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domingo, 23 de abril de 2017

Literatura: Ruta 44 (cuento)

Por: Fabían Herllejos

Voy en un colectivo vacío rumbo a casa de mi familia, leyendo a toda madre un libro que no es especialmente bueno, pero sí lo suficiente como para que decida terminarlo. El colectivero se da cuenta y, no sé si por amabilidad o por aburrimiento, le baja de volumen a su música. Agradezco con un gesto. Todo bien, todo es paz y armonía durante dos cuadras. De pronto, sube al colectivo una señora de unos cincuenta o sesenta años que decide sentarse junto a mí, pudiendo sentarse en cualquier otro lado. No pasa nada pienso—, es incómodo pero el libro está bueno.
Entonces la señora saca un arma filosísima; de esas que son los celulares cuando contienen reggaeton o banda en la memoria; desplegando todo el odio, todas las frustraciones y todo el volumen que su flamante Samsung J7 le permite. Aaaadiósamoooor, me voy de ti, pero esta vez para siempreeeee. Meirésinmarchaatrásporqueseríafatal... —irrumpe la voz del "cantante" interrumpiendo mi lectura y siento como si una mula me hubiese pateado los huevos con fuerza asesina. 
Volteo a ver su moreno, regordete y sudado rostro; y observo su boca pequeña cantando casi en silencio. Algo me nubla la vista y de pronto un flash.
—Señora, disculpe ¿puede bajarle volumen a su música?
—Ya vas, putete. No le voy a bajar ni madres. Mejor bájale de huevos tú.
No sé qué hacer ante tal respuesta... Me quedo petrificado.
—Ok, disculpe la moles... (me interrumpe con un chingadazo).
—Bájale de huevos, puto. Ya te dije... ¿No vas a entender?
Intento secarme la primera lágrima, pero ella interpreta el movimiento como señal de amenaza y me cierra el ojo de un codazo. Grito y el chofer pregunta: 
¿Qué está pasando allá atrás? 
La anciana mete la mano en su morraleta y, de entre las verduras, saca una navaja con la que trata de cruzarme. Yo, mucho más joven, más guapo y más ágil, me adelanto a su movimiento y le doy un puñetazo en la nariz. 
¡Hijo de perra! grita ella al sentir el golpe. 
Comienza a sangrar. El colectivero vuelve a preguntar qué pasa, esta vez mucho más alterado y casi gritando. 
¡La pinche viejita me quiere filerear! —le contesto. 
He cometido el peor error de las peleas callejeras: me distraje. Inmediatamente después escucho a mi enemigo susurrarme al oído: 
Viejitas tus nalgas, perra. 
Siento el frío metal entrar y salir una y otra vez de mi costado. Todo ha terminado para mí. Mientras caigo, escucho su risa de abuelita amorosa y solo puedo pensar en la imposibilidad de despedirme de mis seres queridos. La vista se me nubla otra vez y, de nueva cuenta, un flashazo. 
Ella se percata de mi mirada, voltea y me dice:
Hace bastante calor ¿verdad joven? ¡Ay disculpe, está usté’ leyendo! Ahorita quito mi cochinada esta.
Yo le sonrío, le digo que no se preocupe, que me gusta esa canción y nos vamos en silencio: ella feliz, escuchando su música, y yo esperando su primer ataque.


miércoles, 11 de enero de 2017

Ensayo: La Castañeda - Breve semblanza de un fallido proyecto de modernización

Por: Karim Yaver

Manicomio General, La Castañeda

«Orden y progreso». Lema y base ideológica sobre la que se erigió ―o buscó erigir― el gobierno porfirista que daría vida a un flamante monumento a la modernidad: el Manicomio General, La Castañeda, encarnación pétrea de arquitectura afrancesada (modelada a partir del psiquiátrico galo Charenton), entre cuyas paredes habría de habitar por cerca de cincuenta años una variedad particular de sujetos que, en su gran mayoría, conformarían un muy característico organismo sin voz ―y, hasta hace no mucho, sin historia: los otros, los obstáculos en la vía de la máquina progresista y arrasadora que no mira sino hacia un ilusorio adelante; los locos.
La Castañeda nace entonces de entre el ansia que este lema fastuoso exigía: México necesita modernizarse, México es una nación en crecimiento que debe alcanzar una alta meta: el «primer mundo». El único camino viable para el gobierno en el poder fue, por tanto, imitar los modelos extranjeros.
Porfirio Díaz en la inauguración del Manicomio General
Es de pocos desconocido que las ambiciones de Porfirio Díaz se concentraban en alcanzar los estándares de la cultura francesa, en mayor medida, así como los de la norteamericana e inglesa (de ahí la imitación descarada, aunque no siempre desafortunada: como ejemplo de acierto el Palacio de Bellas Artes). Pero, ¿qué era lo que caracterizaba a estas naciones que las hacía ser, precisamente, Estados que habían alcanzado ya un estatus social, económico y político con el que México apenas podía soñar? El secreto, se pensaba, la clave para alcanzar el éxito, estaba en el trato a las clases desfavorecidas: mientras mejores y más óptimas fueran las políticas públicas, las estrategias de crecimiento y desarrollo social, mayor orden en el entramado socio-económico podía alcanzar una nación. Un claro ejemplo del trato a las clases desfavorecidas fue precisamente la administración de los cuerpos que el desarrollo acelerado de la modernidad capitalista había relegado a las periferias: los indigentes, los locos, los perversos, los alcohólicos y drogadictos, los «débiles mentales». Tanto Francia como Estados Unidos e Inglaterra, se caracterizaban por sus modernísimos y ultra progresistas hospitales psiquiátricos, por las técnicas que continuaban desarrollando con el fin de reinsertar a los individuos desviados a la sociedad ―cuando podían ser reinsertados― y por la dirección de aquéllos que quedaban a la deriva, con el fin de alcanzar, no sólo el orden anhelado y el progreso deseado, sino también la estabilidad que un país como México, nacido del conflicto y que no sabía lo que era vivir fuera de él, apenas comenzaba a conocer. La solución: centralizar la atención en un solo espacio: desarrollar un hospital psiquiátrico que funcionara como centro no sólo de tratamiento sino también de producción de conocimientos. Formalizar la psiquiatría.
El panorama en un principio lucía prometedor ―al menos para el gobierno porfirista―, pues el detalle que hacía falta para llevar a los hechos la ideología en el poder había sido concluido: el primero de septiembre de 1910, en medio de la fastuosidad y la aristocracia del México de la época, y en presencia del presidente Díaz y su esposa, se inaugura el Manicomio General en la hacienda de La Castañeda ubicada en Mixcoac, a las afueras ―en ese entonces― de la ciudad capital. Dos meses y diecinueve días más tarde, la paz relativa que el gobierno dictatorial porfirista había alcanzado, se vuelve a derrumbar: inicia la Revolución Mexicana.


Zona de Mixcoac, vista desde el aire, en 1958. Se señalan en rojo las instalaciones de La Castañeda, en naranja la avenida Revolución, en azul las avenidas Molinos y Río Mixcoac, y en verde la línea del ferrocaril (Blvr. Adolfo López Mateos -Anillo Periférico-).
No obstante los anhelos al fin cumplidos de fundar un espacio arquitectónico vanguardista como el Manicomio General, el estallido de la Revolución significaría una gran traba para su mantenimiento. La convulsión social que el conflicto armado fue dejando en la ciudad y en el gobierno, derivó en un periodo de abandono y estancamiento de La Castañeda. Las consecuencias posteriores, debidas en gran medida también a la Revolución, aun cuando ya se habían asentado los gobiernos revolucionarios, contribuyeron a ser su ruina: la ocupación posterior de la ciudad por parte de los ejércitos revolucionarios (La Castañeda fue irrumpida durante un periodo largo por una facción del ejército Zapatista; mientras éste ocupó el hospital el descontrol entre los internos reinó, y cuando lo dejó muchos de éstos se unieron a sus filas y se fueron también); la desenfrenada migración a la ciudad desde las provincias ―migración que ya venía dándose desde la época anterior, debido, entre otras cosas, al arrebato de tierras a los campesinos indígenas―; la proliferación del desempleo y la pobreza generalizada y extendida que vino después, etc.
La génesis de su caída, por otro lado, no habría partido ―ni habría sido consecuencia solamente― de la Revolución.
Philippe Pinel (1745-1826), padre de la psiquiatría moderna
La psiquiatría en México nacería en la década de 1880, como resultado de la evolución de una postura inicial que, inspirada en las ideas del francés Pinel, padre de la psiquiatría moderna, veía en el loco a un niño-adulto incapaz de dirigir sus acciones, perturbado a raíz del desenfreno que la sociedad moderna industrializada había provocado en él y en los suyos, los menos favorecidos. La «terapia moral» de Pinel, no obstante, se quedaría como proyecto frustrado en nuestro país, y daría pie entonces a una visión mucho más práctica y funcional: el loco no es ningún niño-adulto, es el producto de una serie de factores (genéticos, raciales, de género, etc.) que lo vuelven, en tanto sujeto situado en la esfera más inferior del estrato social, propenso al alcoholismo, a la perversión, al crimen. La psiquiatría se asimilaba a la criminología, y, bajo este tenor, el Estado porfirista habría de actuar: la solución fue desarrollar un dispositivo eficiente de reinserción, cuando ésta pudiera darse, o de confinamiento, con el fin de evitar el «contagio espiritual» entre los ciudadanos sanos, racionales. Es de destacar, por ejemplo, al escritor y poeta modernista, Manuel Gutiérrez Nájera, como férreo impulsor de las prácticas de confinamiento para aquellos que, como él y el resto de la clase burguesa dominante consideraban, no hacían más que dañar la moral de los ciudadanos respetables y contribuir a la pérdida de los valores tradicionales. No por los débiles los buenos debemos sufrir las consecuencias, parafraseándolo.
La Castañeda, por tanto, no significó un esfuerzo de modernización solamente a partir de la vía de la sanación del enfermo, de la práctica médica y del desarrollo científico que habría de legitimar el hipotético estatus de «nación en progreso». Fue también un medio de segregación social, racial y de género que habría de favorecer a las clases privilegiadas y que, en su interior, a la manera de un microcosmos que se re-crea a sí mismo (constantemente), reproduciría esta misma segregación, este gran énfasis en la conveniente diferencia: en medio de la supuesta ―y perseguida― homogeneidad dentro del hospital (a los internos se los vestía a todos igual y se les rapaba la cabeza con el fin oficial de promover la higiene), una heterogénea proliferación de identidades se hacía presente ya desde su diseño arquitectónico: el hospital estaba constituido por un edificio central correspondiente al área administrativa y por una serie de edificaciones periféricas, correspondientes cada una a un pabellón distinto: el de los pacientes distinguidos (los que pagaban cuotas, subdivididos a su vez según lo que pagaran), el de pacientes peligrosos (remitidos por la policía o considerados violentos), el de los imbéciles (con retraso mental evidente), el de los epilépticos (uno de los más numerosos) o el de los infecciosos (diagnosticados con sífilis, tuberculosis o alguna otra enfermedad infecciosa). Por supuesto, quienes pagaran recibirían un trato mejor, quienes no, se dejarían al olvido. De aquí que no sólo se internara a los que estorbaban en las calles y en las comunidades rurales, sino también a aquéllos que obstaculizaban los intereses de las familias más ricas, con el fin de resguardar el prestigio y el patrimonio.

