sábado, 27 de octubre de 2018

Literatura: El otro (relato breve)

Por: Henry Castellanos

Cabeza de san Juan Bautista. José de Ribera. 1644. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.


Le sopla al oído y le comenta lo mal que está, le dice que lo arregle o que no hay solución alguna, pero sólo él le escucha y sólo él le comprende, así es la vida de los entes reales y su relación con los otros.
Esta es parte de la historia de Aurelio, una parte corta y que sólo yo sé, porque fui el único que supo de su aparente esquizofrenia y de su relación con quien quise llamar el otro
Aurelio, un tipo de 21 años y cursante de una carrera en artes y filosofía, era un hombre apuesto y bastante raudo dentro de sus propios gustos y de lo que él denominaba las actividades, las que de alguna forma dieron sentido a una vida centrada en captar y comprender todo tipo de arte, pero sobre todo en saber criticarlo.
Pero no es su vida lo que pretendo contarles, sino su estrecha relación con aquel: el otro.
Allá afuera hacía un día gris. Lo recuerdo porque Aurelio me llama por la mañana y logra espantarme el sueño que tenía con aquella chica de idiomas extranjeros, a la cual no decido acercarme por pura timidez. Ya una vez despierto y emberracado con Aurelio por llamar tan temprano, decido contestarle y en mi mente le digo que espero que sea importante. Antes de hablar logra gritarme que no sabe qué hacer, que por tanto lo vaya a ver para tomarnos un café y fumarnos un cigarrillo. Que lo que tiene por decirme es serio.
Comprendí que era algo importante, pues Aurelio es una persona que no fuma a menos que la ocasión lo amerite; y ameritar quiere decir suponer una tragedia en mente de ambos, y fumar comprende que lo que se tiene que hablar es serio. 
Me dirigí entonces adonde el tipo que vende café y cigarrillos en la calle Tumbacuatro que a propósito recibió dicho nombre desde 1862, cuando ocurrió el suceso del caballo árabe del ciudadano alemán de apellido Sundheim, y que según el padre Pedro Revollo en sus Memorias, se llamó así por un chalán que apostó que su caballo no se dejaba montar por ninguna persona que no fuera él. Y en efecto, cuatro hombres fueron derribados por el caballo. Una vez ahí, Aurelio apareció con una cara de tranquilidad muy extraña, pidió su café sin azúcar como de costumbre y además una jovencita de falda marrón, que es como le llamaba al cigarrillo. Le ofrecí fuego y, acercando su cara a mis manos y su cigarrillo a mi encendedor, dijo entonces muy sonriente, con la jovencita de falda marrón entre sus labios: tengo esquizofrenia, amigo.
Yo no supe cómo reaccionar. La verdad, fue como si jamás hubiese escuchado palabra alguna salir de su boca, así que opté por retirar el fuego y acercarlo a mi cigarrillo sin más.
— ¡Que no me escuchaste! —dijo parpadeando lentamente, como pensando a la velocidad con que el humo bailaba con el viento justo en frente de su rostro. 
— ¡Que no me escuchaste! —repitió, mientras yo tranquilamente respondía negativamente a lo que me decía. 
— ¡Que padezco esquizofrenia, dice un papel que me entregaron en la clínica!  —gritó algo desesperado.
No tuve de otra que desenfundar una carcajada, aunque a decir verdad no entiendo el porqué, pues Aurelio jamás bromeaba —al menos no que yo recuerde y su rostro seguía mostrándose apaciguo. 
— ¡No jodas, Aurelio! —exclamé con la sonrisa que aún iba quedando en mi rostro por la carcajada. 
— ¡Aprendiste a hacer bromas de mal gusto! —seguí diciéndole mientras sostenía el pequeño vaso desechable entre mis dedos. 
Entonces lo observé al rostro y me di cuenta que en él no había rastros de que fuese una broma; y si lo era, ¡por Dios, que era muy buen actor!
A medida que se enfriaba el café y el viento se fumaba el cigarrillo por mí, fui convenciéndome poco a poco de que Aurelio hablaba en serio y, una vez llegado al punto en que lo que creía una broma se tornaba del color del cielo en esta mañana de sábado, no quedó de otra que volver a sonreír y preguntarle qué pensaba de ello. Con su rostro aún fresco por la fría mañana que tanto nos gustaba, me contestó que como le había dicho el médico: que era posible que escuchara voces en su cabeza alguna vez, pero que finalmente no era tan malo en tanto que por fin iba a dejar de sentirse tan solo como el chico de los espaguetis de uno de los varios cuentos japoneses que había leído en mañanas anteriores.
Su tranquilidad hizo que yo no diera tanta trascendencia a lo que me contaba, por lo que lo único que hice fue invitarle otro cigarrillo para disfrutar de la lluvia que se avecinaba y que sería recibida agradablemente por nuestras cabezas. Porque en una ciudad tan calurosa, una mañana así es un enorme placer para el cuerpo y los ánimos.
¡Ahhh, mi amigo Aurelio! Un hombre tan brillante como noble. Como no recordar esta conversación, si fue la última que tuve con él. Tan corta como esta historia y la única que merece la pena destacar, porque representa una síntesis de lo que era él: un tipo serio y divertido a la vez. Descomplicado pero  también bastante lógico, creía que la vida era un juego perdido, así que la jugaba torpemente y sin querer salir victorioso.
Lo último que supe de él fue gracias a la llamada de Paula, una amiga que teníamos en común. Me comentó que un día Aurelio la llamó riendo porque el otro le pidió recrear el castigo para los suicidas del cual habla Dante en su Divina Comedia, pero en la versión que a él le hubiese gustado que fuese; porque supe que reescribió ese y otros castigos muy a su gusto y parecer. Supongo entonces que la viga que sostenía el techo de su casa representaba el árbol en el cual se convertía el alma del suicida; y su tormento, ver que su propio cuerpo pendía de las ramas. Sin duda, está posible interpretación se convirtió en una de las razones que me llevaron más adelante a releer una y otra vez el citado texto de Dante
Semanas después solo yo me enteré que Aurelio no sufría de esquizofrenia alguna; que jamás existió un papel en donde algún especialista lo declarara con alguna enfermedad mental; que había acabado con su vida por tristeza, y que el otro era la voz de aquel a quien extrañaba. El otro, un recuerdo que nos persiguió a todos y que escribió el final de Aurelio. ¿Final? No, tal vez debería decir inicio, pues Aurelio fue el precursor, testigo y confesor por excelencia del patíbulo que se avecinaba para cada uno de nosotros. 
Con la duda a bordo supuse dos cosas. La primera: que Aurelio sólo necesitaba una razón para no sentirse mal, así que creyó su propia mentira y por consecuencia necesitaba hacérsela creer a otros. A por ejemplo, pues con toda calma y sin afán de que me preocupara me transmitió a su otro, el que a partir de entonces también me habla al oído; y la segunda, que Aurelio en efecto se sentía como el chico de los espaguetis de aquel cuento japonés que me mencionó alguna vez...


