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lunes, 30 de diciembre de 2019

Literatura: Ensayo sobre el aguacate


Por: Sti Guerrero
 





Padre pasó de largo un día que teníamos prisa. Yo me quedé parada frente a él, pensando que era muy, pero muy desafortunado el hecho de que no me gustara el aguacate. El señor, con su letrero de 3 por 2, me miraba suplicante y pedía sin hablar que llevara una, sólo una bolsita a casa. Recordé que al otro día salíamos de viaje, y di las gracias, no sé por qué. Los aguacates ya estaban maduros, listos para comer. Y yo no.


Entonces me pregunté si era justo que alguien tan insignificante como esta melancólicabuenaparanada prefiriera el mango, la carambola o la granada. Por qué siendo tan delicioso, tan sutil y combinable, habría alguien en este planeta que le rechazara. Me identifico, y tampoco puedo aborrecerlo. Entonces, sí, con todo . ¿Se entiende la ironía? ¿Qué otro sentimiento tan grato hay en el mundo, además del amor, el odio, la tristeza, la compasión, la empatía, el optimismo, la admiración, la gratitud, el enojo, la venganza y el éxito, que la libertad misma?


Sin embargo, el poder de decidir sobre otros el destino, es en su totalidad, una falacia. Bien lo decía mi amor, Pessoa: [1] “El Destino es una especie de persona, y deja de atormentarnos si mostramos que no nos importa lo que nos haga.” Que si el aguacate me odia porque no lo he elegido, que si yo hago puchero porque me vi en la necesidad de rechazarlo, eso en realidad no importa. Hay una excusa real y aceptada (porque se encuentra entre comillas) que nos exime a ambos de culpa, como en todo.


A veces resulta extenuante tener que guardar compostura ante las tentaciones del mundo, por ejemplo. Aunque comprometerse a la ética personal es más fácil de lo que se cree…claro, si uno se encuentra configurado con base en gustos también personales. ¿No te agrada ceder el asiento en un autobús a personas que probablemente lo necesitan más que tú? No hay problema, hoy en día algunos Millennials y todas las feminazis te ceden un pase rápido de salida. Puedes tomarlo, con total consciencia o sin ella (qué más da quitarse con premura el chaleco de responsabilidad), configurar tu actuar acorde y viajar – literal y figurativamente – por la vida sin un gramo de culpa. Qué bello. Es que tienen razón (yo se las doy, y ya supimos que por mi importancia en el universo, tengo el derecho): ¿por qué ceder tu asiento a aquella mujer embarazada? Quién la manda a coger con un hombre que 1) no tiene para el condón y 2) ese mismo día que no tenía para el condón, dejó su Ferrari en casa. No es como si el niño en el vientre pudiera llegar a ser un excelente médico cirujano que podría salvarte la vida algún día; o bien ¿por qué habrías de abandonar ese cómodo asiento que el abuelito desea ocupar? No es TU abuelito. Sus ojos cansados, sus piernas temblorinas, sus movimientos lentos no han sido causados por ti. Ni siquiera habías nacido cuando él optó con todas las de perder, y rechazar sus estudios. Por suerte (aunque no sepamos si es mala o si es buena o si es tuya o de él), naciste en una familia que piensa que debes estudiar y superarte. Y porque has actuado correctamente durante toda tu vida (olvida juzgar a las personas, eso no cuenta, tenemos el derecho de hacerlo, dulce cómplice cruza-líneas), te has ganado ¡NO!, te mereces, ese cómodo y para nada mal armado (cómo crees) asiento del autobús.


Pero dejaré de alabarte a ti, de justificarte a ti. Hablaré de lo que más me gusta hablar en el mundo: del Yo. Aunque con cada binomio de palabras me acuerde de Frida y de Freud.


Yo, estaba hablando de lo sencillo que es apegarse a la ética personal: lechuguina, flojita, inocente e ignorante. O sea, la ética que alimenta a nada menos que a un [2] 90% de los 127.5 millones de mexicanos que existimos en MI territorio lleno de aguacates. Eso es, 2 personas de 3, que se guían por la configuración lógica personal y convenientemente bien aplicada en días de lluvia (los cuales, como recordamos, aquí en la ciudad, sólo toman lugar en dos temporadas).  Eso es yo, y probablemente tú que estás leyendo esto, o bien, yo otra vez, o bien tú siendo yo, porque todos somos Yos aquí y y allá y en Nowhere Land.


Pero a lo que iba, es que, sin una configuración deliberada de una ética personal, es más sencillo ser tibio. A quién podría dañarle esto, podríamos preguntarnos. Como todo tiene una consecuencia, qué mejor que disminuir las probabilidades de daño. Siendo grises, no blancos o negros, sino grises totalmente (yo, un tono más bien plateado), nos desligamos ya del compromiso de ser excelentes, de ser bondadosos, de ser humanos, siempre.


Cuando me preguntan mi opinión sobre algo, poquísimas veces opino tajante y vehementemente. Cuando me piden una posición respecto a un tema controversial, pienso que lo único en controversia es mi capacidad de ver de ambas partes, algo correcto y algo mal. [3] “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Pienso que Dios también rechazaba al aguacate. ¿Acaso no me creo mi propia ironía? Esta fruta que parece verdura, o esta verdura que parece fruta, no es totalmente dura, ni blanda en demasía; ésta, que no es dulce o agria o salada, apenas puede tener cabida en mi comprensión. Dejando gustos de lado, me entrego al mundo cuando digo que con todo está bien. Aunque por obviedad en mi gesto transparente, no lo esté. Lo más desesperante de todo esto (a Bernard Salt le daría un infarto) es que [4] soy Millennial, no tengo casa ¡y ni siquiera me gusta el aguacate! Porque (ajá, a veces) me dejo llevar por los impulsos, porque soy tibia, escribo mientras sueño y mientras bailo y mientras (la) cago.









