miércoles, 15 de marzo de 2017

Poesía: Flor de muerto

Por: Karim Yaver


By Lindsey Kustusch (2016)

Flor de otoño,
flor de muerto,
flor de noche de una luna muerta de 
una lluvia cansada de 
una calle-rostro embozada ante mis ojos. 
Flor de perfume callado 
adorado por los muertos y los niños y los borrachos.
Flor de una tarde que ya es viento 
porque es fragmentos de silencio y
de tempestad es pedazos y
de despertar es comienzo.
Flor de vicio y flor de guerra.

Tu tallo es 
la ausencia de una luz que no te alimenta.
Tu suelo no es tierra, es
un fósil ennegrecido por el tiempo, 
el tiempo devenido piedra.
Y tus hojas arrebatadas son palabras de amargo sueño en el invierno que yo pronuncio con f de fuego, 
de fantasmas que no veo porque me ven a través de ellos.
Flor de espejo.
Flor reflejo de un velo horadado,
de una tela desgarrada que no cubre del polvo ni 
a las aves ni 
a los gatos ni 
a los espejos.
Flor de espejo.
Te dibujo con un dedo un rostro que sonríe
y tú dibujas con tu eco 
una mueca triste,
sosegada.
Cicatrices que son manchas blancas.
Flor de viejos…
Flor de mis días convulsivos y 
de la niebla que desvanece mis labios apretados
—niebla de gris azulado, niebla 
de llanto no eructado.
Flor de otoño.
Flor de muerto. 
Haz de vidrio
—un arco de colores en el suelo,
ennegrecidos: pavimento.
Flor que explota, que
se estrella, 
que se embarra apestada en el café de mis zapatos.

lunes, 13 de marzo de 2017

Tinta Octarina: Especial Terry Pratchett (Parte 2)

Por: Osvaldo Miranda



Buenas noches, lectores. Hoy vengo a hablarles del Mundodisco, en esta su sección #TintaOctarina.

Como ustedes saben, en esta sección hablaremos de la obra de Terry Pratchett, autor británico famoso sobre todo por sus novelas ambientadas en el Mundodisco. Precisamente para despejar dudas, les platicaré un poco acerca de este extraño lugar.

El lector se encontrará en una Tierra plana y circular que -al igual que la mitología hindú- se sostiene sobre los cuatro lomos de cuatro elefantes gigantescos, quienes a su vez se apoyan sobre el caparazón de una tortuga todavía más colosal: la tortuga Gran A'tuin, la cual nada pesadamente por el espacio sideral, llevando su carga por el multiverso, sin rumbo o destino conocido. ¿Quiénes son sus habitantes? Civilizaciones enteras: magos, hombres, licántropos, vampiros, momias, trolls, enanos, gigantes y un largo etcétera.

El Mundodisco existe gracias a la magia. Una magia física, tangible, que entre otras cosas provoca que la luz sea extremadamente lenta. (Aquí prácticamente cualquier cosa se mueve más rápido que la luz) Ese es el Mundodisco. En realidad, dice Pratchett, el Creador tenía pensado hacer una pizza con anchoas, pero se le pasó la mano.

Este "típico y pintoresco" paisaje es el que sirve de escenario a más de 40 novelas y otros libros relacionados. En este mundo hay una ciudad muy importante: la ciudad de Ankh-Morpork, ciudad cosmopolita con muchas murallas a su alrededor y que ha sobrevivido todas las tragedias y desastres imaginables.

Si bien Terry Pratchett comenzó esta saga como una parodia a las novelas de fantasía, rápidamente Gran A'Tuin y toda su carga se rebelaron y adquirieron una personalidad propia, muy viva. El Mundodisco está en constante evolución y es mucho más que solamente una enorme pizza geológica. .

Hasta aquí esta pequeñísima anotación sobre el universo de Terry Pratchett, nos vemos pronto en la siguiente entrega.

domingo, 12 de marzo de 2017

Poesía: Llueve en mis ojos

Por: Luisa Chico


Henry Moret - Marina


Pienso en ti
y llueven mis ojos,
y da igual que les diga
que ya sabíamos de antes,
que el amor y las lágrimas 
van siempre unidos.

Ellos se derraman incontenibles,
llueven por el corazón roto,
las ilusiones rotas,
por un presente roto,
por un futuro roto.