lunes, 22 de octubre de 2018

Poesía: Madrugadas sin aire...

Por: Katerina Beaumont


Los amantes (1928) - René Magritte

Salí a la calle buscando olvido
entre cada piedra, bajo los cantares del cielo.
Salí buscando disolver momentos en humo
en la bruma mortífera y el aliento inestable.
Salí buscando esconder tu imagen
sellarla entre árboles de metal y ausencia.
Pero tan solo una sombra bajo el sol ardiente
se quema y baila al compás de la agonía.

Salí buscando encontrar la nada,
pero en la prisión de mis pasos hallé tu risa,
contemplé tus ojos en los matices de la tarde
en los sueños y en el arte adiviné tu figura.

Escuché tu nombre en un susurro
que la brisa me acercaba para que le acariciase con mi pena,
el anhelo de la lluvia se escondía entre mis labios
hallé tantas cosas, que jamás desaparecieron.

— Bohe.



lunes, 15 de octubre de 2018

Poesía: Si no

Por: Helena Zirot


Kiss me - Marlina Vera


Si no supiera
Si no estuviera
Tan firmemente convencida
Cómo quién ha visto un árbol 
Partido por un rayo 
Y dice: 
—Yo he visto un árbol 
ser partido por un rayo.

Si no supiera
Que ahí adentro 
Para mí no hay nada 
Nunca lo hubo
Ni lo habrá...