[1] Fernando Pessoa (2012). Cartas de amor <a Ophelia Queiroz>. España: Editorial Funambulista. 
[2] Georgina Guevara (2017). Manual para agregar pies de página inventados, como lo hacía Borges y como lo hacía Cortázar. 
[3] Apocalipsis, 3:10. 
[4] Bernard Salt. (2016). Moralisers, we need you!. 16 de octubre de 2016, de The Australian. Sitio web: http://www.theaustralian.com.au/life/weekend-australian-magazine/moralisers-we-need-you/news-story/6bdb24f77572be68330bd306c14ee8a3#itm=taus%7Cnews%7Caus_authors_index%7C1%7Cauthors_storyBlock_headline%7CBernard_Salt%7Cindex%7Cauthor&itmt=1476657066628




viernes, 19 de enero de 2018

Literatura: Apuntes sobre el Ulysses de Joyce, el libro infinito.

Por: José L. Avendaño



Joyce playing the guitar, Trieste (1915)

Ulysses no es ni un a priori ni un a posteriori sobre la vida o la conducta de los hombres, es el presente histórico. No es el reflejo de la luz ni el eco de la palabra; es la luz y la palabra: no es la nostalgia de un pasado lejano o inmediato, o la premonición de un futuro, es, la suspensión de la conciencia del mundo.
Salvador Elizondo, Teoría del infierno.


El valor del Ulysses (o Ulises) de Joyce para este siglo sigue siendo deslumbrante: la sentencia, de que dejaría ocupados por más de trecientos años a los críticos, parece cumplirse y ser verdadera. Su estructura —los cambios de narrador, de tipo técnica narrativa, etc.— hace que muchos lectores desistan de leerlo o lo abandonen a medio camino. Los manuales de Edmund Wilson o Harry Lewin corresponden a las mejores guías para los que intentan adentrarse en su contenido y, aún con ellos, un cuantioso número de lectores prefieren abstenerse de hacerlo porque no otorga —en apariencia— ningún placer hacerlo. En contraposición a esta manera de pensar, el presente artículo tiene la intensión de resaltar los puntos clave para su lectura; los momentos de mayor intensidad de placer lector; y, además, centrar al lector en la figura del hombre del impermeable, que representa —apreciación personal— la incursión de Joyce mismo como personaje en su obra. Como dato adicional, hemos de señalar que este trabajo se sustenta en una lectura personal del Ulises según la traducción de Editorial Planeta.
    
Joyce en Zúrich, (1918)
De entrada, podemos considerar que las analogías que Joyce realiza entre Odiseo y Leopoldo Bloom, Stephen Deadalus con Telémaco y Molly con Penélope, son citadas con frecuencia debido a que cada capítulo del Ulises pareciera corresponder a un canto de La Odisea; y en todo caso es pertinente considerar estas similitudes porque pueden ayudarnos en la lectura de la obra. No obstante, lo cierto es que el mismísimo Joyce señaló en alguna ocasión que un buen lector debe prescindir de dicha comparación. Ricardo Piglia comenta al respecto: (...) en el Ulysses, la Odisea es una referencia importante para el que escribe el libro, pero no para el que lo lee (p. 153), por lo que denomina al estilo utilizado por Joyce escritura secreta para referirse al molde que ocupó para construir la obra  justificando así el título de la misma. 
En el Ulises, Bloom es un vendedor de seguros que recorre las calles de Dublín. Originalmente, Joyce había pensado en un cuento llamado Mr. Bloom’s Day in Dublin y que contaría un día en la vida del Señor Bloom, por lo que la historia es en apariencia sencilla. Incluso podemos plantear el hecho de que el árbol genealógico que aparece en Cien años de soledad, la cantidad de personajes habidos en las novelas de Thomas Pynchon o en las andanzas de Don Quijote, demandan una mayor atención para poder entender la trama. No obstante, en Joyce, lo complicado es la estructura de la narración, es decir, la manera en que describe y desenvuelve sus personajes. Autores como Samuel Beckett y William Faulkner —entre otros— demuestran complicaciones semejantes.
    
Marilyn Monroe, fotografía de Eve Arnold (1955)
La magna obra de Joyce inicia con una parodia de la Misa Católica y del Cristo —llevada a cabo por el personaje de Buck Mulligan, durante su estadía en la Torre Martello— y culmina con un largo monólogo a cargo de Molly; como haciéndonos ver que ambos pasajes funcionan como anverso y reverso del Ulises. En dicho lugar —que parece cumplir funciones de pensión—, Buck Mulligan y Stephen Dedalus hablan de un tercero que parece estar de invitado —el británico Haines—, desayunan los tres juntos, pagan la leche a la mujer que viene a servírsela, se van de paseo los tres y acaban en el mar, donde Buck se baña y Dedalus se separa del trío debido a que el mar lo remite hacia el recuerdo de su madre. A continuación, Mulligan nos muestra los que serán los grandes símbolos de la novela: el espejo y la navaja, objetos que el escritor Harry Lewin argumenta hacen referencia a Irlanda. El monólogo que Stephen efectúa hace que la novela alcance un máximo desde sus inicios; mientras que, en contrapunto, el largo monólogo de Molly expresa la nostalgia por Bloom debido a que su recuerdo le conmueve:

(...) y luego le pedí con los ojos que me volviera a pedir sí y entonces me pidió sí yo quería sí decir sí mi flor de la montaña y primero lo rodeé con los brazos sí y le atraje encima de mí para que pudiera sentir mis pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí yo dije sí quiero. Sí.

Estas son las partes que delimitarán la novela. El ensayista y escritor norteamericano Edmund Wilson señala que las palabras de Molly son semejantes al oleaje de un mar profundo, siendo entonces dicho monólogo interior (Stream of consciousness) la técnica principal en la que se basa Joyce para desarrollar su obra. Así, esta manera de contar las cosas evita toda descripción espacial innecesaria en tanto que otorga al personaje la facultad de crear su propio espacio. Es un hecho que cuando se narra en primera persona —es decir, sin uso del monólogo—, lo que se cuenta pasa por el intelecto del autor y trata de ajustarlo al lenguaje articulado, por lo que las descripciones tienden a ser más objetivas y con símbolos más universales; pero, cuando se cuenta desde el monólogo interior, toda descripción de objetos se ve alterada por la presencia inmediata del recuerdo. Consecuentemente, la memoria hace que el mar sea verde —como es el caso de Stephen al ver el mar— debido a que lo asocia con el recuerdo de su madre falleciendo.
 
