jueves, 28 de marzo de 2019

Poesía: Memoria de un sueño

Por: Néstor Ramírez Vega





Fauno tocando la flauta (1867) - Pál Szinyei-Merce




Tu ausencia,
silencio chispeante
del recuerdo.

Tu recuerdo,
herida que no cicatriza.

El verbo abre
el tesoro que sueño
en la vigilia.

Invoca tu boca,
palabra que crea de día
y mece de noche.

Corre, estrella,
en noche de verano
el cielo amaranto.



martes, 19 de marzo de 2019

Poesía: La mañana de un 15 de marzo

Por: Henry Castellanos



'Doña Juana la Loca', obra de Francisco Padilla y Ortiz (1877).


Decirse adiós es negar la separación, es decir: Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros.

Jorge Luis Borges


A Mercedes 


Las brisas extrañas de este resonante marzo
Arrastra las briznas de nuestro jardín  y consigo 
Los pellejos colgantes de una longevidad perenne 
Lleva a lo lejos el alma pura llena de historia 
Y trae a su vez una dulce pero triste melancolía 

Al igual de extraña que son los vientos en este marzo
Es también la inocua sorpresa del manto obscuro 
Que se adueña de un amor filial y nos niega su arrullo 
A quienes por gracia del tiempo nos mantiene como arena mojada
Y a quienes por obra de la tinta que inscribió nuestro dolor
Nos contenta levemente con el descanso del otro 

Entonces es aquí donde llueve en la patria 
Y es la patria misma la que se desvanece en el hogar
Se doblan las rodillas y se entonan graves sollozos en cada habitación 
El indiferente alarga los gritos y vislumbra entre llantos anécdotas 
Y sobre la madera olorosa que atrapa cual cuerpo el alma
Se desparraman los vivos queriendo morir

Aquel que acepta los vientos de marzo yace a metros con mayor dolor
Y se oculta dentro de su lúgubre mente vacía y en pausa
Camina la fantasía y ve posibilidades que ya no son posibles
Y logra ver mientras limpia sus ojos al viejo barquero 
Que con suaves movimientos de sus remos aleja el retrato de Mercedes

Aquí quedan sus bellos ojos y su cálido humor 
Plasmados en cuerpos que desentrañó el suyo y que ocupar su lugar quieren
Aquí queda la frágil imagen que poco recuerda quien con mirada fría
Observa a metros de la cárcel de madera
Aquí no queda más que el nombre poético de Mercedes 
Quien fue a veces Andrea 
                                               [Quien fue a veces los ojos del viejo Castellanos 


jueves, 7 de marzo de 2019

Literatura: La espera (relato)

Por: Miriam García


Naturaleza-Muerta-Resucitada (1963) - Remedios Varo

El reloj avanza lentamente, los perros me lo dicen, ¿no los oyes? No dejo de preguntarme dónde estás, hace rato que te mando mensajes al celular y no contestas. El eco de las paredes me reclama tu ausencia, el techo se burla de mí. Trato de no escucharlos, busco por el piso paciencia para seguir esperando. La televisión ayuda a que el tiempo pase más rápido, la pantalla está negra, un instante después una pareja de caricatura discute con nuestras voces: “Lo siento”, dice la princesa, “ya no te quiero”. El mar nunca antes fue tan oscuro. Él se pone furioso, quiere tomarla por el cuello y apretar hasta que ya no respire, pero no lo hace. “Yo soy un caballero, un Superman, y eso no sería heroico”. Miro mis manos, éstas escurren agua salada mezclada con sangre, no puedo sostener el control remoto, lo arrojo a un lado y cierro los ojos que se me derriten en un desastre de lágrimas negras.

Al levantar la cabeza miro el reloj, las manecillas se ríen de mí con vocecitas de hadas, “son las once”, replican y les doy las gracias. Trato de llamarte, me contesta una voz metálica, “su llamada no puede ser atendida”. Marco de nuevo, pero no logro alcanzar tu voz. Una y otra vez escucho a aquella mujer robot, “su llamada no puede ser contestada”. Yo insisto, ella se vuelve más cínica, “su mensaje será enviado al buzón de asuntos sin importancia”. Imagino la sardónica sonrisa brillante de la grabadora. Me duele tu ausencia, era agradable tener alguien con quien platicar, ¿dónde estás?

