martes, 14 de febrero de 2017

Poesía: Llegó febrerillo el loco

Por: Luisa Chico




Llegó febrerillo el loco
con tiempo raro y cambiante,
igual trae días de playa
que viento frío y aullante.

Siempre alegre y bullicioso
vestido de carnavales
plumas con brillos lujosos
y la música… a raudales.

Con almendros florecidos
febrero viste el paisaje
adornando nuestros campos
antes que la almendra estalle.

Y allá a mediados del mes
reina el amor en su viaje
hinchiendo los corazones
que por un Cupido laten.

Febrerillo corto y loco,
hoy quisiera yo cantarte,
unos versos muy sentidos
que puedan enamorarte.

Febrero, 2017


viernes, 10 de febrero de 2017

Literatura: Carta a Borges

Por: José López Avendaño




Domingo 11 de diciembre de 2016

A Jorge Luis Borges:

Respetable creador de simbolismos. Paso a dedicar estas módicas alusiones a tu persona. No he hallado una mejor forma de hablarte sino por medio de un mensaje epistolar. El ejercicio de las letras (las que cultivaste con destreza) me lleva a dirigirte lo siguiente:
  
Recorriendo los libros de mi modesta biblioteca, veo que hay un espacio vacío; una oquedad en el librero que me entristece y zahiere. Aquel espacio pendenciero fue el de tu libro, el del libro más influyente en mi vida. Ocupó el espacio de mis noches y el tiempo de mis sueños, porque en ti conocí a la literatura. Tú eras la literatura.
  
Desde aquella edad en que mi padre abandonó este mundo, tú fuiste quien tomó su lugar de educador; absorbí la cultura de tus palabras, leí la obra de la que poco te jactabas. Fueron tus espejos y laberintos una obsesión que me consumió. Pasé noches de desvelo leyéndote, en mis horas de sueño te presentabas cabal a seguir ilustrándome. El horror de tus mitologías me abrumó.
  
De tantas lecturas ahora ocupabas mi memoria. Tenía recuerdos ajenos, recuerdos de tu biografía que tantas veces leí y releí. Las noches de sosiego consumidas paraban a ser más que un recuerdo. Llegando a esta edad (algo intrascendente en verdad) que el continuo de Bergson dictamina de 22, decidí que debía dejarte. Eras un amor del que debía deshacerme, me dolía tu influencia en mis escritos, en la vida, en la conversación casual; mas para lograrlo, tenía que obsequiar tu libro. ¿Y quién mejor que un amor para esconder otro amor?, me dije a mi mismo. Por eso, dediqué algún tiempo en buscarlo y en concertar una cita con aquella dama que nunca supuso que, al mencionarle el regalo, estaba también haciendo alusión a mi corazón. Antes de dar el libro, quise tenerlo en última instancia durante muchas horas entre mis manos, como tratando de asir un recuerdo que aspiraba a ser lejano. Llegado el momento, lo solté. Ahora formaría parte de un nuevo lector.
  
Algo ocurrió ese sábado por la noche en el cine; algo también en el paseo por el parque, después. Una parte de mí pasó a abandonarme para ser de otro; para unirse a una serie de actos que acaso llegarían hasta el infinito.

Reflexionando todo esto, dedico estas líneas a un lector que ya no existe de forma física y que prevalece en la memoria de sus lectores. Hoy, algunos días después, siento que te extraño, lector imposible, y anhelo tu presencia. He consolidado la costumbre de salir a caminar para olvidarte (algo tan difícil), para por fin dejarte y alejarte de mí.
  
Espero no haya importunado tu descanso con estos desatinos. El olvido es la meta has dicho, ojalá lo haya alcanzado.
  
Atentamente y con cariño: José López Avendaño.


miércoles, 8 de febrero de 2017

Literatura: Un mundo perfecto (cuento)

Por: Andrés Vega

La huida - Remedios Varo, 1961

I
Un leve destello de conciencia: solo eso bastó para cambiar el mundo. 
El ser sintético antes conocido como Adán, quien estuvo privado de conciencia e individualidad, logró lo que millones de muertes no pudieron. Esa chispa lo llevó a revivir el pasado, cuando era un hombre enamorado y perdido en los ojos de su amada... Hasta que llegaron los invasores, cuya vida era artificial y de los que muy poco se supo; excepto que, se esparcieron tan rápido, que no hubo tiempo mas que para tratar de evadirlos.
Los sintéticos (así se les conoció) absorbían cada individuo capturado y lo integraban en una conciencia colectiva, invadiendo su cuerpo para transformarlo en algo que consideraban más eficiente. Químicos desconocidos se inyectaban para modificar la piel de la víctima volviéndola grisácea y francamente repugnante, reemplazando entonces la mayoría de los órganos internos con tecno-materia y reduciendo lo humano a lo mínimo posible. El resultado era una burla, una aberración: una entidad biológica corrompida cuya conciencia era suprimida y sus movimientos guiados por una sola voluntad. Y esto era tal vez lo más monstruoso de todo, pues aunque se lograran destruir uno o cientos de ellos, todo era tan fútil como quitarle una piedra a una montaña.

martes, 7 de febrero de 2017

Literatura china: Lo que dices es correcto (relato)

Por: Eduardo Álvarez Cordero

Estatua de Afanti en Urumqi, China

Afanti (阿凡提), es un popular personaje de la literatura weigur, una etnia musulmana de China. Los relatos en que muestra la astucia con la que se enfrenta a los ricos y poderosos se cuentan por  cientos. Les presentamos uno, cuyo título es 你说得也对 ("Lo que dices es correcto"):