Por otra parte, en cuanto a su estructura, la novela contiene dieciocho capítulos narrados por tres personajes distintos: Stephen Daedalus, Leopold Bloom y Molly, por lo que existe una especie de ajuste en la manera en que se narra dependiendo del personaje en turno. En esta trinidad destaca Leopold, quien finalmente resulta ser el personaje central. Giorgio Melchiori, uno de los críticos literarios más avispados, cita las palabras de Joyce y dictamina que el Ulises es una épica del cuerpo humano. Tal definición sorprende en tanto que recuerda aquel viejo concepto que tenían los alquimistas de que el cuerpo humano es un microcosmos. En consecuencia, Joyce lleva hasta sus últimas consecuencias esta cosmología haciendo que los habitantes de Dublín que integran su obra representen un fragmento de dicho cuerpo, siendo además el modo de contar lo que intensifica esa sensación de que cada capítulo es un órgano, un color distinto y una técnica literaria diferente. Borges lo puntualiza así en el siguiente fragmento de su discurso sobre este autor: (...) Joyce comprendió que si él quería cumplir con ese programa, al parecer modesto, de redactar un día humano tendría que escribir un libro casi infinito.  
En otro pasaje de la obra, Bloom y Stephen se hallan en un recorrido a través de Dublín y se encuentran en un burdel. En ese lugar, Daedalus —ya ebrio— cree ver de nuevo a su madre, mientras que Bloom dice estar presenciando una procesión cristiana. Posteriormente, en el entierro de Paddy Digman —amigo de Bloom, un asistente que nadie conoce— se presenta alguien. ¡Es el hombre del impermeable, que hace su primera incursión en la novela! Tan interesante es este curioso personaje, que incluso Vladimir Nabokov lo llega a identificar con el mismo Joyce por las once ocasiones que aparece en el transcurso del Ulises, señalando que la respuesta al enigma de su identidad se halla en el Capítulo de la Biblioteca, en el cual se menciona que Shakespeare se interna siempre como personaje de sus obras.

Man in Jacket, Michael Carson
No obstante, más allá de lo externado por el autor de Lolita, hagamos un acercamiento acercamiento sobre cómo está construido este personaje. Observemos que es un hombre con gabardina marrón al que se le asocian diversos adjetivos (larguirucho, andrajoso) y que Joyce describe así desde el personaje de Bloom:

¿Quién será ese larguirucho de ahí con el impermeable? Me gustaría saber quién es. Daría cualquier cosa por averiguarlo. Siempre aparece alguien que uno nunca habría imaginado. 

El asombro es la sensación que experimenta Bloom, pues el hecho de que vista un impermeable hace que el personaje ostente un dejo de misterio. Por otra parte, su ropa andrajosa, sus zapatos y calcetines rotos, nos remiten a un largo recorrido en donde —siguiendo un camino algo distinto al de Nabokov— también podemos concluir que es el propio Joyce quien se representa a sí mismo, aunque encarnado en un personaje que en apariencia no debería tener algún peso en la historia pero que, sin embargo, la adquiere conforme interactúa con los personajes centrales:
Bloom . —Mis amados súbditos, está por empezar una nueva era. Yo, Bloom, os digo que está en verdad cerca, ahora mismo. Con toda certeza os digo, bajo palabra de un Bloom, que vosotros estaréis muy pronto en la ciudad de oro que surgirá en la nueva Bloomusalem, en la Nova Hibernia del futuro. 
El hombre del impermeable. —No le crean una palabra. Ese hombre es Leopoldo M ’Eable, el célebre incendiario. Su verdadero nombre es Higgins.   
Bloom —¡Fusílenlo! ¡Perro cristiano! ¡Eso es todo en cuanto a M ’Eable!.

Joyce con su nieto, Paris (1938)
Aprovechemos la ocasión para señalar que a lo largo de la novela hay multitud de eventos curiosos. Uno de éstos es el que el escritor y ensayista argentino Ricardo Piglia señala: la papa que Bloom toma y lleva consigo, acontecimiento que se seguirá mencionando en otras partes del libro. Ya el psicoanalista Carl Gustav Jung había señalado que la papa que Bloom lleva en su bolsillo simbolizaba en el personaje el recuerdo de su madre. Por otra parte, según Ellmann —biógrafo del escritor irlandés—, habría que recordar que el propio Joyce colocaba una papa en su bolsillo para curar sus reumas... ¿Proyección del inconsciente (de aquel que nos habla Freud) de Joyce en su obra magna? Tal vez. 
Así pues, estos pequeños episodios hacen que el lector deba también atender a las aparentes minucias del Ulises si el deseo es lograr un entendimiento más allá de lo superficial. Algunos críticos —contando entre ellos al ya citado Jung— dicen que Ulises es una epopeya de la nadería en tanto que no sólo empieza y acaba en la nada, sino que se compone también de puras nadas.  Añaden, incluso, que es también una obra nihilista debido a que su interpretación depende —no tácita, sino explícitamente— de la inteligencia que lo lee. Es, pues, semejante a observar una pintura abstracta en donde existen elementos que hacen que su interpretación ocurra de acuerdo a la subjetividad del que la mira.  
Algo que también se le reconoce a Joyce es poseer una gran capacidad verbal. La novela —leída en su idioma original— contiene juegos lingüísticos que ocasionan la simultaneidad y/o la superposición de imágenes. Un ejemplo de esto es la utilización de la palabra Ghostcandle, significante que remite lo mismo a un fantasma que a una vela y, al mismo tiempo, los fusiona en una misma imágen mnémica. Esta excentricidad de Joyce ocasiona ciertos chistes sólo son comprensibles para los angloparlantes, siendo quizá el más burdo aquel en que Dios (God) es perro escrito al revés. Otro Bloom —Harold Bloom—, define la lectura de la obra de esta manera: Ulises es un placer, difícil pero accesible, para el lector común dotado de cierta inteligencia y buena voluntad (p. 629); lo cual otorga un cierto respiro a todo lector que desee afrontar su lectura. Harold relaciona a Leopold con los personajes de Shakespeare y nos plantea que Bloom es a final de cuentas un exiliado, pues actúa como tal. Es decir, de acuerdo a la trama, se mantiene alejado de su hogar a sabiendas que Boylan tendrá un encuentro nada furtivo con su esposa y del que incluso se gastan bromas sobre él a sus espaldas. Además, Bloom es un judío —tanto como Joyce— y esto confiere a ambos una condición de exiliados aún dentro de su país natal. Por su parte, Stephen ostenta el apellido de aquel quien en su afán por alcanzar el sol quemó sus alas según la mitología griega. Luego entonces, el encuentro entre Bloom y Stephen significará la reconciliación entre dos mundos: oriente y occidente. 
En otro orden de ideas, entre las repercusiones del Ulises en la literatura moderna —más allá del uso de la técnica del monólogo interior— podemos encontrar la que la obra ejerció sobre Umberto Eco, quien utilizó una medición cronométrica del tiempo muy similar a la de Joyce para ubicar sus personajes de El nombre de la rosa, haciendo que se desarrollasen en la trama a lo largo de una semana y situando toda acción de acuerdo a las respectivas horas del día en que ocurre. Es también notoria la influencia de Joyce en el cuento de Borges Funes el memorioso; en el que el autor argentino quiso no sólo hacer una metáfora del insomnio, sino también ridiculizar al lector ideal del Ulises. De igual manera, siguiendo con Borges, en Pierre Menard el autor del Quijote ofrece una intención semejante.
Para concluir, puntualizaremos que la publicación del Ulises fue prohibida en los Estados Unidos al igual que lo fue la Lolita de Nabokov, entre muchas obras más. Tal vez había razones para hacerlo si tomamos en cuenta que años más tarde aparecería otro libro —también de Joyce— que vendría a desasir y revolucionar todo concepto habido de novela: Finnegans Wake. Por todo esto, pensamos que Ulises de James Joyce es accesible para todo lector que demuestre cierta paciencia y ánimo de trascender los aparentes impasses que, en forma de figuras retóricas inglesas, plantea la obra incluidas las consecuentes pérdidas en la significación tras su traducción al castellano. Asimismo, invitamos cordialmente al lector a consultar la bibliografía que se adjunta a continuación, a fin de ampliar sus ideas y conceptos sobre lo que implica la lectura de este célebre libro, que sin duda resulta emblemático dentro de la literatura inglesa.