Si no lo hubiesen sabido otros
—Yo, tal vez
Podría deshacerme
Tirar a un lado 
Esta pesada y fría lápida 
Y descansar
Y admitir sin vergüenza 
Que sí
Que sí quería
Que hasta el sol 
Te habría regalado...


martes, 2 de octubre de 2018

Literatura: La misma calle donde nadie espera

Por: Henry Castellanos

La noche cae por su propio peso sobre la ciudad, una que quizá no importa ya por lo trágico y extraño que se ha vuelto el que quizá nadie espere. Yo te comprendo, mi fuerte y delicado pétalo de sal. Pero te imagino, recorriendo de un labio a otro las edificaciones de un espacio que se derrumba, besándolos, convirtiéndote en carmesí; te invento pensando cada grieta y que las ves como una obra de arte entre tanto perfeccionismo improvisado que trae unas calles anómicas con personas que dejan su esencia sobre el asfalto caliente de mediodía. Te imagino reflejada bajo el color rojo oscurizo de
Automat, 1927 | Edward Hopper
una cerveza que observas mientras piensas fuera del presente que vive vacío para ti, que no existe, porque cuando lo piensas ya no es más que un recuerdo inaprensible. Yo te entiendo bien, furioso sobre las hojas del cuadernillo que me observa triste con traje rojo de bufón. Te desnudo y te imagino sin parar regalando sonrisas que yo desearía toparme por coincidencia o por el preparamiento lógico de nuestros pasos. Y me pregunto, ¿acaso te importa por donde caminas?, ¿los días pasan y te percatas de ellos si quiera?, ¿la vivacidad de tus dibujos, que jamás vi, sigue siendo igual de íntimo o se te hace trágico por la profundidad que le das ahora?
Te imagino soñando las noches por el día, esperando a que todo suceda lo más rápido posible para poder llegar a casa y morir de ti y de lo que piensas en medio de cada resoplar del viento que te ajusta el pelo detrás de tus orejas y las gotas del rocío que te planta un beso en la frente y allí se guarda como en toque de queda. Me parece confuso, porque te imagino ahora fuera de cada idea que encajo de costado sobre los emocionales textos que contiene esta ciudad que ha sido un diario para ti. Te hago sentada cada domingo en la mesa de tu sala, con algún texto de historia como carretera angosta que recorren tus ojos velozmente y un poco más despacio en la curva que conduce de un renglón a otro, pero distraída porque algún vano poema se te cruza en la vía y suspende el andar de tus esferas oculares. Te conviertes enseguida, implacable ante el llanto y vuelves a la carretera en la que piensas que deberías permanecer sin problemas, ¿qué eres? Que no te permites sufrir lo resbaladizo de cada curva cerrada que trae el camino, entonces levanto la vista y te mueves de tu mesa y como por arte de magia apareces en un autobús grande articulado convulsionado de personas, sentada en la parte de adelante con la mirada perdida, como fuera de ti y más allá de la transparente ventana que no te muestra una ciudad de ahora, sino de un tiempo que ya transcurrió, pero que en tu mente se recrea, quizá, con partes ficticias bien acomodadas por lo que crees que debió ser, y un escandaloso resonar en tus oídos que viene de afuera te espanta la idea y te incorpora a una realidad que no tendría que estar pasando, o eso crees muy profundamente.
Edward Hopper Excursion into philosophy 1959

