Por Felipe Castillo:
— ¡Se los advertí maldita sea! —grito mientras me adentro en el
pasillo que da a la sala de urgencias.
Observo las siluetas de
los cadáveres destazados sobre el suelo, las luces de las bombillas no paran de
parpadear y percibo el olor húmedo y penetrante de la sangre. Las paredes están
manchadas con gotas sanguinolentas. Me
doy cuenta de que, a pesar de mi encierro, de haber
permanecido en vilo durante tanto tiempo esperando salir al exterior, ¡me
encuentro con el horrible descubrimiento de que todos han sido
infectados!

El corredor es un amasijo de pólvora, sangre y cuerpos mutilados; a lo lejos puedo divisar a otro infectado arrastrándose por los azulejos
relucientes del pasillo; una estela carmesí me señala el camino que ha
recorrido, y mientras repta, la mancha se alarga tras sí con cada impulso; le
doy alcance y lo sujeto por el cuello de su camisa sucia, puedo observar una oquedad sangrante en su estómago,
posiblemente una herida de bala de mi escopeta. Por su uniforme deduzco que es
uno de los guardias del hospital, de uno de ellos había cogido el arma cuando salí
de mi habitación, luego de liberarme del infectado que me mantenía sujeto a la
camilla en la que desperté. Las drogas que me habían suministrado aún me
atontaban, pero su efecto era cada vez más débil. De su boca sale un gemido
ahogado y se aferra con fuerza a mi brazo; le disparo en la cabeza, la cual
explota manchando mi bata de sangre brumosa; y sigo mi camino -no sin antes
coger los cartuchos de escopeta que había en su cinturón-. La sala de urgencias
es mi destino, allí se ocultan la mayoría de
los infectados. Pude verlos correr hacia allá luego de acabar con dos de
ellos en la sala de recepción.
Había mucho mobiliario y papeles desparramados en el piso de cada
una de las habitaciones y, ante la entrada a la sala de partos, donde el
pasillo se bifurca, me encuentro a dos infectadas muertas con el estómago
hinchado sobre un charco de sangre, —Fue lo único que pude hacer por ustedes —les
digo— ¡si tan solo me hubieran prestado atención! Doblo a la derecha, en la esquina
del pasillo y me encuentro con el enorme cartel de letras rojas: “sala de
urgencias”. La entrada esta atrancada con sillas y un enorme candado sujeta la
cerradura. Tras los cristales de la enorme puerta doble puedo observar sombras
que se mueven sin cesar. Allí están; oigo unos murmullos y disparo a uno de
los cristales, el vidrio estalla violentamente fragmentándose en numerosas
esquirlas transparentes, las cuales caen como metralla y las sombras
desaparecen huyendo.
El viento frío se filtra
por la ventana y puedo observar la noche, afuera las calles están
congestionadas por una gran cantidad de autos que rodean el hospital, la
mayoría con esa intermitente luz roja y azul que tanto me molesta. El ulular de
las sirenas impregna el ambiente y me
acerco a la ventana para mirar mejor lo que pasa: un numeroso grupo de
infectados se dirige a la entrada, mientras otros se apostan tras los coches,
el pánico y la ira se apoderan de mí mientras me giro hacia la puerta, son
demasiados... «Demasiados o no, no me
atraparán de nuevo» me digo. Disparo al candado, el cual salta hecho pedazos; remuevo los obstáculos y entro en la sala. La
oscuridad lo inunda todo, de las habitaciones salen leves susurros, pero
a cada paso que doy oigo cómo se apagan para dar paso a gemidos ahogados. Registro
las salas sin encontrar rastros, pero los lloriqueos de los niños les delatan; al final del recinto, en la más profunda oscuridad vislumbro otra puerta, la
habitación no podría ser otra cosa más que un pequeño almacén de medicamentos.
A la distancia puedo escuchar cómo derriban las puertas de la entrada, y los ecos frenéticos de los pasos inundan el
corredor. «Se me acaba el tiempo» pienso mientras avanzo en las tinieblas.
Sonrío y me acerco con presteza a la habitación.
— ¡No volverán a encerrarme! —grito a la oscuridad. — ¡Antes de
irme me llevaré a la mayoría de infectados conmigo!
Pateo la puerta, las bisagras saltan y allí están ellos,
acurrucados y asustados; puedo contar doce, hombres, mujeres y niños, todos con
ojos vacunos y asustados, abiertos de par en par.
— Debieron haberme escuchado —digo mientras apunto a la cabeza de
uno de los niños más pequeños.