Y no hay paraguas
que aleje esa lluvia de mi piel
que sigue ansiando tus caricias,
esas que ya soy incapaz de saber
si tuve,
o simplemente soñé.

martes, 7 de marzo de 2017

Ensayo: Siete ventajas del islam (según Michel Houellebecq)*

Por: Matheus Kar



Michel Houellebecq, novelista, poeta y ensayista.



1. La poligamia.

2. El precio que el hombre debe pagar para que tres o cuatro mujeres se le sometan es relativamente bajo y casi mínimo: someterse a Dios. 

3. La economía hogareña se basa en el trabajo exclusivo de los hombres; empleos abundantes y bien remunerados.

4. Como las mujeres se quedan en casa, los hombres ya no tienen que lidiar con la clásica mujer trabajadora carente de deseos sexuales; mientras que todo el día la mujer clásica se pasea en tacones y falda por la oficina, la mujer musulmana usa el hiyab (velo) en público y se desviste sólo ante su señor esposo, utilizando los encajes franceses que éste le compra.

5. A la mujer musulmana se le puede convencer incluso de que los hombres gordos tamaño elefante son el último grito en esposos. Es en serio.

6. Los musulmanes son darwinianos y creen que la especie es mejorable; sin embargo, no creen en la carne tanto como en el intelecto. Así que es normal que prefieran darle la mejor mujer a un profesor universitario que a un fisicoculturista. Adiós, gimnasios; bienvenidas, bibliotecas. 

7. Se puede ser religioso sin dejar de ser inteligente.



Fabula o no, mentira o verdad, Michel Houellebecq se ha sumado a la no corta fila de novelistas creadores de distopías –o utopías, según la religión−, de agitadores y pesimistas. Sumisión es una novela que nos habla de cómo sería la no tan lejana Francia si fuera tomada democráticamente por los musulmanes. Al mismo tiempo, Houellebecq nos va trazando el desenvolvimiento moral y posmoderno de François, un hombre que al final de su soltería no encuentra sosiego ni placer en la sexualidad del siglo XXI y que sólo encuentra una mediana satisfacción en el pesimismo de Huysmans.
Caricatura de Michel Houellebecq, autor de Sumisión.

«El golpe genial del líder musulmán –escribe Houllebecq− había sido comprender que las elecciones no se jugarían en el terreno de la economía sino en el de los valores», y de eso el autor de Las partículas elementales tiene mucha razón. Pero nosotros no somos Europa, ni estamos próximos a formar Eurabia. Y eso de la xenofobia tampoco se nos da muy bien. 

Como americanos, nuestro problema es más antiguo (quizá tanto como el europeo). No sé si alguna vez alguno se ha preguntado ¿qué habría sucedido si los árabes no hubieran desalojado España y, de ser así, hayan sido  ellos quienes conquistaran América y, en lugar de iglesias, hubieran construido mezquitas?


Por suerte, no la nuestra sino la europea, Carlos Martel y los Reyes Católicos se encargaron de echar a los musulmanes de Europa, con todo y tecnologías –porque, a diferencia de los cristianos, los chicos del turbante son muy devotos a la ciencia−.  Sin embargo, el libro de Houllebecq no es en vano en América; él propone que en los últimos años se ha creado una cierta amalgama de tolerancia hacia el islam en Europa, incluso −y esto, según él, es lo más grave− un deseo de sumisión efusivo  hacia dichosa religión. 

Como americanos, o latinoamericanos, el tema nos interesa como fábula moral. Defendemos al cristianismo sin saber por qué. Ya lo dijo Sartre en una entrevista: «la sociedad ha construido al hombre como a un monstruo. Es decir, como alguien producto de ciertas contradicciones… De las que difícilmente llegará a ser consciente…».

Jugamos sobre el terreno de lo moral. Los jóvenes no saben lo que quieren cuando ondean su bandera libertaria. Y los viejos, los adultos, las personas como Houellebecq (por ejemplo) están hartas de tanto panfletarismo juvenil y libertario. El catolicismo está perdiendo sus vigas con cada día que pasa. Su representante el sumo pontífice, el papa Francisco, cada día se aleja más de la ideología del catolicismo, que si hoy acepta a los homosexuales, que si mañana se declara fan acérrimo de Darwin. En fin, los conservadores no aceptan las métricas morales por buscar a Dios: todo lo contrario, buscan a Dios por sus métricas morales.