El estallido del movimiento revolucionario motivaría que la misión inicial del Manicomio General pasara de convertirlo en un sitio de re-formación, a tenerlo como un mero lugar de asilo. Como mencioné, la migración hacia el centro del país, la falta de suministros y demás efectos de la lucha armada, provocaron la proliferación de la indigencia y la pobreza. Se volvió fenómeno común que los sin techo encontraran en La Castañeda una morada. Debido a esto, y a la falta de atención por parte de las autoridades, preocupadas por asuntos considerados más importantes, la sobrepoblación en el hospital y la falta de recursos lo llevaron a una degradación acelerada. Criminales, indigentes, niños de la calle, prostitutas, esquizofrénicos, alcohólicos, indígenas despojados, mujeres rebeldes, retrasados mentales, en fin, esos otros del principio, los marginados, todos se daban cita en este concentrado universo carente de recursos para sostenerse. 
Hacia 1968, tras cincuenta y ocho años de existencia, de una existencia que se tambaleó siempre entre las aspiraciones de la ciencia médica y la mejoría social, y la dura realidad que la atravesó (la convulsiva Revolución, el dificultoso trayecto para alcanzar la estabilidad de los gobiernos revolucionarios y los ataques y señalamientos de la prensa y de las conciencias concernidas por la integridad de los internos), tras severas denuncias de violaciones a los derechos humanos y después de haber proliferado en demasía las leyendas negras, el hospital es derribado. El diagnóstico: fracaso. Un terrible y enorme fracaso del cual la ciencia médica en general, y la medicina psiquiátrica en particular, tendrían que aprender. ¿Pero a quién habría que atribuirle este fracaso? ¿A Porfirio Díaz y a su gobierno, quienes equívocamente buscaron establecer en un país de infraestructura «ineficiente» un proyecto demasiado ambicioso para hacerlo encajar? ¿A la Revolución y sus consecuencias? ¿A los gobiernos posteriores que, en lugar de buscar encaminar los esfuerzos del régimen anterior, impulsándolos con una ideología más acorde a la lucha que los había llevado al poder, dejaron el hospital a su suerte hasta que fue necesario hacerlo desaparecer? Y la cuestión, vista desde hoy, es: ¿fue un fracaso? Cierto, los testimonios que indirectamente historiadores como Cristina Rivera-Garza o Cristina Sacristán han logrado extraer de las narrativas conjuntas de médicos e internos, han permitido ver que, en cuestión del objetivo oficial de un hospital psiquiátrico estatal, el proyecto fue un fracaso total: la reinserción a la sociedad de los internos era mínima; sus condiciones de vida dentro no eran óptimas, sino todo lo contrario, pues La Castañeda era más una sala de espera rumbo a la muerte para muchos o, en el mejor de los casos, para otros más, un albergue apenas poco mejor que la calle. No obstante, en la historia, de los fracasos aparentes los Estados suelen sacar siempre algo. Ya lo señaló Foucault en su afamado libro Vigilar y Castigar, refiriéndose a la transición de los métodos de castigo y vigilancia de la época clásica a la moderna: no es que se dejara de castigar, sino que se aprendió a castigar mejor. La Inquisición y sus métodos de tortura tuvieron que darse en algún momento para que las modernas cárceles panópticas llegasen después y ocuparan un sitio con funciones más eficientes. ¿Será acaso que fenómenos tan complejos como La Castañeda deben aparecer primero, y ser derrumbados después, para que de sus escombros se instauren técnicas mucho más eficientes de control de la población «enferma», como la medicación psiquiátrica exagerada, la adopción de categorías que buscan enmarcar la locura en estratos muy específicos que ayuden, a su vez, a despersonalizar a los sujetos o los múltiples discursos psicológico-terapéuticos actuales? ¿Podemos hablar, entonces, en aras del progreso que frenéticamente aún se busca, y que no pocas veces se piensa alcanzado, de un fracaso? En dado caso, si hubo un triunfo, ¿quién triunfó?

lunes, 21 de noviembre de 2016

Literatura: El sueño ajeno a la razón también produce monstruos: Tercera entrega (cuento)

Por: Karim Yaver




"El sueño de la razón produce monstruos" (1799), Francisco de Goya 

5
Ruy era hijo del folklor de su país, y parte de este folklor se cimienta en la herencia africana del vudú y la brujería. Allá era considerado un joven brujo con grandes habilidades, y algunas de ellas se veían sustentadas a su vez en la extravagancia de los rituales que solía llevar a cabo. Se consideraba a sí mismo un iniciado, alguien con la capacidad perceptiva suficiente para poder ver cosas que otros seres humanos ignoran, no comprenden, o simplemente no quieren ver. Su misión había sido hacer notar a las personas, hacerlas entender y (por unas monedas, claro está, pues él también buscaba una vida placentera) ayudarlas, encaminarlas a lograr la felicidad, o al menos, la satisfacción. Si alguien externo hubiese descubierto en sus tácticas algo que sugiriese un fraude, él mismo habría resultado sorprendido, pues él no era un fraude, estaba convencido de que aquello que hacía era real, de que la brujería lo era, y de que ésta fluía naturalmente en él.
Su llegada al país de Lea no fue con la intención de hallarla, aunque no desestimaba la posibilidad, sino con la intención de abrirse paso de alguna otra forma que no involucrase la brujería. Él era un iniciado, y continuaría ayudando a quien lo necesitara, a quien lo mereciera, pero no a cambio de plata, no a cambio de bienes, no más. Esto no quiere decir que Ruy se haya decidido por dejarlo todo, ayudar al prójimo sin retribución y morirse de hambre en el camino, no, él deseaba ser alguien, alguien distinto, y trabajaría por conseguir lo anhelado, pero la pronta aparición de aquella joven mujer, y la desolación palpitante, el caos y el terror que ella exhalaba, habían estremecido y desolado toda pretensión anterior. Ahora, su única misión era ella, salvarla, salvarla y luego poseerla, pues era suya, tanto como lo había sido de sus sueños. La intención de salvarla, sin embargo, partía de una inquietud sincera ―se preocupaba por la joven―, y la necesidad de poseerla, el convencimiento de que era suya, partían a su vez del amor, del amor que se le había mostrado cada noche desde hacía ya varios años, ante ese espejo, tras la densidad de aquella bruma.

La noche siguió su curso, y la ceguera momentánea también. Las cataratas en sus ojos fueron difuminándose conforme se acercaba a casa de su hermano. Para el momento en que cruzó el marco de la puerta de entrada, éstas habían desaparecido ya, y su visión vuelto a la normalidad, si bien el resplandor que había dejado tras de sí Lea continuaba penetrando su organismo, para fundirse lentamente en la médula de sus huesos y en el rojo o en el blanco de cada glóbulo de su sangre. El extranjero, vencido por la bruma de la ceguera, vencido por el resplandor de esa joven, que no sólo había recubierto sus ojos, sino también sus poros y su espíritu, durmió.
A lo largo del día siguiente, una vez transcurrida la noche cuyo perfume era el de Lea, cuyo eco era el de su nombre —pues él ahora lo conocía—, permaneció en su recamara, en esa alcoba de huéspedes que ahora lo albergaba, que era ahora su hogar. En su mano sostenía el bolígrafo y la libreta, aún con los restos mutilados de la hoja arrancada la noche anterior, y esperaba, esperaba de nuevo.
Las horas transcurrieron nuevamente, siempre transcurren. La bruma matutina, el sol, las nubes, más sol, algunas nubes más, el viento, menos sol, el cielo; el azul, el gris, el azul más oscuro. El negro. El gris. La bruma nocturna. El teléfono, apenas fallecido el ocaso, sonó. El bolígrafo, la libreta, sus manos, a todo él y a todo a su alrededor lo carcomía una nerviosa confusión. Casi imperceptible, la rítmica melodía de la tinta negra impregnándose sobre el blanco papel, comenzó a inundar cada rincón de la habitación. El extranjero tomó entonces su chaqueta, para abandonar luego la casa de su hermano.
Las notas que esa tinta emitió al danzar sobre el papel de la libreta, se plasmaron en él así:

Mañana, 7 a. m. Misma esquina. Lea.