Bibliografía
Joyce, James (1996) Ulises, Planeta: España.
Jung, Carl Gustav (1930) Beuvedráis: Chile.
Levin, Harry (2014) James Joyce, FCE: México.
Melchiori, Giorgio (1994) Joyce: El oficio de escribir, Titivillus
Nabocov, Vladimir (1983) Curso de literatura europea, Bruguera: España.
Piglia, Ricard (2015) El último lector, DeBolsillo: México.
Wilson, Edmund (1931) James Joyce, Turolero.



José de Jesús López Avendaño. Nace el 18 de abril de 1994 en la ciudad de Salina Cruz, Oaxaca. Cursa la carrera de Lengua y Literatura Hispanoamericanas en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Ha publicado en la revista literaria Monolito; en la gaceta de la UNACH, Letra suelta; la revista virtual, Mimeógrafo y en el blog llamado Blog de la tertulia, donde participa activamente. Ha sido participante en el festival cultural “La hojarasca” en su edición del 2015. Ha asistido al coloquio cervantino en sus ediciones XXV y XXVI. Actualmente cursa el octavo semestre de su carrera.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Cine: Hombres tristes que se quedan solos (crónica)

                                                 MATHEUS KAR | 7 de noviembre, 2017

Fotograma de Donnie Darko.



