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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Literatura: Seis Minificciones

Por: José López Avendaño

Remedios Varo 


I. El enamorado 
 Se pasó la noche en vela redactando la carta de amor. Leyó a Sabines, a Rulfo, a Arreola. En la mañana compró flores y fue a verla al trabajo. En la oficina de su amada ya había otras flores, más exuberantes, más costosas y en la esquina, abierto a la vista de todos, el estuche de un anillo.


 II. Suerte
 — ¿Crees que ahora descanse en paz? ­­—Dijo alguien a su amigo.
El otro sonrió.
— De seguro sí, debía varios meses de renta y su ex esposa le había pedido pensión.


III. Insomnio
Oí sus ronquidos hasta mi cuarto. Parecía un cerdo, un ogro malhechor. Mi paseo nocturno estuvo interrumpido. A veces somos los fantasmas quienes somos molestados por las personas. 


IV. Cita
La citaron en el parque al alba. Estaba vestida de tenis y ropa deportiva, se puso a trotar mientras que, lejos de ahí cada uno de sus amigos, quienes la citaron, dormían plácidamente en sus camas. 


V. Presentación de libro
La sala estaba llena. Apretujados, los asistentes se desparramaban en los pasillos. Algunos llevaban su libro para obtener una firma. Un señor subió al estrado, todos callaron expectantes. Dijo: lamentablemente el autor, por otro compromiso, no pudo llegar. 


VI. Nudista
Ahí está, puesta en medio de la habitación para ser adorada como la diosa que es. Apenas me ve y se sonroja. La quise desde la primera vez, ahora que se ha convertido en una pieza en exhibición ya no la quiero.


*****

Sobre el autor:

José de Jesús López Avendaño nace el 18 de abril de 1994 en la ciudad de Salina Cruz, Oaxaca. Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). 

Ha sido ganador del 1° Concurso Nacional de cuento Fantástico "El Axolote"; ganador del 2° concurso de cuento No oyes contar un cuento organizado por la UNACH; finalista en la 2° edición del concurso Internacional de cuento corto "The World we live in"; obtuvo una mención honorífica en el II concurso Regional de Literatura: ApassionataHa publicado en diversas revistas literarias, entre las que destacan: ÍcaroRetrúecanoMonolitoClaroscuro, Casa Negra/cineLetra SueltaFue coeditor de la revista literaria Claroscuro.
Sus textos han sido antologados en Memoria en blanco en 2018; Apassionata: literatura motelera contemporánea en 2019; Mujer que teje de noche en 2019.

Asistió a los talleres  de creación literaria de Eduardo Antonio Parra, Mauricio Molina, Mario Bojórquez, Glafira Rocha y Renee Acosta. Fue becario para asistir al taller de literatura realizado en el marco del Festival Interfaz Signos en movimiento.
Asistió a las actividades académicas de los Coloquios Cervantinos Internacionales  XXV y XXVI. Cursó un diplomado en Creación literaria por parte del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).



domingo, 7 de julio de 2019

Literatura: El secreto de Alicia (relato breve)

Por: Damayanti Zepeda    




Alicia se sentó en la mecedora de su jardín, tenía los ojos humedecidos y la nariz roja, los labios le temblaban ligeramente e incluso desde donde estaba era capaz de distinguir ese nudo en la garganta, que yo jamás podría desenredar, y que terminaría por matarla. 

Allí estaba ella, presentándose a nuestra cita diaria, en el jardín más espléndido del mundo, a la hora en la que el sol es omnipresente. No nos escondíamos de nadie, a pesar de que su esposo era un troglodita celoso nunca la molestaba en el jardín, estaba seguro de que las enredaderas frondosas y los rosales espinosos eran suficientes para que nadie pudiera ver a su hermosa y triste esposa. 

Ver a Alicia era lo que más me gustaba del día, porque verla era como contemplar una tormenta a través de una ventana, era como sentirse seguro ante lo más terrible, ante lo más monstruoso. Ni diciendo esto creo que puedan imaginarse la impotencia que sentía cada que la veía llorar, mientras aguantaba las ganas de gritarle al mundo su desdicha, con la cara magullada a golpes y las uñas mordisqueadas hasta el exterminio. 

Varias veces le planteé la posibilidad de fugarnos, de dejarlo todo para ir en busca de algo más; yo estoy acostumbrado a eso, a ser libre, y era libertad lo único que tenía por ofrecerle, sin embargo, por más que alegué, que supliqué, Alicia siempre hizo oídos sordos a lo que le decía. Al principio su actitud negligente me irritaba, me daba asco, pensé en dejarla muchas veces, pero la forma en que me miraba, como los niños se maravillan con los leones la primera vez que van al zoo, me inspiraba una ternura inefable, de esa que solo inspiran los desamparados, que me hacía volver todos los días para acompañarla en sus pocos minutos de tranquila y dulce felicidad. 

Alicia me quería, a pesar de ser ansioso, torpe, frágil y pequeño, me quería, podía notarlo en sus silencios. A veces era mejor no acercarme demasiado a ella, su tristeza era contagiosa y la volvía irritable, así que me conformaba con mirarla de reojo desde el granado, mientras fingía juguetear con las flores de un naranja precioso. Otras veces, a pesar de estar exhausta, se la veía tan serena que me acercaba tanto a ella que se paralizaba de los nervios y aguantaba la respiración para no romper esa delicada burbuja mágica que nos envolvía. 

