viernes, 19 de enero de 2018

Literatura: Apuntes sobre el Ulysses de Joyce, el libro infinito.

Por: José L. Avendaño



Joyce playing the guitar, Trieste (1915)

Ulysses no es ni un a priori ni un a posteriori sobre la vida o la conducta de los hombres, es el presente histórico. No es el reflejo de la luz ni el eco de la palabra; es la luz y la palabra: no es la nostalgia de un pasado lejano o inmediato, o la premonición de un futuro, es, la suspensión de la conciencia del mundo.
Salvador Elizondo, Teoría del infierno.


El valor del Ulysses (o Ulises) de Joyce para este siglo sigue siendo deslumbrante: la sentencia, de que dejaría ocupados por más de trecientos años a los críticos, parece cumplirse y ser verdadera. Su estructura —los cambios de narrador, de tipo técnica narrativa, etc.— hace que muchos lectores desistan de leerlo o lo abandonen a medio camino. Los manuales de Edmund Wilson o Harry Lewin corresponden a las mejores guías para los que intentan adentrarse en su contenido y, aún con ellos, un cuantioso número de lectores prefieren abstenerse de hacerlo porque no otorga —en apariencia— ningún placer hacerlo. En contraposición a esta manera de pensar, el presente artículo tiene la intensión de resaltar los puntos clave para su lectura; los momentos de mayor intensidad de placer lector; y, además, centrar al lector en la figura del hombre del impermeable, que representa —apreciación personal— la incursión de Joyce mismo como personaje en su obra. Como dato adicional, hemos de señalar que este trabajo se sustenta en una lectura personal del Ulises según la traducción de Editorial Planeta.
    
Joyce en Zúrich, (1918)
De entrada, podemos considerar que las analogías que Joyce realiza entre Odiseo y Leopoldo Bloom, Stephen Deadalus con Telémaco y Molly con Penélope, son citadas con frecuencia debido a que cada capítulo del Ulises pareciera corresponder a un canto de La Odisea; y en todo caso es pertinente considerar estas similitudes porque pueden ayudarnos en la lectura de la obra. No obstante, lo cierto es que el mismísimo Joyce señaló en alguna ocasión que un buen lector debe prescindir de dicha comparación. Ricardo Piglia comenta al respecto: (...) en el Ulysses, la Odisea es una referencia importante para el que escribe el libro, pero no para el que lo lee (p. 153), por lo que denomina al estilo utilizado por Joyce escritura secreta para referirse al molde que ocupó para construir la obra  justificando así el título de la misma. 
En el Ulises, Bloom es un vendedor de seguros que recorre las calles de Dublín. Originalmente, Joyce había pensado en un cuento llamado Mr. Bloom’s Day in Dublin y que contaría un día en la vida del Señor Bloom, por lo que la historia es en apariencia sencilla. Incluso podemos plantear el hecho de que el árbol genealógico que aparece en Cien años de soledad, la cantidad de personajes habidos en las novelas de Thomas Pynchon o en las andanzas de Don Quijote, demandan una mayor atención para poder entender la trama. No obstante, en Joyce, lo complicado es la estructura de la narración, es decir, la manera en que describe y desenvuelve sus personajes. Autores como Samuel Beckett y William Faulkner —entre otros— demuestran complicaciones semejantes.
    
Marilyn Monroe, fotografía de Eve Arnold (1955)
La magna obra de Joyce inicia con una parodia de la Misa Católica y del Cristo —llevada a cabo por el personaje de Buck Mulligan, durante su estadía en la Torre Martello— y culmina con un largo monólogo a cargo de Molly; como haciéndonos ver que ambos pasajes funcionan como anverso y reverso del Ulises. En dicho lugar —que parece cumplir funciones de pensión—, Buck Mulligan y Stephen Dedalus hablan de un tercero que parece estar de invitado —el británico Haines—, desayunan los tres juntos, pagan la leche a la mujer que viene a servírsela, se van de paseo los tres y acaban en el mar, donde Buck se baña y Dedalus se separa del trío debido a que el mar lo remite hacia el recuerdo de su madre. A continuación, Mulligan nos muestra los que serán los grandes símbolos de la novela: el espejo y la navaja, objetos que el escritor Harry Lewin argumenta hacen referencia a Irlanda. El monólogo que Stephen efectúa hace que la novela alcance un máximo desde sus inicios; mientras que, en contrapunto, el largo monólogo de Molly expresa la nostalgia por Bloom debido a que su recuerdo le conmueve:

(...) y luego le pedí con los ojos que me volviera a pedir sí y entonces me pidió sí yo quería sí decir sí mi flor de la montaña y primero lo rodeé con los brazos sí y le atraje encima de mí para que pudiera sentir mis pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí yo dije sí quiero. Sí.

Estas son las partes que delimitarán la novela. El ensayista y escritor norteamericano Edmund Wilson señala que las palabras de Molly son semejantes al oleaje de un mar profundo, siendo entonces dicho monólogo interior (Stream of consciousness) la técnica principal en la que se basa Joyce para desarrollar su obra. Así, esta manera de contar las cosas evita toda descripción espacial innecesaria en tanto que otorga al personaje la facultad de crear su propio espacio. Es un hecho que cuando se narra en primera persona —es decir, sin uso del monólogo—, lo que se cuenta pasa por el intelecto del autor y trata de ajustarlo al lenguaje articulado, por lo que las descripciones tienden a ser más objetivas y con símbolos más universales; pero, cuando se cuenta desde el monólogo interior, toda descripción de objetos se ve alterada por la presencia inmediata del recuerdo. Consecuentemente, la memoria hace que el mar sea verde —como es el caso de Stephen al ver el mar— debido a que lo asocia con el recuerdo de su madre falleciendo.
 
