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martes, 9 de enero de 2018

Música: Cinco álbumes para entender a David Bowie

MATHEUS KAR | 10 de enero, 2018


Photoshoot para el álbum HEROES.



     El 2016 nos trajo una catástrofe innecesaria pero inminente. David Robert Jones, mejor conocido como David Bowie, abandonaba este mundo a tan solo dos días de su cumpleaños 69 y el lanzamiento de Blackstar, su vigésimo quinto y último álbum de estudio. A dos años de su muerte, este planeta no acaba de acostumbrarse a su orfandad creativa. Cómo lo vamos a olvidar con semejante legado musical que nos dejó. Además, sigue siendo referencia para muchos artistas y músicos, por no decir del mundo en general. El tríptico de la música moderna tuvo el placer de coincidir en el mismo espacio: David Bowie, junto a Iggy Pop y Lou Reed transformaron el panorama musical de forma definitiva. Cabe destacar que fue DB quien produjo los mejores álbumes, según la crítica, de estos dos personajes: Transformer y Lust for life, respectivamente.

    Sin embargo, existen los que todavía no se han acercado a los álbumes fundamentales o los que no pasan de escuchar un recopilatorio de sus grandes éxitos, que la verdad no son poca cosa (algunos son box-set de 4 cd´s). La culpa no es de los individuos ni de esta generación tan light, sino de los sellos discográficos que últimamente se dedican a manufacturar grandes éxitos. Hoy en día, a cualquier artista ambicioso que intenta crear un producto de calidad, se le llama snob, pretencioso o esteta, como si crear arte fuera un crimen. Ya no hay cabida (aunque podría ser una exageración) para las escuchas lentas y reflexivas, para degustar un buen álbum en la soledad de la cama o de la habitación vacía. Otra punto que se pierde al ser un consumidor de éxitos es el concepto; DB es más que una colección de canciones, la mayoría de sus álbumes albergan una imagen, un mundo, un panorama musical hasta entonces poco explorado, hay un link argumental entre una canción y otra, cada álbum es una historia por sí misma. Pero mejor dejemos que sea el trabajo de DB el que hable.

The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, lanzado en 1972, fue lo que se podría decir o señalar como un boom en la música occidental. ¿Un sujeto en mallas, poco masculino, haciendo rocanrol? Sí, David Bowie se jugó todo con ese álbum. Pero crédito a quien se lo merece, sin Mick Ronson (the lead guitar), ni Ziggy Stardust ni David Bowie habrían sido lo mismo. De qué va: Ziggy Stardust es un alienígena sexualmente ambiguo que viene a prevenirnos sobre la desaparición de nuestra cultura pero termina cediendo a las toxinas de la tierra. ¿Cómo lo hace? Con rocanrol. La colección de canciones supone una innovación. El Glam Rock toma a DB como su icono. Cabe resaltar que David Bowie es un gran reciclador, no a la manera de T. S. Eliot sino mejor, toma el sonido de The Velvelt Undergroud para afinar el álbum que lo catapultaría a la fama mundial, arrastrando consigo un fandom irracional y fiel a su alrededor. Por todo Londres, y en especial en sus conciertos, se podía observar a hombres y mujeres vestidos como el alienígena ese.  Incluso hoy, todavía se les puede ver, acechando, a la espera de su héroe.

Hunky Dory (1971) es una visión caleidoscópica del pop de la época. Por aquel entonces los Beatles acababan de romper y eran los rivales a superar. David Bowie, bastante a tono, sabe que debe guiar a su público hacia otro camino. ¿Han escuchado Life on mars?, la misma donde Bowie sale maquillado como cepillín? Deben escucharla, el álbum es bastante intimista, incluso le dedica tres canciones a tres personas: a Bob Dylan, a Andy Warhol y a su hermano. Se trata del cuarto álbum de Bowie, una mezcla de pop y folk. En esa época, algunas de sus canciones las solía donar a otros cantantes, pero Bowie, a la hora de llevarlas al estudio, a pesar de que él mismo se considera un mal interprete, les daba un toque totalmente nuevo, casi tántrico.