Una vez, de las muchas que no podré olvidar, un mal golpe la puso muy enferma, tanto que no podía ni salir de la cama, así que lo único que me quedaba era acercarme a esa violenta madriguera que tenía por casa. Escondido entre la vegetación del jardín, observé la rutina de su esposo, un hombre quisquilloso, con un horario estricto; en tres días pude determinar perfectamente a qué hora salía a y llegaba de trabajar, a qué hora espiaba a Alicia con desasosiego y cierto rencor y a qué hora se sentaba a ver la tv, seguro de que ella estaba tan adolorida que no podría ni pensar en dejarlo sin quejarse. Eran esos ratos, en lo que él bajaba la guardia, los que aprovechaba para visitarla, no podía entrar a su cuarto, por supuesto, pero la saludaba desde la ventana que daba a su habitación y que siempre tenía la cortina ligeramente descorrida. 

Seguí esta rutina por algunas semanas, conformándome con la sonrisita que ella me dedicaba cuando me veía, hasta que un día lo único que encontré fue una cama minuciosamente tendida. «Se ha escapado, se ha ido… no importa, ya nos reencontraremos después», me decía a mí mismo con esperanza, pero algo en su forma deliberada de irse, incongruente con su mansedumbre, me inquietó. « ¿Dónde está?, ¿dónde está mi querida Alicia? », me preguntaba. 

Visité otros dos días el jardín, espiando a través de las ventadas de la casa, sin preocuparme por pasar inadvertido, pero no tuve éxito. El tercer día deseé no haber vuelto, podría haber vivido eternamente con el recuerdo del amor de Alicia, creyéndola libre y contenta, aun sin verla; pero ese día me supe muerto cuando, después de muchos “ruega por ella y por nosotros”, cargaron el ataúd en la carroza fúnebre y llevaron a Alicia hasta el panteón viejo, donde la enterraron junto a sus padres. 

Observé todo desde lejos, oculto entre los árboles, nadie podía verme, nadie debía saber que Alicia me amó, no quería manchar su reputación, además, esas personas ojerosas y grises, que no se preocuparon por ayudar a Alicia y que le daban la mano y el pésame al ahora viudo, no merecían saber nuestro secreto. 

Después de un tiempo, cuando todos se marcharon, pude acercarme al sepulcro que guardaba el cuerpo corrompido de la mujer que amé; tenía apenas 28 años, pero su falta de decisión le había merecido una muerte vergonzosa. Habríamos sido felices, muy felices, estoy seguro. Me desmoroné sobre la tumba, intentando escuchar el latido de su corazón inerte, y allí me quedé hasta que empezó a llover, no me importó mojarme, no quería levantarme y no pude; nadie volvería a separarme de Alicia nunca más. 

Al día siguiente la hermana de Alicia, acompañada de su pequeña hija, me encontraron allí tendido y sintieron lástima. 

¡Oh, un colibrí! exclamó la niña, mientras se cubría la boca con sus manitas regordetas. 

Pobrecito…, creo que está muerto, seguro fue por el frío de anoche. dijo la hermana de Alicia; tenía razón, esa fue la noche más fría de mi vida.




miércoles, 7 de noviembre de 2018

Literatura: ficciones

Por: José Avendaño

Golfish (1911) by Henri Matisse, 140 x 95 cm.

I.Peces rojos

La pintura que llenaría de desconcierto a Sergio Pitol siglos después, Los peces rojos, salía de sus dedos. Cierta ilustración japonesa acompañaba sus días y Hokusai era la inspiración apropiada. Atrás habían quedado los recuerdos de su paso por la abogacía. —Con el arte no se pude discutir, —se repetía a menudo. 
Les fauves... Esta frase que al principio le molestaba repetir, ahora cobraba significado y concluía que todos los hombres eran bestias salvajes: bestias que huyen de su naturaleza. 
Supo que la pintura era ese regreso a la cuna.
Con esta idea en mente se fue a acostar.



II.Punto y línea sobre plano

Nina lo regañaba desde temprano por no ser tan perspicaz. Era el padre de la abstracción, aunque este título pronto sería sólo un recuerdo. 
Por su parte, él siempre pensaba que había algo de espiritual en el arte siendo la libertad el estandarte y, como escudero de Gautier, murmuraba entre dientes: El artista es el sacerdote de la belleza.
—¡Ayyy, por Dios Wassily! —lo amonestó Nina—, deja de decir rarezas y termina ese cuadro para que subas a cenar.
Wassily simplemente se calló...


*****


Sobre el autor:

José de Jesús López Avendaño nace el 18 de abril de 1994 en la ciudad de Salina Cruz, Oaxaca. Es pasante de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). 
Ha publicado en la revista literaria Monolito; en la revista Claroscuro; en la gaceta Letra suelta (UNACH)Ha sido ganador del 2° concurso de cuento No oyes contar un cuento organizado por la UNACH. 
Fue participante en el festival cultural La hojarasca en su segunda y cuarta edición, participante también en la  asistió a los Coloquios Cervantinos en sus ediciones XXV y XXVI. 
Cursó un diplomado en Creación literaria por parte del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).


viernes, 17 de agosto de 2018

Literatura: La visita más esperada (relato breve)

Por: Jonathan Valdéz Santos


Muerte y vida - Recreación de Inge Prader sobre un cuadro de Gustav Klimt (1916)

Sentí cuando llegó. La habitación cayó rendida ante su frialdad y esencia tan inefable. La hora había llegado y yo estaba consciente de ello. Suspiré y traté de esbozar una sonrisa para recibirla con educación, pero las fuerzas ya no me daban ni siquiera para arquear mis labios.