Paso los canales de la televisión como un autómata. El encantador de perros canta a un pastor alemán, “te extraño como se extrañan las noches sin estrellas...”, en el siguiente canal los abogados de La Ley y el Orden recitan, “...como se extrañan las mañanas bellas...”, en el History Chanel hablan de de contactos alienígenas con la humanidad primitiva, se muestra una imagen de un hombre junto a un alíen al que le canta, “...no estar contigo, por Dios que me hace daño...”. Cambio el canal. Jack se está helando, le dice a Rose que la ama y que pueden ser felices, ella con tristeza solo contesta, “estás enfermo y necesitas ayuda profesional. Perdóname, no puedo hacer nada por ti” y lo deja hundirse en el océano. “¡Paciencia!”, exclama la alfombra justo en el punto en el que una vez tú y yo hicimos el amor, “aún te ama, ya verás que vuelve”. Observo los mensajes del celular, he mandado tantos pero tú no te dignas a contestarme.

Todo el aire se pinta con los colores rosas y amarillos de la música del celular, son tan bonitos. Me abalanzo a contestar, pero no eres tú, suena como a alguien que se equivocó de número. Le cuelgo sin hablar. Me levanto furioso a disipar los colores que aún flotan en el aire. Maldita tonada rosamarilla. La atmósfera vuelve a recuperar la incoloridad del silencio, debe permanecer así hasta que tú marques.

En mi mente pasa nuestra película. Un chico tiene una amiga, la chica es dulce. Ellos se entienden y se enamoran. Él es un poco excéntrico, quiere arreglar el mundo. A ella al principio todo le hace gracia, luego llega a asustarse de él, no tanto de sus acciones cuando toma parte en movimientos que buscan justicia, como de su miedo a los números y a las voces que ella no escucha. Ella dice que él es demasiado radical, pero sobre todo que está enfermo. Se marcha y amenaza con llamar a otros para que vayan por él y lo controlen. No entiende lo importante de su misión.

De nuevo me pregunto dónde estás, miro el reloj, son las tres de la mañana y sigues sin contestar. Quizá se te cayó el celular al escusado y lo tienes secándose junto a la ventana. “A lo mejor se le agotó la batería”, dicen los perros. Les creo, ellos lo saben todo, siempre están juntos en las buenas y en las malas. Esto me hace pensar, tú prometiste estar conmigo siempre, ¿lo recuerdas? ¿Es que acaso fue mentira? Por Dios, dime que no es cierto, que me extrañas tanto como yo a ti y que vas a volver. “Alguien no ha acicalado a su hombre, una princesa que conozco”, dicen los números del calendario y el doce me apunta a la cara. Creo que me estoy convirtiendo en perro, porque hay pelo escurriendo de mi barbilla. ¿Y si no me gusta ser un perro? ¿Y si una vez que me convierta ya no puedes reconocerme? “¡Por favor vuelve!”, te suplico en el celular, “me haces tanta falta, no le hagas caso a los números, ya sabes que son muy criticones. Aquí te espero con el jabón y el rastrillo para que me rasures y me conviertas de nuevo en humano, como hiciste tantas veces en el pasado”. Vuelvo a marcar tu número, la voz robótica dice, “saldo insuficiente”, lo repite como un mantra, con los labios pintados de rojo, ladeando la cabeza al tiempo que esboza una mueca como de Barbie pasando recado.

Van a venir por mí, sé que hay una conspiración para atraparme. No quiero que nadie se me acerque más que tú. Tal vez deba brincar en mi Rocinante y galopar lejos, donde nadie pueda hallarme, pero ¿y si en eso tú regresas y no me encuentras? No, lo mejor será que espere aquí mismo. No puedo dormir, temo que llegue la mañana, pero el reloj ha decidido moverse tan rápido. ¿Dónde estás? “Paciencia”, repite la alfombra, “ya verás que regresa”.