El autor de El mapa y el territorio rebana con este libro algunas conciencias. Incluso, puedo llegar a vitorear, como lector, de haber encontrado una idea paralela al islam y el machismo de Houellebecq: nuestros cambios no son producto de una madurez concebida a lo largo de los años, sino, más que todo, la búsqueda del yo efervescente en el otro, una manera de sobrevivir, de vivir a expensas de los sistemas, de perdurar a lo largo de la historia. En pocas palabras, vemos en el Sistema el mecanismo adaptativo con el cual eludimos nuestros problemas. Mantener la tensión es nuestra ganancia secundaria; postergar su resolución, nuestra sobrevivencia.


Houellebecq, la última star literaria desde Sartre.

Hay un deseo de sumisión, una porción de enojo acumulado. La efervescente ola feminista (ya sea el serio feminismo intelectual o el folclórico feminismo analfabeto) ha enojado a no muy pocos. Estoy seguro que hay muchos –religiosos incluidos− a los que les gustaría ver a las mujeres fuera de los escritorios y el mando, y les complacería demasiado verlas atrapadas entre un delantal y una estufa. Y para estos tímidos rencorosos el dios que les ofrezca este paraíso será reconocido como el Dios legítimo. 

La madurez no es ninguna garantía. Incluso los ateos «políticamente correctos» son conservadores. Cuando España invadió América, los nativos se resistieron. Fue cuestión de sustracciones, rebajas y perezas que el imperio americano decayera y, finalmente, cediera la voluntad a las costumbres extranjeras. ¿Pero acaso no hubo un deseo de sumisión, de someterse al otro?

La lógica musulmana es esta: La mujer se somete al hombre, el hombre se somete a dios (Alá). Es algo que no sería difícil para nosotros. Hay un deseo inherente en el hombre hacia la sumisión. Nos sometemos a los deseos sexuales, al fetichismo de acumular mercadería en los estantes, a nuestras raciones de dios diarias, al trabajo, a la seguridad económica a costa de nuestros valores. ¿Qué pasará el día que un nuevo salvador o un nuevo dogma o una nueva religión venga y nos ofrezca eso en la palma de la mano?






*Los beneficios son exclusivamente para aquellos que el islam reconoce como hombres.



Sobre el autor:


Reacio a las multitudes e inquilino de bibliotecas, Matheus Kar nació en Guatemala en  1994; aunque su muerte sigue sin definirse, podría ocurrir cualquier día. Ha sido nombrado mención honorifica en el certamen Mi ciudad en 100 palabras, que organizó la municipalidad de Guatemala en 2014. Colabora en el evento literario Poetry Slam Guatemala. Formó parte del evento multidisciplinario Off Virtual Test.  Ganó el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía "Canto de Golondrinas" 2015. Mención honorifica en el certamen Cantos de Trova (2015). Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), organizado en Antigua Guatemala. Premio Editorial Universitaria "Manuel José Arce" (2016). Su trabajo aparece en antologías, revistas y blogs. Ha publicado Asubhã (poesía; Editorial Universitaria, 2016). 


domingo, 5 de marzo de 2017

Leyendas: Wendigo

Por: Félix Jiménez Pérez

Uno de los supuestos fenómenos que se llevaban a cabo en esta parte del Gran Charco, es el canibalismo. Algunos europeos escribieron que los nativos americanos eran muy dados a practicar la antropofagia, que una de las suertes que podían correr los “esclavos” era ser guisados en manjares selectos para la alta sociedad, o que algunos otros “plebeyos” corrían esa suerte en los calpullis del pueblo, como si se tratase de un animal de caza, y esto lo demuestran claramente, para aquellos incrédulos, los huesos que se encontraron dentro de ollas, en no pocas casas de la Gran Tenochtitlan. Por supuesto que esas ollas contenían las sobras de humanos devorados por humanos, ¿cómo poder dudar de esta práctica si eran capaces de arrancar corazones de un solo tajo? Vamos a tratar de refutar este punto con una herramienta poco usual para aquel que duda: la mitología.
Los mitos son el reflejo de la realidad: algunas veces describiendo un fenómeno de manera directa, como es el caso del pelaje del ocelote, y en otras dejando ver cómo es que se interpretaba tal o cual acto, teniendo dos posibilidades, o bien la recompensa, o bien la desgracia, como resultado de haber llevado a cabo tal acción. El siguiente mito trata sobre el canibalismo, su nombre: Wendigo.
La fisonomía del Wendigo, llamado en otras naciones: windingo, witiko, widigo, entre otras, tenía diferentes formas. En unos casos era un cuerpo en descomposición con pedazos de carne y piel colgando de los huesos; una bestia parte lobo, parte alce, parte hombre (humano pues, no se ofendan por la inclusión) en otras versiones; y un hombre-lobo corpulento de pelaje blanco y colmillos largos y afilados, muy parecido al Yeti, en otros casos, o como el viento que corre por las copas de los árboles.