—Tardaste — Le dije sin poder mirarla todavía. —Vaya que me has hecho esperar.
No contestó. Me Miraba.
La podía sentir cerca. Sabía que si giraba un poco la cabeza podría obsérvala y terminar con todo de una vez. No lo hice. Me mantuve estático en mi cama vieja con la mirada recta apuntando a la nada. Probablemente no habían pasado ni treinta segundos desde su llegada, pero para mi mortal existencia se antojaban milenios. Pensándolo mejor... el tiempo había perdido regla y forma.
— Es hora de partir — Su voz era áspera y profunda. Digna de leyenda. Digna de lo que era...
Finalmente comenzó a avanzar. Por el rabillo de mi ojo izquierdo la vi acercarse y tomar forma como lo hace un vehículo después de encandilarte con sus luces. Con dificultades logré enfocarla; he ahí ante mí, eso a lo que todos temen. La encargada de ponerle fin al comienzo. La encargada de comenzar el fin...
—¿Puedes darme unos minutos? — pedí. — Después de eso me voy contigo sin resistencia alguna...
Se mantuvo tanto tiempo en silencio que llegué a pensar que había ignorado mi petición por completo. Pero al final respondió...
—Humanos... jamás aprenden. ¿Qué quieres hacer antes de marcharte?
Se notaba cansada. Su trabajo no le permitía descanso alguno.
— Conversar contigo.
Hablé directo y con empatía. Pude notar que mi petición la tomó por sorpresa. No fue de su desagrado en lo absoluto así que sin darle tiempo a que me confirmará lo que parecía obvio lancé mi pregunta como una moneda al aire:
— ¿Cómo te sientes?
Estoy seguro de que en toda su existencia jamás nunca alguien le había realizado esa simple pregunta. Su sorpresa era notoria y al parecer, había logrado crear un pequeño vínculo entre yo y ella.
— No sé — arrastraba las palabras. Su voz dejó de parecer tan imponente. Estaba en shock e inclusive nerviosa. Jamás había tenido que pensar ni siquiera ella misma en cómo se sentía, con una mierda, no terminaba de comprender por completo el término; sentir...

Nuevamente sin darle tiempo de reaccionar escupí otra tanda de preguntas... y ahí estábamos... Hombre y muerte... Charlando en una habitación con un ambiente grisáceo y esquinas polvorientas que pronto se convertirían en testigos de mi fallecimiento. El mundo entero miraba a través de mi ventana y un aire frío corría con prevención; hasta él respetaba el ente que se alzaba glorioso ante mí. Miles de años de sabiduría se encontraban dentro del ser que me miraba con detenimiento. Del ser más viejo y que ha habitado este planeta desde su génesis.
— ¿A dónde me llevarás? — En mis palabras no había rastro de miedo, todavía.
— Al Límite.
Podía notar que su disposición por hablar había crecido enormemente. Era de esperarse cuando tienes miles de años sin conversar con nadie.
— ¿Cuál límite? ¿El límite de qué?
— Es el final de la realidad que conoces. Que conocemos. Mi trabajo es guiarte hasta ahí donde serás recibido por él.
— ¿Por quién? ¿Por Dios? ¿El Diablo? ¡¿Me iré al infierno?! — me asusté un poco ante la posibilidad. Supongo que el miedo es parte de ser humano...
— Lamento desilusionarte hombre, pero ni siquiera yo sé que ocurre más allá del Límite. El ser al que tú llamas Dios es tan incomprensible para mí como lo es para ti. El que ocurre con ustedes después de pasar por mis manos ni yo lo sé.
En ese momento comprendí que su labor radicaba exclusivamente en esta realidad. Así que traté de replantear mis preguntas. Por las demás cuestiones no me preocupaba... en poco tiempo viviría las respuestas en carne propia...
— ¿Cómo decides quien debe morir y cuando debe de hacerlo?
Continúe más ansioso que nunca.
— No lo hago. Yo no puedo arrebatarle la vida a nadie. No tengo ningún poder sobre ustedes. Yo solo merodeo por ahí, avanzó y los observó esperando que mueran de alguna forma, cuando esto pasa me acercó y recojo lo que ustedes llaman alma, y lo llevó al lugar del que te hablé.
— ¿Eso quiere decir que el tiempo que me queda de vida no lo estas controlando tú?
— No. Pero por tu olor sé que no te falta mucho y por eso he venido, para terminar más rápido mi labor contigo.
Estaba impresionado, hasta ahora nada era como imaginaba o como había escuchado.
— Si tú estás aquí ahora, ¿Qué pasa con la gente que está muriendo en estos instantes?
— Sus almas deben esperar mi llegada a un costado de sus cuerpos.
— ¿Por qué no podemos ver las almas de esas personas?
— Porqué son del mismo estado que yo. ¿Acaso podías verme a mí? Ahora lo haces porque yo lo permito.
— ¿Ellos pueden permitirlo?
— Se necesita mucha práctica para dominar la técnica, normalmente nunca pasan tanto tiempo aquí como para aprender a realizarlo, aunque algunos pocos pueden manifestarse ligeramente entre ustedes.
— ¿Son a los que llamamos fantasmas?
— Prácticamente. Aunque solo son almas confundidas y asustadas que logran evadirme por un tiempo.