El sol ha salido, alguien llama a la puerta. Ansioso, corro a abrir. No eres tú, es algún pariente, creo mi hermano, junto con hombres vestidos de blanco. Ya es tarde para huir en Rocinante. ¿Qué debo hacer? ¿Luchar acaso? Los perros no contestan. Derrotado y envejecido, me dejo guiar. Me hacen preguntas que no contesto porque yo ya no sé nada, solo sé que te extraño.


martes, 19 de febrero de 2019

Artes Plásticas: Dora Maar, la artista que Picasso destruyó

Por: Helena Zirot






Les années vous guettent, Dora Maar (por:
Chulipachuli - Trabajo propio)
Nacida en Francia un 22 de noviembre de 1907, la excepcional fotógrafa Henriette Theodora Markovitch (mejor conocida como Dora Maar), fue hija única del matrimonio formado entre Joseph Markovitch un arquitecto croata y la violinista francesa Julie Voisin. Por razones de trabajo su padre decide llevarlos a vivir a la Argentina, lugar en que Dora pasa su infancia y adolescencia. Posteriormente, teniendo doce años, regresa a Francia y en 1926 empieza a tomar clases en la Escuela de Fotografía de París, una de las más liberales de la época, donde a las jovencitas se les permitía estudiar el cuerpo desnudo de los modelos, y en la Unión Central de las Artes Decorativas. Era tal su talento, que a sus veinte años frecuentaba la Academia Jullian y el taller de André Lhote, consiguiendo así que se la reconociera entre los Surrealistas

Hand-shell por Dora Maar
Al poco tiempo empieza a destacar dentro de esta corriente plástica francesa, pasando a formar parte de los círculos artísticos más famosos de la época. Amiga personal del poeta Paul Eluard, gustaba de visitar como su acompañante los sitios más selectos y emblemáticos de París. Fue precisamente en uno de estos sitios (el café Les Deux Magots), que en 1936 tiene oportunidad de conocer al pintor malagués Pablo Picasso. Los presentó el mismo Eluard, y desde el principio Picasso se mostró encantado por la singular belleza de esa chica de rostro serio y modales finos que jugaba con una navaja entre las manos. Cuando tal vez por el nerviosismo se pinchaba, las gotas de sangre no se hacían esperar manchando sus elegantes guantes blancos. Mismos que el malagués le solicitó, al tiempo que con toda galantería le proponía un encuentro a solas. Dora Maar no lo sabía, pero haber aceptado aquella cita le significaría el inicio de su propia destrucción.

Retrato de Ubú por Dora Maar
Su familia se opuso fervientemente a su relación con Picasso, mas a pesar de todo decide entablar una relación amorosa con él. Durante los primeros meses fueron la pareja perfecta: Pablo perfeccionando su técnica (su época cubista estaba próxima), y Dora experimentando y creando grandes obras en el campo de la fotografía, con imágenes tan conocidas como el Retrato de Ubú, que acabaría por convertirse en un icono del surrealismo. Al año siguiente (1937) Picasso pinta el Guernica, y Maar sirve de modelo única para las cuatro mujeres que aparecen en el cuadro. Además, realiza un detallado reportaje fotográfico recogiendo las distintas fases de la producción del famoso mural. Y es precisamente en esta etapa que el carácter narcisista, machista y definitivamente problemático del pintor sale a la luz, terminando con los nervios de la artista y minando su producción artistica. Los desprecios hacia su persona iban en aumento, al grado que no dejaba que Dora lo visitara a menos que él la invitara. Por otra parte las humillaciones eran frecuentes. Paul Eluard incluso fue testigo de una ocasión en que Dora no quería enseñar unos dibujos de su órgano sexual y Picasso le ordenó que los dejara ver. Ante la segunda negativa la golpeó tan fuerte, que perdió el sentido y tuvo que ser trasladada de urgencia a una clínica.