Te imagino frecuentando sitios distintos para escapar de lo que sea de lo que huyas, en cuerpo y sobretodo en lo que más te mata que es tu mente, pero sigue siendo trágica una ciudad donde nadie espera ya y eso, implacablemente, la llena de aquello de lo cual huyes, del sueño y del sol que ayer era distinto al que alumbra hoy. Supongo que sigues curvando los hombros, como queriendo juntarlos de frente a ti haciéndote resaltar esos huesos de la parte superior del pecho, y en esa posición te imagino cautiva de ti misma, con delicadas obsesiones por aquel que camina del otro lado de la calle. Te imagino, a decir verdad, diferente, más pausada con cada movimiento, pero sin perder ese guiño que aglomera a todos a tu alrededor y los embelesa como viendo a la mismísima Atenas o Isis de Gustav Klimt hacerse carne.
Te sostengo tibia por el sol que reposa sobre tu piel blanca, sobre los bellos de tus brazos que peinas hacia tu izquierda cada vez que miras a ellos, sosteniendo algún bote ridículo de agua sobre tus labios que nada temen y saboreando lo húmedo del agua sobre ellos, pensando que alguien los besa, o aún mejor, que alguien aparecerá y correrá a reclamarlos.
Pero esta es solamente una manera de decirte que te extraño. Te imagino de infinidad de formas posibles, pero te imagino opaca, pero eso es porque no es a ti en quien pienso cuando pasas por mi mente, me vivo a mí sufriendo los estragos, es a mí a quien doy tu nombre. A decir verdad, me imagino suspirando y dejando un golpe en tu ventana para que de tu piel no se borre la muerte de la mía, para que no viva en mi tu ausencia; a decir verdad… te imagino feliz.  Y la noche no se levanta, porque su peso la sostiene sobre la misma calle donde nadie espera. 

sábado, 1 de septiembre de 2018

Poesía: Camino de hormigas.

Por: José L. Avendaño
"Círculo azul", (1950), Marc Chagall




Por la línea de tu muslo 
corren ríos lentísimos de deseo, 
suaves fuegos de cálida llama.

De tus caderas suben pequeños halos de luz: 
son estrellas, quizás mariposas. 
Vuelan arremetiendo sus alas 
al impávido viento, 
juegan, destrozan, 
aplastan insectos a su paso.

Van a hacia tu vientre 
para posar sus larvas, 
hebras de odio. 
Porque el odio también es multicolor.

Tu ombligo, 
unión de azares, 
cueva desordenada de murciélagos, 
participa de tu cuerpo
y es encuentro de realidades dispersas, 
nudo de silencios continuos.

Las montañas del deseo 
coronan la vista del sediento. 
Hogar de paso para el arriero
que va dejando flores, 
va poniendo alhelíes para ocultar tus pezones.

Por tu cuello sinuoso 
caminan infatigables 
hormigas en fila india
y entran una a una por tu boca de hurí. 

En tu lengua se gesta 
la más grande batalla de bacterias.
En tu grito ahogado 
brotan gusanos ávidos de ti.

Tus ojos son yemas 
donde la nada tiene un espacio, 
donde el mundo de las hormigas, 
para su desconsuelo, acaba.



*****


Sobre el autor:
Semblanza
José de Jesús López Avendaño nace el 18 de abril de 1994 en la ciudad de Salina Cruz, Oaxaca. Cursa la carrera de Lengua y Literatura Hispanoamericanas en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). 
Ha publicado en la revista literaria Monolito; en la gaceta Letra suelta (UNACH). Ganador del 2° concurso de cuento No oyes contar un cuento organizado por la Feria del Libro Humanidades de la UNACH
Fue becario para asistir al taller de literatura realizado en el marco del Festival Cultural Interfazparticipante en el festival cultural La hojarasca en su segunda y cuarta edición; asistió a los Coloquios Cervantinos en sus ediciones XXV y XXVI. 
Cursó un diplomado en Actualización profesional en Creación Literaria organizado por el CONECULTA, la Secretaría de Cultura Federal y el INBA.
Actualmente cursa el noveno semestre de su carrera.




jueves, 30 de agosto de 2018

Poesía: Vértigo

Por: Helena Zirot


Fernando Zóbel - La vista VI (1974)

¿Que quedó de tí en mí, 
sino éste vértigo? 

Sobre tus lugares y los míos he caminado, 
he andado tranquilamente.

Entre tu gente y la mía 
he escuchado tu voz,
venida desde lejos. 

Todo tú me evocas fantasía:
un sueño ya borrado, 
un lienzo de Zóbel, 
una tenue flama
que el viento casi ahoga.

¿Que eres tú en mí, 
sino éste vértigo?
¿Que son tus ojos, 
sino unos ojos que no veo? 
¿Que son tus palabras, 
sino unas palabras que no entiendo?

Desarraigado...,
como los juegos de mi infancia. 
Lejano..., 
como los días que he olvidado,
te pierdes en el tumulto de mis recuerdos. 

Y me sorprendo quieta..., 
silenciosamente en paz.
Por vez primera 
sin nada que decirte.