Por otra parte, en cuanto a su estructura, la novela contiene dieciocho capítulos narrados por tres personajes distintos: Stephen Daedalus, Leopold Bloom y Molly, por lo que existe una especie de ajuste en la manera en que se narra dependiendo del personaje en turno. En esta trinidad destaca Leopold, quien finalmente resulta ser el personaje central. Giorgio Melchiori, uno de los críticos literarios más avispados, cita las palabras de Joyce y dictamina que el Ulises es una épica del cuerpo humano. Tal definición sorprende en tanto que recuerda aquel viejo concepto que tenían los alquimistas de que el cuerpo humano es un microcosmos. En consecuencia, Joyce lleva hasta sus últimas consecuencias esta cosmología haciendo que los habitantes de Dublín que integran su obra representen un fragmento de dicho cuerpo, siendo además el modo de contar lo que intensifica esa sensación de que cada capítulo es un órgano, un color distinto y una técnica literaria diferente. Borges lo puntualiza así en el siguiente fragmento de su discurso sobre este autor: (...) Joyce comprendió que si él quería cumplir con ese programa, al parecer modesto, de redactar un día humano tendría que escribir un libro casi infinito.  
En otro pasaje de la obra, Bloom y Stephen se hallan en un recorrido a través de Dublín y se encuentran en un burdel. En ese lugar, Daedalus —ya ebrio— cree ver de nuevo a su madre, mientras que Bloom dice estar presenciando una procesión cristiana. Posteriormente, en el entierro de Paddy Digman —amigo de Bloom, un asistente que nadie conoce— se presenta alguien. ¡Es el hombre del impermeable, que hace su primera incursión en la novela! Tan interesante es este curioso personaje, que incluso Vladimir Nabokov lo llega a identificar con el mismo Joyce por las once ocasiones que aparece en el transcurso del Ulises, señalando que la respuesta al enigma de su identidad se halla en el Capítulo de la Biblioteca, en el cual se menciona que Shakespeare se interna siempre como personaje de sus obras.

Man in Jacket, Michael Carson
No obstante, más allá de lo externado por el autor de Lolita, hagamos un acercamiento acercamiento sobre cómo está construido este personaje. Observemos que es un hombre con gabardina marrón al que se le asocian diversos adjetivos (larguirucho, andrajoso) y que Joyce describe así desde el personaje de Bloom:

¿Quién será ese larguirucho de ahí con el impermeable? Me gustaría saber quién es. Daría cualquier cosa por averiguarlo. Siempre aparece alguien que uno nunca habría imaginado. 

El asombro es la sensación que experimenta Bloom, pues el hecho de que vista un impermeable hace que el personaje ostente un dejo de misterio. Por otra parte, su ropa andrajosa, sus zapatos y calcetines rotos, nos remiten a un largo recorrido en donde —siguiendo un camino algo distinto al de Nabokov— también podemos concluir que es el propio Joyce quien se representa a sí mismo, aunque encarnado en un personaje que en apariencia no debería tener algún peso en la historia pero que, sin embargo, la adquiere conforme interactúa con los personajes centrales:
Bloom . —Mis amados súbditos, está por empezar una nueva era. Yo, Bloom, os digo que está en verdad cerca, ahora mismo. Con toda certeza os digo, bajo palabra de un Bloom, que vosotros estaréis muy pronto en la ciudad de oro que surgirá en la nueva Bloomusalem, en la Nova Hibernia del futuro. 
El hombre del impermeable. —No le crean una palabra. Ese hombre es Leopoldo M ’Eable, el célebre incendiario. Su verdadero nombre es Higgins.   
Bloom —¡Fusílenlo! ¡Perro cristiano! ¡Eso es todo en cuanto a M ’Eable!.