Muchas cosas estaban tomando sentido. Mi forma de ver el mundo estaba cambiando, aunque muy tarde; podía sentir como la vida se me escapaba poco a poco debido al cáncer que me devoraba por dentro. Tenía que aprovechar el poco tiempo que me quedaba.
— Hace un par de años mi hijo de tan solo un año murió... ¿Lo recuerdas?
— Por supuesto. Jamás olvido a nadie. Menos a un ser tan joven e inocente como Carlitos, las almas de los niños al igual que la de los animales son mis favoritas, aunque suene un poco cruel. Ellos no cuestionan y el fallecer parece importarles poco, sonríen y aunque no hablan, emiten sonidos cómicos y me tocan con curiosidad durante el recorrido.
En ese punto las lágrimas brotaron de mis ojos. ¿Lo veré después de todo? Pregunté, pero su silencio respondió por ella. No lo sabía.
— Tienes suerte de ser lo que eres — por primera vez era ella quien proseguía con la charla — los humanos son los seres más perfectos de todo el universo. Son los únicos capaces de comprender la mayor parte de lo ocurre a su alrededor, hay algunas cosas que ustedes entienden y yo no, ustedes pueden sentir y demostrarlo como ninguna otra forma de vida puede hacerlo. Ustedes pueden dar amor, pero, sobre todo; recibirlo.
— ¿Tú no? — limpié mis lágrimas con un solo movimiento.
— Yo amo muchas cosas. Me he enamorado millones de veces durante toda mi existencia, pero... nunca nadie lo ha hecho de mí. Nadie nunca se ha tomado la molestia. No puedes comprender... lo difícil que es amar a un ser y saber que la única vez que lo tendrás entre tus manos será para llevarlo lejos de ti para siempre.
Increíblemente su voz comenzaba a quebrarse, a escucharse más humana. Algún día lo fue, no tuve que preguntárselo para saberlo.
— ¿De quién fue la última persona de la que estuviste enamorada?
— He amado tanto humanos como animales. La última persona que me enamoró por completo fue una niña de 6 años. La miraba todo el tiempo. La seguía a donde sea y observaba como repartía cariño sin mirar a quien. Deseaba no tener que ir a por ella nunca, pero... un día cruzó la calle sin mirar a los costados y pues... Jamás odié tanto mi trabajo como ese día.
— Hay algo que debo preguntarte antes de partir.
— Si, dime...
Dejé pasar unos segundos, no sabía si era algo que ella pudiera responderme y además estaba fuera de contexto, pero igual lo hice:
— ¿Cuál es el sentido de la vida?
 La pregunta ocasionó un silencio prolongado. Le di tiempo de pensar. Mi enfermedad me avisó con un dolor punzante que ya era hora. Que no podía esperar más, pero no estaba decidido a irme sin saber la respuesta a aquella pregunta milenaria.
— ¿Sabes por qué los humanos jamás logran ponerse de acuerdo en la respuesta de esa pregunta? — me quede en silencio esperando que me lo dijera — porqué no existe como tal. No es algo que tengas que buscar como un tesoro, sino más bien algo que debes de construir como una casa. No existe un sentido de la vida, sino miles de millones, uno para cada ser vivo que hay en este planeta. Cada uno a su modo, cada uno a sus gustos. Si alguien vive para matar, entonces el sentido de su vida será ese, ser un asesino ¿Y sabes qué? Está bien, porque para él está bien. Sea injusto o no, pero para él es lo correcto y es lo que dará por cumplida la misión de su vida y lo mismo pasa para quien vive por sexo o dinero o lo que sea, lo que sea que se te ocurra estará bien por que al final de cuenta. Hayas echo lo que hayas echo, siempre pasaran por mis manos.
No respondí. No tenía palabras para hacerlo.
— Nuevamente repito que ustedes son el ser más perfecto del universo, pero lo que más les envidio es que ustedes... ustedes... pueden morir.
Me di por satisfecho. Y estoy segura que ella también.

Para cuando terminó de hablar se abalanzó hacía mí después de una mirada ilegible y todo se tornó oscuro por un momento. Al aclararse mi vista nuevamente supe que me dirigía al Límite del que me había hablado. Les platicaría como es de este lado, pero no quiero arruinarles el final de su historia.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Literatura: El Atrapasueños (cuento)

Por: Félix E. Jiménez Pérez




(Basado en las leyendas de los nativos americanos del norte del continente, hice la siguiente narración buscando darle vida y color utilizando un estilo cuenta-cuentos como lo llamamos en español y tratando en todo momento de dejar atrás esa frialdad que encontramos detrás cuando buscamos el significado de lo que es un atrapasueños en la red. Espero entonces sea de su agrado).

**********

"Eran aquellas edades de cuando el hombre aún entendía el lenguaje de los animales y podía hablar con ellos. En una mítica mañana más allá del tiempo, Ishtáwi (Ojos de Luna) se despertó sobresaltada por un sueño que la había espantado. Angustiada y con el rostro perlado por el sudor fue a buscar consejos sobre los sueños, con los animales. Todos coincidieron en que debía visitar a Iktómi, la araña, que era muy sabia, y conocía cómo tratarlos.

Tras cruzar un frondoso bosque, Ishtáwi llegó al árbol donde Iktómi tenía su extraña morada. Al cabo de unos minutos la recibió preguntando qué era lo que le sucedía. Ishtáwi contestó que había tenido un terrible sueño, en donde innumerables demonios llegaban al pueblo, los habitantes los torturaban de la manera más salvaje que ella recordara y, al final, terminaban asesinándolos.