En las tierras americanas, como en diferentes puntos del globo, existía la imagen de un ser terrorífico y salvaje, un personaje parecido a los hombre-lobo, pero con ciertas características distintivas. Allá el que sufría el ataque de un hombre lobo se convertía en vástago del cazador peludo y dicho linaje se iba extendiendo hasta la eternidad por este medio; acá este mal no se imponía desde fuera, sino que era el resultado de hacer un acto prohibido tajantemente. Los inviernos en Norteamérica son muy crudos, en tiempos antiguos se perdía todo o gran parte de los alimentos que se cosechaban, los animales se resguardaban del frío y por consiguiente no había ni frutos que recolectar, ni animales que cazar. Esto generaba una escasez de alimentos que podía llegar a provocar muertes por hambruna. Para estos casos, algunos grandes antropólogos nos dicen que se “sacrificaba” a los niños y ancianos, los que hacían menos y necesitaban ser más atendidos, para alimentar a la mayoría del pueblo. Era en estos tiempos cuando el espíritu del Wendigo llegaba a las aldeas y hacia que los más débiles de espíritu cometieran actos de canibalismo, aquellos que llegaban a sucumbir a sus deseos poco a poco iban degenerando en bestias, condenados a vagar por los campos sin poder saciar su hambre. No se reproducían en los cuerpos de sus víctimas, sino que nacía uno nuevo en los que preferían salvar su ser, tomando la vida de alguien mas. Tomando en cuenta este mito, es difícil aceptar que la antropofagia fuera un acto común y cometido indistintamente, sin tener repercusiones o atributos. Era preferible morir de hambre que alimentarse con carne humana, el que lo hacia dejaba de ser humano; no hubiese sido necesario inventar a un ser maldito como advertencia si la antropofagia fuera un acto común.  Los huesos que se encontraron en las ollas de barro eran en su mayoría de bebes recién nacidos; la olla representa el vientre de materno, y se depositaba dentro del vientre de Tlalli Tonantzin -Nuestra Madre Tierra-, para asegurar su estancia en el Chichihuacuaco -Árbol de los senos o Árbol de las nodrizas. 




sábado, 4 de marzo de 2017

Literatura: Comedia infantil, de Henning Mankell (reseña)

Por: Osvaldo Miranda

Sin duda, un excelente libro: Comedia infantil, de Henning Mankell (1948-2015).

Ya he comentado en algún otro lugar que, si bien la faceta policíaca de Mankell, con sus historias del detective Kurt Wallander, me resulta muy interesante, es su faceta "humana" (por falta de un mejor adjetivo) la que de verdad me conmueve en lo más hondo. Libros como Daisy Sisters (1982), Zapatos italianos (2006) o Comedia infantil (1995) nos muestran a ese Mankell preocupado por la condición humana, por la pobreza, la miseria, el hambre, el genocidio. Comedia infantil es el libro más crudo que de él he leído, no solamente por el tema que trata, de por sí muy duro, sino por la manera en que hábilmente nos dibuja personajes y escenas emotivas.

Nelio es un niño de la calle. Un niño que va a morir. En el tejado de un teatro-panadería, rescatado por José, yace moribundo, herido de bala. ¿Quién es este niño? ¿Cuál es su historia? ¿Por qué la ciudad entera se inquieta ante su desaparición? ¿Quién ha osado dispararle y por qué? ¿Es un niño profeta, con poderes sobrenaturales?