Borroso...,
como la ciudad cuando anochece.
A punto de ser envuelto entre las sombras, 
reposando tranquilo.

A lo lejos,
no eres más en mí, 
que éste vértigo naranja del ocaso...



viernes, 24 de agosto de 2018

Poesía: Príapo

Por: Rigardo Márquez Luis


Himeneo - Nicolas Poussin (1638)


¡Oh, dulce Príapo!
Que entre los taludes secretos,
mi inocencia cató.
Lame mis lunas erógenas esta noche.
Visita la abadía tempestiva de mi carne,
como lo hacías antes de mi florecer.

¡Oh, mi señor Príapo!
Que en la eromancia de mis sueños,
el placer musitó.
No hay vergüenza en el gozo, sólo en el reprimirlo.
No importa si es entre rosas u osarios,
deja tu semilla en mi vergel de lo innombrado.

¡Oh, mi erastés Príapo!
Embriágame en vicio lacedemonio.
Eres la pulsión que arde entre mi piel.
Clamó a la cornucopia para que pose,
en mis lienzos dolosos y andantes.

¡Oh, mi dios Príapo!
Mi lengua ofrenda su melodía en tu laúd.
Mi lascivia se derrama como lluvia de oro en la ilicitud.
Déjame morir en la adicción de tu invirtud.
Soy la meretriz de lo obsceno en este albur.


lunes, 20 de agosto de 2018

Poesía: Olvido

Por: Katerina Beaumont (Bohe)


La playa del olvido - Alberto Pancorbo


El mundo; canto efímero...
melodía intermitente 
para nuestras almas sordas y ciegas. 
Hay cosas frágiles, 
también perpetuas, 
cosas que estaban rotas sin siquiera saberlo. 
Entonces conocemos aquella utopía; 
la utopía falsa del olvido.

Los vidrios rotos, 
las promesas remendadas y las miradas perdidas 
lo buscan en algún punto, 
intentando aliviar el dolor 
con el néctar dulce de la inexistencia.
Lentamente los cuerpos se vuelven sombra 
y las sombras se alejan hasta volverse un recuerdo; 
pero éste también quiere olvidar.

¿Entonces a dónde iremos?
Si los caminos se hacen polvo 
y siguen una falsa utopía.
El olvido mismo huye de su concepto 
y desconoce su existencia, 
pero la existencia sin notarlo 
lentamente se entrega al reflejo inestable del olvido.

Bajo la lluvia de sonrisas, 
quisiera olvidar.
Entre el silencio y las palabras, 
quisiera olvidar.
Con las luces artificiales y los sonidos de la calle, 
quisiera olvidar.

Quisiera no querer,
pero ya olvidé por qué.


Bohe


viernes, 17 de agosto de 2018

Literatura: La visita más esperada (relato breve)

Por: Jonathan Valdéz Santos


Muerte y vida - Recreación de Inge Prader sobre un cuadro de Gustav Klimt (1916)

Sentí cuando llegó. La habitación cayó rendida ante su frialdad y esencia tan inefable. La hora había llegado y yo estaba consciente de ello. Suspiré y traté de esbozar una sonrisa para recibirla con educación, pero las fuerzas ya no me daban ni siquiera para arquear mis labios.