Tras concertar la cita, Ruy salió de inmediato, apresurado como si el diablo mismo estuviese a punto de llevarse a su amada (aunque él no era ningún Orfeo y ella ninguna Eurídice), para buscar, encontrar y atrapar al sueño, a la pesadilla. La funda de su almohada, una linterna, y todo el sigilo de que era capaz, fueron sus únicas herramientas. Tras cerca de dos horas vagando entre las calles teñidas por la grave oscuridad de los primeros momentos de la noche, dio con el cardenal. El avecilla, absorta, se posaba inmóvil sobre la rama baja de un cedro blanco, cuyas hojas comenzaban a verse abrumadas por el influjo amargo del cercano otoño. Con sigilo, pues era un cazador, un cazador de lo desconocido, y ese cardenal estaba bien situado en esa categoría, extendió la funda de su almohada. Iluminado tan sólo por la luz menguante de la luna, parcialmente encubierta por las nubes grises de esa noche grumosa, pues había apagado su linterna para evitar descubrirse de más, la llevó hacía la rama, y, de golpe, atrapó en ella al cardenal. El aleteo del ave fue momentáneo; tras él, puro silencio.
Con el ave ―de nuevo inmóvil― dentro de la funda de su almohada, y cargándola al hombro como si se tratase de un saco de ropa vieja, la linterna en el bolsillo y su sigilo agotado, Ruy se encaminó a casa.

A las 6:55 a. m., Lea se encontraba ya en la esquina de aquellas calles, recargada sobre la misma pared en que Ruy la había esperado dos noches atrás. A las 7:00 a. m. en punto, él arribó, cargando una caja de cartón con pequeños hoyos en la parte superior de sus cuatro lados, sobre sus manos, y una mochila negra en su espalda.
La expresión en ambos rostros era un confuso collage de sensaciones, en el cual se habían plasmado primero las de emoción y temor por el encuentro y, sobre éstas, las de fatiga, cansancio y nausea. Las primeras se filtraban por entre las segundas, y las segundas se multiplicaban a la luz amarillenta del sol del alba. Al encontrarse, súbitamente, al encontrarse sus miradas, y al beberse la una a la otra, una tercera capa de sensaciones emergió a la superficie: deseo, hambre, pero también angustia, miedo, perdición.
Se encaminaron a casa de Lea. Entraron. Cruzaron la estancia, la cocina, abrieron la puerta trasera y salieron de nuevo, esta vez, hacia el río. En el camino, ella había relatado a Ruy cada acontecimiento relacionado con el cardenal y con la silueta de negro. Aunque no le fue posible esconder su turbación al escuchar la descripción que del río ella le hacía, a él no le sorprendió gran cosa, pues había visto ya ese río, en sus sueños, y era justo allí donde todo debía terminar.
Una cosa fue el recordar las aguas turbias del río tras la descripción que ella le hizo, y la sensación de incomodidad y consternación que esto le provocó, pero, al contemplarlo él mismo, al sentir sobre sus poros y cruzando sus fosas nasales la peste que éste emitía, un estremecimiento de asco lo invadió, un asco no por la sangre ni por la fetidez de los desperdicios que corrían al ritmo de su cauce, sino por la bruma que en él nacía, por esa bruma que también había visto ya, esa bruma que no esperaba, ésa que ya lo aguardaba. Era un asco agudo brotando de la imagen intermitente de su propia carne pudriéndose sobre esas aguas sanguinolentas, bajo el abrazo espeso de una niebla pestilente.
Pero había una tarea que llevar a cabo; hizo a un lado el asco y el terror, y comenzó con ella.
Esencias, inciensos, licores, una daga. Un ritual singular se desarrolló a los ojos de Lea. Ahí mismo, a la orilla del río, una vez recobrado su aliento, extrajo de su mochila estos artículos. Encendió los inciensos y un par de velas de esencia dulce, aunque extraña. Bebió un gran trago de un licor transparente y lo escupió sobre la tierra, entre las velas. Abrió la caja y extrajo de ella, con la mano izquierda, al cardenal, aún inmóvil. Ella se agitó ligeramente, él lo notó y, con poca ceremonia y una voz profunda, sin apartar los ojos del ave, dijo:
―Calma.
Colocó al ave boca-arriba sobre la tierra bañada en licor, sujetándola con su mano izquierda. El ave se retorcía. Su panza rojiza y su cresta extendida lucían curiosamente fuera de lugar sobre la tierra gris, rodeada por el agua turbulenta y plomiza, por la niebla blanquecina, por la piel pálida de Lea y por la hoja plateada de la daga en la mano derecha de Ruy.
El filo se clavó lentamente sobre el vientre del cardenal. Un chorro minúsculo de sangre abandonó su cuerpo y se fundió en la tierra; mientras, éste se retorcía más y más conforme el frío de la muerte se internaba en él.
Ruy estaba de rodillas sobre la tierra húmeda y emitía un rezo extraño mientras llevaba a cabo el acto en que arrebataba la vida al pequeño cardenal, inmutable, como un coloso de piedra hincado ante la contemplación. Lea, a su espalda, de pie, asomando el rostro a la escena por sobre su hombro derecho, empalidecía un poco más.
El ave había muerto, y la promesa de paz del extranjero vivía. Sin embargo, una helada sensación de horror la invadió.
―Todo ha terminado ―dijo él, triunfante, mientras ella, derribada, vomitaba tras haber contemplado la mancha sanguinolenta que pigmentaba la tierra grisácea a orillas del río.

Ahora podía dormir tranquila. Ahora podía cerrar los ojos, dejar entrar el viento por la ventana, no temer a la oscuridad, no temer a la noche ni a sus sueños. Ahora podía descansar y sacudir de sí el estigma pútrido que la lejía y su madre habían dejado sobre ella.
Lea no dejaba de ser Lea. A pesar de los acontecimientos recientes, a pesar de haber cedido ante un absurdo tal como un ritual de brujería cubana, ella seguía creyendo en los hechos, en lo factible, lo comprobable, lo demás era pura superchería. Claro está que retornaban sus convicciones sin trabazón alguna puesto que ahora se sentía segura, puesto que algo (¿la confianza inaudita que depositaba en Ruy?) le hacía creer que así era; no obstante, estas ideas, estas creencias, en su pensamiento, no tenían ya fundamento alguno. Intentaba engañarse a sí misma y no lo conseguía, aunque el sentirse segura, el sentirse libre de aquel tormento, le proporcionaba un velo más grueso con qué cubrir sus ojos. Y, aunque el cardenal y la figura sombría del sombrero de copa estaban conformados por una sustancia desconocida y aterradora, lo único que podía ella hacer era intentar olvidar, olvidar y seguir, hundirse de nuevo en su absurdo personal, en ese mundo, en esa realidad tan suya.
Una vez concluido el ritual, debilitada, regresó a su casa. Ruy le fue de gran ayuda, pues las fuerzas de la joven se habían difuminado junto al humo del incienso. Se reportó de inmediato enferma a la clínica, y, después de esto, cayó profundamente dormida. Él se retiró, tranquilo, confiado en que toda amenaza había sido ya superada, y en que no sería la última vez que la vería. Germinaba en él de nuevo la esperanza de un acercamiento más íntimo.
La noche arribó, el día murió, y ninguna insinuación extraña o inusual se le presentó a Lea. Ahora podía dormir en paz.

* * *

Duerme. Noche tibia, ventanas abiertas, poco viento.
Al igual que en aquella madrugada en que apareció ante ella la figura negra del sombrero, a su cuerpo lo cubre tan sólo una delgada y blanca sábana de algodón. El clima cálido, el sabor a muerte que comienza a emanar de los árboles y de la vegetación en general, la paz proveniente de ese ritual sangriento de la mañana y las horas de sueño atrasado, se vuelven un efectivo somnífero. Antes de concluido el ocaso, cae de nuevo sobre el seno del sueño. Hacía años que no dormía tantas horas seguidas. Alrededor de las 5 a. m., la temperatura en su alcoba desciende abruptamente. El roce del viento del exterior se distiende sobre ella, atraviesa la sábana y erige para sí mismo un monumento en sus poros henchidos y en sus pezones erectos. Despierta, aunque su cuerpo permanece inmóvil.
Ella lo sabe entonces, sabe bien que nada ha terminado. La suposición irracional de una «aparición», de un ser fantasmal, se posa de nuevo sobre su cuerpo. La pesadez del cardenal sobre su pecho, de sus patas recorriendo su figura, desde el empeine de sus pies hasta su seno, ese suave recorrido y su final aleteo, la extensión del rojo de su plumaje sobre cada pliegue de la alcoba, sobre cada parte de su conciencia, eran un golpe, un arma, un mecanismo, una protección asombrosa ante la aproximación de la silueta de negro. Esta vez no hay ninguna protección, pues Ruy ha derramado esa sangre y esa fuente de vida sobre la tierra mojada, a orillas del río, frente a su ventana.
Ella lo sabe: una parálisis del sueño, nada simple, y la figura de negro, y su sombrero de copa, y sus pasos perezosos retumbando en las cuencas de sus oídos, vibrando en sus tímpanos al ritmo de la pompa funeraria. Ella lo entiende: está indefensa ante aquella figura sombría.
Sus ojos, abiertos por completo, derraman las lágrimas que no supo derramar cuando se le enfrentó por vez primera. Solloza, quedamente, inmóvil, al igual que el cardenal cuando Ruy lo tendió sobre la tierra grisácea, para clavar en sus entrañas el filo de aquella daga. Lea es entonces el cardenal; la noche, el frío, el miedo, son la mano izquierda de Ruy; y la figura negra del sombrero de copa es esa daga; sus ojos brillantes y avasalladores, grisáceos, son su filo, y se clavan desde dentro de ella, en el centro agrietado de su propia conciencia vacilante, derramando su sangre, su sustancia, sobre el suelo negro de la locura que la solicita, que la pide a gritos.