Joyce con su nieto, Paris (1938)
Aprovechemos la ocasión para señalar que a lo largo de la novela hay multitud de eventos curiosos. Uno de éstos es el que el escritor y ensayista argentino Ricardo Piglia señala: la papa que Bloom toma y lleva consigo, acontecimiento que se seguirá mencionando en otras partes del libro. Ya el psicoanalista Carl Gustav Jung había señalado que la papa que Bloom lleva en su bolsillo simbolizaba en el personaje el recuerdo de su madre. Por otra parte, según Ellmann —biógrafo del escritor irlandés—, habría que recordar que el propio Joyce colocaba una papa en su bolsillo para curar sus reumas... ¿Proyección del inconsciente (de aquel que nos habla Freud) de Joyce en su obra magna? Tal vez. 
Así pues, estos pequeños episodios hacen que el lector deba también atender a las aparentes minucias del Ulises si el deseo es lograr un entendimiento más allá de lo superficial. Algunos críticos —contando entre ellos al ya citado Jung— dicen que Ulises es una epopeya de la nadería en tanto que no sólo empieza y acaba en la nada, sino que se compone también de puras nadas.  Añaden, incluso, que es también una obra nihilista debido a que su interpretación depende —no tácita, sino explícitamente— de la inteligencia que lo lee. Es, pues, semejante a observar una pintura abstracta en donde existen elementos que hacen que su interpretación ocurra de acuerdo a la subjetividad del que la mira.  
Algo que también se le reconoce a Joyce es poseer una gran capacidad verbal. La novela —leída en su idioma original— contiene juegos lingüísticos que ocasionan la simultaneidad y/o la superposición de imágenes. Un ejemplo de esto es la utilización de la palabra Ghostcandle, significante que remite lo mismo a un fantasma que a una vela y, al mismo tiempo, los fusiona en una misma imágen mnémica. Esta excentricidad de Joyce ocasiona ciertos chistes sólo son comprensibles para los angloparlantes, siendo quizá el más burdo aquel en que Dios (God) es perro escrito al revés. Otro Bloom —Harold Bloom—, define la lectura de la obra de esta manera: Ulises es un placer, difícil pero accesible, para el lector común dotado de cierta inteligencia y buena voluntad (p. 629); lo cual otorga un cierto respiro a todo lector que desee afrontar su lectura. Harold relaciona a Leopold con los personajes de Shakespeare y nos plantea que Bloom es a final de cuentas un exiliado, pues actúa como tal. Es decir, de acuerdo a la trama, se mantiene alejado de su hogar a sabiendas que Boylan tendrá un encuentro nada furtivo con su esposa y del que incluso se gastan bromas sobre él a sus espaldas. Además, Bloom es un judío —tanto como Joyce— y esto confiere a ambos una condición de exiliados aún dentro de su país natal. Por su parte, Stephen ostenta el apellido de aquel quien en su afán por alcanzar el sol quemó sus alas según la mitología griega. Luego entonces, el encuentro entre Bloom y Stephen significará la reconciliación entre dos mundos: oriente y occidente. 
En otro orden de ideas, entre las repercusiones del Ulises en la literatura moderna —más allá del uso de la técnica del monólogo interior— podemos encontrar la que la obra ejerció sobre Umberto Eco, quien utilizó una medición cronométrica del tiempo muy similar a la de Joyce para ubicar sus personajes de El nombre de la rosa, haciendo que se desarrollasen en la trama a lo largo de una semana y situando toda acción de acuerdo a las respectivas horas del día en que ocurre. Es también notoria la influencia de Joyce en el cuento de Borges Funes el memorioso; en el que el autor argentino quiso no sólo hacer una metáfora del insomnio, sino también ridiculizar al lector ideal del Ulises. De igual manera, siguiendo con Borges, en Pierre Menard el autor del Quijote ofrece una intención semejante.
Para concluir, puntualizaremos que la publicación del Ulises fue prohibida en los Estados Unidos al igual que lo fue la Lolita de Nabokov, entre muchas obras más. Tal vez había razones para hacerlo si tomamos en cuenta que años más tarde aparecería otro libro —también de Joyce— que vendría a desasir y revolucionar todo concepto habido de novela: Finnegans Wake. Por todo esto, pensamos que Ulises de James Joyce es accesible para todo lector que demuestre cierta paciencia y ánimo de trascender los aparentes impasses que, en forma de figuras retóricas inglesas, plantea la obra incluidas las consecuentes pérdidas en la significación tras su traducción al castellano. Asimismo, invitamos cordialmente al lector a consultar la bibliografía que se adjunta a continuación, a fin de ampliar sus ideas y conceptos sobre lo que implica la lectura de este célebre libro, que sin duda resulta emblemático dentro de la literatura inglesa.


Bibliografía
Joyce, James (1996) Ulises, Planeta: España.
Jung, Carl Gustav (1930) Beuvedráis: Chile.
Levin, Harry (2014) James Joyce, FCE: México.
Melchiori, Giorgio (1994) Joyce: El oficio de escribir, Titivillus
Nabocov, Vladimir (1983) Curso de literatura europea, Bruguera: España.
Piglia, Ricard (2015) El último lector, DeBolsillo: México.
Wilson, Edmund (1931) James Joyce, Turolero.



José de Jesús López Avendaño. Nace el 18 de abril de 1994 en la ciudad de Salina Cruz, Oaxaca. Cursa la carrera de Lengua y Literatura Hispanoamericanas en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Ha publicado en la revista literaria Monolito; en la gaceta de la UNACH, Letra suelta; la revista virtual, Mimeógrafo y en el blog llamado Blog de la tertulia, donde participa activamente. Ha sido participante en el festival cultural “La hojarasca” en su edición del 2015. Ha asistido al coloquio cervantino en sus ediciones XXV y XXVI. Actualmente cursa el octavo semestre de su carrera.

martes, 16 de enero de 2018

Poesía: Silencio

Por: Dinorah Martínez Prieto


J.H. Füssli - Silencio (1800)


Trato de recordar la última vez 
que hablamos sin interrupciones,
hace tanto tiempo de eso 
que ya ni siquiera sé de qué conversamos.

Ya me cuesta más trabajo tratar de ser tu amiga,
ni siquiera nos alegramos de vernos.
Mientras el humo se disipa y el café se enfría,
mi sonrisa es  una mueca que no puedo evitar.

En lo que recitas tu monologo existencial,
divago en los rincones de mi mente
para rescatar algo que me ayude a rememorar
la razón por la que estamos juntos.

 Veo en tu mirada el hastío hacia todo,
como si te costara trabajo vivir
bajo las condiciones que decidiste imponerte.

A veces me dan ganas de gritarte,
poder decirte todo lo que llevo adentro
pero por querer ser buena,me lo he callado.

Ya viene siendo hora de despedirnos
y fingir que nos vamos a extrañar….


domingo, 14 de enero de 2018

Literatura: ¿Qué es la Literatura Fractal?

Por: Pablo Paniagua


Arte fractal - Acrílico sobre tela - Itzayanna Valva (2012)