No tenerlo es miseria
y tenerlo es herida.
Emily Dickinson

La literatura crea imágenes; las artes escénicas, diálogos. Y las artes visuales, interpolaciones, discursos y traducciones físicas de la realidad que nos envuelve.
No todo el cine envuelve, está el que atrapa y vende, pero está el que envuelve, el que abraza y entorpece el ánimo con imágenes en alta definición, con colores tristes y personalidades tonificadas por la lente de una cámara, que tamiza la experiencia en nosotros y la moldea en planetas exteriores que todos, en la sala de cine o sobre el sofá, segmentamos.
Al ver testimonios estéticos (cintas) como Donnie Darko (2001) –que a primera vista nos puede parecer mala−, The Secret Window (2004) o Zodiac (2007), uno no vuelve a cimentar su ánimo sobre la misma piedra, el carácter se desdobla y se instala en el nuevo planeta que estas cintas abren en nosotros.
Este artículo bien lo podría estar escribiendo sobre la barra de un bar universitario, entre la penumbra de un vaso alcohólico y tres hielos. Pero no, lo hago bebiendo una taza de atole y acompañado de una niña de 12 años: a la cual mi libro de Ciencias Sociales de la primaria definine como mi prima, sobrina de mi padre y nieta de mi abuelo. Cuento esto porque hoy en la tarde vimos Zodiac, de David Fincher. Introducir a una niña dentro del mundo del arte, tarea titánica, no me pareció del todo descabellado, ni tampoco desestimaba el gusto de una niña. La película le gustó, si hasta pareció concentrar todas sus fuerzas para soltar ese ¡wuaw! que tuvo atorado durante toda la película. Le encantó. ¿Que cómo sé en términos cuantitativos que eso es cierto? Tenía los ojos escrutando la pantalla, su obesidad estética la obligaba a cerrar los puños y pegarlos al pecho como un tigre en guardia… Y sobre todo, jamás volteó a ver su teléfono celular. Fincher sorprende a grandes y pequeños.
            Pero la magia está en Jake Gyllenhaal, la encarnación idónea para cualquier descompensación psíquica o excentricidad psicológica: Brokeback Mountain, Nightcrawler, Donnie Darko, Zodiac, Nocturnal Animals. La atmosfera de Zodiac es la atmosfera de la obsesión, la de las causas perdidas (las únicas que despiertan la esperanza en el hombre) y eternas, la de un caso policial que jamás ve término y siempre está en curso. Zodiac es el motivo pero la obsesión es el argumento: seguir cuando a nadie parece importarle. Envolverse. Desdoblarse. Perder la cabeza, carreras, cargos, parejas, matrimonios, quizá el sosiego. Y esto se replica en el espectador casi como el proyector de un cine sobre la pared blanca y virgen del cinema. Cuando la cinta acaba y el espectador se enfrenta a los créditos finales, la obra de arte continúa en la cabeza del receptor, allí se despliegan imágenes que reelaboran esa atmosfera obsesiva inacabada, la de los hombres tristes que acaban solos pero esperanzados.
            En The Secret Window, basada en el relato de Stephen King  Secret Window, Secret Garden y protagonizada por Johnny Depp (otro camaleón de las excentricidades psicológicas), la obsesión encubre al delirio, y el delirio a la paranoia. La ansiedad por ver el filme concluido y conocer el desenlace queda desplazada y la sustituye un estado de permanencia, un aquí y un ahora dentro del filme, como si la cinta se detuviera y tuviéramos permiso de darnos una vuelta por el panorama fílmico y su mundo integro en movimiento, incluso teniendo la oportunidad de probarnos el sombrero sureño frente al espejo y verbalizar las palabras de Mort Rainey: «Soy un granjero de Mississippi».
            La soledad no es tan dolorosa cuando se persigue la venganza o la justicia. Pero castigar al culpable no nos hace necesariamente inocentes. Allí tenemos a Mort, el hombre que termina solo por perseguir al fantasma sedentario de la literatura.
            Finalmente, nos quedamos con Donnie Darko –que con cada vista parece tener menos errores, la película del humano en ese estúpido traje de conejo (o al revés: un conejo en un estúpido traje de humano) y que despliega frente al espectador la tesis de que la búsqueda de Dios es absurda si todos, al final, terminamos solos. Sin embargo, jamás se menciona en el largometraje la antípoda o el antídoto de la soledad, algo así como, por ejemplo, la libertad, el amor, la familia o el sexo. Aunque quizá este último se menciona olímpicamente durante todo el filme, pero queda relegado a ese agradable cómodo de la ambigüedad. Tal parece que la visión de Richard Kelly, el director de DD, es otra. Richard Kelly no plantea una vida larga sino intensa: una donde se redimen culpas, donde se salvan amores que nunca se cruzaron y se castigue a hombres antes de condenarlos. Estoy seguro que Borges, el amante de los tigres y los laberintos, habría sido un gran fan de Donnie Darko y en un perfecto inglés, del que estaría orgulloso Wordsworth o De Quincey, habría recitado estas hermosas palabras: «Confío en que cuando el mundo se acabe, pueda dar un suspiro de alivio, porque habrá muchas otras cosas con las cuales ilusionarse». Y es que la longitud del filme es un paraje inabarcable, una textura indefinida que se impregna en el ánimo. ¿A quién no le gustaría saber su fecha de muerte (o la del fin del mundo) y antes de eso alcanzar el amor, el castigo, lo heroico, el otro lado del acobardamiento, y dejar de decepcionar a quienes se ama?
            Yo creo que todos, en algún momento, nos ha pervertido la idea de acabar ahí, más cuando se está en lo alto, en la panacea de nuestro derecho, porque después de eso todo se hace en pendiente. Donnie Darko es la realización de ese deseo, la pérdida sin dolor, el amor sin pausas y el heroísmo sin la atrofia del aplauso.
Zodiac, la obsesión. Secret Window, la paranoia. Donnie Darko, la esquizofrenia. Y todas rayan la soledad y el abandono.
            Así, en Zodiac, la tristeza parece entumecer cualquier forma de felicidad o esclarecimiento sexual; hay matrimonios, hay noviazgos y hay parejas, pero jamás hay besos, grandes flujos de sangre entre las piernas, no, solamente un costal de tensión (que podría ser sexual, pero no lo sabemos) que contagia al espectador y oscila en un periodo indeterminado después de acabada la película.
            De hombres abandonados hay mucho arte, tenemos a Goyo Yic, de Miguel Ángel Asturias, al Amalfitano de 2666, de Bolaño, al taxista insomne de Taxi Driver y, entre tantos otros, a Michael Corleone, de Francis Ford Coppola. Historias de hombres abandonados, hombres tristes que terminan solos, solos con sus obsesiones, con sus ambiciones, o las causas que, tal parece, solo ellos defienden o enaltecen. La tristeza se sugiere a sí misma como otra forma de violencia. Una forma de violencia para el entorno, violencia no amigable para el ecosistema fílmico de los personajes. Sin embargo, para el espectador es soportable, porque la entiende como ficción aunque intente ser una traducción fiel de la existencia, como algo placenteramente desagradable: mientras los personajes abandonan a nuestros hombres tristes, el espectador se mantiene impermeable al dolor de los que abandonan. ¿Por qué? Porque la garantía del espectador es el botón de apagado. La zona segura es el botón de apagado, la zona de confort. Ojala pudiéramos disponer de este mecanismo en la vida real. Pero no, en la vida real nuestro botón de apagado es la huida, el abandono. Regresar a la zona segura es la garantía de nuestra felicidad. Únicamente los cobardes pueden disfrutar del no-dolor de la vida.
 ¿Pero hasta qué punto este abandono empieza a ser prosperidad artificial? ¿Hasta qué punto la retirada pasa a ser inmolación?
Pero qué más da, a Marcel Duchamp también lo abandonaron. En Buenos Aires, sin producir ninguna obra, se dedicó enteramente a jugar ajedrez. Ivonne, su esposa en ese tiempo, terminó harta de tanto ajedrez, de tanta ciencia cuadricular, y se marchó sola a Francia. No obstante, creo que debe empezar a considerarse el abandono como algo místico necesario para la santidad: la santidad laica del arte. Si la tristeza es una forma de violencia, la soledad puede ser leída como un albergue donde el hombre descansa, indefinidamente, sin dejar de inquietarse. A veces esa soledad es un buen filme, una buena secuencia, una buena imagen.
En fin, en algún momento a todos nos ha tocado encarnar estos personajes tristes y abandonados. Y pueda que todos seamos como Donnie Darko, riendo en los momentos finales o de mayor agravio, solitarios, ensimismados en algo que creemos, sin advertir que hemos sido abandonados, embutidos en estúpidos trajes de humano: de hombres tristes que terminan solos. 