Despierta. Noche lluviosa, fría, ventanas cerradas, el viento y la lluvia golpeándolas.
No hay luces, no hay luna, sólo una tiniebla única cubriendo la totalidad de aquella alcoba. Está de pie, y a lo lejos destella la llama tenue de una vela. Está confundida, pero el resplandor de la llama la atrae como a un mosquito. Se acerca a ella, lentamente, caminando al ritmo de las gotas de lluvia que golpean y resbalan por la ventana a su espalda; una atracción extraña la subyuga. Se aproxima, la llama es cada vez más grande, el resplandor cubre su piel y la matiza de una tonalidad dorada; ella misma destella en medio de la noche. Se acerca más. Está ya a punto de tocarla, pero la llama desaparece. Despierta de nuevo, debido esta vez al estupor magnético que ha sido la llama, y observa alrededor: es una habitación desconocida, mucho más grande que la suya, mucho más fría también. No hay muebles, sólo una cama. En la cama está Ruy, tendido, los ojos abiertos, fijos en ella, desnudo y paralizado. Ella lo contempla a su vez.
Algo golpea la ventana, ella gira su rostro en esa dirección. ¿El viento, la lluvia, algún cardenal incapaz de atravesarla? Contempla de nuevo al extranjero.
Él, sobre las sábanas, despojado, casi tembloroso, aterrado, transpirando un sudor seguramente helado. Su mirada ya no es profunda, toda profundidad está plasmada en los ojos de Lea. Ella frente a él. Ella no tiembla, ella no transpira, ella apenas respira. Se aproxima a Ruy, lentamente, como si fuera esa sombra, como si fuera esa figura de traje negro y sombrero de copa. Extiende sus brazos y hace un garfio de cada uno de sus dedos. Comienza a rasgar la piel del hombre. Algo la trastorna. Su rostro no cambia de expresión y sus uñas, con una calma gélida, arrancan con fuerza trozos de piel morena. La sangre del extranjero es un barniz que de a poco enrojece sus uñas. Él se retuerce, solloza y grita para sí mismo, pues continúa paralizado. Las uñas de Lea desgarran su piel, mientras su alma es desgarrada por la profundidad, por el vacío de esa mirada.

Epílogo
Nunca lo supo, en verdad, hasta ese momento, cuando despertó, en su cama, la ventana cerrada y el clima agradable. Hasta ese momento. Un sueño, tal vez todo había sido sólo un sueño, pues todo comenzó como uno, ¿por qué no habría de terminar de igual forma? La pregunta era, ¿cuándo comenzó?, ¿era Ruy real?, ¿algo lo había sido? En realidad, no tenía importancia, esta vez podía sentirlo, se podía sentir a sí misma, existiendo. Había terminado.
La alcoba se sumía en la oscuridad, pero era una oscuridad tenue, pues ya amanecía. Sin problemas, y sin mirar a otro lado, pudo levantarse y dirigirse a la ventana. Corrió la cortina y la abrió ligeramente. Observó el río, su cauce caótico, sus aguas negras, su hedor desagradable aunque familiar. Recordó a su madre tras sentir en su nariz la acidulada esencia de la lejía. La sangre proveniente de la clínica corría a la par de las aguas, fundida en ellas. Esa escena ya no la perturbaba, esa mezcla de sangre y agua le era tan conocida como su propio olor, como su padre, durmiendo en la habitación contigua.
Miraba ese cauce, anárquico: miles de millones de partículas de agua, de sangre, de cientos de desechos distintos, danzando en una armonía aparente, corriendo hacia el caos de la nada, como su propia vida, pero, ¿qué importancia tendría esto? Ha despertado ya y tiene trabajo en la clínica. Ha despertado, bien, pero, ¿en qué momento cayó dormida?

Sigue mirando el río. Una gran masa flota en él, y corre al ritmo de esa armonía atraída por el caos, por el absurdo. Ruy es real, o lo era. Esa masa es el cuerpo del extranjero, de ese hombre alto y fornido de acento extraño. Su piel morena es ya pálida y es ya púrpura, y sobre cada parte de su carne se pueden avistar rasgaduras violentas. El dolor comienza a extenderse desde los dedos y las uñas de Lea. El frío del exterior se aleja, pues el frío que nace desde ella lo ahuyenta y aminora, invadiendo cada esquina de su habitación, su piso, al río mismo. Lleva sus manos, tras un reflejo de sorpresa, a su boca; siente en sus labios la costra rugosa de sangre, y la sensación dolorosa en sus dedos se incrementa. Cada una de las uñas de sus manos está fracturada, rota, quebrada, fragmentada. La sangre en sus dedos es sangre de Ruy y sangre de Lea. Retrocede, retrocede aterrada, pues el sueño fue real, el sueño está presente, el sueño flota en el río y mancha sus manos. Camina hacia atrás, empujada por el miedo y golpea con algo: es el armario, su gran armario. Gira despavorida tras el contacto y lo observa: en su puerta, colgado de un gancho para ropa, hay un traje negro, las mangas del saco están manchadas también por ese sueño, y sobre el traje, inmanente, fijo, se asienta un gran sombrero de copa.

Ciudad de México, 16 de julio de 2014.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Literatura: El sueño ajeno a la razón también produce monstruos: Segunda entrega (cuento)

Por: Karim Yaver




"The Nightmare, 2nd. version" (1790), Henry Fuseli


4
Una vez que hubo transcurrido aquella tercera noche que pasó cercano a la presencia de Lea, aquella noche en que hizo penetrar en sus oídos, en sus sentidos, en su alma el eco perenne de sus propias palabras, aquélla en que a él mismo lo penetraron una mueca y una dolorosa y simple impresión de incredulidad que obtuvo como única respuesta; una vez que hubo transcurrido, y una vez que la madrugada comenzó a dominar, no aparecieron, ni en sus sueños ni en los ella, ni el cardenal ni la figura de negro. Lo que sí se presentó, al menos en los suyos, fue el espejo ovalado de siempre, colgado de la pared informe de esa misma habitación, en ese mismo universo de vapor rojizo de todas sus noches. Sobre su cristal notó un reflejo nuevo que llegaba para suplantar a los antiguos: un pequeño arroyo de agua turbia, pequeño al principio, que cada segundo se volvía más imponente, más amplio y profundo, más vago. Su tonalidad de a poco se investía de un rojo escarlata (¿no es pleonasmo decir rojo escarlata?), del mismo rojo que pigmentaba a la pequeña pluma que encontraría a la mañana siguiente, extendida, casi con languidez, sobre el piso de su habitación, frente a la base de su cama.
Al despertar, y al encontrar frente a sí esa pluma vagabunda; al abstraerse de aquellas fantasías compuestas por la angustia y el desespero, del rojizo, de la visión siniestra del agua turbia, del escarlata; al despertar, despertaba en él la emergencia, la alarma, despertaban ante el duro escenario —la incredulidad de Lea, que él creía sentir, que él percibía—, y le aseguraban que ella no actuaría, y lo llevaban a la frenética necesidad de encontrarla de nuevo, ya para advertirle, ya para verla una vez más, ya para sumergirse de nuevo en ella, en su mirada triste… ya para convencerla del peligro al que se enfrentaba.
Al igual que el día anterior, dejó correr los minutos, dejó pasar el día, sólo para hallarla a la misma hora y en las mismas calles en que la había visto por vez primera; en las mismas calles en que la había acechado la segunda noche; en las mismas calles en que le había advertido. A pesar de la fascinación que esa joven le provocaba, que hacía nacer en él, y de la inquietud y la preocupación que por su bienestar de verdad tenía, no se había tomado el inocente atrevimiento de seguirla hasta su hogar.