The Next Day  (2013) supone el regreso de Bowie después de  aproximadamente una década silenciosa, musicalmente hablando. Bowie y el productor Visconti trabajaron en secreto, sin el conocimiento de la prensa musical, junto al ingeniero Mario J. McNulty, grabando el álbum durante un periodo de dos años. Las sesiones de grabación fueron esporádicas, y Visconti, que tras la publicación de The Next Day se convirtió en el principal promotor del álbum, estimó que durante los tres primeros meses solo grabaron demos. Visconti recalcó que el álbum comenzó con una sesión que duró una semana:
«Sterling Campbell estaba en la batería, David en el teclado, Gerry Leonard en la guitarra. Al final del quinto día, habíamos grabado demos de una docena de canciones. Solo estructuras. Sin letras, sin melodías y con títulos temporales. Es así como empieza todo con él. Luego se las llevó a casa y no volvimos a saber de él durante cuatro meses» 
Al escuchar el álbum, uno podría pensar que el procedimiento fue de forma contraria, que primero se escribió la letra y después la música. A Bowie para ese entonces se le consideraba un cantautor veterano, incluso de segunda categoría. Con ese álbum confirma su leyenda y que todavía puede dar sorpresas al hacer música fresca en este nuevo siglo, tan fresca como Muse, Arctic Monkeys, Arcade Fire o Interpol, que, para decir la verdad, todos estos han confesado la influencia que Bowie ha tenido en su propia obra.

Young Americas (1975) es el noveno álbum de estudio de David Bowie y el que lo llevaría al estrellato en Norteamérica. Si bien sus anteriores álbumes habían sido un éxito en Europa, no había sido así en los E.E.U.U. Bowie mezcla las raíces de la música negra, el soul, con su talento iconoclasta británico y el resultado es este álbum, de él se desprenden los sencillos Young americans y el inolvidable Fame, versionado y utilizado hasta el cansancio, incluso aparece en el videojuego Grand Theft Auto. Este fue el adiós al Glam Rock y el inicio de su etapa más experimental. Esta de más decir que John Lennon colaboró en las sesiones del álbum, pero igual se vale. 
Low (1977). Era el tiempo en que Bowie se estaba convirtiendo en la próxima victima del rock. ROCK con mayúsculas. Estrella musical, actor, productor, cantante; Bowie acababa de terminar de filmar The Man Who Fell to Earth donde tuvo el papel protagonico, sino es que agónico. Predominan el sintetizador y la música ambiental (que Radiohead no les diga que no hay en este Bowie una clara influencia). Low por eso del perfil bajo, inspiración por eso de los "polvos mágicos". El álbum es grabado después de una etapa fuerte de adicción a la cocaína y de pasar una temporada en Berlín occidental junto a Iggy Pop, lugar donde se desintoxicó y adquirió una rutina puramente musical. Nuevamente Bowie toma ideas de otros para pasarlas por su filtro y, por supuesto, mejorarlas. Esta vez la víctima fue Brian Eno, que gustosamente colaboró en este álbum.

     Estos son los cinco álbumes de DB que podrían considerarse fundamentales. Esto no quiere decir que los demás no valgan la pena. Todavía quedan Alladin Sane, Station to Station, Diamond Dogs (trunca adpatación al teatro del clásico de Orwell 1984), "Heroes", Earthling, Blackstar, Heathen o Let´s Dance. Total son veinticinco trabajos, solo en el estudio, aparte están los Ep´s, grabaciones en directo, rarezas y recopilaciones. David Bowie da mucho de que hablar, pero, suponiendo que exista alguien a quien no le agrade su música, todavía quedan sus películas. 