A través de José, Nelio nos contará su historia, cómo llegó a convertirse en niño de la calle, en esa ciudad adyacente al mar. Mankell relata de manera simple y dura la vida que llevan los desposeídos, los mendigos y los locos en las ciudades africanas. Cómo se la ingenian los niños para sobrevivir cada día, pues cada que sale el sol representa otra jornada llena de peligros y experiencias cercanas a la muerte. El genocidio, la guerra, la inocencia infantil, la perversidad del adulto, la violencia intrafamiliar, el éxodo de familias desmembradas por la guerrilla, la violencia sexual; son algunos de los temas que de manera magistral aborda nuestro autor sueco en este pequeño libro, de no más de 270 páginas.

Mankell se vuela la barda con esta obra. Hay pasajes muy crudos, otros muy enternecedores y en todos ellos nos carcome la curiosidad. Queremos que Nelio continúe con su relato, relato que se extiende nueve jornadas, pues ansiamos conocer el final de la historia. Pero al mismo tiempo no lo queremos y lo rehuímos, pues tenemos la vaga certeza de que, cuando llegue el final, no solamente llegará el fin de la narración, también será el fin de Nelio, será nuestro fin y acaso será el fin de la humanidad misma. ¿Cómo puede el terror tener una cara tan humana? Es precisamente eso lo que lo vuelve inhumano...

En este libro encontramos al Mankell comprometido con la humanidad; detectamos al escritor que, en vida, pasaba la mitad del año en África, entablando amistad con las personas del lugar y sobre todo con niños de la calle. En las novelas de Mankell las referencias al continente negro abundan, pero es en Comedia infantil donde adquieren otra dimensión. No solamente por lo obvio; incluso la manera de narrar se aleja un poco de esa visión europea para incursionar en la narrativa africana.

Lo recomiendo ampliamente y sin reservas.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Literatura: Los gusanos de la sangre (Cuento)

Advertencia: Contenido Erótico.

Por: Paul César González Maza

San Cristóbal de las casas, Chiapas; México 21:34 hrs.

Si ves dentro de tus venas, podrás observar cosas como gusanos en una cubeta llena de comida putrefacta. Unos dicen que son células o glóbulos, para mí son gusanos que se arrastran. No estoy seguro, pero puede ser que ellos produzcan la sangre.

En esta ciudad fría se exigen más a sí mismos estos animales rastreros. Para calentarse chocan entre sí o se lamen, sacan lenguas largas dentro del ambiente sanguíneo y se besan juntando sus cuerpos en asfixia por el frío. Todo animal ansía calor aún por más extremófilos que sean.

Las casas eran coloniales, pintorescas, y el camino empedrado; por allí iba un hombre con andar airoso; ulteriormente, él se detuvo ante la puerta del bar “Revolución”, y entró.

En el bar, una hermosa mujer pasaba desapercibida (quizás por ser un lugar cosmopolita), sus dedos calientes sostenían el vaso de cristal de su frío Jägermeister. Y paralelamente a ella se sentó aquel hombre en una mesa, escondido con la poca luz que había, sin que nadie, ni ella se inmutaran.

Una mesera francesa saludó con torpe español al hombre para ofrecerle el menú. Él sonrió y saludó cautivando a la mesera con ligeras palabras que salían de su voz con un encanto roedor. Y ella, bajo una sensación que erizaba su piel, quería quedar petrificada, como una estatua, para disfrutar el momento del suave aire que paseaba en su cuerpo; en un incompresible viaje de la presencia viril, que recorría desde su cuello hasta su vulva. Era un beso no dado, una caricia sin tacto. La francesa, al salir de su hipnosis, se fijó que él había ordenado la misma peculiar bebida de la mujer que estaba sola. No dijo nada y se despidió con una sonrisa nerviosa.

La francesa, por momentos, veía al caballero desolado y sentía una tensión excitante nada más por su presencia, disfrutando un calor sicalíptico entre sus piernas. Él, desde su mesa, con piernas cruzadas y cerradas, observaba a todos y tal vez a nadie; como cuando los cuerpos andan y uno lo que disfruta es ver la belleza de la unión de los átomos formando objetos. La dama solitaria siguió la mirada de la francesa y se encontró con el hombre, quien se percató de sus ojos brillantes.Y su perfume femenino, como una neblina que pesa a los pulmones, llegó hasta él, como carta al paraíso erótico de los condenados al infierno. Luego, sus miradas disimuladas eran sorprendidas. En un silencio se decían de sí, y conociéndose se intrigaban.