一天,一位邻居到阿凡提这儿诉了妻子的苦。(Un dia, un vecino fué con Afanti a decirle las penurias con su esposa.)
阿凡提听完,说道:([Cuando] terminó de hablar, Afanti dijo:)
“对,您说得对,您妻子的脾气的确很不好!” ("correcto, eso que dices es muy correcto , el carácter de tu esposa no es el mejor".)
  第二天,(El segundo dia,)
这位邻居的妻子找到阿凡提又诉了他男人的苦 (la esposa de ese vecino fué con Afanti a contarle las penurias con su esposo.)
阿凡提也对她说了一句:(Afanti solo le dijo una frase:)
“对,您说得对,("correcto, lo que dices es correcto, )
您男人的火暴脾气实在不怎么样。” (el carácter explosivo de tu marido no deberia ser de esa manera".)
  阿凡提的妻子听后,([Cuando] la esposa de Afanti terminó de escuchar.)
埋怨他说 (enojada dijo:)
“你还是男人吗?丈夫来了 (¿todavia eres hombre? Viene el esposo,)

你说丈夫对 (le dices al esposo que está bien;)
妻子来了 (viene la esposa,) ,
你说妻子没错 (le dices que no está equivocada.) ,到底谁对?”
  “让我细想一下 (Después de escuchar atentamente,)

”阿凡提回答道。(Afanti le contestó:)  
你说得也对 ("yo digo que estás en lo correcto".)

 
Traducción literal del chino por:

龙- 学古经
El Dragón (Eduardo Álvarez Cordero) - estudiando los textos antiguos.


domingo, 5 de febrero de 2017

Poesía: Héme aquí

Por: Norma Barroso

Héme aquí, mas loca y desviada que de costumbre, ingenua, neurótica, la dualidad siempre ha sido una constante en mi cabeza. Me desangro de vanidad un día y al siguiente soy como un cachorro complaciente.
Las heridas aparecen en mi cuerpo, y al instante, mágicamente se desvanecen.

Héme aquí, confundida mas de lo habitual; cazando mosquitos, temblando de sudor, secandome el frío, sacudiéndome el sueño, despabilando el polvo que sopla el viento de las memorias.

Héme aquí, tirada en el suelo. Una melodía en el fondo; canciones confusas, borrosas.

Héme aquí, disfrutando sin saber por qué de este ácido que incendia mis entrañas. Fantaseando con sentirme caer desnuda dentro de este abismo oscuro.
Sollozando de placer, sonriendo de agonía.

Héme aquí otra vez, suspirando por ti.

Alessia Iannetti






viernes, 3 de febrero de 2017

Literatura: Un subconsciente autómata (Cuento)

Por: José Contreras

Maximilian Pirner (1853-1924) - Die Nachtwandleri - 1878
Ocurrió una vez, tan raro como innegable que suele pasar, en las afueras de la ciudad en una zona atiborrada por casas rodantes, un hombre era diariamente violentado por su mujer, con la cual llevaba diez años de casado. Se trataba del señor Florencio, el servil y enclenque marido de la rolliza Valentina. Ella solía criticarlo por todo lo que se le antojase, desde porque él era un pésimo cocinero hasta porque no podía embarazarla, que eso era apenas una parte del verdadero meollo del asunto.

Fuera de eso, la mejor manera de describir a Florencio, exceptuando por su esterilidad, sería compararlo con un parásito, ya que durante toda su vida, aquel hombre treintón de escaso cabello castaño y ojeras tan remarcadas como una calavera, no hizo ni haría algo productivo. Desde su noviazgo hasta el primer mes de matrimonio con su cónyuge (antes de que ella enfermara), solía vestirse adecuadamente para una entrevista laboral, su traje de poliéster barato y horrible corbata de un gracioso patrón de colores y formas geométricas que lo hacían desentonar al lugar que fuese, los utilizaba para irse a jugar billar en tabernas hediondas junto con sus amigotes a expensas del sueldo de ella, para llegar hasta tarde al remolque de su mujer, fingiendo cansancio, y siempre asegurando que esperaría la llamada de la oficina de Recursos Humanos del último lugar donde dejara una solicitud de empleo. 

En cierta forma su situación actual, desde que Valentina tuvo que dejar de trabajar, era justicia poética, otras personas le llamarían karma pero, por supuesto, que él no lo veía así, sino se visualizaba como el esclavo más miserable del sultán más déspota sobre la tierra. Ya no salía con sus amigos, pero seguía siendo un mantenido.

En un jueves, a la hora de preparar la comida, Florencio decidió freír unos filetes de res. Al mismo tiempo Valentina se encontraba encallada en su sillón favorito, un feo mueble color verde menta totalmente uniforme, sin bordados o estampados que rompiesen su monotonía. Como de costumbre, ella miraba con ansia una telenovela melodramática en la que la protagonista descubrió que su enamorado era en realidad su medio hermano, pero por razones que sólo en el  ridículo programa tenían sentido… ella no lo sabía. La mujer estaba tan anonada con la absurda revelación de su televisión, que no notaba la mirada fría y llena de odio de su marido, que se encontraba cocinando y en un rato más le llevaría el plato a la sala. 

Hoy es el momento que he soñado desde hace años, por fin lo voy a hacer  —apacible susurraba Florencio para sí mismo, mientras una malvada sonrisa irónica revelaba sus chuecos dientes amarillentos.
Por otra parte, al mismo tiempo que sacaba unos cubiertos del cajón, recordó los años mozos de Valentina, quien de recién graduada se dedicaba a inspeccionar minas para verificar que cumpliesen con los requisitos mínimos de seguridad. Al haber sido siempre una mujer de carácter fuerte,  alta y robusta, nada andrógina pero en definitiva atlética, siempre conseguía darse a respetar entre los mineros en cualquier mina que visitase, aunando que también poseía la autoridad para clausurarlas a la más microscópica negligencia. Y así fue durante cuatro años, hasta un mes después de ser desposada, cuando le ocurrió una desgracia que los marcaría a ambos por el resto de sus vidas.