Has tenido una pesadilla contestó Iktómi—. Las pesadillas llegan cuando en tu ser no hay paz y, en cambio, reina en tu interior el caos. Pero no te preocupes, te haré un amuleto para que esos angustiantes sueños no regresen más. Te lo entregaré en tres días, pero por ahora trata de tranquilizar tu alma y de no dormir con preocupaciones durante este tiempo.

Ojos de Luna, llena de optimismo y confianza, regresó al campamento con su clan. Por su parte, Iktómi dejó su morada para empezar a confeccionar aquel prodigioso talismán que había ofrecido. Recogió ramas verdes de los árboles y con ellas formó un círculo representando el ciclo de la vida. Después, comenzó a hacer un tejido con su propia seda dentro del mismo. Tras finalizarlo, visitó  a Wanbli (el águila), a Khangí (el cuervo) y a Chetán (el halcón) para que le regalaran una de sus plumas, las cuales simbolizarían el viento que purifica el alma. Para colgarlas alrededor del círculo le hacían falta sogas, por lo que tuvo que acudir con los cazadores del clan de Ishtáwi solicitando cuerdas hechas con las vísceras de Thathanka, el búfalo, y que aquellos Lakotas utilizaban para confeccionar sus arcos. Finalmente, el guayaca quedó terminado al tercer día, tal y como lo había ofrecido. 

Terminado el tiempo de espera, Ojos de Luna atravesó de nuevo el espeso bosque para llegar a la lúgrube guarida de la araña. Iktómi, que gustosa la esperaba con el ansiado objeto, señaló:
Está lista tu guayaca.
Muéstramelo por favor contestó suplicante Ishtáwi.
La araña sacó la pieza de su envoltura hecha también de seda y le dijo:
Este es un iktómi changleshka (o atrapasueños). Los malos sueños se irán volando por los orificios que tiene mi tejido, mientras que los buenos se quedarán pegados a mi hilo y se guardaran por siempre. Cuélgalo sobre tu lecho, encima de donde posas tu cabeza, y las pesadillas nunca más te acecharán. Para asegurar que funcione como es debido, cuando vayas a descansar, tendrás que dejar los problemas y las dudas fuera de tu teepee, pues nuestro pensamiento muta lo que El Gran Misterio nos brinda cuando estamos alterados.

Y así fue como Ishtáwi al llegar a su teepee puso el iktómi changleshka sobre su cabeza. Sin embargo, lo que Iktómi omitió es que el talismán no evitaría a Ojos de Luna el tener pesadillas por completo, sino que lo que realmente haría era concederle la esperanza de que sus malos sueños iban a quedar transformados en otros buenos, los que se repetirían una y otra vez sin cesar".
 


domingo, 17 de septiembre de 2017

Literatura: Donde los libros son más viejos (cuento)

Por: Karim Yaver


Dibujo en grafito por Ethan Murrow

Encuentro en ocasiones en el sueño diurno una curiosa satisfacción que no me sería posible hallar por las noches, pues resultaría en ellas del todo extraña. ¿En qué consiste? No sabría decirlo, pues me temo que hablo ahora desde la nostalgia. Podría ser quizás en la ligera incursión que lleva a cabo la luz grisácea de la tarde a través de las ventanas y de los agujeros de las viejas cortinas que las recubren; por debajo del borde de las puertas; entre las diminutas aberturas de mis párpados ridículamente sometidos. O, en lo que es lo mismo: en la ausencia total de una total oscuridad. Podría ser también que este poco típico placer se deba a un constante retorno a cierto día de hace veintitantos años, en que mis padres, un poco cansados, un poco llenos de ilusiones que no verían jamás realizadas, me llevaron en brazos a una casa que ya no recuerdo, desde un hospital que hoy no sabría reconocer, para ajustarme a los rígidos estatutos de una rutina en que la noche es y ha sido siempre el tiempo de los ojos abiertos y las manos extendidas y las bocas sedientas, de sangre y de carne sedientas, mientras que en el día recae la responsabilidad del adormecimiento, de la fragilidad, del silencio; del arrullo que acarrea consigo una singular paz cada vez un tanto más echada de menos.
Considero, pues, que sí, que satisfacción es la palabra. La satisfacción que conlleva cada siesta vespertina ―matutina también, aunque en especial la de la tarde―, en la que no hay ni personas, ni monstruos, ni la turbia necesidad de alguna hierba-somnífero; en la que casi no hay sueños, mucho menos pesadillas, sino apenas escasos esbozos suyos. Satisfacción que engorda cuando el acuciante y blanquecino revuelo de alguna lluvia intempestiva escolta sus ecos desde el otro lado de la puerta. Pero esos ecos por la noche resultan un estímulo grosero, tanto que de pronto me siento en la carne de un yonqui en sobredosis de aspirinas…