Matheus Kar (Guatemala, 1994). Fundador y miembro único del Colectivo Bartleby. Entre los reconocimientos destacan el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015, el Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala, el Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016), el Premio Nacional de Poesía “Luz Méndez de la Vega” y Accésit del Premio Ipso Facto 2017. Su trabajo se dispersa en  antologías, revistas, fanzines y blogs de todo el radio. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016).




martes, 15 de agosto de 2017

Víctimas de las letras: Francois Villon

Por Eréndira Cuevas



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François Villon (1431-1463)
Los crímenes han sido un tema recurrente en la literatura universal, incluso algunos de los personajes más memorables han sido criminales, desde defraudadores hasta asesinos han llenado con sus hazañas miles de páginas a lo largo de la historia. Y es que es indudable el interés que despierta la figura del criminal, ¿pero qué ocurre cuando los criminales literarios nos se encuentran en las páginas, sino que son ellos los que escriben esas palabras ya sea para contarnos sus delitos o no?
Probablemente la postura de muchos de nosotros sea la misma que tendríamos ante cualquier otro delincuente, quizá para otros la obra e incluso los propios autores se revistan de un interés especial al conocer ese pasado delictivo; para algunos más esos hechos no pasarían de lo meramente anecdótico o bien incluso disculparían o le celebrarían la "gracia" a su pluma favorita. Lo indiscutible es que en mayor o menor medida, los delincuentes, en particular los escritores delincuentes, llaman la atención de la mayoría de nosotros.

Según José Ovejero, la atracción o, en algunos casos, identificación con los delincuentes (que en el caso de los intelectuales se da en mayor medida cuando el criminal es culto) puede deberse a dos razones; por un lado la mala conciencia de las clases medias y acomodadas occidentales pudiera hacer que quienes las integran se sientan en deuda con los menos favorecidos; y por otro lado el hecho de que internamente todos somos renegados que, al menos en la imaginación, tendemos a vivir toda clase de aventuras, y al ser la conciencia una parte importante para definir la identidad, tendemos a creer que ese ser oculto es en realidad nuestro yo.

También puede influir, dice Ovejero, el cuestionamiento que la sociedad ha venido ejerciendo sobre los gobiernos y sus maneras de aplicar la justicia, pues al cuestionar estos procedimientos el preso pasa de ser criminal a víctima. Asimismo, con el surgimiento de los movimientos anti sistema que cuestionan ya no sólo la ley y su aplicación sino las propias bases de la sociedad, se provoca que se empiece a ver bien a quienes infringen las reglas de ese sistema, dando fácilmente tintes políticos a crímenes como el robo e incluso el asesinato. Así, se produce una simplificación que parece afirmar que "si la sociedad es culpable, los delincuentes a los que castiga son inocentes".

"El escritor delincuente que narra sus crímenes, incluso aunque no lo pretenda, narra también los crímenes de la sociedad: el delito no surge sólo de una mente trastornada; el individuo es un síntoma que llama la atención sobre un organismo enfermo".

En esta serie de entradas no se pretende cuestionar ni juzgar a los personajes de los que se hablará, que por lo demás ya han sido sometidos al juicio de su época, sino simplemente poner de relieve esos actos delictivos que han sido perpetrados, ya sea intencionalmente o no, por algunos escritores a lo largo de la historia.

Empezamos hablando del poeta Francois Villon.

Francois de Montcorbier, que era su verdadero nombre, nació en una familia de campesinos en 1431 en París, Francia; en esa época había hambre en las ciudades y el campo, los saltadores de caminos estaban al acecho y los soldados se dedicaban a saquear. Como muchas familias, la del poeta se trasladó a la ciudad en espera de mejorar sus condiciones, pero no lograron mucho.
Por entonces la ciudad de París estaba en decadencia y en estado de abandono, por lo que Carlos VII lanzó una proclama en 1443 donde se eximía de todo impuesto, durante tres años, a quienes se instalaran ahí. En esos días los lobos andaban libremente en la ciudad, atacaban a sus habitantes y sacaban los cuerpos de los panteones, además, uno de los entretenimientos habituales de los parisinos era acudir a las ejecuciones públicas. Este fue el París en que Villon creció.

Su padre murió cuando él era muy pequeño y su madre decidió buscar la protección eclesiástica para él. El capellán de Saint Benoit, Gullaume Villon (de quien el poeta tomó el nombre), lo acogió bajo su cuidado y le enseñó las bases de la gramática y sintaxis latinas, así como las primeras historias bíblicas, leyendas de santos y el Evangelio.

Gracias a su formación Villon estudió en la Facultad de Artes de la Universidad de París y a los veintiún años obtendría la maestría en Artes, aunque se afirma que fue un estudiante más bien mediocre. Existen indicios de que escribió una obra cómica sobre los alborotos estudiantiles que se desarrollaron en esa época.

Como la de mayoría​ de los estudiantes de entonces, la vida del literato se vio rodeada de excesos, pues acostumbraban frecuentar tabernas y burdeles, además de jugar a los dados pese a que era una actividad prohibida para ellos. Asimismo, iban armados con palos y dagas.

La tarde de Corpus de 1455, mientras Villon estaba sentado en una banca de Saint Benoit en compañía de un sacerdote y una mujer, el sacerdote Phillipe Sermoise se acercó a insultarlo para después, con una daga que llevaba oculta entre los hábitos, hacerle un corte en el labio al escritor.

A pesar de eso Villon trató de alejarse, pero Sermoise continúo provocándolo, por lo que el bardo sacó una daga, que también llevaba oculta, e hirió al cura en la ingle; aun así no dejaba de atacarlo y terminó por azotarle una piedra en la cara.

Sermoise murió a causa de las heridas y en su lecho de muerte perdonó al poeta, no obstante la absolución oficial le llegaría siete meses después gracias a la intervención de sus conocidos en el ámbito judicial, adquiridos gracias a su amistad con el aristócrata Regnier de Montigny.

Pero mientras llegaba este indulto, Villon salió de París. Aunque no hay evidencias para afirmar de qué vivió en ese tiempo, se cree que fue un "coquillard", término con el que se designaba a los estafadores y malhechores además de haber sido el nombre que adoptó una banda que controlaba Borgoña, que se distinguían de otros delincuentes porque hablaban una jerga particular. El uso de esa jerga en algunas poesías y el hecho de que algunas de sus amistades, como el mismo Montigny, que murió en la horca, hubiesen pertenecido a ese gremio, es lo que hace suponer que Villon fue un coquillard. Aunque también es posible que haya subsistido mendigando y robando.