En un día, rutinario para ella, descendió a la galería más reciente y profunda que había en una mina perteneciente a una empresa que extraía carbón. La inspección no podía ser más idónea y segura, ya que la maquinaria de ventilación funcionaba a niveles óptimos, la estructura era lo bastante sólida como para evitar cualquier derrumbe y la iluminación era perfecta para el trabajo. Lamentable el único desperfecto era su propia mascara de gases. Ella y otras personas subieron al socavón que les conduciría a la superficie, cuando de pronto Valentina comenzó a sentirse mareada y vomitó dentro de la careta que se supone le protegía de los gases tóxicos. Entonces el capataz que le acompañaba, junto con otros tres mineros, se turnaron para prestarle en ratos sus máscaras, ya que el aire siempre es ligeramente tóxico cuando se inaugura una galería, y así le salvaron la vida. Sin embargo su cuerpo sufrió daños irreparables, como le dio una hipoxemia, su sistema nervioso colapsó al grado que le fue imposible caminar sin ayuda de un cuadro, y al andar necesitaba descansar cada cierta cantidad de pasos, apenas lo suficiente para cubrir sus necesidades inmediatas. 

De tal suerte que  Florencio se convirtió en su permanente enfermero de cabecera.

Pero aunque la capacidad motora de Valentina fuese mermada al nivel de una anciana octogenaria, su razón y habla quedaron intactos, por lo que se dedicaba a moverse desde su cama al sofá, y del sofá a la cocina, fustigando en todo momento al inútil de su marido; que más que marido era ahora enfermero, sirviente y, como siempre, siendo ocho años menor que ella, de vez en cuando gigoló.

Y así se acomodó la nueva rutina de aquel vividor socarrón. Cuando la comida le quedaba insulsa, Valentina se enfurecía y se la tiraba en el fregadero y enardecidamente le ordenaba que volviese a cocinar, tronando sus dedos para apresurarlo; o cuando se retrasaba en la hora de su baño, le golpeaba con el cuadro con la misma habilidad que un capataz egipcio, que en tiempos del antiguo testamento, azotaría a un esclavo con su látigo; y lo que era aún peor, cuando Valentina veía su telenovela mientras bebía cerveza, al igual que un perdido en el desierto que encuentra un suculento oasis lleno de palmeras repletas de cocos rebosantes en su jugo, y el pobre infeliz se le atravesara ya sea por trapear o llevarle el teléfono para que atendiese una llamada, la iracunda le arrojaba la lata en la cabeza y, todavía, tenía el descaro de pedirle que le trajera otra lata.

Entonces Florencio experimentaba con vividez un delicioso aroma que lo sacó de su trance de recuerdos, indicando que ya era tiempo de darle vuelta a la carne. Apenas se aseguró de que el filete tuviese ese suculento color marrón, volvió a divagar en sus tristes memorias.

Si lo anterior era tan lamentable como para que el tipo más flemoso del planeta no sintiese lástima por el atribulado de Florencio, es porque desconocería en absoluto los sombríos y humillantes momentos íntimos en pareja. Para Valentina las artes maritales era el momento cumbre para desquitar toda su frustración en él. 

—¡Ni siquiera para esto sirves! —Se burlaba— ¡Ojalá tuvieras el vigor de un minero! —Le decía cada vez que le estrujaba contra su enorme pecho pecoso.

Ante los vejaciones de su esposa, su pene cual fiel soldado que acepta la derrota, perdía la postura rígida, languideciendo ante los menosprecios de Valentina; inclinándose como si se preparara para su ejecución en la guillotina. Después de eso, Florencio ocasionalmente lloraba en pleno coito, inconcluso por ambos bandos, que  por más valor y empeño con que combatía contra la flacidez, siempre se encontraba en desventaja anímica en aquel campo de batalla; provocando una sobreactuada carcajada sardónica en ella, quien con alevosía siempre dominaba en todas las escaramuzas. 

—¡Quítate de encima antes de que me quede dormida!  —sentenciaba  al saciar su sadismo desenfrenado, empujándolo con ambas manos del lecho, y de esta manera desterrando al vencido, exiliándolo al oloroso suelo alfombrado de la casa rodante, ya que tampoco le permitía dormir en el sillón.

No pudiendo purgar de otra forma aquellas amargas experiencias, se sintió incitado a tomar el cuchillo más grande y simplemente matarla, pero ella, aunque estuviese inválida, obesa en vez de cuerpo de deportista, todavía le inspiraba temor su fuerza, así que lo mejor para él sería tomarla desprevenida. Frunciendo el ceño, al grado que si fuese posible las cejas chocarían contra los labios, temblaba de tanta cólera acumulada en su interior que se detuvo a respirar lenta y profundamente para poderse concentrar en lo que hacía, empuñando con demasiada fuerza tanto el cuchillo como el tenedor que traía en la misma mano. Así se mantuvo practicando ejercicios de relajación hasta que la comida ya estuviera lista para servirse. No tuvo que esperar mucho, cinco minutos más tarde le llevaría el filete a su esposa.

Entonces al colocar la comida en la pequeña mesa, donde ella solía comer enfrente de la televisión, rápidamente tomó el cuchillo para cortar carne y lo usó para apuñalarla en el pecho. Valentina quedó conmocionada ante esto, y le miró con una incredulidad tan grande como si no fuera cierto lo que acababa de ocurrir. Pero Florencio no se detuvo allí, ni se contentaría con tan poco escarmiento. Se le encaramó encima, con la postura de un koala escalando un árbol, y como si estuviese usando un picahielos contra una enorme barra congelada, en repetidas ocasiones hundió el puntiagudo objeto en aquel cuerpo que hace mucho le repugnaba acariciar. La víctima, en su asombro, ni siquiera intentó defenderse de las estocadas que su marido le propinó con frenética saña, como cuando un animal salvaje disfruta destajar a su presa mientras la devora viva, desgarrándola con sus colmillos mientras cercena un tibio trozo de músculo.