Para responder a esta pregunta nos tenemos que remontar al año 1497 cuando un monje italiano, Lucca Paccioli, dio a conocer lo que era “la divina proporción”, título del libro de su autoría donde explica los secretos de la “sección áurea”, proporción matemática que se basa en una regla de tres para establecer el equilibrio adecuado entre las partes de un todo. Esta división armónica ya fue utilizada desde la antigüedad, y casi siempre en arquitectura, por los egipcios, griegos y romanos, y más tarde en pintura por los grandes maestros del renacimiento, para establecer las reglas que les permitieran lograr una perfección compositiva.
        Aquí nos damos cuenta de la importancia del “número” (lo cuantificable, lo que se puede medir), algo que ya dedujo la Escuela Pitagórica cuando equiparó la realidad al número; para ella los números gobiernan al mundo y el Universo es ritmo, o sea, que lo cuantitativo está presente en todo. A partir de ahí es comprensible que, para imitar el patrón superior, el hombre tratara de unir las matemáticas y el arte en búsqueda de la perfección: catedrales, esculturas, pinturas, todo hecho respecto al número, las matemáticas aplicadas al espacio: la geometría.
        “Geometría”, ésta es la palabra, el punto de partida hacia lo fractal, pues lo fractal pertenece a un modelo geométrico donde la sección áurea se equipara a una semilla sin germinar. Y ahora, a este respecto, aunque sea por semejanza botánica, me remito al concepto de “rizoma” en el que Gilles Deleuze y Félix Guattari se basan, según nos explican en su libro Mil Mesetas, para organizar un sistema de multiplicidad que se expande a través de diferentes estructuras que son análogas a los rizomas de las plantas, y así explicar, con esta metáfora, los nuevos comportamientos sociales en el capitalismo tardío. El concepto de rizoma es bastante similar, en su estructura organizada, a lo que se desprende del orden fractal, con la salvedad de que en este segundo término los elementos que lo componen son más limitados y se generan a partir de sí mismos: son “recursivos”. Los fractales serían como una semilla geométrica que, al germinar, mediante la intervención de un proceso de algoritmos matemáticos, se expandiera de forma semejante al rizoma de una planta: un punto de fuga al inverso generado por la repetición de sus mismos elementos.
        Esta expansión fractal la podemos encontrar, de manera concéntrica, en el origen y evolución del Universo, según las teorías del “Big Bang” (de Georgy Antonovich Gamov, en 1948) y la “Inflacionaria” (de Alan H. Guth, en 1981). Millones de estrellas y planetas en expansión, donde con ellos también se propagan el tiempo y el espacio, cuando nuestro mundo, nuestro planeta y nosotros, somos una minúscula partícula de todo ese entramado, de tal modo que nos encontramos, como individuos, en un mega-sistema de semejantes características: dentro de una sociedad que está compuesta por una especie humana, que puebla y se relaciona de manera fractal, dentro de un planeta que forma parte de un sistema solar que forma parte, a su vez, de un Universo de características fractales. Por tanto, estamos marcados por la fractalidad desde lo más profundo de nuestro ser hacia el exterior: átomos, moléculas, células, tejidos, órganos… hasta completar un cuerpo que está regido por un cerebro con millones de neuronas interconectadas fractalmente. Toda partícula forma parte de un algo y ese algo es la parte de un complejo superior que es la parte de otro que lo supera en magnitud, o sea, que nuestro Universo y nosotros mismos estamos determinados, sin lugar a dudas, por un orden fractal.
        La Real Academia Española de la Lengua nos ofrece la siguiente definición: “Un fractal es una figura plana o espacial, compuesta de infinitos elementos, que tiene la propiedad de que su aspecto y distribución estadística no cambian cualquiera que sea la escala con que se observe.”
        Ya, más o menos, nos vamos haciendo una idea de lo que es un fractal: un sistema complejo que se multiplica hacia el infinito a partir de sí mismo o, como lo definen en Wikipedia: “Un fractal es un objeto geométrico cuya estructura básica se repite en diferentes escalas. El término fue propuesto por el matemático Benoit Mandelbrot en 1975. En muchos casos, los fractales pueden ser generados por un proceso recursivo o iterativo, capaz de producir estructuras auto-similares independientemente de la escala específica. Los fractales son estructuras geométricas que combinan irregularidad y estructura.” Esta última explicación, desde luego, es mucho mejor que la de la Real Academia Española, y, a partir de ella, nos hacemos una idea de lo que es un fractal.
        Ahora, ya teniendo el concepto establecido, podemos partir desde este punto para llevar su aplicación a la literatura.
        Está claro que a una oración, compuesta por un sistema de signos con sus significados y significantes, no se la puede someter a la secuencia de un algoritmo fractal, pues perdería su coherencia sintáctica; pero lo que sí se puede es imitar los modelos fractales, respetando la sintaxis, para generar oraciones y textos que conformarán lo que se puede denominar como “literatura fractal”. Por tanto, la literatura fractal sería aquélla que multiplica los signos lingüísticos, dentro de un orden sintáctico, como si se tratase de un juego de espejos que busca en esa repetición, en ese juego, una dinámica dentro de lo infinito, de lo laberíntico o lo circular; o dicho de una manera más sencilla: la literatura fractal es aquélla donde se multiplican por sí mismos los elementos que la componen.
        Existen dos artículos en la “web” que tratan de fijar este concepto. El primero, que parece lleva por título Literatura fractal, es de Alberto Viñuela y data del 29 de julio del 2001. El segundo, Literatura y el infinito, es un trabajo escolar que, por su estructura, parece que se basa o toma como modelo el de Alberto Viñuela, aunque aporta, dentro de su brevedad, alguna idea nueva y creaciones propias; está publicado sin fecha y sus autoras son: Tatiana Pérez Veiga, Martina Piñeyrúa y Eugenia Espona.
        Alberto Viñuela nos define así la literatura fractal: “Llamo literatura fractal a todo aquel escrito que manifiesta propiedades similares a las de los objetos fractales, centrándose sobre todo en los elementos recursivos, es decir, que hacen referencia a sí mismos.” Alberto Viñuela nos propone diferentes maneras para lograr este objetivo, mediante, por ejemplo, las “tautologías” (repetición de un mismo pensamiento dicho de distintas maneras), “historias cíclicas” (que empiezan y terminan, tras su desarrollo, con un concepto similar que une el principio y el final), “cajas chinas y cajas chinas cíclicas” (historias que contienen a otra historia y, a su vez, a otra historia…), y luego continúa, después de presentar ejemplos de diversos autores para cada uno de estos enunciados, abordando los temas de la “Ficción científica y los lenguajes fractales”, “La recursividad en la literatura religiosa”, para terminar su exposición con citas de algún que otro escritor conocido.
        El otro trabajo, que se reduce más a la simple idea de lo infinito y su relación con la literatura, hace referencia a las paradojas de Zenón de Elea y sus juegos con el espacio-tiempo, para completar su desarrollo con un resumen de la ya comentada propuesta de Alberto Viñuela.
        En ambos casos, para ilustrar sus planteamientos, aparece la figura y obra de Jorge Luis Borges como máximo exponente para este tipo de literatura.