Doble autorretrato por Dora Maar
Como era previsible los problemas de Dora con sus padres estando de por medio el pintor iban en aumento. No pocas veces intervino su padre, pero con escaso éxito debido al enamoramiento casi religioso que Dora profesaba por Picasso. Hasta que un día en que discutía acaloradamente con su madre por teléfono, de pronto la voz se cortó: Julie, su madre, había muerto. Fue durante la ocupación de Francia por los nazis y era de noche, después del toque de queda. A la mañana siguiente que pudo salir, la halló muerta con el teléfono en una mano. Este episodio nunca lo olvidaría, siendo una de las poderosas razones por las que entre 1944 y 1945 decide separarse definitivamente de Pablo, el que por cierto ya había encontrado una amante más jóven: la pintora François Gillot, nacida en 1921.

Fotocollage por Dora Maar
Tras el final de la relación, Dora Maar empezó a exhibir un comportamiento extraño y paranoico. Artísticamente fue un periodo fructífero porque se inicia en el mundo del arte pictórico, lo que le permitió experimentar con collages fuera de serie que combinaban fotografía y pintura. Pero en cuanto a su vida personal las cosas no le fueron del todo bien, pues prácticamente se desapareció del mundo y no eran raros sus ataques de histeria. Esperanzada, recurre al psicoanalista Jaques Lacan, con quien inicia su tratamiento. Picasso interviene y sin más la ingresa en un hospital psiquiátrico. De nuevo Eluard toma cartas en el asunto y lo obliga a que la saque de ahí. Ya instalada definitivamente en su apartamento parisino de la rue de Savoie, poco a poco retornó discretamente a la pintura y a la fotografía, además que abrazó el catolicismo con la misma pasión con la que un día amó a Picasso. Un misticismo que, a diferencia del pintor, nunca la abandonaría. 

Silence por Dora Maar
Años más tarde, al pasar por la casa donde vivía la artista y que él mismo le había regalado, Picasso comentó cínicamente: En esa casa, Dora Maar murió de aburrimiento a pesar de estar viva.   

Henriette Theodora Markovitch falleció sola en un hospital de París el 16 de julio de 1997. Sus bienes se componían de 130 cuadros que Picasso le había regalado (obras que se conocieron hasta su muerte) y la mayoría de sus fotografías; herencia que legó a un monje católico. Al respecto, en un artículo sobre la vida de la artista, el periodista Alan Riding escribió: Dora no era más que un pie de página en la vida de un gran artista. De hecho, había muerto veinticuatro años antes.


  
Dora en la arena blanca, 
con la mano mutilada, nívea, 
que brota de la caracola 
con la lluvia de la tormenta. 
Dora es el tacto que se posa, 
que reposa, que detiene.
Maar de sempiternos paisajes, 
de insólitos encuadres. 
Maar arquitectónica, desenfocada, quimérica, 
vaporosa, ecuestre, difuminada, 
atrevida, fantasmagórica, de huella y de pisada.
Laberintos interminables y silenciosos; 
boca arriba y boca abajo. 
Corredores, ajedrezados, 
cañones, dinteles, fajones. 
Dora es la nebulosa, la perspectiva metafísica, 
el armadillo, la fantasía antojadiza, 
la gelatina de plata.

 (Fragmento del poema



miércoles, 13 de febrero de 2019

Poesía: Aire

Por: Cristhian Moreno Susniar




Dulce brisa eres aire, te respiro, traspasas, empujas ¿A dónde me llevas? ¿Es qué entras al corazón y te vas?

Abre las puertas de lo más profundo del ser que me asfixio. Habita la confusión y el sin sentido que nubla la vista. Vivir sin sentido es no vivir, y no vivir es no aprender amar. 

Temprano aire, joven aire, entra en mi esencia y da el respiro al alma mía que quiere la vida para entregarse y no tenerme que ir.  

  


domingo, 3 de febrero de 2019

Poesía: ¿Qué me queda?

Por: Verónica Polo Escobar


Nocturno: azul y plata - James Whistler, 1871
  
Si la oscuridad perenne se apropia de mi vida,
y resuenan en mis pensamientos recuerdos melancólicos, llenos de ti
Y me toca engullir, otra vez, la frustración de tu partida
con sus largos brazos que me aprisionan, que me atormentan…
Dime entonces, ¿qué me queda?