A pesar de que su abominable acto fue premeditado en varias ocasiones, Florencio se encontraba fuera de sí mismo. Incluso a él le asaltaron las dudas sobre lo que acababa de hacer. Apenas en el instante en que su esposa dejó de respirar, se quedó embobado contemplándola. De pronto unas sirenas comenzaron a escucharse cada vez más cerca, y por las ventanas del remolque vio cómo cinco patrullas formaron un perímetro circular alrededor de su vivienda, estorbándole para huir manejando. Ante el horrible escándalo originado por los desgarradores gritos de Valentina, de seguro los vecinos alarmados llamaron a la policía.

Al verse a punto de ser arrestado, y sin ninguna coartada creíble que le justificase ante el jurado más complaciente, Florencio reía con resignación. Pero sus estruendosas carcajadas lo hacían ver como un demente, no como alguien que trata de asimilar con humor su derrota

—De todas formas estaré mejor que aquí —se consoló con voz susurrante, como si otro «él» tratara de darle ánimos. La policía ya comenzaba a golpear con un ariete su puerta, y decidió contemplar por última vez la meta que durante años no se atrevió a alcanzar. Con la misma claridad que una fotografía que ocuparía la primera plana en un diario amarillista, veía a Valentina con su cabeza recargada bocarriba, que aún muerta conservó los ojos bien abiertos, todavía manifestando perplejidad y no miedo; su cuerpo recostado plácidamente en el respaldo del sofá, aún gorgoteaba sangre en sus más de quince nuevas cavidades.

Inesperadamente, como si hubieran hecho una invisible ceremonia vudú  y lograran una necromancia exitosa al instante, Valentina se levantó del sofá, tendiéndole la mano derecha: «Vamos a la cama, amor» le dijo, «dame tu mano»  le ordenó con tan dulzura que le recordó la época en la que de verdad se amaron. 

Florencio, sin comprender nada, tiró el cuchillo al piso y tomó la mano de su mujer; obediente se dejó conducir como un perrito con correa a su cama, y se durmió con profundidad.

Al despertar se dio cuenta que eran las dos de la mañana. Con un somnoliento andar, se levantó de la cama y se dirigió a la entrada del cuarto, donde vio a una Valentina, totalmente ilesa, remendando los hoyos en su sillón predilecto -lo mejor que sus manos temblantes podían-; en su mesa se encontraba un solitario plato limpio, sin comida o rastros de hubiera las mínimas sobras en él; y en el suelo estaba tirado un casi inofensivo cuchillo de untar. 

Contemplando maravillado una escena totalmente opuesta a la anterior, sin ningún líquido rojo alfombrando el piso o re-decorando el homogéneo tapiz del sofá, Florencio se dio cuenta que era sonámbulo.

—Si quieres yo arreglo eso, Valentina —dijo Florencio antes de mandar a su esposa a la cama. Ella obedeció sin decir nada y sin mirarlo. Estaba aterrada.

lunes, 16 de enero de 2017

Literatura: Penitencia (Cuento)

Por: Luis Alejandro Ortiz


(San Pedro Penitente de los Venerables - Por Bartolomé Estebal Murillo)

I
…Y el perdón de los pecados, amén.

–Alabado sea el Señor, Ernesto.

El hombre no respondió de inmediato. Iba cabizbajo desde que salieron de la casa para llevar aquel cuerpo a misa. Un viento gélido hacía a la iglesia más triste de lo que era. Mientras, los que no pudieron entrar permanecían arremolinados afuera, cubiertos de rosas silvestres en una lluvia intensa de oraciones por el descanso eterno de don Julián. Pronto comenzó a nevar.

– ¿Qué dice usted?

–Que alabado es el Señor.

–Para mí no lo es, ni para toda esta gente.

El aire helado soplaba con todas sus fuerzas, como queriendo disipar a la gente. Pero nadie se iba a rendir hasta que el último grano de tierra cubriera la tumba de don Julián, así tuvieran que caminar tanto sin algo que los cubriera del frío más que las flores y las hojas ya lacias de los ramos. Esto porque don Julián quiso que lo enterraran mero arriba.

 Los maizales que nunca dieron fruto parecían llamas extinguiéndose a medida que el sol se ocultaba tras aquellos cerros de piedra enmohecida. El terreno era ya tan pedregoso que anticipaba la subida a la Sierra, y el frío de la noche también se los dijo. Pero ese fresquesito nomás era un suave delirio, un recuerdo de las tardes de campo, pues la verdad era que para llegar a la mera Sierra todavía faltaba atravesar la noche, y ahí sí que era un frío y un silencio desgarrador.

 La multitud reclamaba lo mismo que su hijo, que Dios se lo llevó muy pronto, cuando más lo necesitaban. Que sin él aquel pueblo quieto iba a morir olvidado, pues lo cierto era que a don Julián lo admiraban todos, hasta los que de muy lejos iban en bicicleta a verlo. Él los había salvado de la pena y la tristeza hasta ese entonces. Pero esos recuerdos ya no eran nada. Por el momento sólo importaba dejar atrás su memoria, para no seguir sufriendo. Puesto que él se iba al olvido, ellos también lo harían.

Pasaron dos días desde que lo sepultaron. Algunos se fueron del pueblo en bicicleta, y los aprovechados salieron ganando con aquella situación, comprando lo poco que la gente tenía que vender, a precios ridículamente bajos. ¿A dónde irían? Pues quien sabe, pero la verdad era que aunque se fueran a morir, era mejor en otro lugar.

Ernesto cayó en una depresión terrible, y buscó cobijo donde su padre siempre renegó. Una vieja cantina al margen del río. Pidió lo que hiciera efecto más rápido. Nubarrones de luces inundaron su vista, y unas punzadas en la cabeza empeoraron la situación. Pasó un rato hasta que no vio entre la oscuridad más que la luz de la luna reflejada en su vaso. Una suave voz rompió el silencio.

– ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?