Esa música tenue de la soledad —de esa soledad que acompañaba fiel a Lea—, esa música, esas notas cubiertas por velos negros sabor a vacío, a eternidad, a una eternidad fundida en el vacío, lo atraían de una manera sobrenatural; llegar a ellas, llegar a esa música, era llegar a ella. Sus movimientos eran los movimientos de un león mulato, calmos, pasos sigilosos, letales. El hambre del gran felino podría ser comparable a la necesidad insensata de acariciarla, comparable a la sed de ella que lo consumía. El extranjero se deslizaba en su ambiente natural —la noche—, y ella, como su presa, si bien desconociendo su papel en esta cacería, recorría las calles rumbo a su hogar, destilando una aprensión que poco o nada hacía por auxiliarla. Sin embargo, y a diferencia del diestro gato, a él lo acechaba a su vez el miedo, el miedo de perder a la joven enfermera antes de haberla encontrado por completo, pues, además, la amenaza que a ella oprimía, cerca se encontraba de oprimirlo a él.
En las mismas calles, a la misma hora, como si Lea esperase el encuentro, como si lo desease, Ruy la abordó. Le volvió a advertir, aunque más inquieto, menos agitado. Esta vez, él no llegó a ella. Esta vez, al avistarla a lo lejos, tras el metódico acecho que llevó a cabo, caminó por entre las calles, cruzando un atajo que había encontrado, y se adelantó para esperarla. Esta vez fue ella quien se aproximó a él. Esperó en la esquina de una de estas calles, de pie, recargado en la pared exterior del muro de una casa cuyas luces habían muerto unos pocos minutos atrás, bajo la tenue iluminación de una farola amarillenta. Notó su presencia unos metros antes de llegar a esta esquina y, aunque se vio sorprendida —una sorpresa fingida, pues estaba segura desde que dejó la clínica de que lo vería en algún momento, en alguna calle o en algún cruce, sentado, de pie o caminando—, no dejó de andar, por el contrario, aceleró su paso, casi deseando que, al llegar, éste la abrazara, pues el temor ante su presencia se convertía en deseo, pero el temor era también precaución. Aceleró su paso y se detuvo ante el extranjero. Él se levantó lentamente al verla arribar.
—Te esperaba —dijo Ruy, intentando disimular su acento, o al menos disminuir el color de su estridencia.
Ella no contestó nada, no con palabras, pues no apartó ni por un segundo su mirada de esos ojos profundos, negros, si bien llameantes —era ya ésta una respuesta suficientemente penetrante. Tampoco se movió un centímetro, permaneció allí, de pie, rígida frente a la figura recia de ese extranjero, de ese hombre enigmático, de ese ser difícil y fascinante, esperando, un abrazo, un beso, un puñetazo, unas cuantas palabras, esperando como él la había esperado, desde hacía años, y desde hacía algunos minutos.
—El pajarillo —continuó, disimulando menos la curiosa acentuación que imprimía a sus palabras—, sé que lo has visto, al igual que yo, puedo ayudarte, porque seguirá apareciendo. Y el tipo del sombrero, lo he visto también. Confía en mí —ella dio un ligero paso hacia atrás al escuchar esto último—, cree en mí.
Para Lea, la situación era un poco más que desconcertante. Algo en él le atraía, le atraía como nunca nadie ni nada lo había hecho. De alguna forma, un deseo, un apetito, una sed, un ansia, algo la incitaba a acercarse, a unir su pequeño cuerpo, blanco de piel y de ropas, a la figura alta, fuerte y misteriosa de ese hombre inusual. Pero, al mismo tiempo, y fusionado con el temor proveniente de sus sueños y de las noches turbias en su habitación, había algo más, algo más allá del miedo mismo, tal vez potenciado justo por ese deseo. Y es que, ¿cómo podía él saber todo eso: el avecilla, el sombrero, y, por supuesto, la figura negra que lo portaba?
Al escuchar sus palabras, la mueca que antes había sido de desprecio e incredulidad, nacía ahora recubierta de confusión, de recelo, de sospecha, de una mayor turbación. En ella danzaban anárquicos sentimientos, emociones, dudas, sensaciones nuevas que la aterraban y a la vez la seducían. Todo su universo se derrumbaba, pero uno nuevo se erigía. La ciencia, el método, nada. Lo desconocido, la fantasía, el sueño. ¿Qué era lo real: él, el deseo?
Un impulso extraño casi lo lleva a dar un paso hacia ella. Lo contuvo. De un bolsillo interior de su chaqueta tomó un bolígrafo y una pequeña libreta. En ésta escribió algo.
—Toma —dijo finalmente, dirigiéndole la hoja de papel arrancada—, llámame, es el número de la casa de mi hermano. Me llamo Ruy. Si ves al pájaro de nuevo, o al del sombrero alto, cierra fuerte los ojos, o huye, y me llamas. Estoy cerca.
Lea tomó la hoja, llevando su mano con lentitud a ella. Un choque eléctrico nació en el fondo de su estómago y se esparció a cada parte de su cuerpo en el momento en que rozó ligeramente con sus dedos los de Ruy. Apartó con violencia su mano al tomar el papel, y aún sin decir una sola palabra, se alejó, rodeándolo y siguiendo su camino.
—¡Mi nombre es Lea! —exclamó, a unos cuantos metros.
Ruy giró al escucharla, sólo para ver su espalda, para verla andar, sólo para verla alejarse. Tras ella se extendió una inmensa estela de soledad. Era Lea una brillante estrella fugaz, dirigida hacia la nada (lo desconocido), aunque brillante finalmente, pues resplandecía, y su resplandor irradiaba aún más de noche, y esa noche, por unos minutos, le perteneció a ellos, así como ellos le pertenecerían por siempre.
Ruy había abierto los ojos ante el eclipse y, cuando la corona de ese sol que era Lea apareció, el iris de sus ojos se difuminó en el blanco de la niebla, de esa niebla, de aquella niebla, de toda niebla —la de La Habana, la de sus sueños, la de esa noche, la de la próxima tarde. Caminó de regreso a casa de su hermano, intentando mantener el paso, sosteniéndose de las paredes, los postes, los árboles ante él, pues una catarata momentánea se había propagado sobre el cristal de su mirada. Mientras, ella, como la estrella, como el astro que era, voló alto para caer así con mayor fuerza. En pocos minutos se encontraba ya en su habitación, y de nuevo el palpitar de su corazón alcanzaba un ritmo frenético. Mantuvo durante todo el trayecto la vista dirigida al suelo. Si el cardenal anduvo por ahí, ella no se enteró.

* * *

Unas horas más tarde…
El papel, la hoja arrancada de la libreta de Ruy, con el número telefónico de la casa de su hermano escrito en ella, sobre la mesa de noche de la habitación de Lea. Ella dormía a escasos centímetros de la tinta dejada por el bolígrafo aquél que, en esos momentos, permanecía guardado en la chaqueta del extranjero. Ella dormía: su rostro dirigido al techo, sus brazos extendidos en un ángulo de veinticinco grados con relación a su tronco, las manos abiertas con las palmas dirigidas también al techo, sus piernas largas, desnudas, cubiertas por la sábana blanca, así como su vientre, su abdomen y la parte baja de su pecho. Ella dormía. Entonces, entonces la parálisis.
Las sensaciones que se acumulaban y a la vez revoloteaban en su interior, después de aquel último encuentro con Ruy, eran cada vez más confusas, caóticas. Éstas fueron incrementándose con cada paso rumbo a su casa, hasta que, en el momento de cruzar la puerta de entrada, el golpe violento que se había ido formando desde que notó la figura de aquel hombre en la esquina de esa calle, estalló, estalló en dos lagrimillas, ambas desde su ojo izquierdo, ambas dulces, ambas agrias. Estalló también en un suspiro, y en un debilitamiento extremo de sus miembros. Por un segundo, había perdido la conciencia, sólo para recobrarla de inmediato.
Lea de pie. Caminó un poco más, abrió la puerta de su habitación.

El tiempo…
Las manecillas plásticas del reloj de pared marcaban la 1:17 de la madrugada cuando encendió la bombilla, cuyo interruptor se hallaba junto a la puerta de entrada. El reloj despertador en su mesa de noche marcaba la 1:19. ¿Dos minutos?, nunca había advertido esta diferencia. En otras circunstancias, tal suceso habría pasado desapercibido para ella, como una cosa sin importancia, algo superfluo, un simple algo que no terminaría por afectarla. Ahora, por alguna razón, sabía que era necesario sincronizar las horas, pero, ¿sincronizar?, ¿modificar, qué reloj? Cambiar la posición de las manecillas del reloj de pared significaba adelantar el tiempo, adelantar el momento en que arribaría la parálisis, las diminutas pisadas del avecilla, del cardenal, o tal vez el encuentro con la sombra, la figura de negro, ese hombre de traje oscuro y sombrero de copa; pero significaba también adelantar el despertar, el momento de la luz, la jaqueca por la mañana, y el nuevo encuentro con Ruy, escuchar su voz tras el teléfono (pues había determinado llamarlo). Por otro lado, modificar el reloj despertador era atrasarlo todo, un par de minutos más de esta madrugada, antes de la madrugada misma. Y el tiempo corría, las manecillas marcaban ahora la 1:19 y la 1:21. Decidió adelantar el reloj de pared, gastar dos minutos, aproximar el momento de la opresión sobre su pecho, y el encuentro, la jaqueca y el despertar, adelantar el tiempo para acercarse al instante en que escucharía la voz de aquel extraño hombre.
Nada la dejaba de aterrar.

La parálisis…
La angustia, la terrible angustia, la profundidad de la sombra, sus ojos abiertos por completo. El reloj despertador, el reloj de pared. Antes de dormir, había pasado el cerrojo de su ventana y extendido, cuan largas eran, las cortinas color vino que cubrían su cristal. La hora, el momento de la madrugada en que se hallaba sumergida la angustia nebulosa que a su vez la sumergía a ella, le era desconocida. Dos relojes y la imposibilidad de conocerla; dos relojes y la imposibilidad de asir el tiempo.
Un sudor helado recorría su frente, recorría también su pecho. Los poros de su piel se elevaban, se endurecían. Las pequeñas pisadas heladas, dadas a brincos sobre ella, desde sus pies, se aproximaban. Su peso se volvía más real y la transpiración más abundante. El cardenal, su presencia era más vívida. Ya de pie sobre su pecho, la observó directamente a los ojos, pero ella no podía cerrarlos, no podía clausurar su mirada. Ya de pie, fijo sobre su seno, la máscara negra era más negra, y el rojo de su plumaje era como sangre. Acercó el pico a la boca de Lea. Algo se movía sobre sus labios, ella pensaba en gusanos, en gusanos o en lombrices que el avecilla le regalaba; ella era su cría, Lea, y ella era una niña, y ella temía, ella lloraba sin poderse mover, sin poder gemir, y sobre sus labios danzaban esos bichos y sobre su pecho se posaba el cardenal.
De golpe, todo se volvió más negro, y luego todo fue rojo. El cardenal aleteó violentamente sobre su pecho, sin separarse de ella, alzándose tan sólo sobre las puntas de sus patas. Ella entonces recuperó la movilidad. Algo de luz atravesaba su ventana, había amanecido. Algo de viento levantaba sus cortinas, la ventana estaba abierta. El viento era más fuerte, y Lea miraba en esa dirección: el ave la observó a través del danzar de la cortina, una sola vez.
Aunque la danza continuó, el ave había desaparecido ya.