ANTECEDENTES LITERARIOS

        Son dos grandes escritores los que han desarrollado su literatura, ya sea de manera consciente o no, bajo la influencia de un pensamiento cuya teoría y nombre fue posterior a la fecha de la publicación de sus obras (ya que fue en el año 1975 cuando Benoit Mandelbrot propuso el término “fractal”). Estos dos autores son: Franz Kafka y Jorge Luis Borges.
        El Proceso y El Castillo son las dos novelas de Franz Kafka que están escritas bajo un marcado predominio de lo fractal. En las dos se expresa la imposibilidad del individuo frente a los mecanismos absurdos del poder, sus burocracias y sus mentiras. En ellas sus protagonistas han de seguir una tortuosa ruta, mental y física, para enfrentar una realidad que les sobrepasa con una serie de problemas que se encadenan sin encontrar nunca un final, repitiéndose dentro de un laberinto legal que somete al individuo frente a las arbitrariedades del poder que le gobierna y sus representantes. Este modo argumental tiene una gran similitud con lo que establece la dinámica fractal, de algo que empieza desde un punto concreto para expandirse en el espacio o en el tiempo, multiplicándose de manera iterativa, como son, en el caso kafkiano, el problema y el absurdo que lo genera, los elementos que se repiten una y otra vez a lo largo de la trama, en una lucha ideológica en donde las partes involucradas multiplican, a su vez, todos los motivos que demuestran cada acto para buscar su propia justificación. La progresión fractal de los elementos argumentales, en estas dos novelas, hacen de la narración un complejo sistema que se determina como lo más característico e importante dentro de la estructura de la propia obra literaria. La figura del absurdo se reproduce por sí misma para expandirse, con todos sus elementos connotativos adyacentes, hacia una lógica fractal que se constituye como el componente primario del término que se conoce como “kafkiano”.
        Respecto a Jorge Luis Borges (declarado admirador de Franz Kafka), en parte de su obra está presente, en mayor o menor grado, una perspectiva fractal que se caracteriza como lo más significativo del universo literario borgeano. En sus creaciones podemos encontrar personajes inmortales, memorias que logran existir a través del tiempo y fuera del primer cuerpo que las contuvo, edificaciones laberínticas e imposibles, libros cíclicos que terminan donde empiezan y que se reproducen en el tiempo, laberintos y más laberintos, granos de arena que se multiplican en sueños, una esfera donde se concentra el Universo entero en sus diferentes configuraciones, los espejos y sus reflejos, sus juegos con el tiempo y el espacio, el giro sorpresivo de sus historias; todo ello, y su inteligencia, está tocado por el orden preciso de lo fractal. Aquí, no debemos confundir su tremenda erudición con esa inteligencia suya, que se basa, precisamente, en el juego que hace con la existencia, con lo metafísico y el devenir, con lo que se esconde detrás de las palabras y sus ideas, lo que permanece como fondo de su literatura, libre de toda superficialidad, para adentrarse a descifrar los enigmas de esa misma inteligencia.
        Estos dos grandes escritores han conseguido el reconocimiento por medio del estilo conceptual de sus historias, y a partir de una mirada fractal que recrea una nueva dimensión de la realidad, lo que, sin lugar a dudas, supuso un cambio de perspectiva en los horizontes de la literatura.
        Ahora, tras haber señalado estos antecedentes, del tema que nos ocupa, cabe mencionar la existencia de dos textos que lo refieren: Manifiesto del Fractalismo y Manifiesto Fractal.
        El Manifiesto del Fractalismo, cuya autora es Eva Neuer con fecha 27 de septiembre del 2000, es un manifiesto de aspiraciones universalistas, o sea, que trata de abarcar todas las manifestaciones del ser humano, dentro de su rol social y como ente individual. Eva Neuer parte del concepto de fractal para conformar una nueva postura fractalista y, a través de esta visión, acercarse al mundo. Este manifiesto, con todas sus propuestas, se ciñe a lo que marca el orden fractal y se justifica a través de él con un texto netamente fractal. El hombre, a fin de cuentas, es un elemento singular dentro de un Universo fractal, que debe estar en armonía con su entorno por el hecho de pertenecer a él y por ser consciente de ello. Como todo manifiesto universal, es una exposición de ideas utópicas que, por serlo, no dejan de ser admisibles y que invitan, según su autora, a reflexionar para convertir un principio de búsqueda interior que ha de manifestarse hacia el exterior.
        Otro caso distinto es el Manifiesto Fractal, cuya autoría es de Héctor A. Piccoli con fecha de marzo del 2002, que es literario y atañe exclusivamente a la poesía. Con este manifiesto trata de justificar el rescate de la musicalización como medio para contrarrestar una prosificación que, a su parecer, debilita el hecho poético. Critica la prosificación pero no formula su propuesta de manera concreta y menos en relación al orden fractal, pues en ningún momento se sirve de los conceptos fractales (pues no los explica ni mucho menos los utiliza) para justificar su postura de “repensar la esencia rítmico-musical del verso”, y, a través de este planteamiento, “repoetizar la poesía”. Propone, también, “trabajar con el ordenador” (sin explicar en qué sentido), y hacer poemas generativos, interactivos y esencialmente plurales, respecto a las unidades de un poemario compuesto por varios poemas, para terminar diciendo que así entrarán en el “laberinto y no sólo en el endecasílabo”. Queda la sensación, tras leer este manifiesto, que su autor se sirve del término fractal para formular un ideario en el cual lo fractal es una excusa, además de caer en la superficialidad de una poética que se basa, casi exclusivamente, en el ritmo y la musicalidad, cuando lo importante de la poesía es lo que se dice entre líneas, lo que se esconde detrás de las palabras, lo que evoca: lo que hace que no sea una simple canción.