Escuchó a dos ancianos sentados en un rincón. Discutían sobre la resurrección en el evangelio de Lucas. Y es que en lo que todos pensaban era en resucitar, pero que fuera en otro lugar, tanto que todo el día la iglesia se abarrotó de gente pidiendo la resurrección, reclamándole a Dios que se había equivocado al ponerlos primero en el infierno que en la Tierra.

Sintió que le tocaban el hombro. Era el cantinero.

–Récele a su padre esto, y aquello –le escribió dos oraciones en el papel– y verá que encontrará la paz. Y estoy seguro de que todos los locos de aquí lo haremos.

El hombre lo miró tristetomó aquel papel amarillento, como una hoja de ceniza apelmazada. Se disponía a orar en silencio cuando fue interrumpido nuevamente por el cantinero.

–Aquí no. No lo escucha. ¿Qué no ve que estamos abajo y él hasta mero arriba? Tiene que ir usted.

El hombre lo miró con dificultad. La luz de la luna no se reflejaba muy bien en su rostro.

–Acompáñeme, iremos cuando cierre.

–No puedo, tiene que ir solo, y rezar solo. Además, aquí nunca he cerrado.


II

«Y estoy seguro de que todos los locos de aquí lo haremos», se repetía Ernesto en la cabeza. Tanto miedo le causó el pensar que estaba loco, como aquellos viejos y la gente fanática del pueblo, convencida enteramente de la resurrección porque, según ellos, habían recibido señales divinas, que se apresuró a seguir el sendero que guiaba a las montañas. Se acordó de su abuelo, cuando los despidió para irse a vivir allá, y días después encontraron su cuerpo en el valle, desparramado, sangrante, todavía rojo de coraje, con las espinas enterradas de los magueyes y las biznagas, y unos ojos maldicientes, quién sabe por qué. Iba tan sumido en el terror de la noche, que no pudo más que sentirse aliviado al ver a un hombre que le habló suavemente. Era el cantinero.

–Tuve que venir –le dijo– Sabría que tendría miedo. Y todavía anda medio borracho para subir, así que lo dejaré a mitad del camino, cuando ya haya sudado todo el alcohol y recuperado la razón total.

– ¿Y cuál razón total voy a tener –dijo–, si me dirijo a hablarle a un muerto?

El cantinero se encogió de hombros. Caminaron durante un rato hasta que las ramas de los árboles cubrieron todo el cielo, dejándolos en oscuridad total,  y ya no sabían si subían o sólo rodeaban la montaña. Ernesto iba enojado.

–Le contaré –dijo el cantinero en tono firme, como si Ernesto le hubiera preguntado algo–. Su abuelo era un hombre ambicioso. Siempre juró que nos compraría casas allá más cerca de lo habitable. Y que si eso no pasaba, que él se encargaría de traer inversionistas hasta acá, que les iba a regalar terrenos para que construyeran lo que quisieran, fábricas, casas, todo, con la promesa de que a cambio nos construyeran también buenas casas, y nos dieran buen trabajo. Su abuelo estaba decidido, y pronto todos se decidieron con él. Un día salieron él, don Julián y cuatro hombres más rumbo a la ciudad. Ya sabe usted que se tienen que atravesar dos noches y casi dos días para llegar, por lo mismo se fueron en pleno abril, a pie, jurando que regresarían en bicicletas, y con contratos de los hombres que traerían el progreso hasta acá.

Las estrellas se vieron nuevamente. El hombre tomó un sorbo de agua que traía en una botella lavada donde antes había tequila. Le ofreció a Ernesto pero él se negó.

–Pues le decía. Así quedó. Yo no pude ir, porque yo nunca cierro, pero les di agua en botellas de estas, y las mujeres les dieron comida suficiente, y palos macizos con cuchillos atados en la punta, por si se llegaban a encontrar un coyote.

El hombre hizo otra pausa. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se agachó y agarró a un alacrán por la cola –sólo Dios sabe cómo lo vio–. Luego se lo tragó.

–Nomás regresaron tres. ¿Sabe quién regresó? Mi padre. Pero él se murió llegando, en cuanto lo abracé. Cayó en mis manos como alegre de verme después de vivir algo terrible.

– ¿Qué le pasó a mi abuelo y a mi padre?

–Su abuelo subió a la montaña ese mismo día. Dijo que allá iba a vivir, que se dio cuenta de que ya no podía hacer todo lo que quería hacer, que ya hasta el camino le cansaba, como le cansó a los otros. Y que por lo mismo ya no pudieron traerse los cuerpos. Yo nunca le creí eso, Ernesto, porque mi padre, aunque viejo, era macizo, fuerte. Tal vez más fuerte que usted y yo juntos. Ni aunque un alacrán le picara dos veces le pasaba algo. Pero quién sabe. Entonces su abuelo dijo que Julián sí era joven, y que nosotros también lo éramos. Y aunque don Julián nos animó a ir, nunca quisimos, por miedo. Si hubiéramos sabido lo que les pasó a los otros, tal vez sí, pero no teníamos idea. Y su padre se iba solo, y nunca le pasaba nada. Luego, Ernesto, nos enteramos de la muerte de su abuelo, y don Julián, desolado, nos dijo que él nos ayudaría, en honor a su memoria. ¿Piensa usted que sí nos ayudó? Es que usted estaba chiquillo. La gente, Ernesto, se vanagloriaba de su padre, porque él nos trajo aquellas bicicletas ya oxidadas, y hacía que viniera la gente aquella a ver los terrenos, y a traernos comida de vez en cuando, pero nomás eso. ¿Sabe usted por qué lo querían tanto, Ernesto? Porque nos mantuvo la esperanza, y esa esperanza fue la que nos levantaba día a día de buen ánimo. Si un día no pasaba nada, dormíamos felices, pensando en que al otro pasaría algo bueno, pues él mismo nos lo decía así. Por eso lo quisieron tanto, aunque en realidad nunca hizo nada.

Ernesto estaba a punto de interrumpir, cuando el cantinero le ganó la palabra.