*****


Matheus Kar (Guatemala, 1994). Fundador y miembro único del Colectivo Bartleby. Entre los reconocimientos destacan el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015, el Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala, el Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016), el Premio Nacional de Poesía “Luz Méndez de la Vega” y Accésit del Premio Ipso Facto 2017. Su trabajo se dispersa en  antologías, revistas, fanzines y blogs de todo el radio. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016).
                   


viernes, 30 de diciembre de 2016

Música: Seis álbumes que nos dejó (para siempre) el 2016

Por: Matheus Kar

Hablo de álbumes porque hablo de música. Hoy ya no se escuchan álbumes, hoy ya solo se escuchan sencillos o descargas o grandes éxitos. Es difícil que alguien le dedique una o dos horas a un álbum, a una recopilación con un sentido o tema único. Hoy trato de rescatar seis grandes álbumes que el 2016 nos ha dejado. Álbumes completos, unificados, con un tema que enlaza cada una de las canciones que los compone. Álbumes que, espero, le ganen el pulso al olvido.



Blackstark, de David Bowie


    Después de cuatro años de silencio discográfico (eso sí, sin contar los recopilatorios), Bowie lanza el ocho de enero Blackstar. Un álbum ambiguo, incluso sencillo. El hecho de que la portada fuera una estrella negra sobre un fondo blanco impresionó a muchos y decepcionó a bastantes otros. Pero en dos días todo puede cambiar. El diez de enero fallecería David Bowie, a menos de cuarentaiocho horas de que lanzará, sin que lo supiéramos, su última colección de canciones. Ahora todo parecía tener sentido: la estrella negra, las canciones Lazarus y Blackstar con ritmos de jazz. Ahora ya nadie ponía en duda la estética de Bowie. Hizo lo que siempre había hecho, visualizar el futuro, las posibilidades, poner un pie en la sombra, en lo inexplorado. Tal parece que Bowie rompió el silencio solo para adentrarse en uno más profundo. Menos mal tenemos sus álbumes, que ya rebasan los cincuenta. Bowie nos entregó una obra maestra, como el resto de sus piezas. Bowie, genio. Bowie, visionario. No nos alcanzará la vida para comprenderlo; cada vez que lograba ser bueno en algo, rápido lo abandonaba para aventurarse en otra cosa. Creo, después de tantos años de escucharlo, que a Bowie no hay que entenderlo: hay que disfrutarlo.



A Pool Shaped Moon, de Radiohead



    Si hay una banda a la que hay que darle el premio a la mejor música para ambientar ascensores, esa es Radiohead. Y estoy seguro que sería un premio serio y limpio en comparación con los Grammy o los Sony. Y es que muchas cosas buenas y sensatas suceden en estas pequeñas cajas que tienden a elevarse, los ascensores. En un ascensor podes dar tu primer beso, podes conocer al amor de tu vida (si es que lo hay), podes idear un modelo filosófico o rediseñar la tabla periódica de elementos. Dudo que estas cosas puedan darse con otros géneros. A veces no entiendo a los fans que piden más álbumes como el Pablo Honey o  el Ok Computer. Si alguien quiere escuchar otro álbum como esos, en lugar de haberse comprado una copia se hubiera comprado dos. Thom Yorke y compañía vuelven con un repertorio magnifico. Tal parece que la madurez les ha abordado en buen momento. El tempo de las canciones es lento como los años. La voz de Tom Yorke emerge entre la sinfonía de guitarras eléctricas y bajos para hacernos unas cuantas preguntas y después regresar a su oscuridad intermedia; luego nos queda esa melodía sinfónica, pensada para la introspección y la clarividencia. Porque qué es un álbum de Radiohead sino la superficie donde la consciencia se sumerge. Radiohead, de nuevo, nos regala un momento con nosotros mismos, alejados del ruido, del mundo que bien puede vivir sin nosotros por unas horas.