* * *

—En-fer-me-ra —vociferó el pobre anciano con voz enronquecida, enfatizando con gran esfuerzo cada sílaba.
Un hombre que aparentaba al menos ochenta años yacía sobre una vieja cama de hospital en la habitación 315. El anciano en realidad tenía tan sólo sesenta y dos años, pero el enfisema pulmonar había curtido tanto su voz como su apariencia. Lea era su enfermera, y el viejo acababa de defecar.
—Le-a —contestó ella dulcemente, imitando el modo de enfatizar las sílabas del anciano—, ya le he dicho que me llame Lea.
—Le-a —murmuró él, la mirada perdida, resaltando, como nunca había hecho, esa le.
En la sangre de Lea corría la vocación de enfermera. Su madre lo había sido, lo fue su abuela paterna, y ahora ella lo era, y llevaba a cabo incluso las más desagradables labores de su profesión —como limpiar el trasero embarrado de mierda del viejo con enfisema pulmonar— con el gusto que sólo le brindaría la pasión por su trabajo.
Entonces, le limpió el trasero.
Las ropas sucias debían depositarse en un contenedor destinado para ellas, así que, una vez aseado el anciano, cargó con las ropas, abandonó la habitación, caminó por el pasillo, llegó a la que correspondía y las depositó en el contenedor.
En el camino de regreso a la 315, cinco o seis habitaciones antes en el mismo corredor, una niebla poco densa pero abundante comenzó a fluir por debajo de la puerta de una de éstas. Podía notarse a través del cristal de la puerta que el interior estaba desocupado y con las luces apagadas, así que la extrañeza le resultó mayor. Lea miró en derredor, en busca de alguien más, de alguien que pudiese auxiliarla en caso de tratarse de algo peligroso, pero no encontró a nadie. La niebla ―o el humo― abandonaba de a poco el interior. Abrió la puerta, llevada por una sensación magnetizada que sabía tanto a miedo como cada una de las últimas noches. Apenas giró la perilla la puerta fue absorbida por el interior, la niebla se despejó lentamente y en el centro de ésta, de pie y de frente, vio erigida a la figura de negro y su sombrero de copa, más clara que nunca, pues la oscuridad no era realmente profunda. Lea se detuvo, como se detuvo su aliento, y como casi se detiene su corazón. La figura, la sombra, alzó ligeramente el rostro, y sus ojos la estremecieron. Ese rostro —pálido, ojeroso, demasiado familiar—, ante el espejo, entre la niebla.
—¡Lea! —gritó Liz, la jefa de enfermeras, en ese instante, al otro lado del pasillo—. Tu paciente —dijo señalando en dirección a la habitación del viejo moribundo.
Con el rostro pálido y su labio inferior temblando imperceptiblemente, despertó del trance (¿trance?) y llevó la mirada en esa misma dirección. Después volvió a observar el interior de la habitación de la que había escapado aquel denso vapor. No había nada en ella, ni la niebla, ni la sombra, sólo una habitación de hospital vacía.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Literatura: El sueño ajeno a la razón también produce monstruos: Primera entrega (Cuento)

Por: Karim Yaver




"The Nightmare" (1781), Henry Fuseli

«Then silence, and stillness, and night were the universe».
Edgar Allan Poe, The pit and the pendulum


1
Ella lo sabía, y lo sabía muy bien. Sus recientes experiencias la habían llevado a estudiar a profundidad el tema. Además, su convicción escéptica y racional de siempre, así como su reciente formación médica, no le permitían dar cabida a aquella suposición insensata: que alguna especie de «aparición» o de ser fantasmal, sobrenatural, se estuviese posando sobre su cuerpo paralizado. Y si esta idea, como tal, le resultaba  absurda, era porque sabía bien que aquello que parecía sujetarla no era más que una simple parálisis del sueño —trastorno del dormir que sobreviene normalmente antes de despertar, durante la llamada fase R. E. M. (Rapid Eye Movement, por sus siglas en inglés). Lo sabía perfectamente. Sin embargo, junto a esa bien conocida (en la teoría, al menos) parálisis, una serie de malestares, rabiosos igual que pirañas en aguas amazónicas, la asediaba con el férreo rigor de una ira desconocida. Desde dentro, como si su cuerpo fuese la delgada capa de una superficie burbujeante a punto de derrumbarse bajo el influjo de un remolino de carne y sangre, revolviéndose con las aguas del río de su alma.
Una parálisis del sueño suele identificarse por los siguientes síntomas, y en el siguiente orden: primero, el sujeto experimenta una terrible opresión en el pecho (así suelen describirla); más adelante, lo abruma una fuerte sensación de angustia, de desesperación; finalmente, lo aborda una total inmovilidad. Ésta dilata a la opresión primero, a la angustia y a la desesperación después, y las extiende como aceite tibio sobre cada páramo nervioso del ánimo de la persona, de la víctima. La víctima aquí era ella, y aunque ella lo sabía, o, mejor dicho, aunque creía que lo sabía, aunque creía conocer a su opresor, su alma, ciega e impotente, continuaba ignorándolo. Era ésta la quinta o sexta noche en los últimos dos meses en que la parálisis —y sus síntomas—, vulnerándola, reclamaban su noche y la convertían en una simple víctima, despojándola totalmente de su voluntad.
Esa tarde, el trabajo en la clínica se había prolongado varias horas —falta de personal, muchos enfermos, etcétera—, por lo que, cuando el sueño al fin la atrapó, ya de madrugada, fue de la mano de una bochornosa fatiga. Llegó a casa, entró a su habitación, se quitó los zapatos, cayó tendida sobre la cama y de inmediato se quedó dormida. Pasó poco tiempo, entonces, para que, sin advertirlo y contra su cansancio, algo la comenzara a atraer parcialmente de nuevo a la realidad; pero esa realidad que la jalaba como con un anzuelo era distinta a lo que ella entendía como «su mundo». Despertaba, sí, pero fragmentada, igual que su espíritu, distendido hacia la nada de la noche: fragmentado también, y hecho trizas. Sus ojos se abrían ante una oscuridad tan profunda que se preguntaba si no seguían cerrados. La opresión sobre su busto, además de pesar, la helaba, y aun cuando parecía nacer de la nada, sabía que se plasmaba sobre la suave elipse de su pecho sólo tras haber recorrido cada palmo de su cuerpo desde la punta de sus pies —de ahí que se sintiera como violada. El hedor de la sangre que fluía en las aguas del río situado a espaldas de su casa, ése que podía verse desde la ventana en la pared a un costado de su cama, se acumulaba como una gripe en sus fosas nasales. La asfixiaba. «Una tonta condenada», pensaba ella, con lágrimas contenidas en los ojos.
A los pocos minutos sintió sobre su cuerpo el peso de una mirada que surgía de entre los relieves tersos de las sombras. Lentamente, de entre esas sombras, una silueta fue tomando forma. Era un hombre de traje oscuro, y sobre su cabeza se alzaba lo que parecía ser una campana de bordes rectos —pensó en uno de esos viejos sombreros de copa alta. Lo veía de pie al otro lado de la habitación, desprendiéndose del armario situado frente a la pared de la que brotaba la ventana, como si siempre hubiese formado parte suya y apenas hoy se decidiera a mostrarse. Tenues lagrimillas de terror seguían acumulándose en sus ojos sin atreverse a abandonarlos.
El hombre, la sombra del sombrero, se apartó luego del rincón destinado al armario —al que parecía pertenecer—, y se aproximó, lentamente y con paso sesgado, a la cama y a la joven petrificada que transpiraba bajo sus sábanas. Un grito se había acumulado silenciado en su esófago; el terror florecía en ella con rapidez. Podía escuchar sus pasos acompasados penetrando en el piso y a través del sonido, del eco que retumbaba en la habitación, en su cuerpo. Hasta que de pronto y sin esperarlo, la parálisis y la negra fantasía comenzaron a menguar: un chirrido metálico perforó sus tímpanos, y un aleteo estridente —como el de un ave alzando el vuelo— sacudió cada comisura de su rostro e irradió sobre su conciencia una bruma rojiza.
Despertó liberando aquel grito agudo que guardaba en el estómago, y sus ojos se desplomaron sobre sus mejillas en forma de lágrimas, de ésas que guardaba contenidas. Se levantó violentamente de la cama y tiró las sábanas humedecidas al piso. Una necesidad irracional la invadió entonces: era imperativo sentir su rostro, sentirse a sí misma, su existencia, su realidad... colocó sus heladas manos sobre sus no menos heladas mejillas y lloró, lloró el resto de la madrugada.