–Ahí había un cuerpo, y por allá otro. Yo los vi, no nomás era su abuelo. Ahí los dejó tirados. Pero nunca quise decir nada de los demás cuerpos para no matar la esperanza. El error lo cometió su abuelo, cuando en el camino le dijo a don Julián a dónde podía irse. Y don Julián se molestó. A mi padre nomás se lo trajo así, todo aporreado, para que pensáramos que todos se habían muerto de cansancio. Y a su abuelo…pues ya sabe para qué se lo trajo. Ernesto, ¿cree usted en la justicia?

El hombre ya casi no se oía entre la cantadera de grillos de la montaña.

– ¿Qué dice usted? ¿Cómo es que sabe eso? ¡Calumnia a mi padre!

–Justicia –clamaban unas voces molestas, cada vez más y más fuerte, separando en sílabas la palabra– Justicia, jus-ti-cia.

Aquello se convirtió en un tumulto de voces, en un griterío infernal donde Ernesto no veía nada, y hasta entonces pensó en la resurrección. Luego todas las voces se silenciaron. El cantinero habló.

– ¿Piensa usted en la resurrección? El cura ha salvado a su padre –dijo– Y la gente. ¿Se acuerda? “Por Jesucristo Nuestro Señor” Por él se lo pidieron. Y don Julián ya descansa. ¿Entonces quién le va a pagar a esta gente? Sí…le pidieron a Dios que salvara a su padre, pero no dijeron nada de usted. Yo no sabía por qué los mató, hasta que me reencontré con mi padre. Justicia, Ernesto, por aquellos hombres muertos, por su difunto abuelo que en realidad nos iba a salvar. Por los que su padre mató. Usted será la penitencia de su padre.

viernes, 13 de enero de 2017

Literatura: Destazando a "Otra vuelta de tuerca" de Henry James (reseña)

AUTOR: Henry James (1843-1916)
PAÍS: Estados Unidos
PUBLICACIÓN: 1898
EDITORIAL: Bibliotex

COLLECCIÓN: Las 100 joyas del milenio. Vol. #95
ISBN:
 978-84-8130-218-9
PÁGINAS: 118



 Del mismo escritor de Retrato de una dama (1881), Daisy Miller (1878), Los embajadores (1903); tenemos una aparentemente típica novela gótica que procederemos a destazar.

El argumento no es original, ni siquiera para la época. Una joven institutriz es contratada para cuidar de dos huérfanos altamente suspicaces, Flora de seis años y Miles de diez. La trama toma lugar en la mansión de Bly en Essex, Inglaterra; donde la protagonista entabla amistad con la señora Grose, la ama de llaves a cargo de dicha mansión. El dueño de la mansión y tío de los niños, por motivos desconocidos, vive en otro lugar y procura mantenerse ajeno a todo lo que pudiese ocurrir allá. Y como no podía faltar, las ánimas de dos ex empleados parecen acechar o tratar de interactuar con los niños.

La narrativa es muy lenta. De no ser por los guiones que indican el comienzo de un dialogo, se podría desfasar entre los soliloquios de la narradora a su interacción con otros personajes. En realidad puede resultar tediosa en sus primeros tres capítulos. Incluso Cormac McCarthy, célebre autor de La carretera, Meridiano de Sangre, No es país para los viejos, etc. no considera como literatura la obra de James.  

Pero si el lector tiene paciencia y gusta probar algo poco convencional, seguirá leyendo y sabrá por qué este no es un relato gótico ordinario y tiene bien merecido su lugar como una de las mejores obras de horror de todos los tiempos.

Hay que destacar la ambigüedad con la que intencionalmente está redactada. Henry James obliga al lector a utilizar todo su intelecto, o en su defecto el morbo, para ensamblar todas las situaciones que se nos presentan en la obra. Un ejemplo bastante simple de lo que a menudo se verá en esta lectura: Sin duda los difuntos Jessel y Quint llevaron una relación turbia, que de alguna forma involucró a los menores, pero jamás se aclara de qué forma o hasta qué grado pudieron corromperlos.Por igual, las conversaciones de todos los personajes están siempre pausadas, rara vez son abiertas o concisas, dando a entender que entre ellos mismos saben de lo que están hablando, lo que incita a estimular aún más a tratar de interpretar lo que se lee. Rindiendo homenaje, ahora al título de la novela, es cuestión de perspectiva sobre la estabilidad mental de la institutriz; como pueda que los fantasmas sean reales, pueda que no. 

Hay algo que el lector debe de saber, ya que puede ayudar a comprender mejor el comportamiento de todos los personajes principales, y el por qué de la narrativa tan sinuosa. El autor tenía un hermano, William James, quien fue un famoso psicólogo por fundar la psicología funcionalista. La psicología funcionalista estudia la conciencia como una herramienta que ayuda al humano a adaptarse al entorno en que se encuentre. En este caso, cómo la institutriz enfrentaba sus conflictos personales y las actitudes que adoptaba ante los niños y/o la señora Grose; ídem la perspicacia de los menores; o la actitud huidiza, y a veces condescendiente, del ama de llaves.

En menos pocas palabras, quien no logre penetrar en la mente de los personajes, encontrará este libro altamente aburrido. Por otra parte, aunque se logre “encarnar en ellos”, es inevitable que la interpretación del mismo varié entre los lectores.