La francesa iba y venía de sus mesas, como acarreando sus ebrios espíritus de un lado a otro, mientras les llevaba sus Jägermeister.

La noche se abatía entre la vida de todos; con risas, balbuceos y pláticas; o en algunos movimientos de cabeza con repentinas canciones de jazz. Y ellos estando solos se acompañaban. Al mismo tiempo, fueron a sus baños respectivos, solo separados por un metro de distancia, mas ni al coincidir en las entradas mostraron incito alguno. Ya a puerta cerrada, él sentía una erección inadecuada para orinar; y ella un cosquilleo sexual al subirse la falda para sentarse. Al salir los dos, sincrónicos, no se brindaron ninguna mirada, ni respiro lascivo; sofocaron sus sentidos con el fin de no usarse para el goce del otro.

Los gusanos sanguíneos se hacían gente dentro del cuerpo de ambos, pululando se gozaban en una bestial orgía.

Ya era la madrugada, y afuera algunos borrachos vagaban entre la niebla de las calles; y posesos por el alcohol iban olvidados de sí, siendo otros dentro de sus cuerpos.

Ella y él fueron hacia la única salida del bar, deteniéndose ambos.

En el rojo universo de las venas sanguíneas, los gusanos antropomórficos se daban un festín, chupándose y lamiéndose todas las partes del cuerpo, sin dejar rincón alguno y esfínteres pervertidos.

 Él, caballerosamente, le cedió el paso en la salida.
—Pase —dijo con voz baja y osada demencia.
Ella vio los ojos hermosos del hombre, eran como la profundidad de una noche marítima poseída de lujuria. Se mojó los labios, saboreando el agradable aliento masculino. Y Salieron caminando entre las calles escasas de gente.

Los dos ansiosos de sus cuerpos emparejaron sus pasos.

— ¿A dónde va? —Él preguntó.
— Creo que daré un paseo —dijo ella mientras caminaba en el frío de las vísperas del alba.
— ¿Me permite ir con usted?
— Claro, ¿a dónde iba?
— Puede parecer increíble o con poca imaginación pero también iba a dar un paseo, por eso ahora lo hago.
Las calles se emblanquecían por la niebla.
— Noté que estaba solo, ¿a qué se debe?
— Nada en concreto, tal vez porque prefiero estar aparentemente solo y acompañado a lo lejos con personas como usted —La respiración del hombre se extasiaba al sentir el aroma delicioso de ella.
— Eso es un poco extraño, pero a decir verdad creo que yo hacía lo mismo.
— Eso es posible, me pregunto qué estará haciendo usted ahora en sus adentros, ¿tal vez lo mismo que yo? 
Detuvieron los pasos en el camino y él se acercó con cautela.
— Es posible, ¿qué haces usted?—dijo ella.
—Yo; respiró cerca de su cuello—se acercó el hombre aventurado, y hacía las cosas que iba diciendo. Y La mujer suspiraba disfrutando el placer que aceleraba su respiración. Mientras que él continuó narrando entre susurros su osadía —también tocó sus suaves manos femeninas, sus brazos, sus hombros, bajo a su cintura.

De pronto, cegados por el deseo se habían olvidado que estaban en la calle. Ella suspiró entre un pequeño quejido. Él hombre puso un dedo en la boca de la mujer, y ella correspondió chupando cariñosamente el dedo fálico.

Los gusanos pululaban enrojecidos gustosos en las fauces del infierno.

El besuqueo acrecentó entre las caricias, con los labios recorriendo sus cuerpos, y rozándose sus partes íntimas que palpitaban acuosas en las luminiscencias del cielo.

Los malditos gusanos se bendecían con sus lenguas de fuego, toqueteándose con sus alas de cartílagos.

Ellos mismos se hicieron demonios y se mimetizaron en las paredes de las casas azotadas por el frío de la madrugada. Se arrancaron las ropas, y quedaron desnudos en la calle. Inmolaron sus cuerpos a nombre de un sexo bestial, cual mejor afluente para el amor.

Pocas personas lograron verlos desnudos, siendo ella arremetida por el falo de su hombre, y siendo él sucumbido por el paroxismo de su mujer. Pocos los vieron, pero eran muchos para el escandaloso acto del que sólo los animales inferiores al humano tienen el privilegio: Concebir su deseo en plena calle, sin vergüenza de sus cuerpos, sin pudor de las miradas; bendecir a los espectadores con el torrente bestial de sus fluidos.