Skeleton tree, de Nick Cave & The Bad Seeds


   Grandes obras de arte han sido resultado del dolor y de la sublimación de este. Ahí tenemos el Blood on the Tracks, de Bob Dylan, y el Honestidad Brutal, de Andrés Calamaro. Cuando hace poco leí que el hijo de Nick Cave había muerto, lo primero que pensé, en mi morbosidad humana, es que de seguro se venía un gran álbum. Pero no fue así, y tampoco me decepciona. Nick hizo del dolor, si es que se le puede rastrear, un arquetipo y lo plasmó en ese bello y obscuro álbum que es Skeleton Tree. Según parece, los artistas más inteligentes se están dedicando, sin siquiera ponerse de acuerdo, a fabricar, como el artesano, álbumes intimistas y cantados al oído, contrario a todo ese ruido que se produce, como en las maquilas, en grandes compañías multinacionales. El ideal de todo artista es arrastrar a su público hasta su consciencia, por muy obscura que esta esté. Nick Cave lo ha logrado y no pide reconocimientos. Es un insulto y una obviedad darle un aplauso por algo que siempre se propuso. Igual, yo lo hago.




You Want It Darker, de Leonard Cohen



   Más cerca del spoken word que de los escenarios, Leonard Cohen alcanza el canto del pájaro y el sol abrasador de la mañana. Leonard Cohen se alza sobre la música y su figura, ya inminente, es cálida incluso cuando es fría. Su voz añejada es un vino destilado con sabiduría en los oídos de su público. Lo escucho y lo siento. Lo oigo y lo veo.  Leonard no es de los que graba álbumes para ambientarlos en escenarios o en bocinas. No, Leonard se encierra en tu habitación, saca su guitarra y te suelta su mejor repertorio, que no es poco. Lástima que se fue y que ya no hará más canciones, que ya son muchas pero no suficientes. Leonard, profeta y amigo, bohemio de lo ignoto en temas que ya conocemos pero que no nos atrevemos a ver desde otro punto de vista. Cohen revisita la oscuridad, ese tema que tejió y destejió tantas veces y en el que ahora se ha perdido, no sin un mapa, no sin una luz; espero, como esperan muchos, que todo eso que nos muestra en sus canciones también le sirva en el más allá, que tan cercano tenemos en sus letras.



Post Pop Depression, de Iggy Pop



    Para empezar, ¿qué es Iggy Pop? Iggy Pop es lo que David Bowie rescató un día setentero entre la basura de las drogas para después llevárselo a Berlín y grabar dos de los más grandes álbumes que se pudieron producir el siglo pasado (Lust for Life y The Idiot). De ahí Pop hizo, o está haciendo, una carrera magnifica. Post Pop Depression es el resultado de la unión entre el batería de la banda británica Arctic Monkeys, Matt Helders, el bajista y teclista Dean Fertita, el fundador del grupo de rock Queen of the Stone Age, Josh Homme, y esa leyenda que es Iggy Pop. El álbum roza los mejores años de influencia que Bowie pudo tener sobre Pop, desentrañando temas como el sexo y la muerte, con letras llenas de rabia y elegancia. ¿Punk, rock de garaje, música alternativa? Qué importa: es Iggy Pop y nada más. El mensaje es claro: el rock está vivo y no está viejo, está naciendo alto y fuerte entre un montón de florecitas millennials de talento arrugado.



Volumen 11, de Andrés Calamaro



    El Volumen 11 trae 19 cortes. Y digo cortes porque cuando hablamos de Calamaro,  nuestro Salmón, hablamos de heridas. Esta vez Calamaro deja de cantarle a su tristeza y decide cantarle a una tristeza más grande: la nuestra. Más social, más extrovertido (que estoy seguro le resulta un gran esfuerzo), el Salmón regresa con una nueva colección de canciones, reciclando los géneros a los que ya ha dedicado tantos álbumes (blues, tango, soul, rock), rehaciendo los esquemas que ya muchas veces ha deshecho. Si hay algo de Calamaro que me gusta, es que nunca se repite. Bien pudo volver a hacer Alta Suciedad una y mil veces. Honestidad Brutal otras dos mil. Pero no, Calamaro piensa en su público y en la música y les da diversidad. Cualquiera que escuchara el Volumen 11 pensaría que son unas maquetas o un recopilatorio de material inédito que no pasó de la primera toma. Todo lo contrario, Calamaro, al igual que Picasso, va reduciendo la forma y acrecentando el estilo, para, de forma sencilla, entregarnos las semillas del árbol que puede llegar a crecer en nosotros. Recuerden que una obra de arte jamás nos llegará a decir lo que el artista piensa sino lo que realmente la obra dice.