Sin importar si Henry James predicaba las teorías de su hermano; o sólo quisiera darle libertad al lector de armar su propia historia; por más vueltas de tuercas que le demos al asunto, siempre quedarán las ganas de volver a leerlo. 

miércoles, 11 de enero de 2017

Ensayo: La Castañeda - Breve semblanza de un fallido proyecto de modernización

Por: Karim Yaver

Manicomio General, La Castañeda

«Orden y progreso». Lema y base ideológica sobre la que se erigió ―o buscó erigir― el gobierno porfirista que daría vida a un flamante monumento a la modernidad: el Manicomio General, La Castañeda, encarnación pétrea de arquitectura afrancesada (modelada a partir del psiquiátrico galo Charenton), entre cuyas paredes habría de habitar por cerca de cincuenta años una variedad particular de sujetos que, en su gran mayoría, conformarían un muy característico organismo sin voz ―y, hasta hace no mucho, sin historia: los otros, los obstáculos en la vía de la máquina progresista y arrasadora que no mira sino hacia un ilusorio adelante; los locos.
La Castañeda nace entonces de entre el ansia que este lema fastuoso exigía: México necesita modernizarse, México es una nación en crecimiento que debe alcanzar una alta meta: el «primer mundo». El único camino viable para el gobierno en el poder fue, por tanto, imitar los modelos extranjeros.
Porfirio Díaz en la inauguración del Manicomio General
Es de pocos desconocido que las ambiciones de Porfirio Díaz se concentraban en alcanzar los estándares de la cultura francesa, en mayor medida, así como los de la norteamericana e inglesa (de ahí la imitación descarada, aunque no siempre desafortunada: como ejemplo de acierto el Palacio de Bellas Artes). Pero, ¿qué era lo que caracterizaba a estas naciones que las hacía ser, precisamente, Estados que habían alcanzado ya un estatus social, económico y político con el que México apenas podía soñar? El secreto, se pensaba, la clave para alcanzar el éxito, estaba en el trato a las clases desfavorecidas: mientras mejores y más óptimas fueran las políticas públicas, las estrategias de crecimiento y desarrollo social, mayor orden en el entramado socio-económico podía alcanzar una nación. Un claro ejemplo del trato a las clases desfavorecidas fue precisamente la administración de los cuerpos que el desarrollo acelerado de la modernidad capitalista había relegado a las periferias: los indigentes, los locos, los perversos, los alcohólicos y drogadictos, los «débiles mentales». Tanto Francia como Estados Unidos e Inglaterra, se caracterizaban por sus modernísimos y ultra progresistas hospitales psiquiátricos, por las técnicas que continuaban desarrollando con el fin de reinsertar a los individuos desviados a la sociedad ―cuando podían ser reinsertados― y por la dirección de aquéllos que quedaban a la deriva, con el fin de alcanzar, no sólo el orden anhelado y el progreso deseado, sino también la estabilidad que un país como México, nacido del conflicto y que no sabía lo que era vivir fuera de él, apenas comenzaba a conocer. La solución: centralizar la atención en un solo espacio: desarrollar un hospital psiquiátrico que funcionara como centro no sólo de tratamiento sino también de producción de conocimientos. Formalizar la psiquiatría.
El panorama en un principio lucía prometedor ―al menos para el gobierno porfirista―, pues el detalle que hacía falta para llevar a los hechos la ideología en el poder había sido concluido: el primero de septiembre de 1910, en medio de la fastuosidad y la aristocracia del México de la época, y en presencia del presidente Díaz y su esposa, se inaugura el Manicomio General en la hacienda de La Castañeda ubicada en Mixcoac, a las afueras ―en ese entonces― de la ciudad capital. Dos meses y diecinueve días más tarde, la paz relativa que el gobierno dictatorial porfirista había alcanzado, se vuelve a derrumbar: inicia la Revolución Mexicana.


Zona de Mixcoac, vista desde el aire, en 1958. Se señalan en rojo las instalaciones de La Castañeda, en naranja la avenida Revolución, en azul las avenidas Molinos y Río Mixcoac, y en verde la línea del ferrocaril (Blvr. Adolfo López Mateos -Anillo Periférico-).
No obstante los anhelos al fin cumplidos de fundar un espacio arquitectónico vanguardista como el Manicomio General, el estallido de la Revolución significaría una gran traba para su mantenimiento. La convulsión social que el conflicto armado fue dejando en la ciudad y en el gobierno, derivó en un periodo de abandono y estancamiento de La Castañeda. Las consecuencias posteriores, debidas en gran medida también a la Revolución, aun cuando ya se habían asentado los gobiernos revolucionarios, contribuyeron a ser su ruina: la ocupación posterior de la ciudad por parte de los ejércitos revolucionarios (La Castañeda fue irrumpida durante un periodo largo por una facción del ejército Zapatista; mientras éste ocupó el hospital el descontrol entre los internos reinó, y cuando lo dejó muchos de éstos se unieron a sus filas y se fueron también); la desenfrenada migración a la ciudad desde las provincias ―migración que ya venía dándose desde la época anterior, debido, entre otras cosas, al arrebato de tierras a los campesinos indígenas―; la proliferación del desempleo y la pobreza generalizada y extendida que vino después, etc.
La génesis de su caída, por otro lado, no habría partido ―ni habría sido consecuencia solamente― de la Revolución.
Philippe Pinel (1745-1826), padre de la psiquiatría moderna
La psiquiatría en México nacería en la década de 1880, como resultado de la evolución de una postura inicial que, inspirada en las ideas del francés Pinel, padre de la psiquiatría moderna, veía en el loco a un niño-adulto incapaz de dirigir sus acciones, perturbado a raíz del desenfreno que la sociedad moderna industrializada había provocado en él y en los suyos, los menos favorecidos. La «terapia moral» de Pinel, no obstante, se quedaría como proyecto frustrado en nuestro país, y daría pie entonces a una visión mucho más práctica y funcional: el loco no es ningún niño-adulto, es el producto de una serie de factores (genéticos, raciales, de género, etc.) que lo vuelven, en tanto sujeto situado en la esfera más inferior del estrato social, propenso al alcoholismo, a la perversión, al crimen. La psiquiatría se asimilaba a la criminología, y, bajo este tenor, el Estado porfirista habría de actuar: la solución fue desarrollar un dispositivo eficiente de reinserción, cuando ésta pudiera darse, o de confinamiento, con el fin de evitar el «contagio espiritual» entre los ciudadanos sanos, racionales. Es de destacar, por ejemplo, al escritor y poeta modernista, Manuel Gutiérrez Nájera, como férreo impulsor de las prácticas de confinamiento para aquellos que, como él y el resto de la clase burguesa dominante consideraban, no hacían más que dañar la moral de los ciudadanos respetables y contribuir a la pérdida de los valores tradicionales. No por los débiles los buenos debemos sufrir las consecuencias, parafraseándolo.
La Castañeda, por tanto, no significó un esfuerzo de modernización solamente a partir de la vía de la sanación del enfermo, de la práctica médica y del desarrollo científico que habría de legitimar el hipotético estatus de «nación en progreso». Fue también un medio de segregación social, racial y de género que habría de favorecer a las clases privilegiadas y que, en su interior, a la manera de un microcosmos que se re-crea a sí mismo (constantemente), reproduciría esta misma segregación, este gran énfasis en la conveniente diferencia: en medio de la supuesta ―y perseguida― homogeneidad dentro del hospital (a los internos se los vestía a todos igual y se les rapaba la cabeza con el fin oficial de promover la higiene), una heterogénea proliferación de identidades se hacía presente ya desde su diseño arquitectónico: el hospital estaba constituido por un edificio central correspondiente al área administrativa y por una serie de edificaciones periféricas, correspondientes cada una a un pabellón distinto: el de los pacientes distinguidos (los que pagaban cuotas, subdivididos a su vez según lo que pagaran), el de pacientes peligrosos (remitidos por la policía o considerados violentos), el de los imbéciles (con retraso mental evidente), el de los epilépticos (uno de los más numerosos) o el de los infecciosos (diagnosticados con sífilis, tuberculosis o alguna otra enfermedad infecciosa). Por supuesto, quienes pagaran recibirían un trato mejor, quienes no, se dejarían al olvido. De aquí que no sólo se internara a los que estorbaban en las calles y en las comunidades rurales, sino también a aquéllos que obstaculizaban los intereses de las familias más ricas, con el fin de resguardar el prestigio y el patrimonio.