Al regresar de ese exilio escribiría una de sus obras más famosas: El legado; una suerte de testamento en el que un joven hereda sus bienes, consejos y consuelo.
Pero aquel asesinato no sería el único crimen en la vida de este escritor, pues una Nochebuena fue con un par de delincuentes al colegio de Navarra, el más rico de París, donde mientras Villon vigilaba, sus compañeros escalaron uno de los muros del colegio y una vez dentro forzaron un baúl del que extrajeron 500 ducados de oro. Tras este robo el escritor arguyó que se alejaba de París porque la mujer de quien estaba enamorado lo había rechazado, aunque es posible que fuera para ausentarse del lugar del delito, hay que mencionar que, a juzgar por su poesía, Villon no fue muy afortunado en el amor e incluso dos de sus amadas prefirieron meterse en la prostitución guiadas por el interés económico que aceptar una vida con él.

Pocas semanas después de su partida, uno de sus cómplices esparció el rumor de que Villon había salido para Angers con la finalidad de informarse sobre la fortuna de un religioso y preparar un nuevo golpe. Ante el conocimiento de su participación en el robo al colegio, se le prohibió la entrada a París, y en los años que siguieron no sólo se relacionó con delincuentes sino que estuvo preso en las cárceles de Orleans, de donde salió por el indulto de Carlos de Orleans; y en Meung, donde tuvo la suerte de que el nuevo duque de Orleans realizara una visita y, como dictaba la costumbre, al ser la primera visita del nuevo soberano a la ciudad, se liberó a los prisioneros.
Para entonces Villon ya había perdido su carácter de clérigo y tras su estancia en prisión se dedicó a errar buscando la protección de algún príncipe, hasta que en 1461, y tras cinco años de exilio, recibió el permiso para volver a París.
Aunque su situación era precaria y no tenía en quien apoyarse porque muchos de sus amigos habían muerto, por esa época escribió su obra más importante: El testamento; que si bien no era algo novedoso, pues era un género que llevaba décadas de ser cultivado, el francés lo renovó dotándolo de humor y una mezcla de temas tradicionales y expresiones del amor cortés con el lenguaje de las tabernas. El poema sigue la estructura del documento jurídico que le da nombre, pero además, Villon lo convirtió en una parodia sobre la culpa y la muerte, sus versos reflejan arrepentimiento y cierto horror a la vida que había llevado hasta entonces.

Sin embargo, su mala fortuna lo enviaría de nuevo a prisión. Una noche, en compañía de tres amigos, pasó frente a la ventana de un notario y uno de sus acompañantes se asomó para burlarse de los empleados. Ante esto salió el notario para enfrentarlos y tras una discusión que desembocó en pelea, el notario acabó tendido en el suelo por una cuchillada.

Por este hecho Villon fue condenado a la horca, pero escribió al parlamento para apelar su sentencia, que fue conmutada por 10 años de exilio.
A los 32 años partió al exilio y no se volvió a saber más de él, salvo rumores que lo situaban en la corte de Inglaterra o montando espectáculos teatrales. No obstante, se desconoce la fecha de su muerte.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Antropología: La Danza del Sol, la vida en resistencia (ensayo)

Por: Félix Jiménez Pérez





Uno de los puntos que no podemos poner en duda sobre la historia antigua de América, es la existencia y la cantidad titánica de sacrificios humanos que se llevaban a cabo. Había tantos sacrificios como humanos conscientes, y los que niegan la existencia de este fenómeno, tan importante en la cultura americana, es porque desconocen la filosofía dialéctica del grueso de nuestras culturas. 
Existían tres tipos de sacrificios, a saber: flagelación personal, pinchos en la lengua y el corte superficial en las palmas de las manos y/o talones. Estas ofrendas de sangre tenían como finalidad el alimentar la tierra, tanto como ella nos alimenta, en un acto de reciprocidad y agradecimiento. Por tanto, esta entrega se hacía en los plantíos, no en pirámides, ni en el suelo hogareño y menos aún en lugares artificiales (ésto es, hechos por humanos) en donde la tierra no tiene un efecto benefactor. Otro tipo de sacrificios eran los de limpia espiritual, de entre los que podemos destacar el ayuno, la danza permanente por varios días consecutivos y, finalmente, el aislamiento del individuo en un lugar muy separado de toda su comunidad, preparándose para el encuentro consigo mismo tras el Tezcatlipoca sí, “el” y no simplemente Tezcatlipoca, en tanto no hablamos del supuesto dios, sino de una representación de la consciencia; esto es, un espejo oscuro del cual emana al humo que nubla la vista y en el que debes buscar detenidamente tu reflejo, encontrarte a ti mismo y regresar como un hombre nuevo que sirva a su sociedad. Los terceros aunque no están en ningún tipo de orden, eran y seguirían siendo los que conjugan los dos propósitos arriba mencionados: la alimentación de la tierra y la limpia espiritual, de ahí que estos eran los más duros.

De los sacrificios más conocidos de este último tipo es la Danza del Sol. Dicho ritual iniciaba con el baño de vapor o temazcal, con hierbas, minerales y otros estimulantes. Tras haber terminado el temazcal, iniciaba una danza con duración de uno o varios días que daba paso a una culminación mística: bajo un árbol, se ponía a meditar el sacrificado, mientras que los ayudantes preparaban los materiales necesarios como cuerdas hechas con tripa de búfalo, ciervo o algún otro animal y huesos afilados para dicha inmolación simbólica. Las vísceras se cruzaban sobre una de las ramas más fuertes del árbol y, cuando el danzante del sol se declaraba listo, los huesos le perforaban la parte superior de los pectorales (en el caso de los hombres) y bajo el cuello para las mujeres. También en la espalda, siendo válido para ambos sexos. Las cuerdas se amarraban a las puntas que sobresalían del cuerpo del sacrificado y dos individuos las jalaban por sobre el árbol, dejándolo suspendido en el aire, donde seguía cantando y danzando. Finalmente, las cuerdas se fijaban para que no bajara al suelo y se quedaba ahí hasta que el cuero no diera más y reventara, dejando caer el cuerpo del danzante. Leonard Peltier, preso político Sioux y dirigente del AIM (Movimiento Indio Americano), cuenta que, en el punto más álgido del dolor, se llegaría a un estado mental donde se nubla la razón o se potencializa, siendo ahí cuando es posible ver y sentir el dolor que se le causa a la tierra cuando no cuidamos de ella. Es este fundirse con el Ser Universal o Gran Misterio, quien puede otorgar una visión con pequeñas pistas de la razón de existir. Inclusive, el ritual puede derivar en un perder el conocimiento dependiendo del individuo. Las punzadas en las cicatrices seguirán ahí recordando la ofrenda realizada y que con el dolor se llega a vivir.