Sobre el autor:


Matheus Kar (Guatemala, 1994), ha sido nombrado mención honorifica en el certamen Mi ciudad en 100 palabras, que organizó la municipalidad de Guatemala en 2014. Colabora en el evento literario Poetry Slam Guatemala. Formó parte del evento multidisciplinario Off Virtual Test.  Ganó el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015. Mención honorifica en el certamen Cantos de Trova (2015). Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala. Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016). Ha formado parte de las antologías Frente al Silencio (Palo de Hormigo, 2014), Si la sangre fuera Ambrosía (Los Zopilotes, 2016), Cuentos Bien Trulis (Chuleta de Cerdo, 2016). Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016). 

lunes, 12 de diciembre de 2016

Literatura: La memoria apócrifa de Neil Young (relato)

Por: Matheus Kar



Portada del AMERICAN stars´n bars, de Neil Young.







When you got nothing, you got nothing to lose.
Bob Dylan




Allá por el 2013, yo tenía menos de veinte años y me había dado por correr sin detenerme, algo así como lo hizo Forrest Gump: sin excusa, sin motivo, sin fundamento. Aunque mucho después Gump confesaría, casi al final de la película, que huía de su pasado. Y no se equivocaba. Viajar es huir. Pero yo, además de huir del pasado, huía de mí.

«Correré hasta que duela o deje de doler», así decía Bunbury en su álbum Palosanto. Álbum que escuché hasta el cansancio. Creo que todos alguna vez hemos corrido, más de alguna vez hemos huido, más de alguna vez le hemos otorgado un lugar físico a nuestros problemas. Muchas veces, neuróticamente, huimos de lugares, sin siquiera explicarnos el porqué.
Recuerdo que una mañana, a lo Forrest Gump, metí en una mochila un poco de comida, el Ulises de James Joyce, los poemas de Pedro Casariego Córdova que había fotocopiado y una docena de CD que había pirateado y salí sin rumbo a la carretera. Entre los CD tenía copias de los álbumes de Bob Dylan, de  Enrique Bunbury, de Nick Cave (el Push the Sky Away), de Morrisey y de Neil Young. Recuerdo que también metí mi Walkman (aquel que le compré a B… cuando embarazó a su novia) para reproducir los CD; la única pieza que me delataría o que daría falsas pistas sobre un posible origen burgués.

El poco dinero que tenía se terminó al cabo de unas semanas. Viajaba a dedo, y muchas veces recibí humo de camiones y carros al lado de la carretera mientras esperaba que uno me subiera. Viajaba durante la noche, porque aprovechaba para dormir dentro de los autos o los camiones. Pero muchas veces los camioneros no me dejaban dormir: joven, no se duerma, le estoy contando algo, me decían. Y yo, por miedo a que me bajaran y me echaran al bosque a mitad de la noche,  me limpiaba las lagañas de los ojos y la baba de la boca y solo veía neblina y escuchaba el relato de los chóferes nocturnos. Por las mañanas me dedicaba a vagar por los pueblos del país, a seguir a los perros o a buscar bodas, bautizos, funerales o convivios para poder pescar un poco de comida gratis, y quizá algo más.

Quien me conoce de años podrá dar fe de esto, en aquel tiempo, no solo en mis andanzas, yo acostumbraba a cambiarme el nombre, no de patentarlo y cambiármelo, sino, que cuando me preguntaban mi nombre, yo inventaba uno enseguida, y esto confundía mucho a las personas y a veces las hacía enojar. Pero esto no ocurría en mis viajes, en la carretera las personas no desconfían, saben que no hay tiempo para eso. Así que no pocas veces me llamaron Bob, o Roberth, o David, o Adalberto. Es más, me decían cosas como Bobby, o Poldito. Y yo no hacía más que aceptarlo.