—Tardaste — Le dije sin poder mirarla todavía. —Vaya que me has hecho esperar.
No contestó. Me Miraba.
La podía sentir cerca. Sabía que si giraba un poco la cabeza podría obsérvala y terminar con todo de una vez. No lo hice. Me mantuve estático en mi cama vieja con la mirada recta apuntando a la nada. Probablemente no habían pasado ni treinta segundos desde su llegada, pero para mi mortal existencia se antojaban milenios. Pensándolo mejor... el tiempo había perdido regla y forma.
— Es hora de partir — Su voz era áspera y profunda. Digna de leyenda. Digna de lo que era...
Finalmente comenzó a avanzar. Por el rabillo de mi ojo izquierdo la vi acercarse y tomar forma como lo hace un vehículo después de encandilarte con sus luces. Con dificultades logré enfocarla; he ahí ante mí, eso a lo que todos temen. La encargada de ponerle fin al comienzo. La encargada de comenzar el fin...
—¿Puedes darme unos minutos? — pedí. — Después de eso me voy contigo sin resistencia alguna...
Se mantuvo tanto tiempo en silencio que llegué a pensar que había ignorado mi petición por completo. Pero al final respondió...
—Humanos... jamás aprenden. ¿Qué quieres hacer antes de marcharte?
Se notaba cansada. Su trabajo no le permitía descanso alguno.
— Conversar contigo.
Hablé directo y con empatía. Pude notar que mi petición la tomó por sorpresa. No fue de su desagrado en lo absoluto así que sin darle tiempo a que me confirmará lo que parecía obvio lancé mi pregunta como una moneda al aire:
— ¿Cómo te sientes?
Estoy seguro de que en toda su existencia jamás nunca alguien le había realizado esa simple pregunta. Su sorpresa era notoria y al parecer, había logrado crear un pequeño vínculo entre yo y ella.
— No sé — arrastraba las palabras. Su voz dejó de parecer tan imponente. Estaba en shock e inclusive nerviosa. Jamás había tenido que pensar ni siquiera ella misma en cómo se sentía, con una mierda, no terminaba de comprender por completo el término; sentir...

Nuevamente sin darle tiempo de reaccionar escupí otra tanda de preguntas... y ahí estábamos... Hombre y muerte... Charlando en una habitación con un ambiente grisáceo y esquinas polvorientas que pronto se convertirían en testigos de mi fallecimiento. El mundo entero miraba a través de mi ventana y un aire frío corría con prevención; hasta él respetaba el ente que se alzaba glorioso ante mí. Miles de años de sabiduría se encontraban dentro del ser que me miraba con detenimiento. Del ser más viejo y que ha habitado este planeta desde su génesis.
— ¿A dónde me llevarás? — En mis palabras no había rastro de miedo, todavía.
— Al Límite.
Podía notar que su disposición por hablar había crecido enormemente. Era de esperarse cuando tienes miles de años sin conversar con nadie.
— ¿Cuál límite? ¿El límite de qué?
— Es el final de la realidad que conoces. Que conocemos. Mi trabajo es guiarte hasta ahí donde serás recibido por él.
— ¿Por quién? ¿Por Dios? ¿El Diablo? ¡¿Me iré al infierno?! — me asusté un poco ante la posibilidad. Supongo que el miedo es parte de ser humano...
— Lamento desilusionarte hombre, pero ni siquiera yo sé que ocurre más allá del Límite. El ser al que tú llamas Dios es tan incomprensible para mí como lo es para ti. El que ocurre con ustedes después de pasar por mis manos ni yo lo sé.
En ese momento comprendí que su labor radicaba exclusivamente en esta realidad. Así que traté de replantear mis preguntas. Por las demás cuestiones no me preocupaba... en poco tiempo viviría las respuestas en carne propia...
— ¿Cómo decides quien debe morir y cuando debe de hacerlo?
Continúe más ansioso que nunca.
— No lo hago. Yo no puedo arrebatarle la vida a nadie. No tengo ningún poder sobre ustedes. Yo solo merodeo por ahí, avanzó y los observó esperando que mueran de alguna forma, cuando esto pasa me acercó y recojo lo que ustedes llaman alma, y lo llevó al lugar del que te hablé.
— ¿Eso quiere decir que el tiempo que me queda de vida no lo estas controlando tú?
— No. Pero por tu olor sé que no te falta mucho y por eso he venido, para terminar más rápido mi labor contigo.
Estaba impresionado, hasta ahora nada era como imaginaba o como había escuchado.
— Si tú estás aquí ahora, ¿Qué pasa con la gente que está muriendo en estos instantes?
— Sus almas deben esperar mi llegada a un costado de sus cuerpos.
— ¿Por qué no podemos ver las almas de esas personas?
— Porqué son del mismo estado que yo. ¿Acaso podías verme a mí? Ahora lo haces porque yo lo permito.
— ¿Ellos pueden permitirlo?
— Se necesita mucha práctica para dominar la técnica, normalmente nunca pasan tanto tiempo aquí como para aprender a realizarlo, aunque algunos pocos pueden manifestarse ligeramente entre ustedes.
— ¿Son a los que llamamos fantasmas?
— Prácticamente. Aunque solo son almas confundidas y asustadas que logran evadirme por un tiempo.