EJEMPLOS DE LITERATURA FRACTAL

        Los ejemplos con los que a continuación trataré de ilustrar, de manera práctica y detallada, todo lo expuesto hasta ahora, son de mi autoría y con ellos, he de admitir, no se agotan las posibilidades en la búsqueda de lo que es la literatura fractal.

Desdoblamientos:
        Ya nada es igual desde que salí por la puerta y me quedé solo en casa, frente al televisor. Ahora voy bajando por las escaleras y sigo aquí, sentado en un sillón, pensando en mí que ya estoy en la calle. Continúo con el paso y me dirijo hacia otro lugar, donde pueda reconocerme sin ninguna duda, ya fuera de esta habitación… Allí estoy, sentado en un banco del parque; al pasar por mi lado me saludo: “Hola, ¿cómo estás?”, me respondo. “¿Y tú?”, me pregunto. “Bien, muy bien, sentado aquí en el sillón frente al televisor”, termino por contestar… Ya nada es igual desde entonces, porque ya no estoy aquí, ni en el parque, ni caminando; sólo sé que algún día seré lo que no soy y estaré donde no estoy, pues todo lo ignoro sobre este asunto tan incomprensible.

Visión Caleidoscópica:
        Estoy afuera y veo a los de adentro, pero ellos no me ven, y eso que les hago señales con los brazos para llamar su atención. Ellos giran a mi alrededor sin mirarme, pues caminan con la vista fija en el suelo mientras cuentan sus pasos. Son catorce hermanos idénticos que dan vueltas dentro de una habitación circular, o uno solo frente a trece espejos fraccionados. No lo sé; trataré de detectar cualquier movimiento distinto en ellos, pero por ahora es imposible. No puedo ver nada más que mis pies al caminar, cuando siento que alguien me observa desde afuera moviendo los brazos para llamar mi atención. Creo que son trece hermanos idénticos a mí.

Dinámica Circular:
        Vasta es su mirada, penetrante, tanto que la noto dentro de mi cabeza, inspeccionando los recovecos de mis pensamientos y mucho más allá, para adivinar lo que ahora no pienso y luego pensaré; así, se anticipa siempre a mí… Ahora siento que él, con su vasta mirada, soy yo; porque no me deja ser, porque asume todos mis actos antes de que yo los pueda realizar. Vive mi vida antes que yo, piensa y habla antes de que yo lo pueda hacer. Me roba el pensamiento y la palabra, y camina todo el día frente a mí con su vasta mirada, penetrante, tanto que la noto dentro de mi cabeza inspeccionando los recovecos de mis pensamientos y mucho más allá, para adivinar lo que ahora no pienso y luego pensaré.

Dinámica Cíclica:
        El agua cae del cielo y no hay nubes, sólo una atmósfera transparente, pero el agua, como un torrente, me deshace como si fuera un terrón de azúcar. Mi sustancia, diluida en el agua fluvial, corre por las hendiduras de la piedra escurriéndose hacia lugares desconocidos, tanto como esa agua caída de un cielo transparente y sin nubes, la misma que me deshizo como un terrón de azúcar, para escurrirme hacia los rincones de un paraje que se mojó con mi sustancia y con el agua inesperada de un cielo transparente y sin nubes, que se precipitó como un torrente sobre mí.

Dinámica Laberíntica:
        Dentro de cualquier duda hay otra duda que se originó en esa incapacidad para definir cuál es la duda que la contiene, círculo en movimiento que se expande y regenera, que se alimenta de la propia ausencia de decisión. Las probabilidades se ven todas inadecuadas, cuando ninguna se impone sobre la otra y la duda en sí. Nada es posible y todo lo es a la vez, probabilidades que ahora se contienen dentro de esa duda, que la procuran. Más allá de cualquier duda hay otra duda, más allá de cualquier razón hay otra razón. Razones para la duda, dudas para razonar. Probabilidades escondidas tras la razón y la elección, para acabar con la duda que nació a partir de esas mismas probabilidades, de la duda contenida dentro de otra duda y de su incapacidad para no dudar.

Dinámica en la Repetición:
        Él dice que yo digo lo que no pienso, y seguro que piensa que no digo lo que pienso; eso es lógico porque una cosa es lo contrario de la otra, pero así dicho, según lo pienso, suena bien; aunque, como digo lo que no pienso, no puedo pensar según creo lo que pienso, ya suene bien o sea cierto; pero esto es así desde el punto de vista de cómo él lo piensa y no cómo yo lo pienso; pero al final, estas cosas de creer lo que piensa cada cual, cuando se habla sobre lo que piensa o dice el otro, son cuestiones de ser pensadas.

Dinámica de Mutación:
        La naturaleza muda con las estaciones, como cuando yo me quedo sin palabras. La voz ya no me sale, ya sea por falta de ideas o afonía. Lo peor es la afonía mental que me asalta en las mañanas nada más despertar, laxitud de la memoria que se extiende hasta tener el desayuno sobre la mesa, para luego mudar desde ahí hacia mi estómago. En la ducha me despierto de verdad, cuando se levantan las palabras que mudan en ideas, para que la afonía desaparezca de mi garganta. En ese transcurso de tiempo, como una muda de estación, pasó una mujer sin decir una palabra y tomó el tren que realiza su trayecto entre el verano y el otoño. Ahora las hojas secas mudaron de las ramas para formar una alfombra sobre el suelo, y la mujer camina, al llegar a su destino, con un paraguas sin tela por encima… Pero luego todo cambió de lugar, la señora muda y las estaciones que mudan, pues al abrir la puerta y salir de la casa me topé con el invierno. No me gusta el frío porque me deja más que mudo, no lo puedo soportar y regreso hacia la casa. Entonces, es cuando cierro los ojos y pienso en la primavera, para que todo mude dentro de mi ser.

