ordenada, abre la puerta de su casa,
que es tanto como decir, mi cuerpo aturdido.

Un perro ladra a mis espaldas:
adivina en mí la duda del ladrón,
sabe que entro en la casa de la angustia,
embozado, bien dispuesto
a hurgar entre sus tesoros y sus ropas

sudoroso, con el corazón boqueando,
pez sobre la arena del miedo,
pero me detengo a oler sus bragas;

entonces ella abre la puerta,
me invita a lamer el jugo de su sexo, a ladrar;
me recuerda que soy un perro a su servicio

toma tu alimento, dice mientras tiende la mano,
vuelve a dormir, pero no sueñes sino conmigo


IV

Para hallar el camino de vuelta,
arranco jirones minúsculos de piel;
uno a uno los arrojo detrás mío

uno a uno, van cayendo como hojas
de un árbol atenazado por el otoño;
después de un tiempo que parece interminable,
se posan plateadas mariposas,

sobre el suelo.

No hay cicatriz, sólo una marca que se ensancha.

Ya no lo veo, pero una hormiga, roja,

determinada, solitaria,
recoge la única huella que para salvarme voy dejando


V

En medio de la oscuridad, estalla el relámpago de tu voz.

¿Quién dijo que no se ama, hasta la sangre, cuando
las horas se interponen, kilométricas, entre carne y beso,
quién acusó la imposibilidad de empeñar a otra, a otro
el último corazón con que sobrevivimos al diluvio,
atravesados por el suave, imperceptible filo de la angustia
y de los celos, atados, agónicos, pero lúcidos
en este desangrarse cotidiano?

Alguien ha puesto un manto oscuro sobre la noche,
algo hizo que la luz disminuyera su brillo
en cada esquina. Algo, que se acerca, acechante
entre la niebla, lejano, aunque inminente,
entre los árboles, algo que oculta, en el murmullo
del agua, el estruendoso paroxismos de sus pisadas


VI

Para salvarme, debí encadenarme a la nostalgia,
a su mástil de perpetuo desapego, a la dolencia
de estar, contradictoriamente vivo,
absurdo sobreviviente de mí mismo.

Para llegar a puerto, para volver, insolado,
a la desolación de tierra firme,
debí soltar toda pertenencia, todo lazo
y cabalgar, sin brida, la mano libre,
sobre el lomo sin domeñar de la tristeza.

El naufragio duró el mismo tiempo que tarda
en crecer, robusto, lozano, el espíritu solitario,
en los resquicios que quedan entre el siglo
que termina y el que asoma la garra,
tímido depredador. Crece como una hiedra
en el desamparo, apenas perceptible,
pero imparable, sabedora del peligro
que su beso representa, sospechándolo
en cada tallo que renace tras el picotazo
despreocupado de algún ave,
radiante en cada hoja, en cada filamento
que se estremece con el viento.

Para la sed, sirvió la sangre.
Para sostener la cordura, así fuera de un hilo
endeble, fue insuficiente cerrar los ojos,
acudir al llamado del ensueño.


VII

Arde

en mitad
de la nada

en el corazón
en la oscura superficie
del oceáno

vuelve a arder
el mismo barco

que me llevó al naufragio.

Cualquiera lo sospecha,
pero todos callan lo evidente:

La oscuridad ilumina la llama


VIII

Para volver a tierra, uno debe convencer
al cuerpo de una sola cosa:
no volverá a conocer días sin el vaivén
a todas horas. Cualquier luz, cualquier destello,
por mínimo que sea, nos cegará el sosiego,
Abriendo de tajo la carne recién cicatrizada
del miedo. En cada despertar estará la sed,
sosteniendo como una copa urgente, vacía,
la garganta.

Para volver a entonar la canción que nos recuerde
la piel amada, la fibra sensible del deseo,
para volver a estremecerse en la oscuridad,
pero ya no recorrido el pellejo por el miedo,
hace falta arrojarse de nuevo al agua,
mordiscar la salada carne de la playa,
comulgar con el acantilado


IX

Pero huir no es suficiente:
el naufragio te perseguirá por donde vayas.
Besará, ansioso, las plantas de tus pies,
le ladrará a tu sombra;
su mano moverá tu mano,
su pie hará tropezar el tuyo.

Sea la costa, la más agreste serranía,
deberás abrazar de nueva cuenta la locura.