Por: Nelson Ballestas Martínez
Toqué la cruz para sentir cuán soportable era el ardor, no lo era en lo más mínimo y fui por guantes de cocina. Eran enormes e incómodos, y de todas formas me era imposible soportar el calor que me irradiaba la cruz a través de ellos, fue entonces cuando me exigí pensar más creativamente. Rad debía seguir allí, lo sentía. Tomé un largo palo de escoba que se hallaba en el garaje, también unos alambres. Abrí y volteé la bolsa dejando caer la cruz en el suelo -Respiré hondo- había caído con el frente mirando hacia el suelo, coloqué suavemente el palo de escoba sobre la cruz, la madera se hacía caliente, pero era más soportable que tocarla directamente. Procedí a amarrar los alambres, uniendo con ellos cruz y palo de tal forma que la cruz fuese como la punta letal de una lanza. El alambre hacía más intenso el calor, y de no ser por los guantes hubiese dejado mi piel pegada sobre ellos. Entonces recordaba que Rad debía saber lo que yo hacía en ese momento, que debía estarme esperando en algún rincón de la casa, ello me daba fuerza para aguantar, para ignorar el ardor que sentían mis palmas. Noté todo el sudor que brotaba de mí una vez terminado el trabajo, era la prueba de que seguía siendo en gran parte un humano, “un humano con las debilidades de un vampiro. BONITO BODRIO” pensé sardónico. La cruz no iba a ser suficiente, debía darle un filo real a la lanza, lo sabía, quemar su piel sería inútil siendo él más rápido y más fuerte que yo, debía perforar su corazón, solo así podría darle muerte. Entonces vi la navaja de mi padre en un rincón, y con el mismo ímpetu, ardor, e ira, la até a la punta de la cruz usando los alambres, esta vez pensé que perdería las manos, mientras intentaba ahogar mis quejidos de dolor.