Juego de Espejos:
        Cuando la vi por segunda vez ella no estaba, se había ido. Menos mal que la llevé conmigo, en la emulsión de plata de la película fotográfica que luego revelé. Del negativo la pasé al positivo con un chorro de luz y luego la fijé sobre el papel bajo los líquidos. Entonces apareció poco a poco, mirándome a través del fluido. De pronto me pude ver reflejado en sus pupilas, mi silueta y también frente a ella dos veces: en ese instante y cuando tomé la fotografía; instantes triplicados pues ella también estaba en mi memoria. Tantas veces, tantos reflejos, tan engañosa la realidad, como un juego de espejos multiplicando sin querer todos los instantes.

Dinámica Concéntrica:
        Cuando llegué a aquel lugar ya no estaba, se había ido o se lo habían llevado. Sólo encontré un tremendo vacío, como el de antes de ser gestado, cuando ni siquiera suponía un proyecto en la mente de mis padres. Allí, en este lugar inexistente, decidí esperar con la esperanza de advenir el principio y con la sospecha de que podría estar muerto… El despertar, en este caso, sería el regreso del lugar y a la vez el mío a él, algo que nos uniría en una misma dimensión. Y ahí continué, en el trance de la espera, sin existir y rodeado de esa nada, como un pensamiento único tratando de descifrar qué pasó con ese lugar desaparecido que tal vez fuera mi propia vida, la que aún me niego a admitir en su extinción. Espero que todo sea un mal sueño y, al despertar, me encuentre con algo más de un pensamiento para saber que existo.

Proceso Invertido:
        “Visiones invisibles”, así dicho, tiene una doble interpretación: ¿Es invisible lo que no se ve o lo es el acto de mirar? El primer caso sería la nada, el segundo una mirada vacía; visión invisible en los dos. ¿Qué más dará entonces lo uno o lo otro, cuando, a pesar de que en esencia son diferentes, el resultado es idéntico? Ambos se contienen en sí mismos, con una negación y una afirmación que los conduce hacia la nada y al vacío. Así son todas las visiones invisibles, no existen, y aquí, por tanto, tú no has leído nada.

        Así se puede experimentar en la búsqueda de nuevas formas de literatura fractal, cuando estos ejemplos, en su reformulación, se podrían mezclar entre ellos en un sinfín de probabilidades dentro de una lógica fractal.
        Y aquí termina esta breve exposición, con la que espero haber contribuido a sentar las bases o clarificar qué es la “Literatura Fractal”, concepto hasta ahora un tanto difuso y desconocido, pero que siempre ha estado ahí, en su esencia, sin que lo sepamos, en nuestro Universo y dentro de nuestro ser.
 
  Pablo Paniagua, 09 junio de 2007.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

1.- Umberto Eco (ed.): Historia de la belleza. Barcelona: Lumen, 2004.
2.- Gilles Deleuze y Félix Guattari (ed.): Mil Mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos, 2000.
3.- Stephen Hawking (ed.): Breve Historia del Tiempo. Barcelona: Planeta, 1992.
4.- Benoît Mandelbrot" Benoit Mandelbrot (ed.): La Geometría Fractal de la Naturaleza. Barcelona: Tusquets, 2002.
5.- Franz Kafka (ed.): El Proceso. México: Tomo, 2002.
6.- Franz Kafka (ed.): El Castillo - América. México: Tomo, 2006.
7.- Jorge Luis Borges (ed.): El Aleph. Madrid: Alianza, 1997.
8.- Jorge Luis Borges (ed.): Ficciones. Madrid: Alianza 1997.
9.- Jorge Luis Borges (ed.): La memoria de Shakespeare. Madrid: Alianza, 1997.
10.- Área Fractal - Literatura Fractal: http://www.arrakis.es/~sysifus/litfr.html
11.-Literatura y el Infinito:http://www.oni.escuelas.edu.ar/2002/buenos_aires/infinito/literatu.htm
12.- Manifiesto del fractalismo: http://www.galeon.com/fractalismo/
13.- Manifiesto Fractal: http://jamillan.com/celpic.htm
14.- Literatura Web - Palabras Fractales: http://www.pablopaniagua.blogspot.com/
 


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Sobre el autor:

"Para mí es tan importante contar una historia como la forma de hacerlo. Un día decidí aprovechar Internet para dar a conocer mi trabajo y llegar a los lectores sin intermediarios. Soy autor del Manifiesto del escritor web, del Manifiesto para una nueva literatura independiente, de los textos Literatura y crisis mundial, Literatura spam, y del muy conocido ensayo ¿Qué es la literatura fractal?; asimismo, soy uno de los pioneros de las “novelas por entregas” en el medio cibernético y del subgénero de la Blognovela. He publicado artículos y ensayos en numerosas revistas, tanto impresas como en Internet.

Por medio de mi trabajo busco explicar el mundo desde perspectivas que contribuyan a ampliar, en contraste con la visión impuesta por los poderes dominantes, los márgenes tradicionales de la comprensión".
 
 
Obras publicadas:

Exex - Novela  (2007)
El Mono Cibernético - Novela  (2009)
La novela perdida de Borges - Novela  (2010)
Palabras Fractales - Narrativa  (2013)
Nadine - Novela  (2014)
Abraxas - Novela  (2015)
18 centímetros - Novela  (2017)
Kafka Recargado - Cuentos  (2017)



sábado, 13 de enero de 2018

Literatura: La Torre del Peregrino (fragmento)

Por: José Delgado


El aroma de las frambuesas - J. Palmer (2016)


Fragmento del Capítulo 1 - “El aroma de las frambuesas”

“[...].