Si mi cólera se encuentra con las fieras olas de tu reminiscencia,
chocan y me arrastran al fondo del océano,
donde se forma la vorágine que ahoga mis penas
Y más tarde deja salir a flote mi inerte cuerpo, aún con sus cadenas…
Dime entonces, ¿qué me queda?

Si mis oídos sangran al recordar tu desesperante voz diciendo 'adiós',
y mis ojos se nublan de la impotencia
de no poder deshacerme de aquel ruido fantasmagórico
Y caigo de rodillas, llena de consternación…
Dime entonces, ¿qué me queda?

Si la noche traicionera, con su niebla densa suscitan a mi débil corazón,
que con sus recuerdos errantes me desatan un suplicio
Y tú, tan pronto como llegas a mi mente te inmiscuyes en mi tedio,
haciéndome presionar el disparador…
Dime entonces, ¿qué me queda?



martes, 29 de enero de 2019

Literatura: 15 de Octubre de 2018 (relato)

Por: Ale Rivera




15 de octubre 2018 
Frontera entre Honduras  y Guatemala 

Me dolía todo... Me pesaban los párpados y sentía que era incapaz de mantener derecha la cabeza.
—Sólo dormiré treinta minutos, sólo treinta minutos... Ya luego me levanto... ¡Sólo necesito treinta minut...! —me repetía a mi mismo, mientras permanecía sentado en aquel sillón. Era mi casa... Bueno, la casa de don Alberto más bien, ya que nos la alquila desde hace dos años. Es un buen hombre, pues nos espera cada vez que mi mujer y yo no ajustamos para el alquiler del mes.
De pronto siento que algo pasa y empiezo a ver todo como rodeado de una especie de nebulosa que no aún hoy no termino de entender. Era como una sensación de no estar ahí y, sin embargo, puedo asegurar que en el corredor estaba mi madre, sentada como siempre en aquella silla mecedora de mimbre (que fue de mi abuela) remendada una y mil veces, escuchando la radio con esa mirada vacía de cuando no teníamos ni para comer al siguiente día. Observo que también se hallan mi esposa e hijos. Ella, acomodada frente a la vieja televisión al lado de mi pequeña de 14 años, y mis otros niños: uno, cinco años menor, sentado en lo que queda de nuestro comedor, haciendo tareas;  y el más pequeño de apenas seis jugando alegre en el piso.

"🎵🎵🔉 Cadena nacional.
Este es el tercer y último llamado".