Muchas cosas estaban tomando sentido. Mi forma de ver el mundo estaba cambiando, aunque muy tarde; podía sentir como la vida se me escapaba poco a poco debido al cáncer que me devoraba por dentro. Tenía que aprovechar el poco tiempo que me quedaba.
— Hace un par de años mi hijo de tan solo un año murió... ¿Lo recuerdas?
— Por supuesto. Jamás olvido a nadie. Menos a un ser tan joven e inocente como Carlitos, las almas de los niños al igual que la de los animales son mis favoritas, aunque suene un poco cruel. Ellos no cuestionan y el fallecer parece importarles poco, sonríen y aunque no hablan, emiten sonidos cómicos y me tocan con curiosidad durante el recorrido.
En ese punto las lágrimas brotaron de mis ojos. ¿Lo veré después de todo? Pregunté, pero su silencio respondió por ella. No lo sabía.
— Tienes suerte de ser lo que eres — por primera vez era ella quien proseguía con la charla — los humanos son los seres más perfectos de todo el universo. Son los únicos capaces de comprender la mayor parte de lo ocurre a su alrededor, hay algunas cosas que ustedes entienden y yo no, ustedes pueden sentir y demostrarlo como ninguna otra forma de vida puede hacerlo. Ustedes pueden dar amor, pero, sobre todo; recibirlo.
— ¿Tú no? — limpié mis lágrimas con un solo movimiento.
— Yo amo muchas cosas. Me he enamorado millones de veces durante toda mi existencia, pero... nunca nadie lo ha hecho de mí. Nadie nunca se ha tomado la molestia. No puedes comprender... lo difícil que es amar a un ser y saber que la única vez que lo tendrás entre tus manos será para llevarlo lejos de ti para siempre.
Increíblemente su voz comenzaba a quebrarse, a escucharse más humana. Algún día lo fue, no tuve que preguntárselo para saberlo.
— ¿De quién fue la última persona de la que estuviste enamorada?
— He amado tanto humanos como animales. La última persona que me enamoró por completo fue una niña de 6 años. La miraba todo el tiempo. La seguía a donde sea y observaba como repartía cariño sin mirar a quien. Deseaba no tener que ir a por ella nunca, pero... un día cruzó la calle sin mirar a los costados y pues... Jamás odié tanto mi trabajo como ese día.
— Hay algo que debo preguntarte antes de partir.
— Si, dime...
Dejé pasar unos segundos, no sabía si era algo que ella pudiera responderme y además estaba fuera de contexto, pero igual lo hice:
— ¿Cuál es el sentido de la vida?
 La pregunta ocasionó un silencio prolongado. Le di tiempo de pensar. Mi enfermedad me avisó con un dolor punzante que ya era hora. Que no podía esperar más, pero no estaba decidido a irme sin saber la respuesta a aquella pregunta milenaria.
— ¿Sabes por qué los humanos jamás logran ponerse de acuerdo en la respuesta de esa pregunta? — me quede en silencio esperando que me lo dijera — porqué no existe como tal. No es algo que tengas que buscar como un tesoro, sino más bien algo que debes de construir como una casa. No existe un sentido de la vida, sino miles de millones, uno para cada ser vivo que hay en este planeta. Cada uno a su modo, cada uno a sus gustos. Si alguien vive para matar, entonces el sentido de su vida será ese, ser un asesino ¿Y sabes qué? Está bien, porque para él está bien. Sea injusto o no, pero para él es lo correcto y es lo que dará por cumplida la misión de su vida y lo mismo pasa para quien vive por sexo o dinero o lo que sea, lo que sea que se te ocurra estará bien por que al final de cuenta. Hayas echo lo que hayas echo, siempre pasaran por mis manos.
No respondí. No tenía palabras para hacerlo.
— Nuevamente repito que ustedes son el ser más perfecto del universo, pero lo que más les envidio es que ustedes... ustedes... pueden morir.
Me di por satisfecho. Y estoy segura que ella también.

Para cuando terminó de hablar se abalanzó hacía mí después de una mirada ilegible y todo se tornó oscuro por un momento. Al aclararse mi vista nuevamente supe que me dirigía al Límite del que me había hablado. Les platicaría como es de este lado, pero no quiero arruinarles el final de su historia.