El aroma de la negra tierra mojada es luego el mismo del papel avejentado de esa Madame Bovary de 1978, o el de aquel tomo segundo de las Obras completas de Dostoievsky, Madrid, 1954, que en reposo vibran, acunados en el tercer nivel de abajo para arriba de mi librero, al otro lado de la habitación. Porque allá, donde los libros son más viejos, se inventó la lluvia. Y aquí, bajo las cobijas, lo que resta de nosotros es tan sólo el residuo refractado del resplandor de una linterna de aceite sobre la paradoja de dos espejos que se contemplan de frente: uno contra el otro. Una lúgubre caricia de ancianidad me rosa entonces las mejillas y la frente, lúgubre igual que los espesos flujos, blanquecinos, del estrechamente cómodo vientre en que no amanezco, del que de golpe me arrebata la historia que ayer, tal vez, comenzó a leer un tal Raskolnikov, joven asesino de usureras que no sólo ha sido capaz de callar y echar por fuera toda inútil culpa, sino también de largarse y no dejarse jamás descubrir. Esta historia habrá sido escrita por un campesino llamado Flaubert, un regordete y poco amigable hombre de bigote ensortijado que se cansó de diseccionar la realidad que halló cada día, desde que cumplió los dieciocho años, grabada sobre la superficie de sus tierras aradas, y que en su lugar se propuso adelantarse a toda vanguardia de los veintes del siglo pasado, siglo que seguiría al suyo. Hablamos de un visionario alcohólico que desde el anonimato fue capaz de describir un sueño en el que los relojes ya no fueron de cuerda, sino digitales, y las lámparas de luz eléctrica o halógeno. De este extraordinario autor nada supieron los mil doscientos cincuenta y cuatro comentaristas que, desde el realismo francés hasta nuestros días, se atrevieron a publicar un libro. Menos supieron aún, ni siquiera quienes apenas alcanzaron a leerlo, que era de mí de quien se trataba, que fui yo su protagonista, desconocido y desesperado, condenado a no saber de sí mismo nada, a despertar cubierto de sudor y a mirar el reloj y notar que faltan tres horas todavía para que la noche termine, para que las polillas atontadas por el brillo de la lámpara, o por el humo de la mariguana, o por el calor abstracto de la cama, me permitan finalmente descansar.

viernes, 21 de julio de 2017

Literatura: Granos de arena (cuento)

Este cuento aparece en la antología guatemalteca Soledad de todos modos, de Editorial Los Zopilotes.

Foto: Jose Girl

La vida está en otra parte, dijo alguien en algún fragmento de algún texto que ya olvidé.

Abandoné la lucidez del sueño y la cambié por la abstracción de la realidad. Esa vieja enemiga con la que me topo todas las mañanas. Comúnmente peleo con la ropa, con lo trivial de vestirse y lo trascendente de hacerlo bien y con todo el tiempo que perdemos al hacerlo. Igual, no sé por qué lo hago, si siempre me pongo la bata.
Tomé la ducha habitual de las mañanas, salí de casa, evité a los vecinos que regaban y segaban su jardín y saludé a la ciudad, que me respondía con su lenguaje de ladridos y bocinas en el tráfico.
Salí corriendo. Siempre salgo corriendo. Y casi siempre tengo que regresar para revisar si cerré bien la puerta. Conduje mi Chevy hasta el Hospital Nacional De Enfermos Mentales. Hoy era uno de esos días en que mi labor mesiánica me rebotaba en todo el cuerpo. Hoy iba a ser un día importante.

− ¿A que no adivinas qué dijo el presidente de Bolivia cuando le preguntaron por qué construía más estadios que hospitales? −me preguntó el Doctor Anselmo, un hombre que vivía en los límites de su juventud y se dedicaba por las noches a recorrer prostíbulos y bares.
−No, no adivino −le dije. La verdad, su pregunta me interesaba tanto como los créditos al final de un documental sobre abejas.
Y el doctorcito se agarraba la barriga y los huesos como si se le fueran a despegar del cuerpo, se reía y pretendía que me contagiara de sus arcadas aparatosas. Al final dijo alguna estupidez como que la gente feliz no suele enfermarse. Qué bueno que es presidente y no médico, si no ya tuviera a medio país muriéndose de risa.

Al hospital siempre llego tarde, no es que haya mucho para hacer. Saludo a las enfermeras y ellas siempre me tiran un beso. Pobrecitas. Tan feas y huelen a guardado, a libros viejos. No te las cojas, me dice la entrepierna. Con un par de tragos pasan, me dice el hígado. Hoy es un día importante, me dice la voz en mi cabeza.

Hoy es otro de esos días importantes.
Fui a las clínicas, como todas las mañanas. Le administré a cada uno de los pacientes oxicodona, hidrocodona, diazepam, temazepam, alprazolam y doxilamina en dosis lo suficientemente elevadas para no extrañar tener los pies sujetos a la tierra. Ese es mi trabajo: remplazar ceguera con más ceguera. Otros colegas los violan, los golpean cuando se escapan, los insultan si se quejan. En cambio yo, aunque no memorizo sus nombres ni sus rostros (ni mucho menos los atiendo), los trato.  Muchos de ellos vienen con notas que dicen «desvalido, demente, confuso o desorientado». Parece casi un auténtico epitafio, y muchas veces no sé si hablan de una rata, de un perro o de una persona. No importa. A nadie le importan. Sin embargo, yo los veo, como Prometeo vio al hombre y los compadezco y me digo estos son los nuevos mitos, los héroes modernos, que mueren en un rincón del olvido. Suficiente tienen con el Mahler, Schubert o Schumann que suelo ponerles desde las bocinas del pabellón a la hora de receso después del almuerzo.  No los atiendo; igual, no parecen dar problemas. Si mueren nadie lo notará. Se han ido quitando la vida poco a poco, tanto así que la diferencia es mínima. La sociedad abandona a tipos como estos todo el tiempo, en realidad no los necesitan, ya no son útiles, han dejado de formar parte del engranaje que mueve a la sombra de este basurero que llaman país (aunque en realidad no sospechan lo útiles que resultan para nosotros los médicos, sin ellos no tendríamos trabajo). Poco importa su recuperación. Su existencia se limita, desde ya, a un oscuro recuerdo, a una silla empolvada en el comedor, al domingo familiar deficiente e incómodo, a una ausencia que para un niño pesa más que la compañía de los presentes.