La posada se hallaba en la ladera de una loma donde crecían abetos y cipreses; entre aquellas coníferas, destacaba un haya cuyas ramas se desplegaban paralelas al suelo. Zinnia detuvo al caballo y se quedó mirando ese árbol. Suspiró; los recuerdos la sacudieron con la contundencia de un golpe de viento, imágenes que creía olvidadas. Noches en vela aspirando el aroma de las montañas, juegos y canciones cuyo eco perduraba aún en su memoria… y mucho dolor. A la sombra del haya había encontrado un refugio después de que asesinaran a su madre, una guarida donde la pena y la soledad habían llevado a Zinnia a descubrir su propia esencia.

La pelirroja arrancó una hoja de tonalidad parda y la guardó en el petate. A pocos pasos del haya había un cartel de madera. Más allá, hacia el sur del valle, se extendía una encrucijada. Casi todos los caminos serpeaban siguiendo trayectorias diferentes hacia una depresión bañada por los cauces de varios ríos. Casi todos, a excepción de uno: un sendero que atravesaba varias aldeas y árboles desnudos por las montañas del oeste. Los ojos de Zinnia se posaron en el final de aquella senda, en una ciudad que emergía de entre un manto de brumas: Milaguas.

De repente escuchó un chirrido a la espalda y se bajó del caballo con lentitud. Con los ojos tan entrecerrados que daba la impresión de estar dormido, Normund avanzaba por el porche ayudado de su bastón. Cuando alcanzó el pretil, apoyó el cayado a la derecha y se sujetó a la baranda. Tenía varices por los antebrazos, arrugas por todo el rostro, y en la mano izquierda sostenía una jarra de madera. 

—Buenos días —lo saludó Zinnia a medida que se acercaba hacia él.
—¿Te marchas? —le preguntó su padrastro.
—Ya tendría que estar en camino. —La mujer giró la cabeza hacia el caballo—. Espero que no te importe que me lleve a Areth.

El hombre le dio un sorbo a la jarra y la dejó en la cornisa.

—No debería… —titubeó. Por los labios le resbaló un jugo entre rojo y púrpura que le confería a su aliento un aroma fresco y dulce—. No debería habértelo pedido.
—¿Todavía sigues con esas? Si no lo hubieras hecho, me habría enterado tarde o temprano y mi decisión habría sido la misma. Te lo debo por cómo me has tratado. —Hizo una pausa—. Por cuidar durante tantos años de mi madre.

Al anciano le afloraron lágrimas en unos ojos que habían perdido el brillo.

—Istar… Mi dulce Istar… —Las manos le temblaban—. Zinnia, no vayas. Quédate, te lo ruego. Ya solo te tengo a ti.
—Eso no es verdad. Encontraré a Torel. Te lo prometo.
—Sin tu hermano… ¿qué me queda? —balbuceaba—. ¿Qué…?

De manera involuntaria Normund golpeó con el codo la jarra, que rodó por el suelo hasta chocar contra uno de los puntales del pórtico. Mientras el zumo de frambuesas se escurría entre los huecos que dejaban los tablones, el anciano rompió a llorar. La angustia se acentuó en su rostro, despedazado por las primeras puñaladas del sol. Zinnia lo abrazó por detrás.

—¡Cálmate, papá! 

Pero las moscas ya habían llegado. Apenas tardaron instantes en acudir al dulce aroma de las frambuesas, en congregarse en torno al charco sanguinolento que teñía la hierba de escarlata por debajo del porche. Areth removía la tierra con la pezuña junto al cartel de la posada: “Bienvenidos a La Jarra sin Fondo”.


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Sobre el autor:

José Delgado es matemático con posgrado en estadística, aunque con una marcada pasión por las letras. Actualmente tiene 30 años y reside en un pequeño pueblo de Valencia, Tavernes de la Valldigna, aunque es nacido en Córdoba, España. Asimismo, es creador del proyecto Novelaria https://www.facebook.com/EspacioNovelaria/ y próximamente publicará su primer libro llamado La Torre del Peregrino, primera parte una saga denominada La esencia oculta, una novela río de fantasía épica, que constará de 3 libros y que tiene por tema principal la desigualdad, cuyo objetivo será resaltar las diferencias sociales que existen entre los distintos estratos de una civilización, desde el campesino más humilde al especulador con menos escrúpulos. Acerca de La Torre del Peregrino nos abunda José Delgado:

La acción de este primer volumen se desarrolla en Yvreska, una isla que forma parte de un mundo más complejo pero que no tendrá repercusión alguna en la trama hasta los siguientes tomos. No es un reino parecido al que estamos acostumbrados a ver en otras sagas de este tipo de literatura: no lo rige ningún rey ni existen complots en la alta aristocracia para hacerse con el trono. En Yvreska gobierna el poder del dinero y este reside en una federación mercantil llamada La Liga de Comercio. Y ese es, precisamente, el pilar principal en torno al que se construye la historia: el comercio.
Los personajes principales son tres, todos protagonistas en su medida, por lo que la novela está narrada desde tres perspectivas diferentes. Uno de ellos es Zinnia, una mujer que pertenece a una orden secreta que vela por el equilibrio: los Centinelas de los Cien Vientos. Otro es Blazh, recaudador de impuestos en las aduanas portuarias de Corcesca, la ciudad con mayor afluencia comercial de Yvreska. Y el último es Yllan, un anciano casi arruinado cuya mayor preocupación es cuidar de su nieta Ayla. A medida que avance el libro se irán descubriendo las conexiones entre ellos, que conducirán al desenlace en la Torre del Peregrino, donde culminarán las tres historias.