Exhaustos y desnudos quedaron abrazados en la calle sorprendiéndose a sí mismos con el alba, y los asquerosos gusanos viviendo en vehemencia por el gesto de los amantes.

Sin decirse ambos su naturaleza, íncubo y súcubo convirtieron de su realidad un sueño, y seduciéndose entre sus sueños, pulularon por el resto de sus días.

martes, 28 de febrero de 2017

Literatura : Correspondencia perdida (relato)

Por: Néstor Ramírez Vega





A Fany
 

No tenía sentido guardar las cosas del abuelo. Él murió, se fue de este mundo. Con 84 años la vida no es sencilla, en especial cuando vuelves de la guerra. No quiero decir que su vida estaba jodida, pero sí era muy diferente.
El abuelo fue de los que se unió al Escuadrón 201 cuando tuvo alrededor de 20 años. Nadie supo por qué quiso quedarse en Alemania después de la caída de Hitler, sólo volvió a casa en 1957, pero de su tiempo en Europa nada contó.
Cuando alguien intentaba preguntarle sobre sus años en Alemania él decía que tenía dolor de cabeza, tenía sueño y, en mi caso, lanzaba la pregunta fatal: "¿ya terminaste tu tarea? ¿No tienes otra cosa qué hacer?" No es que fuera una mala persona, pero en torno a ese tema nunca se discutía.
Mi padre decía que el abuelo cambió cuando murió la abuela. Ante el féretro permaneció de pie y balbuceó algo ininteligible. Papá temió que algo le pasara, más ahora estando solo. Desde entonces vivió con nosotros.
El silencio más frío es aquel en el que las miradas se cruzan en la eternidad de lo efímero. Comenzamos a sacar su ropa y algunas cosas que consideramos ya no servían. En su escritorio había hojas blancas y un bote con tinta china. Con su camisa blanca y su pantalón color caqui con tirantes negros, el abuelo siempre escribía algo que nunca terminaba. 
Me acerqué al escritorio y encontré un tornillo en el suelo. Había caído de un cajón que estaba atorado. Lo jalé con todas mis fuerzas y ahí estaban más de una docena de cartas amarradas con una liga. El destinatario era una persona en Alemania de nombre Ulrike Röhl. Tomé una carta al azar, había sido escrita una semana:


Querida Ulrike:


La vela que alumbraba mi camino se consumió. Todo mi mundo quedó en oscuridad, en el olvido. Nuestro destino fue destruido. Las vivencias que teníamos juntos nublan mis memorias como las nubes se ponen frente al sol. Ángeles sangran sin razón y los pecados finalmente se castigan.


Pronto me reuniré contigo en un nuevo lugar, junto al pequeño que nunca nació y te llevó con él. No es que no amara a mi familia. Incluso cuando falleció Marisol me di cuenta de lo solo que estaba. Primero tú, luego ella. Hay quienes estamos malditos en el amor.


Frente a su ataúd sólo podía decir: ‘Noch einmal, noch einmal. Una vez más, una vez más. El ángel exterminador vuelve de nuevo’. Al perderte perdí mi felicidad; al perderla a ella, mis ilusiones. Te amé a ti, amé a Marisol; amé a mi hijo, quien sabrá cuidar de su familia. 


Nadie supo nuestro amor no porque me avergonzara, sino porque era algo entre tú y yo, una vida, un secreto. Sin ti caí en depresión; sin Marisol, en las sombras del olvido. ¡Cuántas veces no quise salir de la oscuridad! Ahora los faisanes me llaman al jardín eterno cuando el reloj marca las 12.


En el borde de la vida la noche dura 24 horas, aunque sé que una mañana, o quizá sea de noche, no lo sé, veré la luz. Entonces los sueños dejarán de ser pesadillas y el viento arrasará con las cenizas.


Siempre tuyo.


Terminé de leer la carta y la volví a guardar. Entendí que no es que el abuelo fuera un amargado, sino perdió su razón para vivir. El mal de amor es la enfermedad más peligrosa del mundo. Su corazón se quebró al igual que sus ilusiones.
Al caer la noche saqué  las cartas al patio y les prendí fuego. El humo llegó hasta las estrellas que iluminaban el pasado sombrío del abuelo.