Las baterías de mi walkman me habrán durado menos de una semana, algo que predije pero que no pude evitar. Sin embargo, encontré la respuesta a ese problema en los radios, en los controles de televisor y en cualquier aparato que usara baterías y  se encontrara en mi camino. Tomaba las pilas y me las escondía, y cuando tenía oportunidad las metía en mi Walkman. Me sentaba en algún páramo o en la entrada de alguna iglesia que se encontrara en alto y escuchaba los CD que había pirateado.

Recuerdo que una vez llegué a Cuatro Caminos, esa pequeña terminal de entradas y salidas, de encuentros y despedidas, donde el humo de las cafeterías se confunde con el de las camionetas. No recuerdo para dónde iba, pero era tarde y tenía hambre, así que entré a una pequeña cafetería hecha de tablas de madera y que parecía poco concurrida. En efecto, solo encontré a tres personas: un viejo leyendo la prensa con un café en la mano, la señora de traje típico que atendía el negocito y su hija La María, como la dueña la llamaba.

Me dijeron que ya era tarde, que ya iban a cerrar, que ellos cerraban temprano a pesar de que los buses llegaban hasta de madrugada con pasajeros hambrientos. La cafetería de enfrente abre toda la noche, me dijo la señora señalando la puerta.Pero cuando les dije que venía de La Capital rápido armaron una mesa y me tendieron el menú que La María había hecho a mano hace mucho tiempo, según me explicaron.

Yo no cargaba mucho dinero ni tenía intenciones de gastarlo, incluso un gato podía tener más dinero que yo y una cuenta en el banco. Yo era pobre.  Así que, no sé por qué, o quizá sí, me puse a chulear a La María. Ella se sonrojó, o tal vez solo era el frío. Y yo sentía lástima de la pobre María, de la forma en que la habían criado para someterse a cualquiera que suponga su ascenso social. Pero la magia acabó cuando doña Licha (según había oído) me preguntó que qué iba a comer. Y yo, con una dignidad que solo puede provocar lástima, le pedí dos quetzales de tortillas. ¿Y solo eso va a comer?, me dijo bastante indignada. Entonces yo le enseñé una bolsita de chicharrones de tienda. Y ella, como si me viera desde unas montañas altísimas, me dijo ¡ay, mijo!, y después me trajo dos quetzales de tortillas negritas que ella había calentado en su comal de gas.

Tenga, me dijo, no es nada, lléveselas. Pero yo insistí en pagárselas. Sin embargo, ella no se dignaba a recibir las dos malditas monedas. Mi insistencia, en realidad, era porque yo le quería pedir un favor. Al final ella aceptó las monedas y dijo que iban para el cochinito. Pero antes de que cerrara la cafetería y mandara a La María por los candados yo le pedí permiso de dormir en su cafetería. Hay mucho frío, no sea mala. Ella ni siquiera lo pensó antes de decir no. Busqué en María apelación, pero, supongo que al desilusionarse de mi estado económico, mis encantos desaparecieron. Ella se agarró al brazo de su mamá y le dijo que se fueran ya.

Si quiere puedo quedarme despierto toda la noche para cuidar el negocito, le dije como último intento. No, me dijo, El Carlitos ya hace eso.  Y entonces pensé que El Carlitos era el hermano de La María, o algún niño que habían recogido, o su ahijado. Pero todo eso estaba muy lejos del verdadero Carlitos. El Carlitos era un perro y tenía su casita, también hecha de madera, en la parte trasera de la cafetería. Y como si lo hubieran invocado El Carlitos se puso a ladrar.
No, mijo. Vaya y busqué posada.

Algo de eso hice, o solo hice el amague. Porque como a eso de las diez regresé a la cafetería de doña Licha e intenté buscar refugio en la casita de El Carlitos. Mi sorpresa fue ver que El Carlitos, más que un perro guardián, parecía un perro atropellado, un trapo de mecánico y un manojo de huesos.

Domarlo me costó una tortilla, y eso me dolió un poco. Al menos ya conseguí hotel, pensé. No tenía sueño, pero el frío me obligó a  entrar antes de lo pensado a la casa del perrito costal de huesos.