Los veo retozar, reír sin motivos, gritar a las paredes y degradar a otros enfermos confundiéndolos con familiares. Sus jaulas son mentales, puertas abiertas que los retienen y que también retienen a nosotros los normales.
De cierta manera me siento atrapado e inconforme. Para mí ya no hay salvación. Y cuando uno ya no encuentra salvación para sí es porque uno ya está salvado. Y la tarea será salvar a los demás. Y por eso hoy es un día importante. Hoy, esta noche, le doy vuelo a mi oficio de hombre, al hombre que llevo guardado en mi espíritu. La psiquiatría, en cambio, es para la carne y la carne es triste.

Hoy es una noche importante.
Salí del hospital, envolví en bolsas plásticas mi bata y mi ropa y la dejé en la parte trasera de mi Chevy. Me puse una camisa, unos vaqueros y unos zapatos negros, a fin de fundirme con la noche. Tomé mi camino, mi rumbo. Crecí como debí haber crecido hace mucho tiempo. Hoy es el día, me repito. No era la primera vez que lo hacía. Suelo parquearme casi siempre a dos cuadras de mi objetivo, siempre al sur. Hoy no es la excepción. Me bajo de prisa, sin tiempo para sentirme nervioso.

Las luces estaban apagadas. Una casa normal como cualquier otra.
Rocié el picaporte de la puerta con freón y luego lo golpeé con un cincel frío para romper el cilindro. Coloqué el nuevo picaporte y listo. Entre a la casa a mis anchas, en el refrigerador no había mucho, tomé un poco de leche. Apagué las luces, me cercioré que estaba solo y me senté a esperar en el sillón que daba justo a la puerta de entrada. Era cerca de la medianoche.

A la una y media de la madrugada, según vi en el reloj, un auto aparcó en la calle. Yo seguía esperando sin interrupción cuando se abrió la puerta.

En esta casa vive un chico, un chico sin nombre. Bueno, sí lo tiene, pero pareciera que no. Ya saben, te ponen el nombre del tío, del abuelo, del papá, de algún pariente muerto. Te dan ese nombre con la condición de que lo sigas honrando. Y así es, pero terminas siendo más miserable que todos ellos juntos. Así es, has hecho lo que ellos querían, pero nunca te preguntaron lo que querías. No es nada raro. El chico es médico, tiene un trabajo a doble turno por lo que trabaja todo el día, no se ha casado ni ha tenido hijos y no hay un solo gato o perro en la casa.
Hoy yo le iba a dar la oportunidad de su vida.

La habitación se iluminó cuando el chico colocó el dedo sobre el interruptor de la sala.
¡Quién diablos es usted! dijo asustado, pegando la espalda a la puerta.
Le pedí que se arrodillara y se calmara, esto solo durará unos segundos, ya mañana te sentirás más vivo que nunca, pensé mientras apretaba fuerte la punta del revólver contra su frente (revólver que reportaron extraviado hace mucho en el hospital).
Ya sabía su vida, de qué trataba. Lo había estado vigilando, aun así, le pedí que me la contara. No me dio algún dato nuevo, nada interesante, nada lo diferencia de los otros. Temblaba y lloraba, sabía hacerlo, como los otros.
Bajé la pistola un poco, la arrastré hasta su mejilla, de modo que él no tenía otra alternativa que ver mis zapatos pisando su alfombra blanca. Él tenía cara de que no lo creía.  Quizá pensaba que estaba cansado, que los nervios u otra cosa le jugaban una mala pasada. Asuntos de médico, ya saben. Pero no, la pistola era real, pesaba como todas. Hasta entonces, no me había visto en la necesidad de usarla. Posiblemente, el guardia del hospital fue el último y el único. Por seguridad, le había quitado las balas.
 Mis zapatos se humedecieron con sus lágrimas.

Supón −dije−, mejor dicho, hazte la idea que te quedan sesenta segundos de vida y de mi bolsillo saqué un reloj de arena, lo puse con cuidado sobre una mesa a modo que él, aunque en una posición incómoda, pudiera verlo−. ¿Qué te gustaría hacer?

Desde chico, recuerdo, me han gustado los relojes de arena. Se asemejan, y no lo digo por decir, mucho a las mujeres y sí son, y en esto sí me puedo equivocar, tan perniciosos como éstas. Muchos granos cristalinos cayendo a una velocidad de setenta y tres granos por segundo, lo que haría un total de cuatro mil trescientos ochenta granos por minuto. Eso era lo que este chico tenía para responder a mi pregunta.

Pero solo lloraba y se apartaba de la punta fría del cañón que él humedecía con sus lágrimas. El cañón le parecía demasiado frío o le causaba miedo, así que pregunté de nuevo y él respondió:
No lo sé…entre sollozos−, no lo sé…
¡Vamos! Es fácil. No lo eches a perder dije sereno mientras apretaba los dientes. Los granos seguían cayendo con indiferencia.