Así empezó a sonar aquella cancioncita repetitiva que era más como el llamado del Diablo, ya que nunca comparamos al personaje que escucharíamos a continuación con algo menos que el Satanás.
¡Ahí va ese hijueputa, a decir más mentiras y exageraciones otra vez! —comentó mi hija.
—¡Hey, no digas boconadas!, si tu papi estuviera aquí te daría en la boca —contestó mi mujer.
Perdón mami, ¡pero es que cada vez que lo veo me dan ganas de ...! —quiso argumentar mi hija. Pero no terminó la frase, pues se detuvo justo antes de lanzar la retahíla de insultos que seguramente diría.
Idas en la pantalla, esperaban ver al cachureco de siempre. Era el mismo escenario, no obstante esta vez había algo diferente. Podía observarse el escritorio y una bandera en el fondo (más bien, nuestra bandera), pero todo estaba en penumbra. Yo, estando y sin estar, también veía la tele y me preguntaba si la penumbra era debido a problemas técnicos o algo así.
Miramos que repentinamente se encendieron unas luces rojas en varias tonalidades y todo se iluminó. El hombre sentado en el escritorio efectivamente era el Juancho (como comúnmente se conoce a Juan Orlando, el Presidente en turno de la nación), pero se veía raro: como cansado, despeinado... además, no llevaba sus habituales lentes. Un repentino acercamiento de la cámara permitió apreciar que el hombre tenía clavadas las manos en el escritorio. En efecto, de sus palmas le sobresalían unos enormes clavos de unos siete u ocho centímetros de largo.
—¡¡¡Santo Dios, doña Elvira, venga a ver esto!!!vociferó alarmada mi esposa
Mi anciana madre respondió corriendo relativamente rápido (lo que su osteoporosis le permitía), se instaló en el mismo sofá en que estaba yo sentado  (sí, ese que compré en el Gallo más Gallo y que termine pagando cuatro veces más su precio original. Pagado a juego de ollas, como dicen), y exclamó:
—¡Ave María purísima! ¿Quién le está haciendo eso? 
Una voz, aparentemente salida de un hombre situado detrás del que se hace llamar Nuestro Presidente, comenzó a narrar algo. No se le entendía muy bien, así que traté de aguzar el oído porque su voz parecía más la de un robot.
Cuéntale a tu pueblo. Explícale tu juego de palabras —dijo la voz. Sí, ese que tanto te gusta repetir: VOY A HACER LO QUE TENGA QUE HACER, que más bien siempre ha sido un COSTARÁ LO QUE TENGA QUE COSTAR.
Por su parte, el tipo clavado en el escritorio yacía sollozando como un animal. No puedo decir que se veía blanco como el papel porque las luces hacían ver todo rojo como en una discoteca, pero podía adivinarlo.
No hijueputa, ahora no estás tan hablador. !Decí algo, que todo Honduras te está viendo! profería mientras reía aquel extraño de voz robótica.
Mi madre se santiguaba  una y otra vez, pues en la pantalla el siniestro sujeto permanecía cubierto con un trapo dejando mirar tan sólo sus ojos. En cuestión de un instante tomó lo que parecía ser un machete, y de un solo tajo cortó uno a uno los dedos de la mano derecha de Juan Orlando diciendo:
Uno: éste por Nicole, quien solo quería sillas para su colegio. Dos: por Wendy, la que murió asfixiada por los gases lacrimógenos en protestas. Tres: por Kimberli. Ella solo salió a buscar a su tío, pero tus PM la mataron... sólo la mataron y se fueron. Cuatro: uno más por Cristian, tiroteado el 18 de diciembre. Cinco: por Eric Montoya Cruz, masacrado durante el toque de queda la noche del 3 de diciembre...
Juancho gritaba con furia, pero poco importó porque aquel enmascarado prosiguió con su sangrienta labor. 
Tocó el turno a su mano izquierda:
— Seis: Gerson Meza y Mario Suárez, torturados por los del ATIC. Siete: Kenia Cáceres. Ocho: Olman Adalid Castillo, encostalado una semana después de Rebeca Abigail Torres. Nueve: por la ambientalista Berta Caceres, tiroteada en su propia casa. Diez: por los más de tres mil hondureños que murieron en el Seguro Social...
¡¡¡Maldito, mil veces maldito!!! —gritaba Juan mientras se movía como poseso.
No alcanzaba yo a entender nada. Tan sólo observaba a mi hija, que tenía los ojos muy abiertos ante tan macabro espectáculo; a mi madre, llorando suavemente, acariciando con manos temblorosas un rosario; y a  mi esposa, riendo y diciendo:
—Ahora sí, ¿verdad maldito? ¡¡¡Pensaste que eras intocable!!!
Confieso que su risa me causo miedo, pero más pudo lo que sucedió a continuación: de repente gritos, la escena se vuelve borrosa y ya no veo mi casa... ¡He despertado de golpe !
Compa, nos dejan pasar —escucho, ¡¡¡corra, corra, no se quede atrás!!!
Me levanto de un salto, agarro mi mochila y echo a correr hacia donde se dirige todo el mundo. Siento el corazón en las sienes, empujones, gritos de júbilo, llanto..., pero no me detengo y de repente recuerdo quién soy, en dónde me encuentro y a qué parte voy: que me llamo Antonio Aguilar, que voy en la caravana hacia los Estados Unidos y que después de tanto tiempo de espera nos dejan por fin entrar al vecino país de Guatemala. 
En ese instante me acuerdo también de aquel extraño sueño, pero me concentro en correr y correr embargado por aquella especie de alegría y miedo muy parecida a la que sentí el día que mi hija la mayor nació.

Soy un tal Antonio Aguilar.
Un soñador
O tal vez más que eso:
un luchador hondureño.