Este tipo de sacrificio, según las culturas occidentales, lo llevó a cabo el hombre más importante en la Historia Universal: Jesús, quien ofrendó su vida en pos de algo nuevo y mejor a favor de su pueblo y sin que por ello se le considere un individuo incivilizado ni sanguinario. No obstante, cuando prácticas similares han sido llevadas a cabo en y por pueblos americanos, entonces la tradición social e histórica hace que se les piense como auténticos actos de barbarie efectuadas por pueblos salvajes amantes de la sangre. Para aquellos que no han podido entender el mensaje oculto, cabe mencionar que el sacrificio era personal, llevado a cabo por el sujeto mismo, infligido a Su Ser, y no a través de un tercero que salpicara de sangre ajena a la Madre Tierra; siendo el caso que, si nos basamos en la mitología americana, ninguno de los dioses sacrificó a uno de sus padres, hermanos o hijos en ningún evento ni por ninguna causa. Por el contrario, estos sacrificaban alguna parte o su ser completo para el bien del conjunto: Tezcatlipoca pierde el pie izquierdo en pos de sabiduría; Nanahuatzín y Tecuciztecatl se lanzaron al fuego para alzarse como sol y luna; y Xipe Totec se desprende de su piel. De los 4 hermanos creadores de la humanidad, en sus respectivos modelos, nunca pidieron ser recordados con sangre ajena a ellos. Incluso Quetzalcóatl pedía la repetición de su sacrificio al crearlos y regar la tierra con la sangre de cada uno de los habitantes: la sangre que un cuerpo podía ofrecer sin poner en riesgo su vida.

Cada uno de estos sacrificios tiene algo en común: la resistencia. La resistencia necesaria y la lucha consecuente para que la vida pueda continuar, natural y socialmente hablando. Leonard Peltier dice que, en cierta forma, la vida del indígena actualmente es una Danza del Sol involuntaria reducida a una vida encerrada en campos de concentración denominadas “reservaciones indias” en los Estados Unidos; en donde la inexistencia de información real sobre la segregación y la violación de los acuerdos históricos del territorio indígena es decir, el intento de hacer la vida indígena en general algo invisible e inexistente no llevan a otro lado más que a una lucha de los pueblos indígenas por resistir y proteger sus tradiciones, cultura y estilo de vida. Pasa lo mismo a lo largo de toda América, donde mixtecos, aymaras, quiches, mapuches, chibchas y demás etnias (de las que podríamos llenar páginas enteras con solo sus nombres) sufren por igual el menosprecio del llamado hombre civilizado y la soberbia de las instituciones, siendo la salvedad que no son llamadas reservas sino tal vez de otras maneras más refinadas, pero que de todas formas conducen a lo mismo. Poco importa: diferente nombre, pero la misma explotación.

Esta resistencia de los pueblos autóctonos hacia su muerte nació hace 524 años. No son pocos los que justifican o desvían la atención del genocidio llevado a cabo por los europeos diciendo que aquí no eran ni mucho menos los pueblos más pacíficos del mundo. Sin embargo, quienes sostienen este desvarío no hacen sino repetir las líneas que Piel de Oso dice en Entierra mi corazón en Wounded Knee. En dicha obra, Tatanka Iyotanka plantea que esa es la historia que “ellos”, los invasores, vinieron a contar a su pueblo para evadir responsabilidades. Una historia que inició después de 1492 cuando las armas de fuego llegaron a aquellas tierras. ¿Que si había peleas entre los pueblos? Sí, las había, pero no a la manera europea de arrasar con pueblos enteros, sin dejar siquiera a niños y ancianos en pie, y esclavizando a los pocos supervivientes. Antes de la llegada de los europeos es un hecho que la esclavitud no existía en tanto que a los “prisioneros” se les integraba al nuevo pueblo, quedando a cargo de sus captores que se convertían en una especie de padre o madre, teniendo la posibilidad de entrar al Consejo de Sabios y hacer además una familia dentro o fuera de esa tribu, ser propietario de caballos y tener asimismo propiedades personales.
La pelea por la vida tiene figuras imponentes en la historia de los pueblos americanos. De los primeros que se tiene registro es Hatuey, jefe importante de los carib y arawak de las Islas del Caribe, quien prefirió el infierno a ese piadoso paraíso cristiano lleno de los mismos blancos que había degollado con su hacha defendiendo a su pueblo que le prometieron los mismos sacerdotes que asaron su cuerpo. Cuitláhuac, quien sacó a Cortés de Tenochtitlan durante su invasión. Tzilacatzin, que organizó una de las más fuertes resistencias en México. Tupac Amaru de los incas, quien murió desmembrado atado a caballos forzados a correr por los azotes de los verdugos. Jacinto Canek dirigente de la rebelión maya de 1761. El gran jefe mapuche Lautaro. Goyathlay y Victorio entre la frontera de México y Estados Unidos. La gesta de gigantes Sioux: Tashunka Witko, Mahpiuya Luta, Tatanka Iyotanka, Gall, Washichun Tashunke y sus herederos: Dennis Banks, Russell Means, Leonard Peltier… La lista es interminable.

En fin. Conforme avanza la modernidad y supremacía del hombre blanco, las tribus americanas como Seris, Mapuches, Huicholes, Crees, Ojibwas, Lacandones, Nahuas, Totonacas, Guaraníes, Kikapoos, Qoms, Aymaras y muchos más, tal vez siguen aún en pie gritando “Hoka Hey”, hoy es buen día para morir.