Sujetos como éste siempre lloran, ruegan por su vida como comadrejas en una jaula en el patio trasero de algún restaurante chino. Con el revólver pegado a sus sienes siempre eligen hacer algo muy diferente a lo que se dedican o hacen. La mayoría elige viajar, ser pintor, vivir en el campo, o, simplemente, irse de la casa de su madre y casarse; pero este chico no hablaba. El veinticinco por ciento responden en los primeros treinta segundos, el cincuenta por ciento en los siguientes quince y el resto en los quince segundos restantes.
Quedaban quince segundos. Pregunté de nuevo:
No lo sé, no lo sé. Llévese el dinero, no lo quiero repetía y repetía como lo había hecho sus últimos treinta y tres años.
El tiempo se acercaba y empezaba a sentirme nervioso. Que no respondiera, no era una posibilidad, tenía que hacer algo. Era tan sencillo, después lo dejaría ir.
Todos respondían. Sería vergonzoso que no lo hiciera.
Vi el reloj de arena, él también lo vio con agonía, y el último segundo cayó por aquella cintura de mujer.

Tenía que asustarlo.
Jalé del gatillo, como era mi obligación, con toda confianza.

Sin presentirlo siquiera sus sienes se esparcieron en mi pantalón, en la alfombra, en mi frente y en el cañón. Apenas creí lo que había sucedido.

Salí de la casa como un autómata, y hasta poco después pensé que mis huellas podrían estar en la bala. Pero yo no puse esa bala en ese revólver ni en ningún otro, me dije. Hui por unos vericuetos entre las casas, con dificultad me deslicé hasta mi coche.
Arranqué confundiendo las llaves, vi por el retrovisor, estaba sudando, nadie me seguía.
Aparqué frente a mi casa.
No podía dejar de ver por el retrovisor.
El cincuenta y tres por ciento de estos crímenes no se resuelven, me dije. El padre de este chico murió muy joven. Su madre se casó. El padrastro lo maltrataba y la madre le obligó a cursar la carrera de Medicina porque ella nunca la pudo cursar; conseguido esto, ella y su nuevo marido se marcharon a otro país creyendo terminada su labor. Él no tenía esposa ni novia ni amigos; tenía un nombre y era su profesión. Nadie lo reclamará, me dije.
Me recosté unos minutos en el sillón de mi coche. Me cambié de ropa y guardé la pistola en la guantera.
Todavía podía escuchar mi respiración, se iba tranquilizando, incluso mis pasos hacia la puerta adquirían más peso de lo debido. Pensaba tomar una siesta profunda, mañana sería sábado, no tenía que ir al hospital. Caminé hasta la entrada de mi casa.
Abrí la puerta y prendí la luz.
Arrodíllate dijeron detrás de mí.
Mi cuerpo se vio empujado hacia abajo por la presión que ejercía la punta helada de un revólver, según deduje. Ni siquiera podía verle el rostro. Me empujaba hacia el suelo. Era mi casa, no había duda, mi sillón, mi alfombra, mi lámpara, todo parecía mío y a la vez se me hacía tan lejano.

De alguna forma, que me asustaba, sabía lo que iba a decir; sabía la rutina, incluso podía sentir el pequeño reloj de arena que él cargaba en su bolsillo. Era uno rojo, de unos doce centímetros, lo había conseguido en un juego de mesa cuando niño.
            Luego, habló (era un hombre):
Supón que tienes sesenta segundos de vida temí que no continuara, luego me resigné. ¿Qué te gustaría hacer? primero fue una ocurrencia; luego, una inquietud, con horror, ahora, es una confirmación: su voz, firme y gruesa, era la mía.
Él vestía mi ropa y con un rigor inexplicable era una copia mía, o yo de él; dudé de mi autenticidad. No me costó pensarlo demasiado. Le dije, respondiendo a su pregunta que yo tantas veces ya había hecho, convencido y con nostalgia, que quería pintar mi retrato. Él bajó su pistola, se sentó en el sillón y se ofreció de modelo.
No objeté la propuesta.

De pequeño, en la escuela, fui muy inquieto, terminaba mis ejercicios muy pronto, yo no sabía mi injuria, y se me daba por molestar a mis compañeros. Los maestros, para evitar que interrumpiera a los demás, optaron por darme hojas en blanco y, desde entonces, me hice hábil en la pintura y el trazo libre. Así que pinté mi retrato, sin técnicas u otros barrocos. En tres horas con treinta minutos terminé mi pintura. Sin embargo, por azares que desconozco, el reloj de arena marcaba unos cincuenta segundos. Cada grano caía con la misma fuerza con la que caen los hombres: sin distinción y tan parecidos.
Me hinqué y él volvió a colocar el revólver en mi frente.


 Cuando el plazo concluyó y el último grano de arena se deslizó por aquella cintura que parecía de mujer, él disparó.



Sobre el autor:
Reacio a las multitudes e inquilino de bibliotecas, Matheus Kar nació en Guatemala en  1994; aunque su muerte sigue sin definirse, podría ocurrir cualquier día. Ha sido nombrado mención honorifica en el certamen Mi ciudad en 100 palabras, que organizó la municipalidad de Guatemala en 2014. Colabora en el evento literario Poetry Slam Guatemala. Formó parte del evento multidisciplinario Off Virtual Test.  Ganó el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015. Mención honorifica en el certamen Cantos de Trova (2015)Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala. Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016). Su trabajo aparece en antologías, revistas y blogs. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016).