Cada día, antes de amanecer, se vertían sobre el cauce del río cantidades enormes de desechos desde el hospital en el que trabajaba como enfermera —recién había cumplido dos meses en su puesto—, lo que hacía que sus aguas, por las mañanas, se ennegrecieran y espesaran. Estas aguas descendían por un lado de su casa —en la que vivía con su padre—, y desde la ventana de su habitación podía observarlas con claridad. Río arriba se situaba el hospital, al que su madre, enfermera igual que ella, dedicó toda su vida. Había abandonado la clínica sólo cuando a los engranajes de su alma los hubo recubierto el óxido de la locura, corrosión que desorbitó el funcionamiento de su conducta y transfiguró su noción de la realidad, de su espacio y de su tiempo, para encaminarla finalmente hacia la grisácea eternidad de la muerte: tres o cuatro meses antes de que Lea ocupase su lugar en el hospital, su madre se había suicidado, bebiendo una o dos botellas de lejía (o tal vez más, tanto como el ardor en su garganta se lo permitió).
Había amanecido. En su habitación penetraba ya la luz solar, y en su cabeza la jaqueca causada por esa luz y por el sueño parco y atroz de la noche anterior. Era la quinta o sexta madrugada en que la parálisis la sometía, pero la primera en que se le presentaba la figura del sombrero de copa. A pesar del miedo, aún latente, fijo sobre su piel y sobre su rostro, miedo que se percibía en las sombras verdeazuladas bajo su mirada, durmió, se tomó el atrevimiento de dormir el resto de la mañana. El resultado: un sueño turbio, aunque inofensivo al fin.
Ese día, como todos los días, realizó con normalidad sus actividades, pues, a pesar de lo que le deparaba cada noche, se obligaba a sobrellevar las jornadas y sus labores, olvidando momentáneamente lo sucedido. Sin embargo, al arribar la tarde, antes de que los últimos rayos del sol abandonaran la superficie de esta parte cenagosa de la Tierra, de camino a casa, un suceso vívido la sumergió de nuevo en la angustia: la roja bruma, el aleteo, plasmado sobre un árbol a su paso: un pequeño cardenal descansaba en una de sus ramas y su mirada negra, envuelta por una máscara de desconcertante profundidad, se fijaba justo en ella. Una sombría familiaridad se posaba sobre Lea, como sobre su cabeza se mantenía el tocado de enfermera, y como sobre la baja rama de ese árbol se encumbraba a su vez el ave encarnada.
A la noche siguiente, cuando a través de su memoria la insensata turbación por haberse encontrado con el ave mojaba aún sus sentidos, en aquel mismo recorrido a casa de regreso de la clínica, percibió, como se percibe cuando alguien nos observa sin ser capaces de verlo (la pesadez de una mirada, la punzante fijeza de su alma sobre la nuestra), la nerviosa estampa de un hombre tras de sí. El miedo comenzó a asediarla, aunque un dejo de enfermizo placer la invadía también. No le cabía duda: esto se lo causaba un ente existente, algo que no habitaba sólo en su cabeza (o en cierto plano desconocido). Aceleró el paso y caminó luego con mayor prisa —se sentía expuesta ante un peligro real. Finalmente, y gracias a ese paso apresurado, arribó a casa sin inconveniencias, si bien con el ritmo cardíaco al tope. El resto de la noche transcurrió normal, sin acontecimientos que perturbasen su sueño, más allá del ligero insomnio habitual. Sin importar las diez horas de oscuridad que cubrían las últimas de la tarde, cada una de las de la noche y algunas tantas de la madrugada, las de sueño al final fueron escasas.
Una tardé más pasó y en esta ocasión, de nuevo en el camino de regreso a su hogar, por fin se encontró de frente con la presencia real que el día anterior sólo fue capaz de percibir a la distancia. Supo de inmediato que se trataba de la misma misteriosa persona debido a la familiar pesadez (y al familiar y enfermizo placer —¿el placer de verse acechada, tal vez deseada por alguien?—) que ceñía su alma. Era un hombre alto y moreno, de negros cabellos y mirada amplia y oscura. Se paró de frente a ella y, con un acento extraño, una dicción torpe y con evidente nerviosismo, dijo:
—Debes huir, está tras de ti. Debes ser prudente. ¡Debes huir!
En la boca de Lea se dibujó de inmediato una mueca en la que se fundían sensaciones tanto de confusión como de desprecio e incredulidad. Luego, visiblemente turbada, apartó su vista de la de él y dio la media vuelta. Caminó después con prisa, y huyó con mayor rapidez que la noche anterior. Al encontrarse a unos metros de su casa, en el mismo seco y anciano árbol, se topó de nuevo con el pequeño cardenal. Un sudor frío recorrió su espina. Con celeridad asió la perilla de la puerta de entrada; con celeridad ―y desespero― la giró; con celeridad entró y con fuerza azotó la puerta, haciendo temblar el marco de madera.
El sueño y la realidad comenzaban a fundirse en un mismo crisol de confusión y ansiedad.

2
Aquella noche, los árboles parecían seducidos por el viento, pues se veían tentados a elevar a los cielos sus hojas y sus ramas, así como hacia los infiernos se internaban sus raíces. El agua turbia del río, más turbia que en otras ocasiones, reflejaba, con ayuda del destello de una luna de rasgos famélicos, la silueta escurridiza de una sombra cuyo rostro lo conformaban muecas indescifrables, aunque de naturaleza indudablemente homicida; sonrisas obscenas en un plasma vacío de existencia, atiborrado de confusión. Desde su ventana, rodeada por la oscuridad del interior de su alcoba, Lea observaba ese rostro y esa figura al otro lado, a la otra orilla del río. Más allá. Ella lo observaba mientras él contemplaba su alma, y la alimentaba, como a una bestia furiosa, hambrienta, con miedo.
Las nubes, pinceladas por un tono ambiguo y oscuro de gris azulado, recorrieron errantes los senderos dispersos del cielo nocturno, y, víctimas de la misma presencia seductora que estimulaba los nervios vegetales de los árboles y arbustos, su vaguedad las condujo en dirección de aquella tétrica luz. La sombra que se produjo imperó sobre los campos primero, sobre las casas y sobre el río después. La sombra cubrió a la silueta, pero antes, un segundo antes de envolverla por completo, Lea notó, sobre su parte superior, un apéndice en forma de campana, de sombrero de copa alta…

Habían pasado cerca de dos horas desde que se encontró por primera vez con el pequeño cardenal fuera de su casa, aquella tarde posterior a la madrugada de su encuentro con la silueta negra, cuando una incierta curiosidad la llevó a situarse junto a su ventana, a abrirla por completo —el viento estival le dejaba sentir el roce de la noche sin sucumbir ante su tacto, más bien cálido— y observar el río, fijar su atención, su mirada, el sudor de su piel temerosa sobre sus aguas y sobre sus desechos, sobre la sangre que formaba constelaciones carmesí en el profundo espacio de las partículas que lo componían. Fue incierto el tiempo que duró extasiada por ese tétrico vaivén. Igualmente incierto fue el movimiento que la luna menguante realizó para fijarse ahora más allá del centro de ese cielo que, como un velo luctuoso, cubría el paraje en que había pasado toda su vida. La luna, de esta forma, se hallaba más cerca de occidente y, del otro lado del río, la figura de aquel hombre-sombra contemplaba el rostro aquejado de Lea.
Cuando las sombras se esparcieron debido al retorno del brillo lunar sobre el río y al soplo lascivo del viento pastoso, cuando la luz retornó a la visión de la joven, junto a aquellas tinieblas, el espectro se esfumó. Temblorosa, Lea cerró la ventana de su habitación, corrió las cortinas que cubrían el vidrio enmarcado por la madera, y caminó, sintiendo bajo las plantas desnudas de sus pequeños pies el material helado que cubría el piso de la salvaje naturalidad de la tierra, hacia su cama. Se tendió rápidamente y cayó al poco rato en un hondo sueño.
Es cosa común el que uno sea incapaz de recordar lo soñado cuando despierta, ya sea debido a la poca importancia de los sueños mismos, a lo fugaz de su aparición o a la irrelevante marca que éstos dejan en nuestra psique. Pero es indudable que, aunque lleguemos a ser incompetentes para rememorar lo soñado, su contenido y su forma, somos también incompetentes para negar el hecho de que sentimos, de que percibimos el perfume de esos sueños sobre nuestro ser, un perfume ora indiferente, ora profundo. La impresión causada por muchos de estos sueños puede llegar a ser tan violenta, que nuestra mente se ve en la necesidad de cegarse ante las impresiones nocturnas, fundiéndolas en nuestro propio «caldero de pulsiones y deseos» que, eventualmente, se ve aderezado por las especias virulentas del miedo. Es vergüenza, asco, repulsión, y es finalmente terror, miedo.
Esa noche, ya dormida, Lea se sumergió al principio en una serie de sueños, de esos que mencionamos primero, indiferentes, insignificantes, que no causaron ninguna clase de impresión ni huella importante en ella. A las pocas horas, una vez abandonados, un peso superficialmente ligero, aunque en lo profundo demoledor, se forjó de nuevo sobre su pecho, creció poco a poco y comenzó a recorrerla desde la punta de sus pies, andando sobre la plenitud de sus piernas y cruzando estoico el desierto de su abdomen. Sólo una sábana blanca la cubría hasta la cintura, pues el ambiente era ligeramente caluroso. La habitación se iluminaba lánguidamente por una leve brisa de luz anaranjada —comenzaba a amanecer. Las cosas a su alrededor, el reloj despertador junto a su cama, sobre la mesita de noche, el de pared, colgado en ella, el espejo frente a la puerta, el armario al fondo de la habitación, todas, parecían estar vibrando, batallando con fuerzas extrañas, luchando por permanecer asidas a la realidad. Tal vez era ella misma quien luchaba por su sitio en esa realidad que siempre consideró suya, y en esa lucha se veía sometida una vez más a la parálisis, al terror. Sus ojos —dirigidos hacia el techo—, como ella, permanecían abiertos, por completo, «¿lo habrán estado toda la noche?», se preguntaba, y a su pecho lo presionaban las pisadas suaves de una criatura desconocida. La diminuta criatura caminaba rumbo a su rostro. Podía sentir claramente el peso sutil de su cuerpo y el peso penetrante de su esencia; levemente alcanzó a notar el pico amarillento, el antifaz negro y la cresta rojiza del cardenal.
Despertó, ¿o acaso ya lo estaba?, ¿lo había estado alguna vez? La duda emergía en su cabeza y, junto a ella, la aberración por la luz del alba filtrándose desde el sol hasta su mente acalorada, atravesando las paredes de su casa y las de su conciencia, cegándola y cegando su espíritu. Nada, en realidad, era más claro que la noche anterior.