El estallido del movimiento revolucionario motivaría que la misión inicial del Manicomio General pasara de convertirlo en un sitio de re-formación, a tenerlo como un mero lugar de asilo. Como mencioné, la migración hacia el centro del país, la falta de suministros y demás efectos de la lucha armada, provocaron la proliferación de la indigencia y la pobreza. Se volvió fenómeno común que los sin techo encontraran en La Castañeda una morada. Debido a esto, y a la falta de atención por parte de las autoridades, preocupadas por asuntos considerados más importantes, la sobrepoblación en el hospital y la falta de recursos lo llevaron a una degradación acelerada. Criminales, indigentes, niños de la calle, prostitutas, esquizofrénicos, alcohólicos, indígenas despojados, mujeres rebeldes, retrasados mentales, en fin, esos otros del principio, los marginados, todos se daban cita en este concentrado universo carente de recursos para sostenerse. 
Hacia 1968, tras cincuenta y ocho años de existencia, de una existencia que se tambaleó siempre entre las aspiraciones de la ciencia médica y la mejoría social, y la dura realidad que la atravesó (la convulsiva Revolución, el dificultoso trayecto para alcanzar la estabilidad de los gobiernos revolucionarios y los ataques y señalamientos de la prensa y de las conciencias concernidas por la integridad de los internos), tras severas denuncias de violaciones a los derechos humanos y después de haber proliferado en demasía las leyendas negras, el hospital es derribado. El diagnóstico: fracaso. Un terrible y enorme fracaso del cual la ciencia médica en general, y la medicina psiquiátrica en particular, tendrían que aprender. ¿Pero a quién habría que atribuirle este fracaso? ¿A Porfirio Díaz y a su gobierno, quienes equívocamente buscaron establecer en un país de infraestructura «ineficiente» un proyecto demasiado ambicioso para hacerlo encajar? ¿A la Revolución y sus consecuencias? ¿A los gobiernos posteriores que, en lugar de buscar encaminar los esfuerzos del régimen anterior, impulsándolos con una ideología más acorde a la lucha que los había llevado al poder, dejaron el hospital a su suerte hasta que fue necesario hacerlo desaparecer? Y la cuestión, vista desde hoy, es: ¿fue un fracaso? Cierto, los testimonios que indirectamente historiadores como Cristina Rivera-Garza o Cristina Sacristán han logrado extraer de las narrativas conjuntas de médicos e internos, han permitido ver que, en cuestión del objetivo oficial de un hospital psiquiátrico estatal, el proyecto fue un fracaso total: la reinserción a la sociedad de los internos era mínima; sus condiciones de vida dentro no eran óptimas, sino todo lo contrario, pues La Castañeda era más una sala de espera rumbo a la muerte para muchos o, en el mejor de los casos, para otros más, un albergue apenas poco mejor que la calle. No obstante, en la historia, de los fracasos aparentes los Estados suelen sacar siempre algo. Ya lo señaló Foucault en su afamado libro Vigilar y Castigar, refiriéndose a la transición de los métodos de castigo y vigilancia de la época clásica a la moderna: no es que se dejara de castigar, sino que se aprendió a castigar mejor. La Inquisición y sus métodos de tortura tuvieron que darse en algún momento para que las modernas cárceles panópticas llegasen después y ocuparan un sitio con funciones más eficientes. ¿Será acaso que fenómenos tan complejos como La Castañeda deben aparecer primero, y ser derrumbados después, para que de sus escombros se instauren técnicas mucho más eficientes de control de la población «enferma», como la medicación psiquiátrica exagerada, la adopción de categorías que buscan enmarcar la locura en estratos muy específicos que ayuden, a su vez, a despersonalizar a los sujetos o los múltiples discursos psicológico-terapéuticos actuales? ¿Podemos hablar, entonces, en aras del progreso que frenéticamente aún se busca, y que no pocas veces se piensa alcanzado, de un fracaso? En dado caso, si hubo un triunfo, ¿quién triunfó?