A pesar de los esfuerzos, no hallaba sueño. Era fin de año, ese tiempo que llaman diciembre, ese tiempo en que la sombra palidece y tiembla. Estaba temblando, solo Carlitos parecía dormir tranquilo. No quería que me encontraran pálido y tieso. O agarrar un catarro. No tuve más remedio que salir de la casita y buscar un poco de papel periódico en los botes de basura. How does it feel?, me decía. How does it feel?, me repetía en un ritmo muy dylanesco.

Por fin encontré unos cuantos diarios, hice pequeñas bolas de papel con cada hoja y las metí bajo mi suéter y mi pantalón. Así impedí que el calor se siguiera escapando. Entré a la casita y usé al pequeño costal de huesos como almohada.

Aquella noche, antes de lograr conciliar el sueño, pensé en muchas cosas. En libros. En algún poema de Borges donde habla del olvido. En música. En los hombres. En las mujeres. En cosas. Quizá esta es la Universidad Desconocida de la que tanto hablaba Bolaño, me decía, de la que no acabamos de graduarnos nunca, de la que no sabemos nada, de la que hemos de repetir el mismo semestre hasta el infinito. De la que no hay libros en la materia.

Desperté a las cuatro de la mañana, sobre la carretera ya había muchos pasajeros contemplando sus vasos de café y chocolate caliente. Me levanté sin hacerle mucho ruido a El Carlitos, le devolví sus pulgas y sus manchas y salí de la pequeña casita de madera. La neblina abrigaba a los negocios, carros, personas y camionetas como una bufanda.

Así salí de detrás de aquel negocio, entre la neblina, soltando hojas arrugadas de papel periódico que resbalaban del interior de mi ropa. Había sobrevivido, pensé. Pero la idea no me entusiasmaba, incluso me daba igual. Mis dientes castañeaban, posiblemente tanto como la noche anterior, y, no sé por qué, sentí ganas de llorar. Sin embargo, me fue imposible. El frío, la madrugada invernal de diciembre, el canasto vacío donde reposan mis recuerdos, había coagulado mis lágrimas en el fondo de mis ojos.

Quise apurar las lágrimas, así que decidí utilizar un estimulante. Saqué mi estuche que contenía los  CD, y, después de pensarlo un poco, reproduje aquel que tiene escrito con marcador: Harvest/Neil Young.

Desde entonces, la música ha sido los glóbulos rojos que dan color a mi día, que mantienen mi sangre conectada a la vena y al corazón. Si la literatura me mantiene con vida, la música me mantiene despierto. El hábito de la música, de escuchar música, se ha convertido para mí en un acto religioso, algo que hago en solitario y en silencio, que no suelo interrumpir. Hay personas que la utilizan para paliar la soledad, que encienden el radio desde que se levantan hasta que se acuestan, que contribuyen al ruido y desorden del mundo con una bocina encendida, como propaganda de la personalidad que les falta. Yo ya solamente la puedo ver como un dios que pide respeto, un buda meditando en el medio de nosotros, buscando una oreja sensible que le preste un poco de atención.

Y así caminé por la orilla de la carretera friolenta, sin rumbo, huyendo de mí, cantando canciones campesinas y bucólicas, e imaginando que en el fondo de mis ojos había un horizonte y que en ese horizonte plagado de un sol enorme y anaranjado camina una sombra muy joven, una sombra triste que me inspira lástima y que lleva mi nombre, cualquiera que este sea.





Sobre el autor:
Matheus Kar (Guatemala, 1994), ha sido nombrado mención honorifica en el certamen Mi ciudad en 100 Palabras, que organizó la municipalidad de Guatemala en 2014  Ganó el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015. Mención honorifica en el Certamen Cantos de Trova (2015). Formó parte del evento multidisciplinario Off Virtual Test, en 2015. Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala. Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016). Ha formado parte de las antologías Frente al Silencio (Palo de Hormigo, 2014), Si la Sangre Fuera Ambrosía (Los Zopilotes, 2016), Cuentos Bien Trulis (Chuleta de Cerdo, 2016). Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016). Colabora en el evento literario Poetry Slam Guatemala.