3
Los ancestros de Lea fueron, en algún momento, migrantes, migrantes indiferentes —aunque esperanzados— ante los futuros aconteceres que esta tierra desconocida le depararía a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, y a las incontables generaciones venideras. Posteriormente, con seguridad, si no ellos, sí sus descendientes, llegaron a considerarse autóctonos. Ella, por tanto, era, realmente, parte de esta tierra: hablaba al mismo ritmo al que danzaban las gotas de lluvia, respiraba el mismo oxígeno que los árboles ancestrales exhalaban, así como su madre y su padre habían nacido para hacerlo. Era parte de esta tierra, porque su sangre era la tierra misma. El hombre del acento extraño hablaba a un ritmo distinto y disfrutaba del perfume de otras flores. Ese hombre desconcertante, como su acento, era un extraño para su sangre, y esa sangre era extraña para él. Y como la sangre, la piel almacena en sus poros secretos que germinan sólo en ciertas personas, o en ciertas latitudes, y la piel del extranjero, un tanto más oscura, guardaba en sus relieves un negro poder que no se cultivaría naturalmente en el país de Lea.
Aquellas confusas ―y alarmantes― palabras que él le había dicho, dos noches después de la aparición de la silueta fantasmal (onírica, pues ¿no es todo sueño un fantasma, y entonces, no será acaso todo fantasma un sueño?) del hombre del sombrero, continuaron estremeciendo sus sentidos con la misma fuerza con que se le presentaban las imágenes que invadían sus noches. Pero la sensación de ese encuentro le resultaba aún más desconcertante, y no debido a las palabras ni a su confuso contenido, sino al hombre mismo. Era una sensación nueva, era distinta, agradable, placentera y, por esto mismo, temible. Algo en ese hombre extraño resultaba aún más extraño para ella, y fascinante. Aunque temía al eco penetrante de cada palabra suya, su deseo se encaminaba hacia un nuevo encuentro, tanto como hacia no volverlo a ver.
El extranjero aquel sabía, de alguna forma, sobre el terror nocturno que la atormentaba cada madrugada, y su deber, como iniciado, era advertir y propiciar su ayuda; no obstante, las fuerzas a las que ella se enfrentaba sobrepasaban toda magnitud que él podría haber imaginado.
«Debes huir». Esas palabras poseían en sí la mejor ayuda. Pero Lea no huiría, a pesar de la aprensión, del terror que por ambos frentes la asediaba (toda realidad e irrealidad significaba «miedo» para ella), sino que permitiría involuntariamente (¿o no?) que el horror arribara y se adentrara en sus fibras nerviosas. El extranjero lo sabía, sabía que ella permanecería inmóvil. Lo atribuía a la incredulidad que había notado en su boca cuando él le lanzó aquellas palabras de advertencia. Se veía entonces en la necesidad de propiciar un nuevo encuentro con la joven por la que tanto temía, y que tanto lo seducía.

* * *

Ruy, ese corpulento moreno de bigote azabache, cuyo acento aderezaba sus palabras con azúcar y hierbabuena, ocultaba, bajo sus ropas, una marca distintiva que lo situaba en la posición elevada de brujo, y bajo sus ojos oscuros y su mirada insondable, una debilidad inocente y animal por el cáliz femenino, que lo situaba en la ínfima posición de hombre. Y ese cáliz, esa copa que contenía el elixir profano que tanta sed le provocaba, pertenecía a la joven Lea. Ella se le había presentado inicialmente en un sueño recurrente, desde hacía ya varios años, como una silueta, una figura intermitente, indescifrable y desconocida, aunque familiar a la vez. En el sueño, estaba ella rodeada por una especie de vapor rojizo que cubría la totalidad de ese universo, y sólo para sí acaparaba la viveza del color; colgado en una pared había un espejo en el que siempre se reflejaba. Su imagen era nebulosa, como la bruma del puerto en que Ruy nació, como la niebla densa de la noche en que moriría. Sueño tras sueño, la silueta en el espejo comenzaba a ser más clara, y su naturaleza cada vez más estable, más palpable. Un día, la rojiza oscuridad de ese universo lo abandonó por completo.
Aquella ocasión, antes de que hiciera su primera aparición el hombre del sombrero, Lea trabajó en la clínica hasta pasada la medianoche. Unas horas antes, Ruy había arribado al pueblo. Llegó como huésped a casa de su hermano, quien encontró una vida más favorable allí, circunstancia que lo había llevado a tomar su propia determinación: encontrar una para sí mismo. Esa misma noche, mientras Lea se dirigía a casa, él recorría las calles umbrías de su nuevo barrio, reconociéndolas, descubriéndolas, guardándolas en su memoria, pues creía muy firmemente que, tanto las ciudades como los pueblos, exhalan su verdadera esencia cuando sus calles se hallan cubiertas por el velo negro de la noche y por la música tenue de la soledad. Ella debía cruzar algunas de esas calles para llegar a su hogar, así que en un punto, Ruy la encontró. Y ante ese encuentro se le reveló el sentido, no sólo de su sueño, sino de su vida entera: el rostro difuminado que se moldeaba en el reflejo de ese espejo, presente casi cada noche, era el rostro cálido de Lea.
Lo deslumbraron, tanto ella misma como algo que le notó y que en sus sueños se mostraba sólo superficialmente. Además de su natural resplandor, encontró algo distinto, algo pesado, denso, opaco, algo en ella que no era parte de ella misma pero que estaba como invadiéndola, consumiéndola. Se mantuvo en pie, inmóvil, con excepción de su pecho tembloroso debido a la respiración agitada, observándola a lo lejos destellando por el blanco de su uniforme contra la noche, igual que su alma contra la de él. Lea no advirtió su presencia, pero la suya quedó fija en el pensamiento del extranjero, tallada en los bordes imperfectos de su alma, como un rompecabezas de dos piezas que al fin se completaba. Pero esas dos piezas, a su vez, estaban fragmentadas en miles de piezas más, de las que muchas se habían perdido ya.
El sueño retornó esa noche, mostrándole ahora, claramente, el rostro de Lea, límpido ante el espejo. Pero no, aquel sueño en realidad no retornaba ni renacía, pues era distinto: como una fantasía germinando en el fondo de su alma, incitada por fuerzas desconocidas. Inmediatamente después de vislumbrar la faz de la joven en su claro reflejo, una cerrazón brumosa cubrió de nuevo su superficie; poco a poco fue difuminándose la bruma, y la silueta de un traje negro y un sombrero colgando de un gancho colocado sobre la puerta de un armario se distinguieron entre la densa capa gris de aquella niebla. El mismo aleteo rojo del cardenal que había retornado a Lea a la realidad, devolvía a Ruy el control de sus facultades. Lo supo de inmediato, aunque no supo nada al final; no obstante, la razón obvia estaba allí para él: el cardenal.

* * *

Aquellas palabras («debes huir», «está tras de ti») que Ruy le había lanzado en forma de advertencia, aunque emitidas con sincera inquietud, no se referían a ninguna silueta desconocida y turbia, ni a ningún hombre de traje negro y sombrero de copa, como Lea había llegado a suponer —cosa que la angustiaba sobremanera—, sino a una criatura mucho más pequeña, y en apariencia mucho menos perniciosa. Él temía verdaderamente al avecilla (o a algo que quizás anunciaba, o que entre sus garras podía estar sosteniendo para dejar caer luego sobre esa única e irrepetible posibilidad de felicidad que se le presentaba), al rojo cardenal que apareció en sus sueños y que, como bien sabía, intervenía en los de ella, y más allá de estos.
Ruy había entendido con acierto lo que su mueca significaba: desprecio e incredulidad, pero también algo de temor, temor ante él, temor de él y temor de eso desconocido. Incredulidad, en fin. Aunque, a modo de defensa, era esto lo que pretendía significar, el mensaje del extranjero no había pasado desapercibido tampoco. Pero también para él estaba muy claro: ella no huiría, pues, ¿cómo huir de lo que a uno lo acecha, si uno supone que esto lo acecha desde dentro? Y él consideraba, acertadamente, y aun sin conocerla, que ella no creería en figuras espectrales (o demoníacas), incluso cuando el miedo la turbase como lo había llegado a hacer. La presencia de Ruy, sin embargo, y sus palabras, para ella, y ese mismo miedo —y eso que lo causaba—, trastornaban de a poco toda creencia, toda convicción escéptica que aún mantenía. Tal vez esa presencia era algo de lo que debería huir, tal vez ese mensaje lo emitía la amenaza misma. Tal vez no. Tal vez las figuras espectrales, o el sueño mismo. Tal vez la silueta negra y su sombrero de copa, o de campana —¿tañendo la música metálica de una marcha fúnebre? Tal vez la locura, o tal vez no. Tal vez la noche. Y el pequeño cardenal, tan cerca suyo, ¿quizá? Quizá…